No estoy para cruceros CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Cnosos y el príncipe de los lirios

Mía bajó al desayuno con la esperanza de pasar desapercibida.

No lo consiguió. Apenas había cruzado la puerta del comedor cuando Júnior apareció a su lado como una exhalación, con su camisa de leopardo abierta hasta el ombligo y un megáfono que no usaba pero que llevaba colgado del hombro como un trofeo de guerra.

—¡Atención, tortolitos! —gritó, aunque solo había ocho personas en el buffet y ninguna le prestaba atención.

Mía ya puso cara de querer asesinar a alguien. La misma que ponía cuando el datáfono rechazaba la tarjeta. La misma que ponía cuando el ex le mandaba flores. La misma que ponía cuando alguien le llamaba ese tipo de gilipolleces.

—No soy ningún tortolito —dijo.

—El concurso ha hablado —respondió Júnior, ignorándola por completo—. La pareja más simpática del Aurora es… —hizo una pausa dramática, como si fuera a anunciar el ganador de un premio Nobel—. ¡Iván y Mía!

Mía se quedó mirándolo. Iván, que acababa de llegar con una bandeja en las manos, se detuvo en seco.

—¿Qué hemos ganado? —preguntó.

—Una cena en el buffet —dijo Júnior.

—Eso ya lo tenemos todos los días.

—Pero esta vez será especial. Con mantel individual.

—¿De qué color? —preguntó Mía.

—Blanco.

—Ni de coña. Los manteles individuales del Aurora son amarillos.

Júnior sonrió, imperturbable, como si acabara de descubrir que el mundo era de plástico y a él le parecía bien.

—Y además —continuó—, bailarán el baile de campeones en la fiesta de esta noche. ¡En Ola Tropical! ¡Con toda la prensa!

—¿Qué prensa? —preguntó Iván.

—La del barco. La señora de los calcetines blancos ha traído una cámara. Y la de las zapatillas de deporte tiene un móvil nuevo. Con funda de unicornio.

Mía se dejó caer en una silla. Enterró la cara entre las manos.

—Quiero morirme —murmuró.

—Después del baile —dijo Iván—. Ahora toca desayunar.

Júnior se fue tan rápido como había llegado, dejando tras de sí un rastro de colonia barata, purpurina y entusiasmo irrefrenable. Mía levantó la cabeza. Su mirada recorrió el comedor. Y entonces empezó.

La señora de los calcetines se acercó a la mesa.

—Enhorabuena, guapos. Os he votado cinco veces.

—Gracias —dijo Iván.

Mía no dijo nada. Asintió con la cabeza, nada más.

Puri, la viuda de Cuenca, apareció con una bandeja humeante.

—Rafa me ha dicho que erais muy monos bailando. Yo no os vi porque estaba en la hamaca, pero me lo ha descrito con pelos y señales.

—¿No se había dejado con usted? —preguntó Mía.

—Ya nos hemos arreglado —dijo Puri, con una sonrisa pícara—. Es que los hombres son así. Hay que darles su espacio. Y luego quitárselo.

El matrimonio de Éfeso se acercó a continuación. La mujer llevaba un sombrero de paja con una cinta roja que combinaba con sus zapatos.

—Hemos visto la foto en la pantalla —dijo—. Qué monos. ¿Cuánto lleváis juntos?

—No nos llevamos —respondió Mía.

—Ah, qué mona—interpretó el marido—. Esos son los mejores años. Los del flechazo. Los de los calcetines desparejados.

Mía quiso protestar, pero Iván le puso una mano en el brazo.

—Déjalo —susurró—. Es más fácil así.

—¿Más fácil para quién?

—Para todos. Incluyéndote a ti.

Mía lo miró. No dijo nada. Se levantó de la silla y se fue a por un café. Cuando volvió, el matrimonio ya se había ido y la señora de los calcetines estaba enseñándole a Rafa las fotos de su nieto.

El resto del desayuno transcurrió entre felicitaciones, codazos cómplices y miradas de aprobación. Cuando por fin salieron del comedor, Mía soltó un suspiro que parecía el último aliento de un condenado a garrote vil.

—No voy a ir a la fiesta.

—Sí vas.

—No.

—Mía, te han votado.

—No he votado.

—Entonces los jubilados te han votado a ti. Sin tu permiso. Como hace la vida. Como hace la lluvia. Como hace el banco cuando te cobra la comisión de descubierto.

Se quedaron mirando. Ella con los brazos cruzados y el ceño fruncido. Él con las manos en los bolsillos y una media sonrisa que intentaba ser conciliadora.

—Vale —dijo ella—. Voy. Pero no pienso bailar.

—Claro que no.

—Ni sonreír.

—Faltaría más.

—Ni mirarte a los ojos.

—Eso va a ser complicado. La gente espera química.

—Pues que esperen sentados.

—Ya están sentados. Son jubilados. Llevan toda la vida esperando sentados.

Mía se rio. Una risa corta, de mala gana, pero risa al fin. Iván se sintió victorioso. No dijo nada. No hacía falta.

El autocar para la excursión a Cnosos los esperaba en el puerto.

Era el mismo vehículo de los años noventa, con el mismo aire acondicionado de mentira —aquel que lanzaba un chorro de aire caliente y luego se rendía— y los mismos asientos de polipiel que se pegaban a los muslos cuando sudabas.

El guía era otro, pero parecía hermano gemelo del anterior: bigote poblado, voz cavernosa, micrófono que se distorsionaba cada dos por tres y una forma de decir «queridos amigos» que sonaba a amenaza.

—Bienvenidos al palacio de Cnosos —dijo, cuando todos estuvieron sentados—.

Aquí vivió el rey Minos. Aquí se gestó el mito del Minotauro.

Y aquí, queridos amigos, van a sudar como no han sudado en su vida.

Les recomiendo que beban agua. Mucha agua.

La del grifo no, que la del grifo aquí es potable pero sabe a tubería del siglo diecinueve.

Mía apoyó la cabeza en el respaldo del asiento y cerró los ojos.

—Me quiero bajar —dijo.

—El autocar está en marcha —respondió Iván.

—Da igual. Me quiero bajar igual. Aunque tenga que saltar en marcha.

—Las puertas están cerradas.

—Las rompo.

—Con las manos desnudas.

—Con las manos desnudas. Y los dientes. Y lo que haga falta.

Llegaron a Cnosos. El sol caía vertical y el mármol reflejaba la luz como un espejo gigante.

Mía se bajó del autocar con la cara encendida, el pelo pegado a la nuca y una expresión que pedía la hora de la muerte.

Iván llevaba una botella de agua que ya estaba caliente.

Rafa, que se había colado en la excursión a última hora, llevaba su bote de Nocilla y una visera de las que regalan en las gasolineras.

—Jefe, esto es la leche —dijo Rafa, mirando las ruinas—. Piedras con historia.

—Tú no sabes lo que es la historia.

—Sé lo que es la Nocilla. Eso es historia. Con mayúsculas.

Caminaron entre las ruinas. El guía explicaba cosas.

El palacio. Los almacenes. El teatro. Las columnas rojas y negras que parecían sacadas de un decorado de cine.

Los turistas iban detrás de él como un rebaño, con las cámaras en alto y la boca abierta.

Mía caminaba sin mirar. Con la cabeza gacha.

Con los pies pesados. Con la sombra del ex pisándole los talones aunque no estuviera allí.

—Aquí están los frescos más famosos del palacio —dijo el guía, deteniéndose frente a una pared larga.

Mía levantó la vista. La pared estaba llena de flores.

Azules. Rojas. Amarillas. No eran flores reales.

Eran pinturas. Tres mil años de antigüedad.

Y seguían allí. Las flores se abrían paso entre las grietas del yeso como si acabaran de pintarlas esa misma mañana.

Algunas estaban rotas. Otras incompletas.

Pero aún se veían. Los pétalos. Los tallos. El color.

Mía se quedó paralizada. No podía apartar la mirada de aquellas flores azules.

Iván ya había seguido caminando. Oyó que ella no se movía y se giró.

—¿Vienes?

Ella seguía allí. Mirando la pared.

—Mira esto —dijo.

Iván volvió sobre sus pasos. Rafa también. Se colocaron a su lado, los dos en silencio, mirando las flores.

—¿Qué tienen? —preguntó Iván.

—Tres mil años —respondió ella.

—Y están rotas.

—Sí. Pero siguen siendo bonitas.

El guía se acercó a ellos.

—Las flores son hermosas, ¿verdad? Pero les voy a contar un secreto —dijo en voz baja, como si fuera a revelar la receta de la felicidad—. La mayoría de estos frescos son inventados.

Mía lo miró. Iván también. Rafa se quedó con la boca abierta, un bocado de Nocilla a medio masticar.

—¿Inventados? —preguntó Mía.

—El arqueólogo que excavó Cnosos, un tal Arthur Evans, decidió reconstruir el palacio a su manera.

No era arqueólogo de formación, era millonario.

Y millonario y con imaginación. Contrató a un artista suizo, un tal Gilliéron, y le dijo: «Pinte usted lo que crea que había aquí».

Y el hombre pintó. Sin más. A partir de cuatro fragmentos diminutos, rellenó paredes enteras.

—¿Y eso es legal? —preguntó Rafa.

—Legal no sé. Arqueológicamente es un desastre. Pero turísticamente es un éxito. La gente no viene a ver piedras. Viene a ver flores.

Mía se quedó mirando los frescos. Las flores azules. Los lirios. Los colores brillantes.

—¿Y todo es falso? —preguntó.

—No todo. Pero sí una buena parte. Mire, por ejemplo, ese fresco de ahí —dijo el guía, señalando una pared más allá—.

Es el famoso «Príncipe de los Lirios». Un joven con una corona de plumas y un collar de flores.

Muy famoso. Sale en todas las guías. Pues resulta que el torso y la corona pertenecían a dos figuras diferentes.

Un boxeador y una esfinge. Pero Evans y su pintor los unieron. Y nació el príncipe.

—¿Un boxeador con corona de plumas? —preguntó Iván.

—Un boxeador con corona de plumas. Y collar de flores. Y cara de estar pensando en otra cosa.

Mía sonrió. Era una sonrisa rara. Como si acabara de entender algo que no esperaba entender.

—O sea —dijo—. Que esto es todo una mentira bien hecha.

—Bonita, al menos —dijo el guía—. La mentira bonita vende más que la verdad fea.

—Eso lo sé yo —murmuró Iván.

El guía se fue. Los turistas lo siguieron. Mía e Iván se quedaron atrás, mirando el príncipe de los lirios. Su corona de plumas. Su collar. Su torso de boxeador.

—Parece que lo han pegado con celo —dijo Mía.

—O con Nocilla —terció Rafa.

—O con fe —dijo Iván.

Mía lo miró. Luego volvió a mirar el fresco.

—¿Te imaginas que la gente te reconstruyera así? —preguntó—. Que cogieran trozos de ti y los pegaran donde no corresponden. Que inventaran partes que no existían.