No estoy para cruceros CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

Dos urracas y una cena

El Aurora atracó en el puerto de Barcelona un martes por la mañana con tres horas de retraso y un rumor de gastroenteritis que nadie confirmó pero que todo el mundo daba por cierto.

Iván bajó del barco con la mochila a la espalda y la camisa sin planchar.

Rafa lo seguía con Puri agarrada del brazo y el bote de Nocilla asomando por la mochila.

—Jefe, ¿qué vas a hacer? —preguntó Rafa.

—Volver a la agencia.

—¿Y a buscarla?

—Ella se fue. No voy a perseguirla.

—Pues deberías.

Iván no respondió. Cogió un taxi. El taxista era un hombre de unos sesenta años que no habló durante todo el trayecto. Iván se lo agradeció en silencio.

La agencia se encontraba igual. La persiana rota. La gotera. La mesa de ping-pong. Los folletos de Grecia con las esquinas levantadas por la humedad. El cartel de «Cuba sí». Todo igual. Pero distinto. Porque ella no estaba.

Se sentó detrás del mostrador. Encendió el ordenador. La pantalla seguía marcando cero reservas. El teléfono seguía sin sonar. La vida seguía siendo una mierda.

Pasaron los días. Iván iba a la agencia por la mañana, se sentaba detrás del mostrador y miraba la puerta.

Esperando. Siempre esperando. El datáfono seguía rechazando el café.

Dani, el camarero del bar de la esquina, seguía cobrándole los «luegos».

Jacinto, el casero, seguía amenazando con el abogado. Nada había cambiado. Excepto él.

Rafa volvió a los tres días. Puri se había quedado en Cuenca, pero le mandaba mensajes cada hora.

—¿Cómo está la señorita? —preguntó Rafa, dejando el bote de Nocilla en el mostrador.

—No lo sé.

—¿No la has llamado?

—No tengo su número.

—Mientes.

—Vale. Lo tengo. Pero no me atrevo.

Rafa se sentó en la mesa de ping-pong. Se metió una cucharada de Nocilla.

—Jefe, eres un cobarde.

—Lo sé.

—Un cobarde enamorado.

—También lo sé.

—Pues llama.

Iván cogió el móvil. Buscó el número de Mía. Lo miró un rato. Luego apagó la pantalla.

—No puedo —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no sé qué decirle.

—Pues dile la verdad.

—¿Qué verdad? ¿Que vi el mensaje del banco el primer día y no le dije nada? ¿Que he estado mintiéndole desde el principio?

—Eso.

—Me va a mandar a la mierda.

—Pues al menos te mandará a la mierda habiendo sido sincero.

Iván volvió a mirar el móvil. Volvió a apagarlo.

—Déjame un par de días.

—Los que quieras, jefe. Pero no esperes demasiado. Las mujeres como ella no se encuentran todos los días.

Rafa se fue. Iván se quedó mirando la gotera. El agua caía sobre los folletos de Grecia. Grecia parecía una mancha de humedad. Todo en su vida parecía una mancha de humedad.

Pasó una semana. Iván no llamó. No se atrevió. Cada noche se quedaba despierto pensando en ella. En sus pies descalzos. En su risa. En la forma en que había salido corriendo en Santorini. En el móvil que se dejó olvidado. En la conversación que ella había oído sin querer.

«Lo viste tú» —se repetía—. «Lo viste tú.»

Y entonces, una tarde, el teléfono de la agencia sonó. No era el móvil. Era el fijo. El que solo sonaba para las fotocopias y las llamadas equivocadas.

—Cruceros Alarcón, dígame —dijo Iván, con la voz automática.

—¿Iván? —dijo una voz de mujer. Mayor. Con acento de Madrid. Y un tono que no era cariñoso. Era cortante. Como quien llama para ajustar cuentas.

Iván la reconoció al instante. La madre de Mía. La de la videollamada en Santorini. La que decía «mis niños» mientras el ex le enseñaba el anillo de plástico.

—Soy yo —dijo Iván, con la boca seca.

—Mire, joven, no voy a andarme con rodeos. Le llamo porque creo que tiene derecho a saberlo, aunque no se lo merezca.

—Dígame.

—Mía está bien. No se preocupe por ella. No la necesita.

—No le preguntaba por eso.

—Pues yo se lo digo igual. Mi hija tiene una vida importante ahora. Gente importante. Hombres importantes.

Iván apretó el auricular.

—¿A qué se refiere?

—A que esta noche tiene una reunión. En el Círculo de Bellas Artes. Con un señor del banco. De los que llevan traje y hablan de acciones y dividendos. Alguien de su mundo. De su nivel.

—¿Y por qué me llama?

—Porque he pensado que debería saberlo. Para que no se haga ilusiones. Para que deje de llamarla. Para que la deje en paz.

—No la llamo.

—Pues mejor.

—¿Y el ex? —preguntó Iván, sin poder evitarlo—. ¿También va a estar allí?

La madre soltó una risa corta, de esas que daban ganas de estamparla contra la pared.

—Iván siempre está. Mi Iván. El de verdad. El que nunca la ha dejado tirada. El que la quiere para siempre.

—Usted no sabe lo que es la verdad.

—Y usted no sabe lo que es querer a alguien sin querer su dinero. Así que déjela en paz. Y váyase un poquito a la mierda.

Colgó.

Iván se quedó con el teléfono en la mano, el pitido sonando en el auricular. Rafa lo miraba desde la mesa de ping-pong.

—¿Quién era? —preguntó.

—La madre.

—¿La arpía?

—La misma.

—¿Qué quería?

—Restregarme por la jeta que su hija esta noche cena en el Círculo de Bellas Artes con un señor del banco y con su Iván.

Rafa silbó bajito.

—Joder, jefe.

—Lo sé.

—¿Y qué vas a hacer?

Iván se quedó mirando el mapa de Grecia. Las islas. El mar. La humedad.

—Voy a Madrid —dijo.

—¿Ahora? ¡No me jodas!

—Ahora.

—¿Con el coche?

—Si me responde, sí.

—¿Con el C3?

—Rafa, por favor, no seas plasta, ¡con el C3! ¿Con cuál va a ser si no tengo otro?

—¿El que tiene un golpe en la puerta del acompañante?

—Ese.

—¿Y cómo vas a llegar hasta Madrid con ese trasto?

—No lo sé. Pero llegaré.

Rafa se levantó. Fue a la trastienda. Volvió con una bolsa de plástico.

—Toma. Provisiones.

Iván abrió la bolsa. Nocilla. Pan de molde. Una botella de agua.

—¿Esto es una declaración de amor? —preguntó.

—Es una declaración de supervivencia. Madrid está lejos. Y tú estás demasiado mayor para hacer quinientos kilómetros sin comer.

Iván guardó la bolsa en la mochila. Agarró las llaves del coche. Salió a la calle. El sol se ponía. Barcelona se vestía de naranja.

El C3 arrancó a la tercera. Tosió un poco, pero aguantó. Iván salió por la Diagonal, cogió la B-23, luego la AP-7. El tráfico era denso. Los coches le pitaban. Él no pitaba a nadie. Iba con la cabeza en otra parte.

Paró en un área de servicio a la altura de Tarragona. Se comió un bocadillo de Nocilla. Miró el móvil. No tenía mensajes. Apagó la pantalla.

Siguió conduciendo.

Llegó a Madrid a las cinco de la mañana. El sol todavía no había salido. Las calles estaban vacías. Encontró un sitio para aparcar cerca de la Plaza Elíptica. Se durmió en el coche, con el asiento reclinado y la chaqueta de Rafa de almohada.

Soñó con el mar. Con las gaviotas. Con un vestido azul.

Se despertó a las diez. Tenía once horas por delante.

Pasó el día dando vueltas por Madrid. No conocía la ciudad.

Se perdió varias veces. Comió un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor.

Se tomó un café en la Gran Vía. Compró un ramo de flores en una tienda de la calle Fuencarral.

Rosas rojas. Las mismas que el ex le había mandado a Mía.

Luego las tiró a una papelera. No quería parecerse a él.

No quería parecerse a nadie.

A las ocho y media de la tarde se puso la chaqueta de Rafa. Se miró en el retrovisor del coche. Tenía ojeras. Barba de tres días. La camisa arrugada. Parecía un espantapájaros. Llamó a Rafa.

—Jefe, ¿estás en Madrid?

—Estoy.

—¿Vas a verla?

—Voy.

—¿Con la chaqueta?

—Con la chaqueta.

—Pues mucha mierda.

—Gracias.

Iván colgó. Dejó el coche en doble fila, con los avisos puestos. Sabía que le iban a poner otra multa. No le importó.

El Círculo de Bellas Artes estaba en la calle Alcalá. Un edificio enorme, con columnas y vidrieras. La fachada iluminada. La gente elegante entrando. Iván se acercó a la puerta. Un portero con uniforme lo miró de arriba abajo.

—¿Señor?

—Tengo una cita.

—¿Con quién?

—Con Mía Ferrer.

El portero consultó una lista.

—No aparece.

—Está en la terraza. Con alguien.

—Lo siento, no puedo dejarle pasar.

Iván metió la mano en el bolsillo. Sacó la cartera. Enseñó el carné de la agencia. Cruceros Alarcón. Una foto suya con diez años menos.

—Soy su agente de viajes. Necesito verla. Es urgente.

El portero lo miró. Dudó.

—Un momento.

Habló por un walkie. Alguien contestó. El portero asintió.

—Sube. La terraza. La última mesa de la izquierda.

Iván entró. El ascensor olía a dinero. Subió hasta la azotea. Las puertas se abrieron.

Madrid a sus pies. Las luces. Las terrazas. El Palacio de Cibeles. La Gran Vía. El cielo oscuro. La gente con copas de vino y vestidos de noche. Y al fondo, junto a la barandilla, la última mesa de la izquierda.

Allí estaba Mía.

Llevaba un vestido azul. El pelo suelto. Las joyas que nunca se ponía. Parecía otra. Parecía la mujer que había conocido en la agencia. La del bolso de cuarenta mil euros. La de las gafas de sol enormes. La que quería una isla privada.

A su izquierda, el hombre de las canas, el traje azul marino. El director del banco. El de las acciones y los dividendos. Hablaban bajito, con papeles delante. Copas de vino tinto. Una botella en la mesa.

No había nadie más.

Iván se quedó mirando. Su madre le había dicho que el ex estaría allí. «Mi Iván. El de verdad.» Pero no estaba. Solo el banquero. Y ella.

Mía levantó la vista.

Lo vio.

Se quedó helada.

El bolígrafo se le cayó de la mano. Rodó por el mantel. El director del banco levantó la cabeza, vio a Iván, y con una educación exquisita, cogió los papeles y los guardó en su carpeta.

—¿Amigo suyo? —preguntó.

Mía no respondió. Seguía mirando a Iván.

Iván caminó hacia la mesa. Los pasos largos. La chaqueta de Rafa ondeando. La gente lo miraba. Los camareros, también. Él no miró a nadie. Miró a Mía.

Se detuvo a un metro de la silla vacía.

—Mía —dijo.

—Iván.

—¿Puedo sentarme?

Mía lo miró. Le sostuvo la mirada durante unos segundos que se hicieron largos. Casi eternos.

—No —dijo.

—Mía, por favor.

—Te he dicho que no.

El director del banco se levantó. Se puso la chaqueta.

—Cenamos otro día. Tenemos tiempo.

—No se vaya —dijo Mía—. La reunión no ha terminado.

El hombre la miró. Luego a Iván. Luego volvió a mirar a Mía.

—Llámeme cuando quiera. El dinero no corre prisa.

Se fue. Dio la mano a Iván al pasar. Una mano firme, educada, sin preguntas.

Se quedaron solos.

Mía no miraba a Iván. Miraba la copa de vino. El mantel manchado. El bolígrafo en el suelo.

—¿Qué haces aquí? —preguntó.

—He venido a verte.

—Pues vuelve por donde has venido.