CAPÍTULO 14
La búsqueda
Iván se quedó solo en el mirador. El mar seguía allí.
Las gaviotas también. Pero ella se había ido.
La vio desaparecer entre la gente, el vestido de flores moviéndose como una bandera de rendición.
Quiso correr detrás de ella, pero las piernas no le respondieron.
No sabía si perseguirla o dejarla tranquila.
No sabía si llamarla o esperar. No sabía nada.
Se pasó una mano por la cara. Notó que sudaba. El sol de Santorini pegaba bien fuerte.
—Jefe —dijo una voz a su espalda.
Era Rafa. Puri estaba con él, con un sombrero de paja y una botella de agua en la mano.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Rafa—. La hemos visto salir corriendo.
—No lo sé.
—¿No lo sabes o no lo quieres decir?
—No lo sé, Rafa. Déjame.
Rafa lo miró. Esa mirada suya, de quien había visto demasiados cruceros y demasiadas despedidas.
—Ve a buscarla, jefe. No la dejes sola.
Iván asintió. Echó a andar.
Oia era un laberinto de callejuelas blancas, escaleras que subían y bajaban sin sentido, buganvillas rojas cayendo por las paredes.
Iván caminó sin rumbo, con el sol en la nuca y la boca seca.
Preguntó a una señora que vendía imanes.
Preguntó a un camarero que limpiaba mesas.
Preguntó a un niño que jugaba con un perro.
Nadie había visto a una mujer con vestido blanco y sandalias relucientes.
Llamó a su móvil. No contestó. Volvió a llamar. Tampoco.
—Joder, Mía —murmuró.
Llegó a una plaza pequeña, alejada del bullicio. No había cúpulas azules. No había mar. Solo una terraza cutre con sillas de plástico y una sombrilla rota. Y allí, sentada en una esquina, con la cabeza agachada y las manos sobre la mesa, estaba ella.
Iván se acercó despacio. No quería asustarla.
—¿Puedo sentarme? —preguntó.
Mía levantó la cabeza. Tenía los ojos enrojecidos. No había llorado, pero había estado a punto.
—Si quieres —dijo.
Se sentó enfrente de ella. Un camarero se acercó. Pidieron dos aguas. El camarero tardó diez minutos en traerlas. Ninguno se quejó.
—No pretendía salir corriendo —dijo Mía.
—Lo sé.
—Es que me dio miedo.
—¿Miedo de qué?
Mía se quedó callada. Miró la botella de agua. La etiqueta estaba mal pegada. Arrancó un trozo de papel con la uña.
—De que creyeras —dijo—. Lo que dijo el pesado.
—No creo nada de lo que sea que haya dicho.
—¿Por qué no?
—Porque te conozco y a esos tíos, también.
Mía soltó una risa corta, sin alegría.
—No tienes ni puta idea de cómo soy. Llevamos cinco días juntos. No sabes ni cómo me gusta el café.
—Solo. Sin azúcar. Con leche de soja. Lo pediste en el desayuno del primer día.
Mía lo miró.
—¿Te acuerdas de eso?
—Me acuerdo de todo.
Se quedaron en silencio. El camarero pasó cerca, fingiendo que no los miraba. Iván apoyó los brazos en la mesa.
—Mía —volvió a preguntar—. ¿Por qué te sigue? ¿Por qué no te deja en paz?
Ella bajó la mirada. Jugó con la botella de agua. La giró, la destapó, la volvió a tapar.
—Porque cree que me debe algo —dijo.
—¿El qué?
—No lo sé. Una oportunidad. Una segunda oportunidad. Perdón. No sé.
Iván esperó. Sabía que ella no había terminado.
—Cuando la gente cree que tienes algo —dijo Mía, despacio—, deja de verte a ti. Mira lo que tienes, lo que te rodea. Mi madre mira el dinero. Mi ex mira el dinero. La vecina del quinto, la del supermercado, la que me cruzo en la calle. Todos miran el dinero. O lo que creen que hay.
—¿Y yo? —preguntó Iván.
Mía lo miró. Esa mirada larga.
—Tú, de momento, no. Por eso me da miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que algún día te fijes. Y, entonces, dejes de ver el resto.
Iván no supo qué responder. Se quedó callado, observándola. Ella seguía jugando con la botella.
—¿Quieres volver al barco? —preguntó él, cambiando totalmente de tema.
—Sí.
—¿Andando?
—En teleférico. Ya he sufrido bastante por hoy.
Iván sonrió. Mía también. Una sonrisa pequeña, rota, pero sonrisa a fin de cuentas, como siempre.
Caminaron hacia la parada del teleférico. No se cogieron de la mano. Pero iban juntos. Pegados. Sin hablarse.
En el teleférico, Mía apoyó la cabeza en el hombro de Iván. Él no se movió. El teleférico bajaba despacio. El mar se veía abajo. Las lanchas del Aurora esperaban en el puerto.
—Iván.
—Dime.
—Gracias por buscarme.
—Siempre te buscaré.
—No digas eso.
—¿Por qué?
—Porque soy una persona muy crédulay te tomaré la palabra.
Se quedaron en silencio. El teleférico llegó a su destino.
La lancha los devolvió al barco. El Aurora seguía allí, con su pintura desconchada y sus ventanillas empañadas. Parecía un hogar. O algo parecido.
Subieron al camarote de Iván. Rafa no estaba. Seguía en Santorini con Puri, viendo la puesta de sol. Había dejado un mensaje de Whats App.
RAFA:
«Jefe, no vuelvo hasta tarde. Puri dice que disfrutemos del resto del día en Santorini».
Iván dejó la nota en la mesilla. Mía se sentó en la cama de abajo. Él se sentó a su lado. Se miraron. El camarote era pequeño. La litera de arriba vacía. La mancha de humedad en el techo.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella.
—No lo sé.
—Llevamos todo el viaje sin saberlo. Pero se me está ocurriendo algo…
Mía apoyó la mano en la pierna de Iván. Él se quedó quieto.
—Mía.
—Dime.
—¿Estás segura?
—No.
—¿Quieres que pare?
—No.
Iván acercó la mano a su mejilla. Le apartó un mechón de pelo. Ella cerró los ojos. Él la besó. Fue un beso diferente a los de la noche anterior. Más lento. Más hondo.
Mía se tumbó en la cama. Tiró de él. Iván se dejó caer a su lado. El colchón gimió. La litera de arriba tembló.
—Qué crucero de mierda —susurró ella.
—Lo sé.
—Se oye todo.
—Pues gime bajito. Aunque te voy a hacer que disfrutes tanto, que olvides por qué estás aquí.
—No me importa.
—A mí tampoco.
Mía le desabrochó la camisa. Él le bajó la cremallera del vestido. El camarote olía a humedad y a ellos. El mar sonaba lejos. El barco se mecía.
—Iván.
—Dime, cariño.
—No pares… —Iván comenzó a lamerle el ombligo, a rozarle los pezones con las yemas de los dedos y cuando llegó a la entrepierna, la chica se retorció de placer. Se sacó la polla, se puso un condón y dijo:
—No pienso parar.