CAPÍTULO 11
El tablón de los horrores
Iván se quedó solo en cubierta. Mía dormía en la tumbona, con la cabeza ladeada y una mano colgando fuera del reposabrazos.
La brisa le movía el pelo. Parecía más joven.
No lo sabía. Lo que sí sabía era que tenía unas ojeras enormes, incluso durmiendo.
Habría jurado que las ojeras le crecían mientras descansaba.Y, aun así, era preciosa…
Se quedó mirándola un rato. No porque quisiera.
Porque no sabía muy bien qué hacer con las manos.
Con la mirada. Con las piernas, que le pedían movimiento pero se negaban a obedecer.
Pensó que, por primera vez desde que la conocía,no parecía una clienta.
No parecía una millonaria. No parecía una mujer que hubiera llegado a su agencia con un bolso más caro que su coche.
Parecía una persona agobiada por las circunstancias,con ojeras, los pies descalzosy las uñas pintadas de rosa pálido…
Ademásese vestido de flores, se le había subido un poco al dormir.
Apartó la vista. Miró el mar.
—Jefe.
Iván pegó un bote. No uno pequeño. Un bote de los que salían del alma. Se giró y se encontró a Rafa a dos metros, apoyado en la barandilla, con las manos en los bolsillos y una expresión de haber visto algo que no debía.
—¿Qué coño haces aquí? —susurró Iván.
—Buscarte.
—¿Por qué susurras?
Rafa señaló la tumbona.
—Porque la señorita está sobando. Y no quiero que se despierte. Luego se pone de mala hostia y ya no me queda Nocilla para calmarla.
—Pues vete.
—No puedo.
—¿Por qué?
Rafa suspiró. Un suspiro largo, de esos que anunciaban una catástrofe sin remedio.
—Porque Puri me ha dejado.
Iván lo miró. No supo si reír o echarse a llorar.
—¿Puri? ¿La viuda de Cuenca?
—Esa.
—Rafa, llevas con ella seis horas.
—Seis horas maravillosas. Pero le he dicho que me gusta dormir boca abajo y se ha mosqueado. Dice que no le transmite seguridad.
—¿Y eso? ¡Ja, ja, ja!
—Dice que mi forma de coger el bote de Nocilla es «impulsiva». Que eso en un hombre de mi edad es síntoma de inmadurez afectiva.
Iván se pasó una mano por la cara. La noche se le estaba haciendo eterna.
—Rafa, tú eres inmaduro afectivo.
—Ya, pero ella no tenía que decírmelo.
Mía se movió en la tumbona. Un leve gemido. Luego siguió durmiendo. Rafa se acercó a Iván y se sentó en la barandilla, con cuidado de no hacer ruido.
—Te gusta, ¿eh? —dijo.
—No.
—Vale.
—No.
—Vale.
—¡Calla!
—Vale.
Rafa se quedó callado. Cinco segundos. Quizá seis. Era un récord para él.
—Es guapa, eso sí —susurró.
—Rafa.
—Digo, cuando no está de mala hostia.
—Rafa, por favor…
—Y tiene un buen trasero. Pero eso ya lo habrás notado tú.
Iván se levantó de la tumbona. Fue hacia la barandilla. Se apoyó en ella, a unos metros de Rafa. El mar seguía negro. El barco seguía navegando. Su vida seguía siendo un desastre.
—¿Has cenado? —preguntó Rafa.
—No.
—Puri me ha dejado plantado en el buffet. Hay lasaña.
—La de siempre.
—La misma. Con la esquina quemada. Parece que nos está esperando.
Iván se giró para mirar a Mía. Ella seguía durmiendo. El vestido se le había subido un poco más. Rafa tenía razón en que era hermosa, pero Iván no iba a darle esa victoria.
—Despiértala —dijo Rafa.
—No.
—Va a tener hambre.
—Ya la despierto yo.
—Claro. Tú. Con tus manos suaves, tu voz ronca. tu aliento a menta fresca…
—Rafa, te vas a enterar.
—Vale, jefe. No te pongas romántico.
Iván se acercó a la tumbona. Se arrodilló para quedar a la altura de Mía. Le tocó el hombro con dos dedos. Ella no se movió. Le tocó otra vez. Fue una caricia suave.
—Mía —dijo en voz baja. Nada.
—Mía, que es la hora de cenar.
Mía abrió un ojo. Luego el otro. Parpadeó. Se incorporó poco a poco, como una tortuga que sale del caparazón.
—¿Qué hora es? —preguntó, con la voz cascada.
—Las nueve.
—¿He dormido mucho?
—Casi un par de horas.
Mía se pasó una mano por la cara. Se quedó mirando sus pies descalzos. Luego miró a Iván, que seguía arrodillado junto a la tumbona.
—¿Estás de rodillas? —preguntó.
—Me he cansado de estar de pie.
—Parece que me estás pidiendo matrimonio.—Sonrió.
—No voy a pedirte nada. Solo que te levantes. Rafa dice que hay lasaña.
—La lasaña esa con la esquina quemada.
—Esa.
—La que parece una suela de zapato.
—Exactamente.
—Vale. Voy.
Mía se levantó. Se puso las sandalias. Se estiró. El vestido se le pegó al cuerpo otra vez. Iván miró al suelo.
Rafa los miraba desde la barandilla con una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Qué miras, Rafa? —preguntó Mía.
—La puesta de sol.
—Ya es de noche.
—La puesta de sol emocional, señorita. La que ocurre dentro de uno.
—Eres raro.
—Ya lo sé. Por eso me ha dejado Puri.
Caminaron hacia la puerta de la cubierta. Antes de entrar, Mía se detuvo.
—Espera —dijo.
—¿Qué pasa? —preguntó Iván.
—Que tengo tu camisa.
Se la devolvió. Iván la cogió. La camisa olía a ella. A protector solar y a un perfume floral muy suave.
—Gracias —dijo Mía.
—No pasa nada.
—Que no, que gracias de verdad.
Iván asintió. No supo qué responder. Rafa carraspeó.
—¿Vamos a cenar o vamos a declararnos en público? Porque hay cola para la lasaña y la esquina quemada no espera.
Bajaron al comedor. El buffet estaba medio vacío. Los jubilados ya habían cenado o estaban en el bingo. Solo quedaban unas cuantas parejas rezagadas y un grupo de adolescentes con bandejas llenas de patatas fritas.
Mía cogió un plato. Iván también. Rafa se sirvió lasaña. La miró con cariño.
—Esta lasaña y yo tenemos una historia de amor inconclusa —dijo.
—Una historia de maltrato —respondió Mía.
—Eso es. Maltrato con mucho queso.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana. El mar estaba negro. Las luces del barco se reflejaban en el agua. Mía probó la lasaña. Hizo una mueca.
—Sigue siendo horrible.
—Cada día más —dijo Rafa.
Cenaron en silencio. Un silencio cómodo. De los que no necesitaban palabras. De vez en cuando, Mía miraba el móvil. Lo encendía, lo apagaba, lo dejaba boca abajo. Iván no preguntó. Rafa, sí.
—¿Sigues esperando que te escriba? —dijo.
—No.
—Mientes.
—Eso ya lo sé.
Rafa se encogió de hombros. Introdujoel tenedor en la lasaña.
—Tendrías que bloquearlo.
—Ya lo he hecho.
—¿Y entonces cómo te escribe?
—Tiene varios números disponibles como si fuera un spam …
—Qué pesado.
—Lo sé.
Iván intervino.
—No va a dejar de escribir hasta que le contestes.
—No pienso hacerlo. Me ha hecho mucho daño…
—Déjale que lo haga. Y te lo quitas de encima.
Mía lo miró. Con esa intensidad, que parecía pesar mucho más que la lasaña.
—¿Tú crees?
—Estoy seguro.
Rafa se levantó. Se estiró la camisa.
—Yo me voy. Puri ha dicho que a lo mejor a las once le da por perdonarme. Y no quiero llegar tarde.
—¿No te ha había dejado? —preguntó Mía.
—Eso me dijo. Pero las viudas de Cuenca son así. Te dejan, te perdonan, te vuelven a dejar. Es su forma de amar.
Rafa se fue. La puerta del comedor se cerró tras él.
Mía e Iván se quedaron solos. Ella seguía mirando el móvil. Él seguía mirándola a ella.
—¿Te apetece dar un paseo? —preguntó Iván.
—Por el barco.
—Claro, por cubierta.
—¿A estas horas?
—La brisa es muy agradable a estas horas…
—Vale.
Salieron del comedor. El pasillo estaba vacío. Subieron a cubierta. La piscina estaba cerrada. Las tumbonas plegadas. Solo quedaba el rumor de los motores y el viento.
Caminaron sin hablar. Mía delante. Iván detrás. Llegaron al vestíbulo principal. Las luces eran suaves. La recepción, vacía. Y en una de las pantallas de la pared, colgaban las fotos del día.
Mía se detuvo.
—Mira eso —dijo.
Iván se acercó. La pantalla mostraba imágenes de la clase de salsa:la pareja mayor,la señora con zapatillas de deporte,el hombre con calcetines y sandalias. Y al final, una foto de ellos dos bailando… Iván con la mano en la cintura de Mía. Mía con la cabeza apoyada en su hombro. Los dos riendo.
Debajo de la foto había escrito un pequeño texto que decía:
«¿Serán la Pareja Más Simpática del Aurora? Vota en la recepción. El ganador tendrá una cena gratis en el buffet».
Mía se quedó mirando la foto. Luego miró a Iván.
—¿Una cena gratis en el buffet?
—Eso pone.
—La cena gratis en el buffet es la lasaña con la esquina quemada.
—Sí.
—¿Y la gente vota por eso?
—Parece ser que sí.
Mía se giró hacia la recepción. Una chica con uniforme azul las miraba desde el mostrador.
—¿Podemos quitarla? —preguntó Mía.
—¿La foto?
—Sí.
—No. Es decisión del equipo de animación.
—¿Y quién es el equipo de animación?
—Júnior.—Mía cerró los ojos. Contó hasta tres.
—¡Vámonos! —exclamó.
—¿A dónde?
—Al camarote. A fingir que no ha pasado nada.
—¿Y la foto?
—La foto ya la ha visto medio barco.
—Eso incluye al pesado.
Mía se quedó callada.
—Sí —dijo al fin—. Eso incluye al plasta por desgracia para mí.
Caminaron hacia los ascensores. No hablaron. Cuando se cerraron las puertas se miraron. El trasto subió lentamente.
—Iván —dijo Mía.
—Dime.
—¿Tú crees que la gente vota?
—¿Para qué?
—Para lo de la pareja más simpática.
—No lo sé.
—¿Y tú votarías?
Iván la miró. La pregunta le pilló desprevenido.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no me gusta la lasaña.
Las puertas se abrieron. Quinto piso. Mía salió.
—Buenas noches, Alarcón.
—Buenas noches, Ferrer.
Ella se fue hacia su camarote. Iván se quedó mirándola hasta que la puerta se cerró. Luego bajó al cuarto piso.
Rafa no estaba. Solo la mancha de humedad en el techo.
Iván se tumbó en la cama. Miró el techo. La mancha seguía allí. Como una vieja amiga.
—Por una puta foto —murmuró.
Y sonrió.
No porque fuera gracioso. Sino porque por primera vez en todo el día, Mía había pasado más tiempo mirándolo a él que a la pantalla del móvil…