No estoy para cruceros CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Mikonos y un móvil olvidado

No se había puesto las sandalias porque no quería hacer ruido. No quería despertar a nadie. No quería que nadie la viera así, con el pelo revuelto y los labios hinchados. Se sentía ridícula. Y feliz. Y ridículamente feliz.

Llegó a su camarote. Abrió la puerta. Entró. Se dejó caer en la cama y se quedó mirando al techo. La mancha de humedad. La misma que en el camarote de Iván. La misma que en la agencia. Pensó que las manchas la seguían a todas partes. O quizá era ella la que las seguía a ellas.

—Qué idiota —murmuró.

Sonrió. Se tapó la cara con la almohada.

Y, entonces. se dio cuenta.

El móvil.

No estaba en la mesilla. No estaba en el bolso. No estaba en el baño.

—Joder.

Lo había dejado en el camarote de Iván. Sobre la mesilla. Al lado del bote de Nocilla de Rafa.

Mía se quedó mirando la puerta. Pensó en volver. Pensó en llamar. Pensó en dejarlo allí toda la noche y recuperarlo por la mañana.

—Ni de coña —dijo.

Se levantó. Se puso las sandalias. Salió al pasillo.

El pasillo seguía vacío ylas puertas cerradas. Pilló el ascensor. Llegó al 412. Levantó la mano para llamar. Y entonces oyó voces.

Dentro. La puerta no estaba bien cerrada. Una rendija. Solo una muy chiquitita por la que se oían voces.

Oyó a Rafa. Y oyó a Iván.

—Jefe, madre mía —dijo Rafa.

Iván debió de hacer un gesto, porque Rafa siguió hablando.

—Cállate tú. No… Quiero disfrutar esto… Te he visto la cara nada más entrar y solo he necesitado tres segundos para saber lo que se ha cocido aquí.

—No digas tonterías —dijo Iván.

—Claro. Por eso llevas media hora mirando la misma pared. Por eso tienes la camisa al revés. Por eso sonríes como un idiota.

—No sonrío.

—Claro que sí, guapi. Sonríes y te has enamorado.

Mía se quedó pegada a la puerta. El corazón le latía en los oídos.

—No digas tonterías —repitió Iván, pero su voz sonaba distinta. Más débil.

—Venga, jefe. Si se te nota a la legua.

—Rafa, cállate de una vez.

—Vale, vale. Pero mira el lado bueno.

—¿Qué lado bueno? ¿De qué hostias me estás hablando?

Rafa bajó la voz. Mía tuvo que pegarse más.

—Pues que si todo sale bien, al menos te puede arreglar la agencia.

Mía dejó de respirar.

—¿Qué has dicho? —preguntó Iván. Su voz era ronca. Cortante.

—No me mires así. Estoy hablando de cuarenta millones de leuritos …

—¡Baja la voz!

—¿Que baje la voz? Pero si lo viste tú con esos ojitos que se han de comer la tierra.

Mía sintió que el suelo se abría. «Si lo viste tú». La palabra le golpeó en el pecho como una piedra.

—Rafa, te he dicho que no hables de eso.

—Yo solo digo que con una décima parte montamos una agencia en condiciones. Nueva. Sin goteras. Sin mesa de ping-pong. Con aire acondicionado de verdad.

—Esa pasta no es nuestra…

—Todavía no.

—Rafa.

—Estoy de coña, jefe.

—No se juega con eso.

—Vale. Perdona. Pero tú también lo has pensado. No me digas que no.

Mía no esperó más. Dio un paso atrás. Otro. Sus pies, ahora descalzos, no hacían ruido en la moqueta. Llegó a su camarote. Entró. Cerró la puerta.

Se apoyó en la pared. Las rodillas le temblaban.

—Lo viste tú —murmuró—. Lo viste tú.

No era el anillo. No era la madre. No era el pesado.

Era él. Iván. El que le había dicho que no la quería por el dinero.

El que le había prometido que no la miraba distinto.

El que había visto el mensaje en el móvil el primer día, en la agencia, cuando se le cayó el bolso. Dijo que no había visto nada.

Había fingido. Había mentido. Había vendido un crucero de mierda. Había besado. Había abrazado. Había hecho el amor.

Y todo el tiempo sabía.

Mía se dejó caer en la cama. Miró el techo. La mancha de humedad. La misma de siempre.

No lloró. No gritó. No llamó. Se quedó quieta, mirando la mancha, mientras el barco se mecía y el mar sonaba lejos.

Pensó en su madre. En el ex. En la vecina del quinto. En todos los que la miraban distinto. Y ahora él. También él.

—Todos iguales —susurró.

Se levantó. Abrió la maleta. Empezó a meter la ropa. Los jerséis de invierno que nunca se puso. Las bufandas. Los guantes. Los pantalones de lana. Todo.

No iba a esperar. No iba a pedir explicaciones. No iba a montar una escena. Mía no era de esas. Mía era de cerrar la puerta y marcharse.

Terminó de hacer la maleta. Miró el reloj. Las cinco de la mañana. El barco atracaría en Miconos al amanecer. Habría ferris. Habría taxis. Habría aviones. Habría una salida.

Cogió el bolso. El de cuarenta mil euros. Lo abrió. Sacó la postal de las flores azules. La miró un momento. Las flores rotas. Los colores brillantes. La mentira bonita.

La dejó en la mesilla. Tenía un duplicado de la tarjeta SIM y otro móvil…

Se fue.

No miró atrás.

❀❀❀

Iván se despertó con el sol en la cara y el brazo estirado sobre el lado vacío de la cama. Parpadeó. Miró la almohada de al lado. Vacía.

Se incorporó. Rafa roncaba en la litera de arriba. El bote de Nocilla seguía en la mesilla. La nota de Puri también.

—Mía —llamó en voz baja.

Pensó que habría bajado a desayunar. O a la piscina. O a cubierta a ver el amanecer. Se duchó. Se vistió. Salió al pasillo. Llamó a la puerta del 514. Se había dejado el móvil. Tenía que devolvérselo.

Volvió a llamar.

—Mía, soy yo.

Silencio.

Bajó al comedor. La señora de los calcetines estaba desayunando con su marido. El matrimonio de Éfeso tomaba café en la terraza. Puri estaba sola en una mesa, con una magdalena en la mano.

—¿Ha visto a Mía? —preguntó Iván.

—No, cariño. Hoy no ha bajado.

Subió a cubierta. La piscina vacía. Las tumbonas plegadas. El sol empezaba a calentar. El mar brillaba. Miconos se veía a lo lejos, casas blancas, molinos, agua turquesa.

—Mía —gritó.

Nadie respondió.

Bajó a recepción. La chica del uniforme azul levantó la cabeza.

—¿La señora Ferrer? Ha cogido el primer ferry. Hace una hora.

Iván se quedó mirándola.

—¿El ferry?

—A Atenas. Desde allí supongo que volará a Madrid.

—¿Sola?

—Efectivamente.

Iván salió a cubierta. Se apoyó en la barandilla. El ferry ya se veía pequeño en el horizonte… Como un punto blanco sobre el agua azul.

—¿Jefe? —Rafa apareció a su lado, con el bote de Nocilla en la mano—. ¿Qué haces ahí?

—Se ha ido.

—¿Quién?

—Mía.

—¿A dónde?

—A Madrid.

Rafa se quedó callado. Se metió una cucharada de Nocilla.

—¿Por qué?

—Me lo puedo imaginar…

—¿No la has llamado?

—Se lo dejó en el camarote.

—Jefe.

—Dime.

—Creo que la cagamos. Ayer nos escuchó.

—Ya lo sé.

El ferry se perdió en el horizonte. El mar se quedó vacío. El sol seguía calentando. Las gaviotas seguían volando y él quería hacerlo con ellas y desaparecer.

Iván se quedó mirando el horizonte, con las manos agarradas a la barandilla, y pensó que el Aurora seguía siendo un barco de mierda. Pero ahora, sin ella, era mucho peor.