No estoy para cruceros CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El otro

Mía bajó al desayuno con gafas de sol. Eran las nueve de la mañana, el sol entraba a raudales por los ventanales del comedor, y ella llevaba unas gafas negras enormes que le cubrían medio rostro. Iván ya estaba sentado con un café solo y una tostada que parecía cartón piedra.

—¿Resaca? —preguntó.

—No.

—Las gafas de sol a las nueve de la mañana dicen lo contrario.

—Es alergia.

—Al alcohol.

Mía se sentó enfrente de él. Se quitó las gafas un momento. Tenía los ojos inyectados y una expresión que pedía la hora de su muerte.

—El vino de ese barco es disolvente industrial —dijo, frotándose los párpados—. He dormido tres horas y he soñado que me perseguía una croqueta.

Iván soltó una risa.

—¿Y te alcanzó?

—No. Pero estaba a punto.

Se puso las gafas otra vez. Un camarero se acercó con una cafetera humeante.

Mía pidió un vaso de agua con hielo y un ibuprofeno.

El camarero dijo que no tenían ibuprofeno.

Mía dijo que entonces se tomaba el agua sola y que le mandaran la factura al capitán.

Iván la miró con una mezcla de admiración y ternura.

—¿Qué? —dijo ella.

—Nada. Que me gusta cómo madrugas.

—No he madrugado. No he dormido.

—Eso se nota.

Mía le lanzó una servilleta doblada. Le dio en la frente. Iván no se la quitó. Se quedó ahí, como una bandera blanca.

Se levantaron para ir al buffet. El desayuno era una versión aún más triste de la cena: leche cortada, cereales blandos, fruta que había visto días mejores. Mía cogió una magdalena y la partió por la mitad. La miró con una atención casi científica.

—Las congelan ya horneadas —dijo, casi para sí misma.

Iván se quedó mirándola.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó.

Mía parpadeó. Otra vez. El mismo gesto de la noche anterior. El de la croqueta. El de la cajera que se asoma sin permiso.

—Porque… porque se nota —dijo.

Y se comió la magdalena. Rápido. Como si quisiera borrar las pruebas.

Iván no insistió. Pero se quedó con la imagen. Con esa forma que tenía ella de desmontar la comida como si estuviera otra vez detrás de un mostrador, etiquetando precios y fechas de caducidad.

Volvieron a la mesa. El comedor estaba más lleno ahora. Jubilados con bastones, familias con niños pegajosos, algún que otro viajero solitario con cara de haber visto demasiados cruceros.

—¿Dónde está Rafa? —preguntó Mía.

—Con la viuda. Creo que esta mañana han ido juntos al taichi de cubierta.

—¿Taichi?

—El Aurora ofrece experiencias wellness .

—¿Eso es lo que llaman wellness ?

—Aquí el wellness es no morir en el intento.

Mía se rio. Todavía débil, pero se rio. Iba a decir algo más, algo que Iván intuyó iba a ser importante, cuando una bandeja se depositó en el borde de la mesa. Una mano la acompañó. Y luego una voz.

—Hola, cariño.

Iván alzó la vista. Un hombre de unos treinta y tantos años con traje azul marino —un traje, a las nueve de la mañana, en un crucero—, gomina en el pelo y una sonrisa fácil. No esperó respuesta. Se sentó como si la silla siempre hubiera sido suya.

Mía se quedó helada. No se quitó las gafas, pero Iván notó cómo se tensaba. Estaba rígida como un animal que había olido al depredador pero aún no sabía si huir o quedarse quieto.

—Cómo estás —dijo el hombre, y no era una pregunta. Era una constatación. Como si él ya supiera la respuesta.

—Iván —dijo él, tendiendo la mano hacia Iván—. Mucho gusto.

Iván se la estrechó. La mano era firme, la mirada directa. Demasiado directa.

—Encantado —dijo Iván, sin saber muy bien de qué.

—¿Lleváis mucho en el barco?

—Desde ayer.

—Ah, yo también he llegado ayer. Es una casualidad, ¿verdad, cariño?

Mía no respondió. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, los dedos apretados.

—¿Has desayunado bien? —siguió el hombre, dirigiéndose a ella como si Iván no estuviera—. He cogido magdalenas. Me han dicho que son caseras.

—No lo son —dijo Mía.

—¿Cómo?

—Que no son caseras. Las congelan ya horneadas.

El hombre rio. Una risa limpia y despreocupada.

—Siempre tan observadora. Eso me gusta de ti.

Iván empezaba a entender. No porque el hombre fuera un villano. Era peor. Era un pesado. De esos que sonríen, se sientan sin permiso, se creen graciosos y no captan una indirecta ni a martillazos. Y Mía estaba allí, quieta, como si le hubieran pisado el alma.

—He hablado con tu madre —dijo el hombre.

Mía se removió en la silla.

—No hables con mi madre.

—Estaba preocupada. No sabía nada de ti desde que te fuiste.

—No hables con mi madre.

—Bueno, no te enfades. Solo quería asegurarme de que estabas bien.

—Treinta y siete mensajes —dijo Mía—. Llevo treinta y siete mensajes sin contestar. ¿Eso no te dice nada?

El hombre levantó las manos en un gesto de paz.

—Es que no contestabas. Y me preocupaba.

Iván los miraba a los dos. Se sentía como un intruso en una conversación que llevaba meses rodando. Pero también reconocía algo. Esa sensación de estar siempre un paso por detrás. De no saber cuándo parar. De confundir la insistencia con el cariño.

—¿Y tú? —el hombre se volvió hacia Iván—. ¿Eres el agente de viajes?

—Sí.

—Qué bien. Mía siempre ha querido viajar. Yo le decía: «Cariño, hay que ver mundo», pero ella no quería gastar dinero. Cosas de la crisis, supongo.

Mía se levantó de golpe.

—Me voy.

—Siéntate —dijo el hombre, sin maldad, como si hablara con una niña pequeña.

—No me sale del toto.

—Tranquila, que solo quería desayunar contigo. ¿Tan malo soy?

Mía se quedó de pie, indecisa. Iván la miró. Por un momento, sus miradas se cruzaron. Y en esa décima de segundo, Iván entendió que no quería que la rescataran, solamente que alguien viera lo que estaba pasando, en ese mismo instante.

Se levantó.

—Nos vamos —dijo Iván.

—¿Tú también? —preguntó el hombre, con una sonrisa impostada.

—Por supuesto.

Y cogió a Mía del brazo. Ella lo aceptó de muy buena gana. Caminaron hacia la salida del comedor sin mirar atrás. A sus espaldas, el hombre seguía sentado, con la bandeja intacta y la sonrisa puesta.

Salieron al pasillo. El sol de la mañana entraba por los ventanales. El mar brillaba. Y ella seguía agarrada a su brazo, como si fuera lo único que la mantuviera en pie.

—¿Quieres que vayamos a otro sitio? —preguntó Iván.

—No —dijo Mía—. Quiero que me lleves a mi camarote.

—Vale.

—Y que no me dejes sola.

—No te dejaré sola.

Caminaron hacia el ascensor. El día podía cambiar si se lo proponían.