No estoy para cruceros CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Santorini

El crucero amaneció fondeado frente a la caldera de Santorini.

La luz era tan irreal que parecía pintada.

Mía se asomó a la barandilla de cubierta y no dijo nada.

Se quedó mirando los acantilados, las casas blancas, las cúpulas azules que asomaban entre las rocas como si hubieran nacido allí. Iván se quedó observándola.

—¿Te gusta? —preguntó.

—No sé.

—¿Cómo que no sabes?

—Parece una postal. Las postales siempre mienten.

—Pues esta no.

Bajaron a las lanchas auxiliares, esos barcos pequeños que el Aurora usaba para desembarcar a los pasajeros cuando el puerto no tenía atraque. Las lanchas se mecían sobre el agua turquesa. Mía se sentó al lado de Iván. Rafa y Puri se sentaron detrás, con el bote de Nocilla asomando por la mochila.

—Jefe, esto es la hostia —dijo Rafa, mirando los acantilados—. Parece el decorado de una película de amor.

—No empecemos con películas de amor —respondió Iván.

—Ya hemos empezado, jefe y lo sabes.

La lancha atracó en el Puerto Viejo de Skala, justo debajo de Fira.

El calor ya apretaba, pero no era el calor pegajoso de Éfeso.

Era un calor seco, de esos que quemaban la piel, pero no te robaban el alma.

Los pasajeros del Aurora se apiñaron en la cola del teleférico.

Mía miró las escaleras que subían por la ladera: quinientos pasos de piedra zigzagueando entre burros y turistas.

—¿Subimos andando? —preguntó.

—¿Estás loca? —dijo Iván—. Con este calor, llegamos muertos.

—Pues en el teleférico.

El teleférico iba lleno. Mía se pegó a Iván. No por cariño, sino porque no había espacio. Sus hombros se rozaban. Sus manos se buscaron sin querer. Él la agarró por los dedos. Ella no se los quitó.

Arriba, en Fira, cogieron un autobús hasta Oia. El pueblo más bonito de la isla, según el guía. O el más caro, según Rafa, que iba sentado detrás con Puri.

Oia era un laberinto de callejuelas empedradas, escaleras blancas y buganvillas rojas que caían por las paredes como telones de teatro.

Los turistas se apiñaban en las terrazas con cafés en la mano y cámaras colgadas del cuello.

Las cúpulas azules de las iglesias parecían flotar sobre el mar.

El cielo era tan azul que dolía mirarlo.

Mía caminaba delante, con las sandalias nuevas que se había comprado en el puerto. Iván detrás, con los ojos clavados en su nuca, en la forma en que el viento le movía el pelo, en la manera en que se paraba a mirar un balcón o una puerta o una grieta en la pared.

—¿Has estado alguna vez? —preguntó ella, sin volverse.

—No.

—Yo tampoco.

—¿Y qué te parece?

—Pues que es bonito. Pero me da cosa.

—¿Qué cosa?

—Tanta gente mirando. Todo el mundo hace fotos. Nadie mira de verdad.

Iván se quedó pensando. Ella tenía razón. La gente iba con el móvil en la mano, encuadrando, enfocando, disparando. Pero nadie se quedaba quieto. Nadie se sentaba en una piedra a mirar el mar.

—Pues vamos a mirar —dijo Iván.

—¿Dónde?

—Allí.

Señaló un mirador al final del pueblo. No había nadie. Una barandilla blanca, unos escalones de piedra y el mar. Solo el mar.

Se sentaron en los escalones. Mía dejó las sandalias a un lado. Apoyó la barbilla en las rodillas. Iván se sentó a su lado, con las piernas estiradas y los brazos detrás de la cabeza.

—Esto sí está bien —dijo ella.

—Esto sí.

—Sin gente. Sin fotos. Sin postales.

—Solo tú y yo.

—Y las gaviotas.

—Y las gaviotas.

Se quedaron en silencio. El sol ascendía al mediodía. El mar brillaba. Una gaviota pasó volando tan cerca que Mía pudo verle los ojos.

—Iván.

—Dime.

—Lo de anoche…

—¿Qué pasó anoche?

—Sabes lo que pasó.

—Quiero oírtelo decir.

Mía se giró hacia él. Lo miró. Esa mirada profunda, de las que parecen atravesar hasta el alma.

—Nos besamos.

—Ah, eso. Ya me acordaba.

—Eres un gilipollas.

—Lo sé.

—Y me gusta.

—¿Qué te gusta?

—Que seas un gilipollas. Y que no finjas ser quien no eres.

Iván se incorporó. Se giró hacia ella. Le cogió la mano. Ella no la retiró.

—Mía.

—Dime.

—¿Esto qué es?

—No lo sé.

—¿Te importa?

—No.

—¿Seguro?

—No estoy segura de nada. Pero no me importa no estarlo.

Iván sonrió. Mía también. El mar seguía brillando. La gaviota se había ido.

—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella.

—Ahora nada. Disfrutar.

—¿Y luego?

—Luego, ya veremos.

Se quedaron mirando el mar. Las manos entrelazadas. Los hombros pegados. El sol en la cara.

Y entonces apareció él.

No lo vieron llegar. No oyeron sus pasos en las escaleras de piedra. Solo oyeron su voz. Esa voz. La voz que Mía había aprendido a odiar.

—Cariño, justo os estaba buscando.

Mía se quedó blanca. Blanca como las paredes de Oia. Blanca como la leche cortada del desayuno.

El ex estaba allí, de pie en lo alto de la escalera, con una sonrisa de domingo y una camisa de lino blanco que debía costar un mes de alquiler. Llevaba el pelo peinado hacia atrás y unas gafas de sol que le cubrían medio rostro. Se las quitó. Sus ojos eran azules. Demasiado azules.

—Hola, Mía —dijo, como si no hubiera pasado nada. Como si no hubiera treinta y siete mensajes sin contestar. Como si no hubiera flores en la basura.

Mía no respondió. Iván apretó la mano de ella.

—Perdona —dijo Iván—. ¿Nos conocemos?

—No. Pero me conoces. Soy Iván. El original.

Mía se levantó de golpe.

—¿Qué haces aquí?

—He venido a verte. He pensado que si tú no venías a mí, yo venía a ti.

—No soy tu cariño.

—Eso lo decidiremos juntos.

El ex se acercó. No caminaba. Flotaba. O eso le pareció a Iván. Tenía una seguridad que rozaba lo obsceno. Sacó el móvil del bolsillo. Deslizó la pantalla. Sonó una videollamada.

—Mira quién está aquí —dijo, con la misma naturalidad que si estuviera enseñando una foto de vacaciones.

La pantalla se iluminó. Una mujer mayor, pelo cano, gafas de pasta, delantal de cocina. La madre de Mía.

—¡Ay, por fin! —gritó la madre—. ¡Mis niños!

Mía cerró los ojos. Iván sintió que la mano de ella se tensaba.

—Hola, mamá —dijo Mía, con una voz que no era la suya.

—Hija, ¿estás bien? ¡Qué morena estás! ¡Y qué bonito Santorini! Iván me ha dicho que estáis viendo las cúpulas azules.

—Estamos viendo las cúpulas azules —repitió Mía, como un eco.

—Mi niño —dijo la madre, mirando al ex con adoración—. Qué detalle llamarme. Así puedo ver a mi hija.

El ex sonrió. Se giró con el móvil para que la madre viera el paisaje.

—Es precioso —dijo la madre—. Parece sacado de una revista. ¿Y ese chico que está a tu lado?

El ex enfocó a Iván. La madre lo miró.

—¿Quién es? —preguntó.

—El agente de viajes —respondió el ex, con un tono que dejaba claro lo poco que le importaba.

—Ah. Qué mono. ¿También viene de viaje con vosotros?

—Parece que no se separa de ella.

Mía intervino.

—Mamá, tengo que dejarte.

—¿Ya? Hija, si acabo de llamar.

—Es que la excursión…

—La excursión puede esperar —dijo el ex—. No seas mala.

Colgó. La pantalla se apagó. El ex guardó el móvil en el bolsillo y se quedó mirando a Mía. La sonrisa no se le borraba, pero había cambiado. Ahora era más fría. Más desagradable.

—¿Sabes una cosa, cariño? —dijo, mirando a Iván de reojo—. Este tío no está contigo por tus ojos bonitos. Está contigo por lo que tienes. Por lo que puedes darle.

Iván dio un paso al frente.

—No sabes de qué hablas.

—¿Que no sé de qué hablo? —el ex soltó una risa corta, sin alegría—. Llevo tres semanas viéndolo. Entró en tu vida el mismo día que… bueno, el mismo día que todo cambió. Y ahora no se te despega. Vaya casualidad.

Mía lo miró. Lo miró con una intensidad que a Iván le heló la sangre.

—¿Qué estás insinuando?

—Nada, cariño. Solo digo que hay gente que huele el dinero a kilómetros. Y este parece que tiene el olfato muy fino.

Mía abrió la boca. Iba a decir algo. Iván lo vio en sus ojos. El pánico. No el pánico de que el ex tuviera razón. El pánico de que Iván pudiera creerlo.

—No sabes nada de él —dijo ella.

—¿Y tú? —preguntó el ex—. ¿Tú sabes algo?

El silencio se hizo pesado. El mar seguía brillando. Las gaviotas seguían volando. El ex guardó las manos en los bolsillos y dio un paso atrás.

—Mía —dijo Iván, en voz baja—. ¿De qué habla?

Ella no respondió. Miraba al suelo. Las manos le temblaban.

—Tranquila, cariño —dijo el ex—. No se lo voy a contar yo. Se lo contarás tú cuando estés lista. O no. Pero el chico tiene derecho a saber con quién está jugando…

Mía levantó la cabeza. Lo miró. Esa mirada no era de miedo. Era de rabia.

—Vete —dijo.

—Mía…

—Que te vayas.

El ex levantó las manos en un gesto de paz fingida. Dio la media vuelta y empezó a caminar hacia las escaleras. Pero antes de desaparecer, se giró.

—Ya sabes dónde encontrarme, cariño. En el barco. En el camarote de al lado. He venido solo.

Se fue. Sus pasos resonaron en las escaleras de piedra. Luego se perdieron. Luego no quedó nada. Solo el viento, el mar y las gaviotas.

Mía se quedó mirando el suelo. Las manos le temblaban. Los labios le temblaban. Todo le temblaba.

—Mía —dijo Iván, acercándose—. ¿De qué hablaba?

—Nada.

—Mía.

—No quiero hablar de eso.

—Dime por qué no te deja en paz.

Ella levantó la cabeza. Lo miró. Y por primera vez desde que la conocía, Iván vio miedo. No rabia. No cansancio. Miedo.

—No puedo decírtelo —dijo.

—¿Por qué?

—Porque luego me mirarías diferente.

—No te miraría diferente.

—Sí. Todo el mundo mira diferente cuando lo sabe.

Iván quiso insistir. Le cogió la mano. Ella no se la quitó, pero tampoco la apretó. Se quedó allí, inerte, como si ya no supiera qué hacer con su propio cuerpo.

—¿Por qué tanto interés? —preguntó Iván—. ¿Por qué no te deja en paz? Hay algo que no me estás contando.

Mía tragó saliva. Abrió la boca. Casi. Estuvo a punto de decirlo. Iván lo vio en sus labios. La palabra empezó a formarse.

—Por la prim …

Y se calló.

Se tapó la boca con la mano. Dio un paso atrás. Otro. Sus ojos se abrieron como platos.

—Mía.

—No puedo.

—Mía, dime.

—No puedo, no puedo, no puedo.

Y salió corriendo.

No andando. Corriendo. Las sandalias nuevas chirriaban contra la piedra. El vestido de flores volaba detrás de ella. Los turistas se apartaban a su paso. Una señora con sombrero de paja casi se cae.

Iván se quedó en el mirador, solo, con el mar detrás y el sol en la cara. La mano de ella todavía le quemaba. Las palabras de ella todavía le zumbaban en los oídos.

—¿Por la…?

Iván se quedó mirando el mar. Las olas seguían rompiendo abajo, igual que antes, igual que siempre.

Pero ella ya había salido corriendo.