No estoy para cruceros CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

¿Y ahora?

La agencia olía a café recién hecho. No el del Aurora, sino el que Iván había preparado esa mañana con la cafetera de su padre.

La que llevaba meses sin usar porque no había nada que celebrar.

Mía estaba sentada en la silla que cojeaba, con una taza en las manos y los pies descalzos sobre la moqueta.

Iván estaba detrás del mostrador, revisando los folletos de Grecia.

La gotera seguía cayendo. Rafa estaba en la trastienda, con la puerta entreabierta y el bote de Nocilla en la mano, disfrutando del espectáculo en silencio.

Y, entonces, sonó el tintineo de la puerta.

Mía no levantó la vista. Pensó que era un cliente. Alguien que quería fotocopias. O una pala de pádel. O cualquier chorrada. Pero no.

La sombra que se proyectó sobre el mostrador era demasiado conocida. Demasiado pulcra. Demasiado perfumada.

Mía levantó la cabeza.

El ex estaba allí. Con su camisa blanca de lino, sus pantalones de pinzas demodé y su sonrisa de domingo. La misma de siempre. La que no se borraba ni a patadas.

—Hola, cariño —dijo.

Mía no respondió. Iván apretó los puños bajo el mostrador. Rafa se quedó con la cuchara a medio camino de la boca.

El ex recorrió la agencia con la mirada. La gotera. La mesa de ping-pong. El cartel de «Cuba sí». El ventilador torcido. Los folletos empapados. Rafa asomado desde la trastienda con una mancha de Nocilla en la comisura de los labios.

—Vaya —dijo—. Menudo nidito de amor.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Mía.

—He venido a buscarte.

—Ya te dije que no quería saber nada de ti.

—No me lo creí.

El ex se acercó a la mesa de ping-pong. Pasó un dedo por la superficie. Lleno de polvo. Lo miró con cara de asco, como si fuera una reliquia.

—¿Y esto es tu gran amor? ¿Este sitio? ¿Este tío?—preguntó señalando la agencia con la barbilla.

Mía se levantó.

—No hables de lo que no sabes.

—Sé que has dejado Madrid por esto. Sé que has vuelto a Barcelona por él. Sé que tu madre está preocupada. Sé que el director del banco no entiende nada. Y sé que tú tampoco.

—Yo entiendo más que tú.

El ex sonrió. Esa sonrisa suya, que siempre parecía pedir disculpas y exigir a la vez.

—Todavía estás a tiempo —dijo.

—¿De qué?

—De volver conmigo.—Sonrió, enseñando todos los dientes.

Mía lo miró. Largo. Tanto que el ex dejó de sonreír.

—¿Volver para qué? —preguntó ella.

—¿Cómo que a qué?

—Sí, hijo… A las flores que no quería. A las llamadas de mi madre. Al anillo de plástico. A que me digas lo que tengo que hacer. A que me digas lo que tengo que pensar. A que me digas lo que tengo que sentir. ¿Eso es lo que quieres?

—No seas dramática.

—No soy dramática. Soy realista.

El ex dio un paso al frente. Iván se movió detrás del mostrador. No para intervenir, sinopara estar cerca. Por si acaso.

—Te he esperado —dijo el ex.

—No te pedí que lo hicieras.

—Te he esperado toda la vida.

—No exageres.

—Mía, por favor.

—Te he dicho que no.

El ex se quedó mirándola. Por primera vez, su sonrisa se borró del todo. Ya no parecía un vendedor de coches. Parecía un hombre al que se le acababa el tiempo.

—No sabes lo que estás tirando por la borda —dijo.

Mía se acercó a él. No para abrazarlo. Para mirarlo a los ojos.

—Sí que lo sé —dijo—. Por eso lo estoy tirando. Eres un puto parásito. Eso es mío. Todo. Lo gané yo. Un jueves… Jódete.

El ex abrió la boca. La cerró. La volvió a abrir.

—¿Por él? —preguntó, señalando a Iván.

—Por mí.

El ex la miró. Luego miró a Iván. Luego a Rafa, que seguía con la cuchara en el aire.

—Esto no se va a quedar así —dijo.

—Se va a quedar como yo decida. No vas a tocar ni un puto duro. Voy a contratar a gente de seguridad para que no te me acerques en quinientos kilómetros a la redonda.

El ex cogió su chaqueta. Se la puso. Ajustó las mangas. Miró la gotera una última vez.

—Ojalá no te arrepientas.

—Eso ya lo haré yo.

Se fue. El tintineo de la puerta sonó. Luego el ruido de sus pasos alejándose. Luego el silencio.Mía se quedó quieta, mirando la puerta.

Iván salió de detrás del mostrador.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí. Mejor que nunca.

—¿Seguro?

—Seguro. Es la primera vez que le digo que no, sin que me tiemble la voz.Iván se acercó a ella. Le cogió la mano.

—Estás temblando.

—Es el café.

—No has bebido café.

—Pues será la emoción de mandar a la mierda al jeta este.

Rafa salió de la trastienda. Se metió una cucharada de Nocilla.

—Yo le habría dado una hostia.

—Tú no te metas —dijeron los dos.

Rafa levantó las manos.

—Vale, vale. Me meto en la trastienda.

Se fue.Mía apoyó la cabeza en el hombro de Iván.

—Iván.

—Dime, mi amor.

—¿Tú crees que volverá?

—No.

—¿Por qué?

—Porque has dicho que no. Y esta vez te ha creído.—Mía cerró los ojos.

—Ojalá sea verdad.

—Lo es.

—¿Cómo lo sabes?—Iván la abrazó más fuerte.

—Porque por primera vez te he oído hablar con total convicción.

La gotera seguía cayendo. La mesa de ping-pong seguía allí. El cartel de «Cuba sí» seguía colgado. Pero todo era distinto. Porque ella había dicho que no. Y no le había temblado la voz.