CAPÍTULO 10
En la cubierta
Salieron de la discoteca Ola Tropical con los pies doloridos y las mejillas coloradas por el esfuerzo.
La música de Júnior sonaba aún en sus cabezas, ese estribillo repetitivo de salsa de los ochenta que se quedaba en el cerebro como una chincheta.
El pasillo estaba vacío. Solo el rumor de los motores y el eco lejano de otra fiesta en alguna parte del barco.
Iván empujó la puerta de la cubierta. El aire de la noche le dio en la cara, salado y fresco. El mar se extendía negro a ambos lados, sin luces, sin tierra. El Aurora navegaba solo en medio de la nada.
—¿Subimos? —preguntó Mía.
—Subamos.
La cubierta superior estaba casi desierta. Algunas tumbonas plegadas, un par de mesas con ceniceros llenos, y al fondo, la barra de la piscina cerrada con una cadena. Los jubilados ya estaban cenando o jugando al bingo. Se oían risas y aplausos lejanos, como si vinieran de otro mundo.
Mía se sentó en el borde de una tumbona. Se quitó las sandalias y se las puso al lado. Se frotó los pies.
—Me duelen los dedos —dijo.
—Te dije que no bailaras tanto.
—Tú también bailaste un montón.
—Pero yo tengo entrenamiento.
—¿Entrenamiento de qué?
—De quedar mal en público.
Mía sonrió. Se estiró hacia atrás y apoyó la cabeza en el respaldo de la tumbona. Las estrellas se veían más claras que en Madrid. O eso le parecía a Iván. Nunca había estado en alta mar de noche.
—¿Cuál ha sido el peor trabajo de tu vida? —preguntó Mía de repente.
Iván se quedó mirándola. La pregunta le pilló desprevenido.
—¿Por qué preguntas eso?
—Por curiosidad. Llevamos días juntos y no sé nada de ti. Solo que vendes cruceros de mentira y que tu ex se llevó la tele.
—Y la aspiradora.
—Y la aspiradora.
Iván se sentó en la tumbona de al lado. Se inclinó hacia atrás, imitándola.
—Mi peor trabajo fue en una tienda de colchones.
—¿Vendiendo colchones?
—Reponiendo stock. En el almacén. A cuarenta grados en verano, sin ventilación. Los colchones apilados hasta el techo, algunos pesaban más que yo. Estuve tres meses y me fui porque me dio una contractura lumbar.
—¿Te dio una contractura levantando colchones?
—Me dio una contractura levantándome de la cama para ir a trabajar.
Mía se rio.
—Qué patético.
—Lo sé. ¿El tuyo?
Mía guardó silencio un momento. Miró al cielo.
—Cajera de supermercado.
—¿Te gustaba?
—No. Pero era lo que había. Once años mirando a gente que te trata como si fueras parte del mobiliario. O peor. Como si fueras una máquina expendedora.
—¿La peor anécdota?
—Una señora me pidió que le envolviera una barra de pan en papel de regalo porque se lo iba a regalar a su madre.
—¿En serio?
—En serio. Y se enfadó cuando le dije que no teníamos papel de regalo. Que cómo era posible que un supermercado no tuviera papel de regalo. Que ella siempre compraba allí. Que se iba a quejar al gerente.
—¿Y se quejó?
—No lo sé. Ya no me acordaba de ella a los cinco minutos. Cuando trabajas de cajera aprendes a borrar caras.
Iván la miró. Había algo en su voz que no encajaba con la mujer del bolso de cuarenta mil euros. Algo más cansado. Más de andar por casa.
—¿Qué querías ser de pequeña? —preguntó.
Mía soltó una risa corta.
—Actriz.
—¿En serio?
—En serio. Me presenté a un casting para un anuncio de detergente cuando tenía doce años. No me cogieron. Dijeron que tenía cara de ser más lista que el producto.
—¿Y eso es malo?
—En los anuncios, sí. Quieren caras bobas.
—Pues a mí no me lo habrías pegado. Tienes cara de saber lo que valen las cosas.
Mía volvió a sostenerle la mirada.
—¿Cuál ha sido el viaje más cutre que has hecho? —preguntó, cambiando de tema.
—Este —dijo Iván sin dudar.
—¿Este es el más cutre?
—El más cutre y el más caro. Al menos para mí. No he pagado veinte mil pavos, pero he puesto cinco mil de mi bolsillo para cubrir gastos.
—¿Cinco mil? Pensaba que te los habías quedado.
—Los he usado. Para arreglar la gotera. Y para pagar el alquiler de dos meses.
Mía se incorporó un poco en la tumbona.
—¿Estás arruinado?
—Estoy en ello.
—¿Y te has gastado el dinero de una clienta en tu propia ruina?
—No es una clienta. Eres tú.
—Da igual.
—No da igual. Es distinto.
Mía no dijo nada. Se quedó mirando el horizonte negro. El barco se mecía suavemente.
—¿Qué es lo más estúpido que has comprado? —preguntó Iván.
—Un bolso.
—¿Eso es estúpido?
—Unos cuantos miles de euros me costó.
Iván silbó bajito.
—¡Por un bolso!
—Exactamente.
—¿Y te gusta?
—No lo sé. Nunca lo he usado.
—¿Por qué?
—Porque no voy a ningún sitio donde tenga que lucir eso. Y porque si lo llevo, la gente me mira distinto. Y a mí no me gusta que me miren distinto.
Iván pensó en la agencia. En la primera vez que la vio entrar. En las gafas de sol enormes y el vestido blanco impecable. En cómo ella misma se había construido una armadura para que la miraran de una manera que no quería.
—¿Sabes una cosa? —dijo.
—Dime.
—Pensaba que ibas a ser una tía insufrible.
—¿Y no lo soy?
—A ratos…
—Pues me has vendido un crucero que no vale lo que me has pedido y te lo he comprado sin protestar, y casi sin necesitarlo.
Mía se quedó callada. El viento le movió el pelo. Se lo apartó de la cara con una mano lenta.
—¿Y qué necesitabas? —preguntó Iván.
—Que alguien me tratara como a una más.
—Pues no has acertado. Yo te trato como a una clienta.
—Mientes.
—Ya lo sé.
Míasoltó una risa que sonó muy sincera y relajada.Después se tumbó del todo en la tumbona. Cerró los ojos.
—Cinco minutos —dijo.
—Como quieras.
Iván se quedó mirando el mar. El barco seguía su rumbo. No había luna. Las estrellas se reflejaban en el agua negra. Cada vez que el Aurora cortaba una ola, esta se rompía y volvía a formarse.
Mía se durmió.
No roncaba. Solo respiraba despacio. Con la boca entreabierta y una mano apoyada en el pecho. Parecía más pequeña. Menos blindada.
Iván se quedó mirándola. No la despertó.
El móvil de ella, abandonado en el borde de la tumbona, se iluminó. Un mensaje. La pantalla brilló en la oscuridad.
Iván leyó sin querer. No pudo evitarlo. El nombre en la notificación decía «Iván ex». El mensaje empezaba así:
«Mía, no te escondas. He visto las fotos del grupo. Así que ese es el nuevo…»
La pantalla se apagó.
Iván no cogió el móvil. No la despertó. Se quedó mirando el mar.
Las estrellas seguían ahí. El barco también.
Y ella dormía.
Como si nada importara.
Como si por un momento no hubiera mensajes, ni ex, ni cuarenta millones.
Como si solo fueran dos pringaos compartiendo una tumbona en medio de la nada.
Iván se quitó la camisa y se la puso por encima, a modo de manta. Ella no se movió.
Se quedó allí. Vigilando.
No porque fuera su trabajo, sino porque se estaba acostumbrando a su presencia, a su dolor, y ya no sabía hacer otra cosa.