No estoy para cruceros CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

En lo más profundo de mi alma…

—He venido a verte.

Mía soltó una risa sin humor.

—Pues has conducido quinientos kilómetros para nada.

—Puede ser.

—No, puede ser no. Seguro.

Iván se quedó de pie junto a la mesa. El camarero pasó por detrás y retiró una copa vacía. Ninguno de los dos le prestó atención.

—¿Ya has terminado? —preguntó ella.

—No.

—Pues yo sí.

Mía cogió el bolso. Se levantó. El vestido azul cayó recto hasta las rodillas. Parecía la misma mujer que había entrado en la agencia dos semanas atrás. La de las gafas enormes. La de la isla privada. La que no dejaba que nadie se acercara demasiado.

—Te escuché aquella noche —dijo.

Iván tragó saliva.

—Me lo imaginaba.

—Escuché lo que le dijiste a Rafa.

—Mía…

—No. Déjame terminar. Porque llevo una semana imaginando esa conversación una y otra vez. Una semana pensando que todos sois iguales. El otro Iván, mi madre, los abogados, el banco… todos. Y tú también.

Iván se pasó una mano por la cara.

—No fue así.

—Claro que fue así. Lo viste. Leíste el mensaje el primer día y me mentiste.

—Sí.

Mía se quedó callada.No esperaba que lo admitiera tan rápido.

—¿Sí?

—Sí. Lo vi.

El ruido de la gente de la terraza pareció alejarse un momento.

—Y me dio vergüenza decirte que lo había visto. Así de simple.

—¿Vergüenza?

—Vergüenza. Porque llevabas media hora tratándome como a un imbécil y yo acababa de enterarme de que tenías una fortuna de cuarenta millones de euros.

Mía lo miró sin pestañear.

—¿Y qué pensaste?

Iván sonrió sin alegría.

—Que ojalá fueran míos.

Ella soltó una carcajada corta.Una carcajada de incredulidad.

—Al menos eres sincero.

—Me lo has puesto difícil para seguir mintiendo.—Mía negó con la cabeza.

—No tienes arreglo.

—Probablemente no.

Ella suspiró. Miró Madrid una última vez. Luego se colgó el bolso al hombro.

—Vete a casa, Iván.

—No.

—¿Cómo que no?

—Porque he conducido toda la noche para decirte la verdad. Y todavía no he terminado.

—Pues termina rápido.

—Me gustabas antes de saber lo del dinero.

—Mentira.

—No.

—Mentira.

—Mía, me pareciste un poquito insoportable en el primer minuto. Eso es diferente.

Ella intentó contener la sonrisa y no lo consiguió del todo.

—Eres idiota.

—Lo sé.

—Y llevas la chaqueta de Rafa.

—No tengo más.

—Te queda horrible.

—Eso me lo ha dicho todo el mundo hoy.

Mía bajó la mirada. Durante un segundo pareció cansada. Muy cansada.

—No sé si puedo perdonarte.

—No te he pedido que me perdones.

—¿Entonces qué haces aquí?—Iván la miró.

—Esperar a que algún día quieras hacerlo.

Mía apretó los labios.Luego echó a andar hacia el ascensor sin volver la cabeza.

—Buenas noches, Alarcón.

—Buenas noches, Ferrer.

Las puertas se cerraron delante de ella.

Iván se quedó quieto unos segundos.Después bajó a la calle.

Después bajó a la calle.

Y, en lugar de arrancar el coche, y volver a Barcelona, se sentó en un banco frente al edificio.

Porque, después de todo lo que había pasado, todavía había una cosa que no estaba dispuesto a hacer.

Marcharse el primero.