No estoy para cruceros CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—Ya lo hacen —dijo Iván—. El pesado, por ejemplo. Te ha reconstruido a su manera. La madre, también. Todos tienen una versión de ti.

—¿Y tú? —preguntó Mía.

—Yo también. Al principio pensé que eras una niña rica caprichosa.

—¿Y ahora?

Iván se quedó callado un momento. Miró las flores azules. Las grietas. Los colores que no eran reales pero que seguían siendo bonitos.

—Ahora no lo sé —dijo—. Pero me gusta más la versión que voy conociendo. Aunque tenga grietas.

Rafa carraspeó.

—Yo me voy a comprar un imán. Para la nevera. Aviso.

Se fue. Los dejó solos.

Mía seguía mirando el fresco. Iván la miraba a ella.

—Vámonos —dijo.

—Vámonos.

La tienda del puerto olía a plástico caliente, a incienso barato y a fondo de armario.

Había postales, imanes, pañuelos, réplicas de ánforas y una sección entera dedicada al Minotauro con peluches que daban miedo.

Mía recorrió los estantes con la lentitud de quien no busca nada en concreto.

Cogió una postal. La miró. La dejó. Cogió otra.

La misma imagen. Las flores azules de Cnosos. Los lirios inventados.

—¿Te la llevas? —preguntó Iván.

—No sé.

—Son dos euros.

—Lo sé.

—Dos euros no es nada.

Mía lo miró.

—Dos euros no es nada para quien no los necesita. Para quien los necesita, dos euros son dos euros.

Iván no supo qué responder. Mía cogió la postal y fue a pagar. La dependienta, una mujer con el pelo gris, las gafas en la punta de la nariz y los brazos cruzados, la cobró sin decir palabra.

—¿Te has gastado veinte mil euros en un crucero y lo que te llevas es una postal de dos euros? —preguntó Iván cuando salieron de la tienda.

—Sí.

—No te entiendo.

Mía guardó la postal en el bolso. Lo cerró con cuidado. Aseguró la cremallera.

—Yo tampoco —dijo.

Volvieron al barco. Se ducharon. Comieron.

La lasaña seguía ahí, con la misma esquina quemada y el mismo aceite naranja flotando en el borde de la bandeja.

Nadie dijo nada. Rafa se sentó con Puri, que le había guardado sitio.

Mía e Iván se sentaron juntos, sin hablar, pero cerca. Más cerca que en el desayuno.

A las diez de la noche bajaron a Ola Tropical.

La discoteca estaba llena. Los jubilados habían sacado sus mejores galas.

Las señoras llevaban vestidos de lentejuelas que reflejaban las luces de colores.

Los hombres, pantalones de pinzas y zapatos de domingo.

Júnior estaba en la pista, con una chaqueta de lentejuelas doradas que pesaría más que su dignidad.

—¡Damas y caballeros! —gritó, con el micrófono distorsionado—. ¡La pareja más simpática del Aurora va a deleitarnos con un baile de campeones! ¡Que se preparen los corazones!

Mía agarró a Iván del brazo. No por cariño. Por pura necesidad de no salir corriendo hacia la puerta de emergencia.

—No me sueltes —dijo.

—No te suelto.

—Si me sueltas, me voy.

—No te voy a soltar. Ni aunque me lo pidas.

Salieron a la pista. Los jubilados aplaudieron. La señora de los calcetines hizo una foto con flash, que dejó a todos ciegos durante tres segundos. Puri silbó con los dedos en la boca. El matrimonio de Éfeso los miraba con ternura de abuelos que ven a sus nietos en la comunión.

Júnior puso música. Una balada. Lenta. De esas que no se bailan, se sobreviven. Una canción de esas que suenan en las bodas cuando ya se ha ido medio mundo y solo quedan los borrachos y los enamorados.

Mía apoyó una mano en el hombro de Iván. Él puso la suya en su cintura. Se miraron. Ella tenía los ojos brillantes. Él también.

—Esto es ridículo —dijo ella.

—Muy ridículo.

—No sé bailar esta música.

—Yo tampoco.

—¿Qué hacemos?

—Movernos. Despacio. Que nadie note que no tenemos ni idea.

Empezaron a moverse. Un paso a la derecha. Otro a la izquierda. Un giro lento, torpe, como si estuvieran aprendiendo a caminar. Ella iba hacia adelante cuando él iba hacia atrás. Se chocaron. Se rieron.

—¿Te acuerdas de la clase de salsa? —preguntó él.

—Me acuerdo. Fue un desastre.

—Esto también lo es.

—Pero menos. Un poco menos.

Dieron una vuelta. Lenta. Muy lenta. La mano de él en la cintura de ella, apretando suave. La mano de ella en el hombro de él, los dedos enredados en la tela de la camisa. Las caras a diez centímetros. O menos.

—Mira —dijo Iván.

—¿Qué?

—La gente. Nos está mirando.

—Lo sé.

—Parece que les gustamos.

—Parece.

—¿Qué hacemos?

Mía no respondió. Se quedó mirándolo. Esa mirada larga, de las que parecen pesar más que una deuda de tres meses. De las que no necesitan palabras.

—Iván.

—Dime.

—¿Tú te imaginabas esto cuando vendiste la isla privada?

—No.

—Yo tampoco.

—¿Qué nos está pasando?

—No lo sé.

—¿Te importa?

Mía lo miró. No respondió, simplemente se acercó un paso más hacia él... Un centímetro. Dos. Lo justo para que él pudiera notar su respiración.

Y, entonces, sin saber muy bien cómo ni por qué, sin que hubiera pasado por su cabeza ni por la de ella, Iván inclinó la cabeza. Un centímetro. Dos. Lo justo para que apartarse resultara difícil.

La besó.

Fue un beso torpe. Mal medido. Él se inclinó demasiado y le dio en la comisura de los labios, en esa esquina que nadie besa por casualidad. Ella tuvo que girar la cara para reajustarse. El segundo intento salió mejor. El tercero, ya encontró el camino. En el cuarto, ella ya había cerrado los ojos.

Los jubilados aplaudieron.

Júnior lloró. No fue con una lágrima discreta. Lo hizo como si acabaran de anunciar el final del amor en la Tierra.

La señora de los calcetines hizo otra foto. Ahora con el móvil nuevo, por si acaso.

Puri dijo:

—Ay, qué bonito. Como en las películas.

El matrimonio de Éfeso se besó, por no ser menos.El marido acabó con el sombrero torcido.

Mía separó la cara. Miró a Iván. Tenía los labios húmedos y los ojos más abiertos de lo normal.

—Eso no estaba en el guion —dijo.

—Lo sé.

—¿Qué hacemos ahora?

—Seguir bailando.

—¿Y después?

Iván la miró. Esa mirada directa, de las que él no usaba nunca. De las que salen sin permiso.

—Después, ya veremos.

Siguieron bailando. La balada terminó. Júnior puso otra.

Más lenta. Con más piano. Mía no separó la mano del hombro de Iván.

Iván no separó la mano de la cintura de ella.

Los jubilados los miraban. Las lentejuelas brillaban bajo las luces negras.

El mar sonaba lejos, filtrándose por las ventanas abiertas.

Y por primera vez en todo el viaje, Mía no pensó en el dinero. No pensó en el ex. No pensó en los frescos inventados.

Pensó en las flores azules. En las grietas. En que a veces lo roto también era bonito.

Y pensó en él. En Iván. En sus manos en su cintura. En su boca en la comisura de sus labios.

En que era un desastre. Un crucero de mentira, un beso torpe, una foto en el tablón de los horrores.

Pero, por alguna puta razón, no quería que se acabara.