No estoy para cruceros CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

He subestimado el desastre

Iván llegó al puerto con una hora de antelación.

No porque fuera puntual, sino porque Rafa le había dado la tabarra desde las siete de la mañana: «Jefe, que el barco no espera, que la millonaria se va a plantar allí y si no estás te mete una denuncia».

La realidad era que Iván no había pegado ojo en toda la noche.

Se había pasado las horas muertas dando vueltas en la cama, repasando la lista de mentiras que había acumulado en los últimos días.

Isla privada. Cocinero exclusivo. Hidromasaje al norte.

Y ahora encima tenía que fingir que todo aquello estaba bajo control.

El puerto era un hervidero. Turistas con sombreros de ala ancha, jubilados con bastones plegables, familias enteras arrastrando maletas más grandes que ellas.

El Aurora del Mediterráneo se alzaba al fondo con su pintura desconchada y sus ventanillas empañadas, como un trasatlántico de los ochenta que se hubiera negado a jubilarse.

—¿La has visto? —preguntó Rafa.

—Todavía no.

—A lo mejor se ha rajado.

—Ha pagado cinco mil pavos de señal. La gente que paga cinco mil pavos no se raja.

Entonces la vio.

Mía apareció al fondo de la terminal arrastrando un carrito de equipaje cargado hasta los topes. Llevaba un vestido de lino color crudo, un sombrero de ala ancha y unas sandalias de cuero. Y detrás de ella, cuatro maletas enormes.

Iván abrió la boca. Rafa soltó un silbido.

—No digas nada —dijo Iván.

—No voy a decir nada.

—Rafa.

—Solo he dicho que no voy a decir nada. Eso no es decir nada.

Mía se acercó. El carrito chirriaba a cada paso. Llevaba una expresión que Iván conocía bien: resignación furiosa.

—Buenas tardes —dijo ella, sin mirarlo a los ojos.

—Buenas tardes.

—¿Tú y tu socio venís también?

—Así es.

—No me habías dicho que veníais.

—No me preguntaste.

Se quedaron en silencio un momento. Mía miró el barco. Suspiró y cerró los ojos. Apoyó una mano en una de las maletas y resopló…

—Es más feo que en las fotos —dijo.

—Las fotos siempre engañan.

—He traído mucha ropa.

—Ya lo veo.

—No sabía qué tiempo iba a hacer.

—Es junio, Mía.

—Ya, pero me dijiste lo del norte…

—Te dije que el hidromasaje miraba al norte. El barco no va al norte. El barco va al Mediterráneo.

Mía se quedó mirándolo. Luego miró las maletas. Luego volvió a mirarlo.

—¿Me vas a decir que he traído abrigos de invierno para un crucero por el Mediterráneo en junio?

—Eso parece.

Mía cerró los ojos. Respiró hondo. Cuando los abrió, dijo:

—He subestimado el desastre.

—Lo sé.

Se pusieron en la cola. Avanzaban con lentitud.

A cada paso, Mía parecía descubrir un nuevo horror.

El cartel colgado sobre la entrada del barco: «Bienvenidos a bordo del Aurora del Mediterráneo, donde cada día es una aventura».

Debajo, alguien había escrito con rotulador: «Espero que no sea la última».

—¿Eso qué es? —preguntó Mía.

—Arte —dijo Iván.

Mía no se lo creyó, pero siguió avanzando.

En el control de seguridad, los agentes vieron las maletas y pusieron cara de haber visto un ovni.

—Señora, ¿qué lleva ahí dentro?

—Ropa.

—¿Ropa de invierno?

—Ya lo sé. He cometido un error.

—Un error de los gordos —terció Rafa.

Mía lo fulminó con la mirada.

Pasaron el control. Recogieron las maletas del otro lado. Mía sudaba. No por el calor. Sudaba porque lo estaba pasando fatal.

Llegaron a la pasarela de embarque. Era una estructura metálica temblorosa que conectaba la terminal con el barco. El Aurora se mecía suavemente, como si estuviera saludando a los pasajeros o advirtiéndoles de que se dieran la vuelta.

Mía se detuvo al borde. Miró el agua. Después alzó la vista hacia el barco.

—Es peor de lo que esperaba —dijo.

—¡No me digas!

—Mucho peor.

—Que sí.

Mía observó el barco otra vez.

—Pero ya no tengo fuerzas para darme la vuelta. Así que vamos.

Cruzaron la pasarela. Crujía bajo sus pies. Mía no se quejó. Agarró el carrito con fuerza y caminó.

—Tengo que reconocer una cosa —dijo de repente.

—Dime.

—Te recuerdo todas las mentiras que me has contado.

—Yo también.

—Bien. Porque cuando esto salga mal, pienso pasarte la factura.

Y antes de que Iván pudiera responder, ella se dio la vuelta y siguió caminando hacia la entrada del barco.

Iván se quedó quieto en medio de la pasarela. Rafa lo alcanzó.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Rafa.

—No lo sé.

—¿Qué te ha dicho?

—Que esta me la guarda.

Rafa lo miró.

—¿Ya tiene una agenda negra?

—Espero que no.

—Jefe, esto está mejor que la tele.

❀❀ ❀

Entraron en el barco. El vestíbulo olía a ambientador barato y a humedad. Una recepcionista con uniforme azul les entregó las llaves.

—Señor Alarcón, su camarote es el 412. Señora Ferrer, el suyo es el 514.

Mía cogió su llave.

—¿Por qué están tan lejos los camarotes?

—La señora solicitó intimidad —dijo la recepcionista.

—No solicité intimidad. Solicité un hidromasaje al norte.

—No tenemos hidromasajes al norte, pero tenemos uno en cubierta que mira un poco para todos lados.

Mía cerró los ojos. Contó hasta tres.

—Vale. Nos vemos en la cena.

Se fue hacia los ascensores, arrastrando un trolley del que no se separaba ni a sol ni a sombra.

Rafa esperó a que estuviera fuera de alcance.

—Jefe.

—Dime.

—Esta mujer nos va a matar.

—Ya me he dado cuenta.

—Pero lo va a hacer con estilo.

—Eso también lo sé.

Iván le guardó la llave en el bolsillo a Rafa porque no iba a dejar sola ni un minuto a Mía.

—Por cierto —dijo Rafa—. En la cena… ¿nos sentamos con ella?

—Sí.

—¿Y si su ex aparece?

—Eso es un problema para mañana.

—¿Y si aparecen los dos ex a la vez?

Iván se detuvo.

—Solo hay un ex.

—Lo sé. Me refería a su ex y a su futuro ex. Que eres tú.

Iván lo miró con una cara que era un poema.

—Rafa.

—¿Qué?

—A veces eres una puta brisa de aire fresco.

—Lo sé.

—Mía, ¡esperaaa te acompaño! —exclamó Iván.

El ascensor se abrió. Subió Rafa. Cuando llegó, el camarote era pequeño, con camas pegadas a la pared, sin ojo de buey con vistas al mar.

Había una mancha de humedad. Rafa se quedó mirándola unos segundos. Después soltó una risa breve. Iban a recorrer un montón de kilómetros para acabar delante de otra puta mancha de humedad.