CAPÍTULO 18
Viaje introspectivo
Mía se despertó con la luz del sol entrando por la rendija de la persiana.
No sabía qué hora era. No le importaba. Llevaba dos días encerrada en la habitación de su infancia, con los pósteres de la pared despegados y la estantería llena de libros que nunca releería.
La madre había entrado dos veces. La primera con un vaso de leche.
La segunda con una bandeja de magdalenas. Las dos veces con la misma cantinela.
—Te lo dije.
Mía no respondió.
—El otro Iván nunca te habría hecho esto.
Mía se tapó la cabeza con la almohada.
—El director del banco es encantador. Muy educado. Muy atento. Muy de bien.
Mía se incorporó de golpe.
—¡Mamá, cállate!
La madre se quedó callada. No porque la hubiera respetado. Porque se había ido a la cocina a calentar la leche.
—No puedes confiar en un vendedor de cruceros —dijo desde allí, como si nada hubiera pasado.
Mía se levantó. Se puso la bata. Salió al pasillo. La madre estaba en la cocina, con el cazo en la mano y la mirada perdida en el fuego.
—¿Sabes una cosa, mamá? —dijo Mía.
—Dime, hija.
—Que llevo once años escuchándote decir lo mismo. Que los hombres son malos. Que todos mienten. Que ninguno merece la pena. Y al final, la única que ha acabado sola has sido tú.
La madre apagó el fuego. Dejó el cazo sobre la encimera.
—Yo no he terminado sola.
—Pues mira a tu alrededor.
La madre no dijo nada. Mía volvió a su habitación. Cerró la puerta. Abrió el armario. Sacó la maleta que había dejado sin deshacer. Empezó a meter ropa. No la de invierno. La de ahora. La de Barcelona.
—¿Dónde vas? —preguntó la madre desde el pasillo.
—A buscarme a mí misma.
—Eso es una de las tonteríasque sueltan en las películas.
—Pues aplícate el cuento. Yo creo que deberías saborear una de esas pelis.
Mía cerró la maleta. Se vistió. Se puso las gafas de sol. Las que había llevado el primer día en la agencia. Bajó las escaleras. La madre se quedó en el rellano, con la bata azul y las zapatillas de andar por casa.
—Mía.
—Dime.
—El chico ese… ¿el de la agencia?
—¿Qué?
—No quiere tu dinero.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lleva los zapatos de segunda mano con más dignidad que tú todo ese dinero.
Mía no supo si reír o llorar. Cogió un taxi. El taxista preguntó a dónde la llevaba. Ella dijo: «Atocha». El taxista preguntó: «¿al tren AVE?». Ella dijo: «Sí. A salidas».
El AVE a Barcelona tardó dos horas y media en llegar a su destino.
Mía se pasó todo el trayecto mirando por la ventanilla:los olivos,los campos,las montañas.
No pensaba en nada. O pensaba en todo. En el beso de la discoteca.
En la chaqueta de Rafa. En la lasaña del Aurora .
En su madre diciéndole «los hombres son malos».
En Iván diciéndole «ojalá fueran míos». Cuando hicieron el amor…
Llegó a Barcelona. El sol caía a plomo. La ciudad olía a mar y a tubo de escape de coches. Cogió el metro. Se bajó en la parada de siempre. La que llevaba a la agencia. Caminó por la calle conocida. El bar de Dani. La tienda de ultramarinos. El escaparate roto.
La agencia estaba cerrada.La persiana bajada. El cartel de «Cuba sí» medio tapado. La mesa de ping-pong asomando por la puerta acristalada. Mía llamó. Nadie respondió. Llamó otra vez. Nada.
Se sentó en el bordillo de la acera. Con el bolso en el regazo. Las gafas de sol puestas. El calor pegando de lo lindo.
—Señorita —dijo una voz.
Mía levantó la cabeza. Rafa estaba allí, con su mochila roída y el bote de Nocilla en la mano. Se quedó blanco. Más blanco que un folio.
—Señorita.
—Rafa.
—¿Qué hace aquí?
—¿Dónde está Iván?
—¿Quién?
—No me toque las narices.
Rafa tragó saliva. Metió la mano en el bolsillo. Sacó la llave de la agencia.
—Venga —dijo—. Voy a abrir.
La persiana subió con un chirrido. El local olía a cerrado.
A humedad. A Nocilla vieja. La gotera había crecido.
Los folletos de Grecia estaban empapados, con las páginas pegadas.
El ventilador de la silla de camping seguía ahí, apagado.
La mesa de ping-pong, también. Pero no había ni rastro de Iván.
—¿Dónde está? —preguntó Mía.
Rafa dejó el bote en el mostrador. Se sentó en la silla de la trastienda.
—En Madrid.
—¿En Madrid?
—Salió ayer. No, antes de ayer. No sé. Llevo dos días sin dormir. Puri me ha dejado otra vez.
—Rafa, concéntrate.
—¿Usted cree que el jefe está bien?—Mía se quedó mirándolo.
—Lleva dos semanas comiendo como un sintecho . Ha perdido tres clientes. Le llamó una señora para un crucero por el Báltico y le vendió uno por el Mediterráneo. Porque estaba mirando el móvil. El suyo. Esperando que usted llamara.
Mía no dijo nada. Rafa siguió.
—Se pasa el día mirando la puerta. Como si usted fuera a entrar en cualquier momento. Con la chaqueta que le presté. La que me pidió que no le devolviera.
—¿Y se fue a Madrid?
—Alguien le dijo que usted estaba allí. Cenando con un señor del banco.
—Mi madre.
—No sé. Pero se fue. Con el C3. El que tiene un golpe en la puerta del acompañante. Durmió en el coche. Se puso mi chaqueta. Y luego volvió.
—¿Volvió?
—No. Eso no. Eso lo ha hecho usted.
Mía se sentó en la silla que cojeaba. La del primer día. La que rechinaba cuando se movía.
—Rafa.
—¿Sí?
—¿Él quería mi dinero?
Rafa la observó durante un buen rato. Se metió una cucharada de Nocilla en la boca.
—No.
—¿Estás seguro?
—El jefe no sabe querer el dinero. Solo sabe querer la gotera y la agencia. Y, ahora, a usted. Y no le diga que he dicho esto, porque luego se pone tonto.
—No digas gilipolleces.
Mire la agencia, señorita. Lleva meses así.
Él podría haberla vendido. Podría haber pedido dinero a un banco.
Podría haber aceptado la oferta de Jacinto, que le quería dar un préstamo con intereses de usura.
Pero no. Se ha quedado ahí. Porque la agencia es de su padre.
Y usted es usted. Y la gotera es la gotera. Eso ya no lo arregla ni Dios.
Mía se levantó.
—Me voy.
—¿Ya?
—No. Voy a buscarlo.
—Se fue a Madrid.
—Pues volveré a Madrid.
—No está allí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque me llamó hace una hora. Desde el área de servicio de Tarragona. Me dijo que volvía. Que ya no podía más. Que se le había roto el corazón, pero también el coche. Y que el coche era más fácil de arreglar.
Mía se quedó helada.
—¿Cuándo?
—Hace una hora.
—¿Y cuánto se tarda de Tarragona a Barcelona?
—Una hora. O dos. Depende del tráfico y de la fe. El jefe poca fe tiene, pero tráfico hay. Habrá pillado un BlaBlaCar.
Mía miró el reloj. Miró la puerta. Miró a Rafa.
—Rafa.
—¿Sí?
—Vete.
—¿A dónde?
—A la trastienda. Y no salgas hasta que te diga.
Rafa sonrió. Se levantó. Cogió el bote de Nocilla y se fue a la trastienda.
Mía se quedó sola. Se sentó en la silla que cojeaba. Se puso las gafas de sol. Las del primer día. Esperó.
El reloj de la pared marcaba las seis y media. El sol empezaba a bajar. La gotera seguía cayendo. Los folletos de Grecia seguían empapados. La mesa de ping-pong seguía en medio de la agencia. Todo igual. Todo igual que el primer día.
Oyó un ruido. La puerta. El tintineo.
No miró.Oyó los pasos. Lentos. Pesados. Como quien ha conducido quinientos kilómetros para nada.
Oyó una voz. Ronca. Cansada.
—Mía.
Se giró.
Iván estaba allí. Con la chaqueta de Rafa. Los zapatos de la agencia. La barba de tres días. Las ojeras. El pelo revuelto.
Se quedaron mirando.
—Siéntate —dijo ella.
Iván se sentó en la silla que no cojeaba. La suya.
—¿Cómo has entrado? —preguntó.
—Rafa me ha abierto.
—¿Dónde está Rafa?
—En la trastienda. Con la Nocilla.
Iván sonrió. Débil. Cansado.
—Sabía que vendrías…
—¿Por?
—Porque me lo ha contado tu madre. Me llamó. Dijo que parecías un perro abandonado. Y que si no te recogía ella, lo haría la perrera.
—¿Mi madre?
—Tu madre.Resulta que no es tan bruja como pensaba. O sí. Pero tiene razón en algunas cosas.Mía.
—Dime.
—¿Qué haces aquí?—Ella se quitó las gafas de sol. Lo miró.
—He venido a verte.
—Pues ya me has visto.
—No. A verte de verdad. A saber si eres quien dices ser.
—¿Y qué has averiguado?
—Que tienes una agencia que se cae a cachos. Una gotera que no puedes arreglar. Un empleado que come Nocilla a todas horas. Y una chaqueta prestada que te queda fatal.
—Eso ya lo sabías.
—Sí. Pero necesitaba comprobarlo.
Iván se levantó. Se acercó a ella. No la tocó.
—Mía.
—¿Qué?
—Te quiero.
—Ya lo sé.
—No lo sabes.
—Lo sé. Por eso he vuelto. Yo también te amo.
—¿Y qué hacemos ahora?
—Ahora, nada. Arreglar la gotera. Vender la mesa de ping-pong. Cambiar el cartel de Cuba.
—¿Y luego?—Mía se levantó. Se puso de pie frente a él.
—Luego, ya veremos.
Iván sonrió. Mía también. El sol se colaba por la persiana rota. La gotera seguía cayendo. Rafa se asomó desde la trastienda.
—¿Ya puedo salir?
—No —dijeron los dos.Rafa se escondió otra vez.
Mía apoyó la frente en el pecho de Iván. Él la abrazó.
—Hueles a coche —dijo ella.
—Y tú a tren.
—Los dos apestamos.
—Lo sé.
—¿Y qué?
—Pues que me da igual.
Se besaron. Se quedaron abrazados. La gotera seguía cayendo. Los folletos de Grecia seguían empapados. La mesa de ping-pong seguía en medio de la agencia. Pero todo era distinto.
Porque ella había vuelto.
Y él todavía no se lo creía .