No estoy para cruceros CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Aloe Vera y otros desastres

El autocar dejó a los pasajeros del Aurora en el puerto con un retraso de más de media hora. El sol de las dos de la tarde caía vertical y el asfalto desprendía un calor que subía por las piernas. Mía se bajó la primera, con las gafas de sol empañadas y el pelo pegado a la nuca.

—Necesito una ducha —dijo.

—Necesitas una transfusión de agua con hielo —respondió Iván.

Caminaron hacia la pasarela de embarque. Los demás turistas los adelantaban con esa prisa de quien quiere llegar a la sombra antes de derretirse. Mía llevaba el móvil en la mano y miraba la pantalla de reojo.

—¿Algo? —preguntó Iván.

—El pesado no ha escrito. Desde que lo vimos en Éfeso, ni un mensaje.

—Igual se ha cansado.

—Los pesados no se cansan. Se rearman.

Subieron al barco. El aire acondicionado del recibidor les dio en la cara como una hostia bendita. Mía suspiró aliviada. Iván se quedó un momento con los brazos abiertos, como si quisiera abrazar el frío.

—Subo a cambiarme —dijo Mía.

—Yo también. ¿Comemos dentro de veinte minutos?

—Vale. ¿En el mismo comedor?

—En el mismo. No hay otro peor.

Mía sonrió. Una sonrisa pequeña, rendida.

—Qué crucero de mierda.

—Lo sé. Pero es nuestro.

Se separaron en los ascensores. Iván bajó al cuarto piso con una pareja de jubilados que discutían sobre si el guía de Éfeso había dicho «once horas» u «once leguas».

Él no intervino. Tenía la cabeza en otra parte.

En Mía. En la forma en que se había reído en los baños romanos.

En la manera en que había apoyado el pie en la roca de la diosa.

Llegó al camarote. Rafa no estaba. La litera de arriba estaba vacía, con la sábana arrugada y el bote de Nocilla abandonado sobre la almohada.

—Rafa —llamó Iván.

Nadie respondió.

Se duchó en cinco minutos. Se puso unos pantalones cortos y una camiseta limpia. Salió al pasillo. Subió al quinto piso

Bajó a cubierta. La piscina estaba llena de jubilados que flotaban con manguitos. El sol seguía castigando. Y allí, en una tumbona junto a la barandilla, encontró a Rafa.

Estaba tumbado boca abajo. Llevaba la camiseta subida hasta el cuello y la espalda untada de una sustancia verde que olía a hierba recién cortada.

A su lado, la viuda de Cuenca —una mujer de unos sesenta y cinco años, de pelo corto y tez morena— le aplicaba aloe vera con movimientos lentos y circulares.

—Un poco más arriba, Puri —decía Rafa.

—¿Aquí?

—Más a la derecha.

—¿Aquí?

—Ahí mismo. No pares. Mmmmm…

Iván se quedó mirando la escena. Mía apareció a su lado. Llevaba un vestido corto de flores y unas sandalias de goma. El pelo mojado. Sin pintar. Más guapa que nunca. Había bajado a alguna boutique, seguro, a comprarse modelitos de verano.

—¿Qué miras? —preguntó ella.

—A Rafa. Está ligando.

—Parece una momia en proceso de embalsamamiento.

—La viuda le pone aloe vera.

—Y él se deja.

Rafa levantó la cabeza. Los vio. Les hizo un gesto con la mano sin moverse de la tumbona.

—Jefe, esto es la gloria. Puri dice que tengo la piel de un hombre de cuarenta.

—Tienes la piel de un lagarto —dijo Iván.

—Pero de un lagarto con estilo.

Puri sonrió, avergonzada, y siguió untando aloe vera. Rafa suspiró de placer.

Mía se giró hacia Iván.

—Vámonos de aquí.

¿A comer?

—Claro que sí, princesa… —Madre mía, se le había escapado lo de princesa sin querer.

—¿Y Rafa?

—Rafa ya va por el postre. Aloe vera, concretamente.

Fueron al comedor. El buffet del mediodía era una versión aún más triste que la del desayuno: lentejas aguadas, pescado rebozado que había sido hielo hasta esa mañana y una ensaladilla rusa con más mayonesa que patata. Mía cogió un poco de arroz y una botella de agua. Iván la imitó.

Y, de repente, lo vio. En una bandeja de acero inoxidable, con aspecto de haber estado ahí desde el primer día del crucero, un rectángulo marrón y sudoroso: era o quería parecer lasaña. La misma que habían visto la noche anterior en la cena. La misma que ya empezaba a ser un clásico del Aurora .

—Otra vez —dijo Iván.

—¿La lasaña?

—La misma. La reconozco. Tiene la misma esquina quemada de ayer.

—A lo mejor es que la recalentaron.

—O a lo mejor es que nunca se acaba.

Mía se sirvió un poco, por compromiso. La lasaña goteaba un aceite naranja y sospechoso.

—Si esto me sienta mal, vas a saber lo que es tener una mala enferma.

—Ya lo he visto en documentales.

Se sentaron junto a la ventana. Comieron en silencio. Un silencio cómodo, de los que no necesitan palabras. De vez en cuando, Mía miraba el móvil. Lo encendía, lo apagaba, lo dejaba boca abajo.

—¿Sigues esperando algo? —preguntó Iván.

—No. Solo compruebo que no haya escrito.

—¿Y lo ha hecho?

—No.

—Pues igual de verdad se ha cansado.

—O igual está preparando algo.

—No pienses en ello.

—Intento no hacerlo.

Iván cogió un trozo de pan y lo mojó en el aceite de la lasaña. Lo mordió. Estaba malo, pero daba igual.

—¿Sabes lo que te digo? —añadió.

—Dime.

—Que lleves el móvil a todas partes. Si escribe, ya lo leerás después. Pero no estés pendiente.

Mía lo miró durante un momento más largo de lo que quiso. Nunca se había fijado en el color de sus ojos. Si le daba el sol eran dorados… Carraspeó un poco para que no se le notara.

—A veces eres más sabio de lo que aparentas.

—Es la lasaña. Me da poderes.

—No me los gastes todos en la clase de salsa.

—No prometo nada.

A las cinco de la tarde bajaron a la discoteca Ola Tropical. De día parecía un garaje con luces de colores. Las sillas estaban apiladas en las esquinas. El suelo tenía manchas de algo que Iván prefirió no identificar. En la pista, una decena de parejas de jubilados esperaban al monitor.

El monitor era un hombre de unos cincuenta años. Llevaba pantalones de cuero ajustados y una camisa de leopardo abierta hasta el ombligo. Se hacía llamar «Júnior». Y tenía dos manías: llamar «tigres» a todos los pasajeros y repetir una frase que ya había dicho tres veces en el primer minuto.

—La salsa es actitud, tigres. La salsa es actitud.

Mía se giró hacia Iván.

—Quiero morirme.

—Después de la clase. Ahora toca bailar.

Júnior explicaba los pasos con términos inventados.

—El giro básico se llama «desplante con corazón». La vuelta de la pareja es el «enlace de almas». ¿Lo tenéis, tigres?

—¿Qué dice? —susurró Mía.

—No lo sé. Pero hay que seguirle la corriente.

Júnior puso música. La salsa que no paraba de sonar en el verano…

Nuevayol . Las parejas empezaron a moverse.

Algunas lo hacían mejor, otras peor. Una señora con zapatillas de deporte llevaba el ritmo con el pie izquierdo mientras el derecho hacía otra cosa.

Su marido la miraba con una mezcla de horror y ternura.

Mía apoyó una mano en el hombro de Iván. Él puso la suya en la cintura de ella. Se miraron. Demasiado cerca.

—¿Nos movemos? —dijo él.

—No nos queda de otra.

Empezaron a dar el paso básico. Mal. Muy mal. Ella iba hacia adelante cuando él iba hacia atrás. Se chocaron. Se rieron.

—Tú empiezas con la derecha —dijo Mía.

—No, el hombre siempre inicia con la izquierda.

—¡Vamos! Hay que seguir el ritmo.

—¿Cuál ritmo? Aquí no hay ritmo.

Júnior se acercó a ellos.

—La pareja requiere chispa, tigres. ¿Tenéis chispa?

—Sí —dijo Iván.

—No —respondió a la vez Mía.

Júnior sonrió.

—Eso es actitud. Sigan así.

Se fue a corregir a otra pareja.

Mía apoyó la frente en el hombro de Iván.

—Esto es un desastre.

—Lo sé.

—Pero me encanta…

—Ya lo noto.

—No me había reído así en semanas.

Iván no respondió. Solo apretó un poco más la mano en la cintura de ella. Ella no se separó. Siguieron bailando mal, pisándose, girando cuando no tocaba. En un momento dado, Iván la levantó sin querer. Ella soltó un grito ahogado y luego una carcajada.

—¡Que me caigo!

—No te caes.

En la puerta de la discoteca, una jubilada con una cámara colgada del cuello les hizo una foto.

—Para el recuerdo —dijo la mujer—. Sois la pareja más joven.

—No somos pareja —dijo Mía.

—Lo seréis —dijo la mujer, y se fue.

Mía e Iván se quedaron mirando hacia la puerta. La jubilada ya estaba enseñando la foto a un grupo de amigas. Una de ellas sacó el móvil y empezó a escribir.

—Va a subirla al grupo del crucero —dijo Mía.

—¿Hay un grupo del crucero?

—Hay un grupo de wasap. Se llama « Aurora aventureros». Mi madre me apuntó antes de que yo subiera al barco.

—Pues ya nos ha visto medio mundo.

—El plasta también está en ese grupo.

Iván sintió un leve tirón en el estómago. No era celos. Era algo más parecido al instinto de supervivencia.

—¿Y qué le vamos a hacer? —dijo.

—Nada. Seguir bailando.

—¿Seguro?

—Seguro. Que le den.

Sonó otra canción. Más lenta. Iván tiró de ella para seguir. Mía no opuso resistencia. Se movieron pegados, con torpeza, pero sin separarse. La mano de Iván en la cintura de Mía. La mano de Mía en el hombro de Iván. Las caras a diez centímetros.

—¿Puedo confesarte algo? —dijo ella.

—A ver.

—Que hoy no he pensado en la pasta.

—Yo tampoco.

—Tú nunca has tenido.

—Eso no es del todo cierto. Una vez me tocaron cien euros en un bono de la ONCE.

—¿Y qué hiciste?

—Me los gasté en una cena para mi ex. Luego se llevó la tele.

Mía se rio. Una risa limpia, sin acidez.

—Los hombres sois todos iguales.

—Unos se llevan la tele. Otros mandan flores. Yo prefiero la tele.

—Yo también.

Bailaron. Mal. Pero juntos. La música sonaba baja, los jubilados se iban retirando. Solo quedaban ellos y una pareja mayor que se movía agarrada, sin hablar, con los ojos cerrados.

En la puerta de la discoteca, la jubilada de la cámara seguía tecleando en el móvil. Iván imaginó la foto subida al grupo. Los comentarios. Los likes . El pesado mirándolos desde su camarote.

Y no le importó.

Mía pegó la mejilla a su pecho.

—No pares —dijo.

—No pienso parar.

—Que no pare la música.

—Eso no lo controlo yo.

—Pues haz algo.

Iván no hizo nada. Solo siguió bailando. Y ella también.

Al terminar la canción, cuando Júnior aplaudió y las parejas se separaron, Mía seguía agarrada a él. Como si fuera el único sitio seguro en aquel barco de mierda.

Iván miró el móvil de ella, abandonado en la silla. La pantalla negra. Sin notificaciones.

Por primera vez en todo el día, Mía no estaba esperando un mensaje.

Estaba bailando…