CAPÍTULO 5
En el ascensor
Iván echó a correr…
—Mía, ¡esperaaa te acompaño! —exclamó Iván.
Mía se giró. El trolley seguía chirriando. Llevaba el bolso colgado del hombro y una expresión que decía «no me jodas más, Alarcón».
—¿A dónde?
—A tu camarote. Quiero ver que todo está en orden.
—Todo está en orden. Acabo de recoger la llave.
—Sí, pero yo soy el responsable. Si falta algo, me echan.
—Te echo yo, que es peor.
Entraron en el ascensor. Las puertas se cerraron. El ascensor era pequeño. Muy pequeño. Con el trolley y los dos cuerpos, no quedaba espacio para nadie más. Mía se pegó a la pared izquierda. Iván a la derecha. El carrito en medio.
—Quinto —dijo ella.
Iván apretó el botón. El ascensor arrancó con una sacudida, subió medio tramo y se paró. Las luces parpadearon. Se oyó un chirrido metálico. Y luego nada. Solo un zumbido que procedía del ascensor.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Mía.
—No lo sé.
Iván apretó el botón del quinto otra vez. Nada. Apretó el de apertura de puertas. Tampoco.
—Joder.
—¿Estamos atrapados?
—Parece que sí.
—¿Atrapados, atrapados?
—Veremos.
Mía soltó un suspiro que parecía un insulto. Se cruzó de brazos. El ascensor olía a plástico caliente y a ambientador de lavanda. Y a un perfume suave que ya empezaba a asociar con ella.
—¿Has llamado al botón de emergencia? —preguntó.
—Lo estoy intentando.
Apretó el timbre. Un sonido débil, como de bicicleta infantil.
—Ya —dijo ella—. Estamos muertos.
—No vamos a morir. Esto es un crucero, no una película de terror.
—Dímelo a mí. Llevo tres semanas sin dormir, me gasto veinte mil pavos en un barco cutre, traigo abrigos de invierno y ahora me quedo encerrada con un mentiroso.
Iván se giró hacia ella.
—¿Por qué has venido sola? —preguntó.
—Porque quiero.
—Mientes.
—Tú también.
El ascensor crujió. Las luces parpadearon un instante y se apagaron del todo. Solo quedó la luz de emergencia, un halo rojo y mortecino.
En esa penumbra, las distancias se difuminaron. Iván notó el calor del cuerpo de ella a medio metro. Ella debió notar el suyo, porque se quedó quieta. Demasiado quieta.
—Estoy hasta los mismísimos cojones —dijo Mía, con la voz más baja—. De que todo el mundo quiera siempre algo.
—¿Y qué quieren de ti? —preguntó Iván.
Mía alzó los ojos hacia él. Con la luz roja, sus ojos parecían más grandes. Y más oscuros.
—Todo lo que puedan sacar —dijo.
El ascensor crujió. Las luces parpadearon. Pero esta vez no se apagaron. Quedaron en ese tono anaranjado de los bares de carretera. El calor se concentró en el espacio diminuto. Iván sintió la mano de ella rozarle el brazo. No supo si fue un accidente o no.
—Yo no—dijo Iván.
—Mientes.
—Esta vez no.
Mía lo miró. Tanto, que Iván perdió la noción del tiempo. Su mano seguía ahí, rozándole el brazo. Él no se movió. Ella tampoco.
El ascensor se movió. Fue un tirón seco. Las luces se encendieron del todo. Las puertas se abrieron. Quinto piso.
Mía salió. Agarró la maleta y la arrastró hacia el pasillo. No se giró. No dijo nada.
Iván se quedó dentro. Un segundo. Dos. Luego dijo, casi para sí mismo:
—Yo también quiero algo de ti.
Las puertas empezaron a cerrarse. Él las detuvo con la mano y salió. Mía ya estaba al fondo del pasillo. El carrito chirriaba. No se volvió.
Iván se quedó mirándola hasta que desapareció. Luego bajó al cuarto piso por la escalera.