No estoy para cruceros CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

La cena del Aurora

Mía bajó al comedor principal vestida como si fuera a los Goya.

Llevaba un vestido negro de tirantes, unos tacones que la levantaban diez centímetros del suelo y el pelo recogido con una horquilla que parecía una joya.

Había llamado tres veces a recepción para preguntar si la cena del capitán era de etiqueta. Las tres veces le habían dicho que sí.

El comedor del Aurora era un salón enorme con ventanales que daban al mar, pero de noche solo se veía el reflejo de las luces fluorescentes del techo.

Las mesas estaban cubiertas con manteles que un día fueron blancos y ahora eran de un color que Iván definió mentalmente como «gris perla de lavadora estropeada».

Los camareros iban de un lado a otro con bandejas de plástico y caras de haber perdido la esperanza en la humanidad.

Iván la vio nada más bajar las escaleras. No pudo evitar soltar un silbido bajito.

—¿Vas a una cena o a firmar un tratado internacional? —preguntó cuando ella llegó a su altura.

Mía lo miró de arriba abajo. Él llevaba unos pantalones de vestir arrugados, una camisa blanca que había planchado con el secador y unos zapatos que recordaban mejores épocas.

—Cállate —dijo ella.

—No es crítica. Es admiración.

—Pues guárdatela.

Entraron en el comedor. Mía recorrió la sala con la mirada y la expresión se le fue transformando lentamente. Primero mostró sorpresa. Luego incredulidad. Después apareció esa especie de resignación furiosa que Iván ya conocía bien.

En la mesa de al lado, un señor de unos sesenta años con pantalón corto, camisa hawaiana y chanclas estaba discutiendo con su mujer sobre si el vino blanco se pedía con hielo.

Más allá, una señora con zapatillas de deporte y un chándal de lentejuelas sorbía una sopa que parecía agua sucia.

Y en el rincón, un niño disfrazado de Spiderman intentaba escalar una columna.

—Cena del capitán —murmuró Mía.

—Ya te lo dije —respondió Iván—. El lujo está en la experiencia.

—¿Dónde está el capitán?

—Probablemente es el de la camisa hawaiana.

Mía cerró los ojos. Contó hasta tres.

—Vamos al buffet —dijo.

El buffet era una larga mesa de acero inoxidable donde se sucedían bandejas humeantes sin que nadie supiera muy bien qué contenía cada una.

Había unas albóndigas que flotaban en una salsa marrón, una paella con más congelado que arroz, una fuente de pizza con el queso tieso y un enorme bol de ensalada donde las lechugas ya habían pasado a mejor vida.

Rafa ya estaba allí. Llevaba la bandeja hasta los topes y una sonrisa de oreja a oreja.

—Jefe, esto es la gloria —dijo.

—¿Eso qué es? —preguntó Iván, señalando un montículo beige.

—No lo sé. Pero he cogido tres.

—¿Por qué?

—Porque precisamente por eso es emocionante.

Mía cogió una bandeja vacía y empezó a recorrer el buffet con una expresión de forense. Olfateó las albóndigas. Tocó la paella con el tenedor. Miró la pizza con una mezcla de asco y fascinación.

—¿Por qué hay una tortilla al lado de las gambas? —preguntó.

—Porque aquí no creen en las fronteras —respondió Rafa, con la boca llena.

Mía finalmente se sirvió un poco de ensalada, un par de croquetas y un vaso de vino que tenía un color tirando a marrón. Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Las cortinas tenían manchas de algo que Iván prefirió no identificar.

—Esto es horrible —dijo Mía, mirando su plato.

—Aún no lo has probado —dijo Iván.

—No hace falta.

Mordió una croqueta. La masticó. Su cara hizo un gesto raro, mitad asco mitad reconocimiento. Y entonces se le escapó.

—Pan rallado de mala muerte —murmuró, casi para sí misma—. Bechamel cortada. Jamón de dados, de los que vienen en bolsa azul. Esos los ponen en la segunda balda, al lado de los platos preparados. La bandeja no cuesta ni dos euros al por mayor.

Iván se quedó mirándola. Rafa también.

Mía levantó la vista, y comprendió que la habían pillado.

—¿Qué? —dijo.

—Nada —respondió Iván—. Que sabes mucho de croquetas.

—Se aprende viendo documentales.

—Claro.

Mía cogió el vaso de vino. Lo olfateó. Hizo una mueca.

—Y esto es vino de tetrabrik. El de la marca blanca. Noventa y nueve céntimos. Lo ponen en la entrada, al lado de las lejías, para que la gente pique. En los cruceros debería estar prohibido.

Rafa abrió la boca para preguntar algo. Iván le pisó el pie por debajo de la mesa.

—¿También en los documentales? —preguntó Iván.

Mía lo miró. Supo que la había pillado. Pero no dijo nada más. Bebió un trago de vino. Largo. Cuando bajó el vaso, sus mejillas estaban un poco sonrosadas.

—Déjalo estar, Alarcón.

—No he dicho nada.

—Por eso. Déjalo estar.

Iván sonrió. No insistió. Se quedó con aquella imagen: ella, sentada en un crucero de mala muerte, criticando la calidad del pan rallado como si estuviera otra vez detrás de un mostrador. Y le pareció la cosa más humana que había visto en semanas.

Pidieron vino. El camarero trajo otra botella. El vino seguía caliente. Mía pidió hielo. Iván puso cara de horror.

—El vino no se echa hielo —dijo.

—Este sí.

Mía metió dos cubitos en su copa. Iván hizo lo mismo. Rafa pidió una tercera botella.

A la segunda copa, Mía se relajó un poco. A la tercera, se quitó los tacones debajo de la mesa. A la cuarta, se rio de algo que dijo Rafa sobre la fuente de chocolate.

—Parece cemento —dijo Rafa—. ¿Te atreves a mojar algo?

—No.

—¿Ni un trozo de piña?

—Ni uno pequeñito.

—Yo me atrevo —dijo Iván.

Se levantó, fue a la fuente, cogió una brocheta de fruta y la mojó en el chocolate espeso. Volvió a la mesa. Dio un mordisco.

—¿Qué tal? —preguntó Mía.

—No sé. Creo que he perdido el sentido del gusto.

Mía se rio. Era una risa corta, seca, pero era una risa. Iván se quedó mirándola un segundo de más.

—¿Qué miras? —preguntó ella.

—Nada. Que te ríes diferente cuando bebes.

—Y tú mientes igual. Siempre.

En la pista de baile, sonaron los primeros acordes de Nuevayol .

Una pareja de setenta años empezó a bailar la salsa, con una precisión que parecía coreografiada.

El hombre llevaba una chaqueta azul y la mujer un vestido de lunares.

Se movían con un ritmo espectacular, mirándose a los ojos, ajenos a todo lo demás.

Mía los miró.

—Mira qué monos —dijo—. Seguro que llevan juntos cincuenta años y todavía se soportan.

—O igual están sordos y ya no se oyen —dijo Iván.

Mía soltó una carcajada. Una de verdad, de esas que salían de muy adentro. Iván sintió un pequeño pellizco en el corazón. Prefirió no pensar demasiado en ello… Allí y en ese momento, no.

En ese momento, una jubilada con el pelo azul se acercó a la mesa.

—Los jóvenes también bailan —dijo, agarrando a Mía del brazo—. Venga, anda, que la vida son dos días y esta canción no la vuelves a escuchar en tu vida… ¡Hale niños, a perrearrr!

—No, yo no bailo…

—Claro que bailas. Y tú también —dijo la jubilada, señalando a Iván.

Y antes de que pudieran protestar, los había arrastrado a los dos a la pista.

Bailar con Mía era un desastre. Ella no sabía seguir el ritmo, él tampoco. Se pisaban, se chocaban, se reían. En un momento dado, Iván la agarró por la cintura para que no se cayera. Ella apoyó una mano en su hombro. Sus caras estaban muy cerca.

—Hueles a vino caliente —dijo ella.

—Y tú a chocolate sospechoso.

—¿Siempre tienes que contestar con algo?

—No lo dudes…

La canción terminó. Sonó otra de Bad Bunny.La jubilada del pelo azul aplaudió desde el borde de la pista.

Mía soltó a Iván. Dio un paso atrás. Se pasó una mano por el pelo, que ya se le había despeinado.

—Esto es ridículo —confesó.

—Totalmente.

—No sé bailar.

—Ya lo he notado.

Mía lo miró. Por un momento, Iván pensó que iba a decir algo importante. Pero ella solo sonrió.

—¿Otra copa? —preguntó.

—Otra.

Volvieron a la mesa. Rafa ya no estaba. Había desaparecido con la viuda de Cuenca, que le estaba explicando las ventajas del IMSERSO mientras le enseñaba fotos de sus nietos.

Mía se sentó. Miró el plato medio vacío. Miró a Iván.

—Creo que este es el peor viaje que he hecho en mi vida —dijo.

—Pues solo llevamos un par de horas —respondió Iván.

Mía cogió una croqueta. La miró un instante. La mordió.

—Sí —dijo, masticando.

Iván sonrió. Mía también. Y durante un par de segundos, ninguno de los dos pensó en el dinero, ni en las mentiras, ni en el ex, ni en la agencia, ni en la gotera.

Entonces sonó el móvil de Mía.

Ella lo miró. La pantalla se iluminó. Era un mensaje de WhatsApp.

Su sonrisa se borró.

Iván quiso preguntar quién era. Pero no hizo falta. La cara de ella lo decía todo.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Perfecto —dijo Mía, apagando la pantalla sin leer el mensaje—. Vamos a pedir otra botella.

Iván asintió. Pero ya no estaba tan seguro de que aquella noche fuera a terminar bien.

Como el chocolate de la fuente. Sospechoso. Y con mala pinta.