CAPÍTULO 8
Éfeso o el arte de sudar a chorros
Llegaron al camarote. Mía se quitó las gafas de sol y las dejó en la mesilla.
Se sentó en el borde de la cama con las manos apoyadas en las rodillas.
Parecía más pequeña que una hora antes. Totalmente vulnerable.
Iván no supo qué hacer. Se quedó de pie junto a la puerta, como un conserje recién llegado.
—No entiendo cómo me ha encontrado —dijo Mía, mirando al frente.
—Te mandó flores a la agencia. El día antes de salir. Te lo recuerdo por si acaso. —Ella asintió—.¿Siempre ha sido así?
Mía se llevó una mano a la nuca y se masajeó los músculos.
—No —dijo al fin—. Antes era normal. Luego se volvió pesado. Y luego «pesado» se quedó corto.
Iván quiso preguntar más. Cuándo empezó con él. Por qué seguía allí. Pero no lo iba a hacer. Ella no le había pedido consejo. Solo, que no la dejara sola.
Sonó el móvil de Mía. Una melodía ridícula, de esas que venían por defecto. Ella miró la pantalla y su rostro se tensó.
—¿Quién es? —preguntó Iván.
—Mi madre.
—¿No vas a cogerlo?
—No.
El teléfono siguió sonando. Luego se cortó. Y volvió a sonar. Mía lo miraba como si fuera una cucaracha.
—Dame eso —dijo Iván.
—¿Para qué?
—Para cogerlo.
—No voy a…
Iván cogió el móvil. Deslizó el dedo. Puso el altavoz.
—Dígame —dijo con una voz que intentó sonar profesional.
Al otro lado, salió la voz de una mujer con acento neutro y hablando de forma atropellada.
—¿Quién es usted? ¿Dónde está mi hija?
—Soy Iván. Un amigo. Está conmigo.
—¿Iván? ¿El mismo Iván? Ay, Dios mío, qué lío.
Mía se llevó las manos a la cara. Iván la miró y sonrió.
—No, soy otro Iván. El del crucero.
—¿Y usted sabe dónde está ella?
—Sí, está a mi lado. Ya se lo he dicho.
—Dígale que su madre está preocupada. Que su madre ha hablado con su Iván y que él la está buscando por todo el barco. Que es muy atento y que le dé otra oportunidad. Se la merece…
Mía arrancó el móvil de las manos de Iván.
—Mamá, no hables con él.
—Hija, ¿estás bien? ¡Me tienes en un sinvivir!
—Estoy perfectamente.
—¿Y el chico ese? ¿El del crucero? ¿Es de fiar?
Mía miró a Iván. Lo recorrió de arriba abajo.
—No lo sé todavía —dijo.
—Ay, Mía, con lo bueno que era Iván. Tan detallista. Las flores que te mandaba. Las cenas que te preparaba.
—Mamá, te he dicho que no hables con él, y si tan detallista es, quédate con él, te lo regalo.
—Pero si él me llama porque está preocupado. Eso demuestra que te quiere.
Mía apretó los dientes.
—Mamá, tengo que irme. Nos vemos.
Colgó. Dejó el móvil en la cama, boca abajo, como si fuera un cadáver.
—Lo siento —dijo—. Mi madre es un poquito insoportable.
—No pasa nada.
—Le encanta el pesado ese. Dice que es «muy atento». No entiende que atento y pesado son dos palabras que no caben en la misma frase.
Iván se sentó en la silla de la esquina, la única que había. Era de plástico blanco y chirriaba cada vez que se movía.
—Mi madre también se pirraba por mi ex —dijo—. Decía que era «muy formal». Luego resultó que fui yo quien se llevó la tele cuando me piré.
Mía levantó una ceja.
—¿Le levantaste la tele?
—Y la aspiradora…Era de las buenas.
Mía soltó una risa pequeña y cansada. Pero risa al fin y al cabo.
—Los hombres sois todos iguales —dijo.
—Unos nos llevamos la tele. Otros mandan flores.
—¿Tú qué harías?
—Yo no sé ni poner una lavadora.
Mía se rio más fuerte. Se tumbó en la cama boca arriba, mirando el techo. Había otra mancha de humedad. Como una vieja amiga.
Sonó la megafonía con una voz metálica, de esas que convertían cualquier frase en una amenaza.
«Atención. Los pasajeros de la excursión cultural a Éfeso deben dirigirse al punto de encuentro en la zona de recepción. La salida será en quince minutos. No se aceptarán reclamaciones por retrasos.»
Mía se incorporó.
—¿Vamos?
—¿A Éfeso? —preguntó Iván.
—A Éfeso.
—Claro, esa excursión está pagada.Además, con el pesado suelto por el barco… —Iván frunció el ceño un momento.
Mía se puso las gafas de sol. Se miró en el espejo del baño. Se pasó la mano por el pelo, que seguía revuelto.
—Pues mejor. Que nos vea juntos. Que se entere de una puta vez que no quiero saber nada de él.
Iván se levantó de la silla. Chirrió.
—Eso es lo más sensato que has dicho en lo que llevamos de día.
—No te hagas ilusiones.
—Ninguna.
Salieron del camarote. El pasillo olía a lejía y a desinfectante. En el ascensor se encontraron a una pareja de jubilados con sombreros de paja y cámaras colgadas del cuello. La mujer llevaba una riñonera. El hombre, calcetines con sandalias.
—¿También van a Éfeso? —preguntó la mujer.
—También —dijo Iván.
—Llevamos treinta años esperando ver la biblioteca —dijo el hombre.
—Pues ya era hora —murmuró Mía.
❀❀❀
El autocar del Aurora era un vehículo de los años noventa con aire acondicionado de mentira y asientos de polipiel que se pegaban a los muslos. El guía, un hombre con el bigote poblado y una voz cavernosa, llevaba un micrófono que distorsionaba cada dos por tres.
—Bienvenidos —dijo, cuando todos estuvieron sentados—. Hoy visitaremos la antigua ciudad de Éfeso, fundada en el año… —hizo una pausa para comprobar sus apuntes—. Fundada hace mucho.
—Profundidad ante todo —susurró Iván.
Mía se mordió el labio para no reírse.
—Recorreremos la famosa Biblioteca de Celso, el teatro con capacidad para veinticinco mil espectadores y los baños públicos, donde los romanos, ejem, compartían sus necesidades.
—¿Necesidades? —preguntó Mía.
—Necesidades —repitió el guía—. Háganme caso. Cuando lleguen, lo entenderán.
El autocar arrancó. El aire acondicionado lanzó un chorro de aire tibio y luego se rindió.
Llegaron a Éfeso. El calor era insoportable. Al bajar del autocar, el sol golpeaba de lleno. Mía se ajustó las gafas. Iván buscó sombra donde no la había.
—Me muero —dijo Mía.
—Dentro de dos mil años, esto se habrá derretido…
—No me consuela.
Caminaron por la calle central. Las piedras estaban resbaladizas. A los lados, columnas derrumbadas y restos de lo que un día fueron tiendas, casas, letrinas. El guía iba delante con un paraguas azul levantado para que no lo perdieran de vista.
—Esta es la calle principal —dijo—. Aquí paseaban los ricos. Los pobres trabajaban.
—Como siempre —murmuró Mía.
Llegaron a la Nike. Estaba en un pedestal, algo desgastada por los siglos, pero con el gesto de la victoria intacto: la diosa alada, el pie apoyado en una roca, la túnica flotando. Varios turistas se turnaban para hacerse fotos.
Mía se quedó mirándola.
—¿Quién es esa? —preguntó Iván.
— Nike.
—¿La de las zapatillas?
—La diosa de la victoria. Se pronuncia Niké. Funcionaba como un recordatorio visual de que la ciudad estaba protegida por la divinidad, la prosperidad y el éxito.
—Ah.
Mía le tendió el móvil.
—Hazme una foto.
—¿Con la diosa?
—Sí.
—¿Por qué?
Mía se encogió de hombros. Se colocó al lado del pedestal, con los brazos cruzados y una sonrisa tímida.
—Porque llevo tres semanas bendecida por la prosperidad y no tengo ni idea de qué he podido hacer… Aunque no sé por qué se me están complicando las cosas.
Iván apretó el botón. La foto se hizo. Mía se acercó a mirarla.
—Hazme otra.
—Estás muy guapa…
—En esta salgo rara. —Iván le hizo cuatro más.
—Sales igual en las cinco.
—Hazla otra vez.
Iván hizo la foto. Y otra más. Y otra.
—¿Ya? —preguntó.
—No. Ahora con el pie en la roca.
—¿El pie en la roca?
—Como ella. La diosa.
—No podemos sobrepasar la cinta.
—Tú sujeta el móvil.
Iván sujetó el móvil. Mía apoyó un pie en la base del pedestal, alzó la barbilla y puso una cara que intentaba ser épica.
—Muy bien —dijo Iván. Tragó saliva.
—Mejor. Así recuerdan quién manda.
Siguieron caminando. El calor empezaba a ser insoportable. Mía se ató el pelo con una goma que llevaba en la muñeca. Iván se secó la frente con el dorso de la mano.
Llegaron al teatro. Era enorme. Las gradas subían hasta lo alto de la colina, cinceladas en la roca. Iván se sentó en una grada alta. Mía se puso a su lado.
—¿Cuánto hace que no te sientas en una piedra antigua? —preguntó ella.
—No lo sé. ¿Tú?
—Nunca.
—Pues ya lo has hecho.
—Qué emoción.
Estuvieron en silencio un momento. El rumor de los turistas sonaba lejano, amortiguado por la forma del graderío. Mía cerró los ojos. El sol le daba de lleno.
—Podría quedarme aquí todo el día —dijo.
—Te abrasarías.
—Ya me quemo. Pero por dentro.
Iván no supo qué responder. Se quedó mirando el escenario vacío. Imaginó a los actores griegos recitando tragedias. A los romanos aplaudiendo. A la gente, siempre la gente, llenando aquel espacio.
Mía abrió los ojos.
—Vámonos —dijo.
—¿A dónde?
—A los váteres.
Llegaron a los baños públicos. Una hilera de letrinas de mármol, dispuestas en círculo, sin separación entre ellas. El guía estaba allí, explicando con orgullo.
—Aquí los romanos hacían sus necesidades. En comunidad. Mientras hablaban de negocios, de política, de la vida.
Mía se asomó.
—¿Qué es esto?
—Los baños.
—¿Todos juntos?
—Todos juntos.
—¿Sin separación?
—Los romanos cagaban en comunidad.
—Qué pesadilla.
—A lo mejor por eso conquistaron medio mundo —dijo Iván—. No perdían tiempo.
Mía soltó una carcajada. Una de esas risas que salen del estómago, sin permiso.
—Eres un asco, Alarcón.
—Lo sé.
—Tus chistes son muy malos. Pero me haces reír.
—Lo sé también.
Salieron de los baños. El sol seguía cayendo a plomo. El guía anunció una parada para hacer fotos en la Biblioteca de Celso. Todos caminaron hacia allí en procesión.
Mía caminaba ahora más cerca de Iván. No hablaban. Pero el silencio no era incómodo. Era de esos silencios que se llenaban de otras cosas.
Se hicieron la foto en la biblioteca. Mía sola, con los brazos abiertos, abrazando el vacío. Luego otra con Iván. Un selfie nada forzado, con el sol de espaldas y las caras medio quemadas y sonrientes.
—¿Te la guardo? —preguntó Iván.
—Sí.
—¿Para qué?
—Para que sepas que un día estuviste en Éfeso con una tía afortunada.
Iván sonrió. Guardó el móvil en el bolsillo.
—Eso no lo voy a olvidar.
—Ni yo.
Caminaron hacia la salida. El calor se había vuelto denso, pegajoso. El autocar los esperaba al final de la cuesta. Mía iba delante, con el pelo suelto otra vez y la goma en la muñeca. Iván detrás, mirándole la espalda, los hombros, la forma de caminar sobre las piedras milenarias.
Y, entonces, lo vio.
Él estaba allí. Apoyado en una columna, con una botella de agua en la mano y su sonrisa de domingo. No dijo nada. Solo levantó la botella, como si brindara.
Mía se quedó quieta un segundo. Luego apretó el paso. Iván la siguió. No se volvieron.
En el autocar, Mía se sentó junto a la ventana. Iván a su lado. No hablaron durante el viaje de vuelta. Pero ella no soltó su brazo.
Y él no lo retiró.