No estoy para cruceros CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Y el crucero aún no ha salido

Iván llegó a la agencia al día siguiente con dos cafés bajo el brazo, uno para él y otro para Rafa, que desde la noche anterior no había parado de enviarle enlaces de páginas web de dudosa procedencia. A las dos de la madrugada, el último mensaje de Rafa había sido…

RAFA:

«Jefe, el Aurora tiene una estrella en TripAdvisor. Y esa estrella la puso un familiar del capitán.»

Iván abrió la persiana, dejó los cafés en el mostrador y encendió el ordenador. Rafa ya estaba allí, sentado en la mesa de ping-pong con el portátil de la agencia apoyado en las rodillas. Tenía unas ojeras que daban miedo.

—No has dormido —dijo Iván.

—He estado investigando. Y me arrepiento. Ojalá no hubiera aprendido a leer.

—Enséñame.

Rafa giró el portátil. En la pantalla había una página de reseñas de viajeros. La primera decía: «El Auroradel Mediterráneo es el único barco donde la gastroenteritis te la incluyen en el precio. No es un extra de lujo, es parte de la experiencia.»

Iván se quedó mirando la frase.

—Eso es un poco exagerado, ¿no? —dijo.

—Sigue leyendo.

Desplazó el cursor hacia abajo. Otra reseña: «El bufet libre es como una selva.

No sabes si lo que estás comiendo es pollo o una suela de zapato.

Pero como tiene salsa por encima, tiras para adelante.

» Más abajo: «La excursión a Éfeso dura once horas.

ONCE. Mi mujer pidió el divorcio al llegar al barco.

El guía nos felicitó. Dijo que había sido el récord de la temporada. »

Iván apoyó los codos en el mostrador.

—Hostia.

—Y eso no es nada. Mira esto.

Rafa abrió otra pestaña. Era un foro de cruceristas veteranos. El título del hilo: «¿Alguien ha sobrevivido al Aurora ?» El primer mensaje: «Yo fui hace dos años. Volví con diez kilos menos y una úlcera. Lo recomiendo si deseas dejar de quererte».

Iván se llevó las manos a la cabeza.

—No puede ser tan malo.

—Es peor. He encontrado fotos.

Rafa hizo clic. Apareció una imagen borrosa de un buffet con una fuente de chocolate marrón.

Pero el chocolate no era chocolate. Era algo que había sido chocolate en algún momento de su vida y ahora había derivado en una sustancia con textura de cemento líquido.

Al lado, un cartel escrito a mano: «Por favor, no mojes los palitos dos veces. Gracias, la dirección.»

—¿Eso es un cartel? —preguntó Iván.

—Eso es un aviso a navegantes.

Pasaron a otra foto. Un autocar destartalado con el letrero «Éfeso en tromba» pintado con spray. Las ventanas estaban empañadas. En la puerta, había un guía con megáfono y cara de haber visto demasiadas cosas.

—Ese es nuestro tour —dijo Rafa—. El famoso. Once horas de Éfeso con parada en una fábrica de alfombras donde te intentan colocar una o mueres.

—¿Y la gente se las compra?

—La gente las compra por miedo. Porque si no compras, el guía te deja tirado en una gasolinera a cuarenta grados.

Iván apagó el portátil.

—Vale. Ya está bien. No quiero saber más.

—Pues aún no te he enseñado la foto del hidromasaje.

—No quiero ver la foto del hidromasaje.

—Es que es muy buena. El agua tiene un color…

—¡Que no quiero verla!

Rafa cerró la tapa del portátil y se recostó en la mesa de ping-pong.

—Jefe, tenemos un problema.

—El problema no es el barco. El problema es que le hemos vendido una isla privada a una millonaria y la vamos a meter en un crucero donde la gente se caga por los pasillos.

—Eso fue en 2018.

—Da igual. La fama queda.

Iván cogió el café y dio un trago. Estaba frío. Todo estaba frío en su vida.

—¿Qué hacemos? —preguntó Rafa.

—Lo de siempre. Mentir. Perfeccionar la mentira. Añadir capas como las cebollas.

—¿No sería mejor decirle la verdad?

—¿Decirle la verdad? Rafa, si le digo la verdad, me devuelve el cheque, me denuncia por estafa y me compra la agencia para poner un hotel de perros. Y tú sabes lo que siento por los perros.

—Que te dan alergia.

—Y que nunca me han comprado un crucero.

❀❀❀

El teléfono sonó. Iván miró la pantalla. Número desconocido. Descolgó.

—Cruceros Alarcón, dígame.

—Soy Mía.

Iván se puso rígido. Rafa levantó una ceja.

—Mía, qué alegría. ¿Cómo estás?

—No me vengas con hostias. Quiero hacerte unas preguntas.

—Las que quieras.

—Primera: ¿el camarote tiene balcón?

Iván miró a Rafa. Rafa negó con la cabeza.

—Sí —dijo Iván—. Tiene balcón. Un balcón amplio. Con vistas al mar.

—¿Y al norte?

—También. Pero sobre todo al mar. El mar es muy grande.

—Segunda: ¿las excursiones son en grupo reducido?

Iván pensó en la foto del autocar. En las once horas. En el guía con megáfono.

—Sí —dijo—. Grupo reducido. Muy reducido. Íntimo.

—¿Cuántas personas?

—Pocas. Las justas para que nadie se sienta solo.

—¿Tres?

—Tres, cuatro… a veces cinco. Depende de la demanda.

—¿Y si no me gusta el grupo?

—Puedes cambiar. Hay varios grupos. Cada hora sale uno.

Mentira. Solo había un grupo. El de las once horas. El de los divorcios exprés.

—Tercera: ¿las toallas las ponen ellos?

Iván parpadeó.

—¿Cómo dices?

—Las toallas. Las del baño. ¿Las ponen o tengo que pedirlas?

—Las ponen ellos. Por supuesto.

—¿Y si quiero dos?

—Te ponen dos.

—¿Y si quiero tres?

—Te ponen tres.

—¿Y si quiero cuatro?

—Mía, ¿para qué quieres cuatro toallas?

—No sé. Por si acaso. Nunca se sabe.

—Te ponen cuatro. No te preocupes, de verdad.

—Vale.

Y colgó.

Iván se quedó mirando el teléfono.

—¿Qué quería? —preguntó Rafa.

—Preguntar por las toallas.

—¿Solo las toallas?

—Nada más.

Rafa se metió una cucharada de Nocilla.

—Esa tía está nerviosa.

—¿Tú crees?

—Hostia, jefe. Una tía que llama para preguntar por las toallas no está preocupada por el crucero. Está preocupada por ella. Porque viajar sola le da miedo. Y tú no le estás ayudando.

Iván pensó en el mensaje del móvil. En los cuarenta millones. En el ex. Pensó en esa mujer que había entrado en la agencia con un bolso de unos cuantos miles de euros y una cara de haber dormido mal toda su vida.

—Pues va a tener que viajar sola —añadió.

—¿Pero no íbamos con ella? He conseguido un camarote en la bodega que…

—Vamos, pero no yo no soy su niñera. Solo voy a asegurarme de que me va a pagar el resto.

Rafa no dijo nada. Se levantó y fue a la trastienda. Iván se quedó solo.

El teléfono sonó de nuevo. Volvía a ser Mía.

—Dime.

—Soy yo otra vez.

—Ya lo sé.

—Se me ha olvidado preguntar una cosa.

—Dime.

—La cena del capitán. ¿Hay que ir muy arreglada?

—No. Es informal.

—¿Informal cómo?

—Pues con ropa. Como en todos los sitios.

—¿Vestido largo o corto?

—Mía, no lo sé. Lleva lo que te salga de los cojones.

—Vale —dijo ella—. Gracias.

Y colgó.

Iván se quedó mirando el techo. La gotera seguía cayendo. Los folletos de Grecia ya estaban completamente empapados.

Al cuarto de hora, sonó el timbre de la puerta. Iván levantó la vista. Era un mensajero con un ramo de flores tan grande que apenas cabía por la entrada. Rosas rojas. De esas que parecían sacadas de una película de los ochenta.

—¿Iván Alarcón?

—Soy yo.

—Firma aquí.

Iván firmó sin saber muy bien qué estaba pasando. El mensajero dejó el ramo sobre la mesa de ping-pong y se fue. Buscó la tarjeta. La encontró entre los tallos.

«Te sigo queriendo. Iván.»

Se quedó mirando la tarjeta. No era para él. Era para Mía. Pero Mía no estaba allí.

Justo entonces sonó el tintineo de la puerta. Mía entró. Llevaba un conjunto malva precioso que le marcaba las caderas y las mismas gafas de sol enormes. Se paró en seco al ver el ramo.

—¿Eso qué es? —preguntó.

—Han traído esto para ti. Hace un momento.

Mía se acercó. Cogió la tarjeta. La leyó. Y sin decir nada, cogió el ramo entero y lo tiró al cubo de la basura. Las rosas quedaron asomando por el borde del cubo, como un cadáver mal enterrado.

—¿No las quieres? —preguntó Iván.

—No.

—Son bonitas.

—Son de un pesado. Y los pesados no se merecen ni un tallo marchito.

Mía se sentó en la silla que cojeaba. Se quitó las gafas. Sus ojos estaban enrojecidos, como si hubiera estado llorando o durmiendo mal.

—¿Tú crees que la gente puede cambiar? —preguntó de repente.

Iván no esperaba esa pregunta.

—No lo sé —dijo—. Yo llevo treinta y dos años siendo un pringao y aquí sigo.

—Yo llevo tres semanas siendo… como soy, y ya estoy harta.

Iván no supo qué responder. Por primera vez desde que la conocía, no vio a la clienta millonaria. Vio a una tía sola, sentada en una silla que cojeaba, con unas ojeras que daba pena verla...

—Mía —dijo—. ¿Estás bien?

Ella lo miró con intensidad. Tanto que Iván sintió que le estaban haciendo una radiografía.

—No —dijo—. Pero no pasa nada. Es mi problema.

Se levantó. Se estiró el traje... Cogió el bolso.

—El lunes a las cinco en el puerto —dijo.

—A las cinco.

—No me dejes tirada, Alarcón.

—No te dejaré tirada.

Mía se giró hacia la puerta. Antes de salir, miró el cubo de basura. Las rosas rojas seguían asomando.

—Es la primera vez que alguien no intenta consolarme —dijo, sin volverse—. Gracias.

Y salió.

El tintineo de la puerta sonó. Iván se quedó mirando el cubo de basura. Luego miró a Rafa, que había salido de la trastienda con el bote de Nocilla.

—¿Lo has oído? —preguntó Iván.

—Todo.

—¿Qué opinas?

Rafa se metió una cucharada de Nocilla en la boca.

—No te metas donde no te llaman.

Iván quiso negarlo. Pero no pudo.

Iván cogió las rosas del cubo de basura y las dejó sobre el mostrador. Luego volvió a mirar la puerta por la que había salido Mía. Y, por primera vez, desde que empezó todo aquello, no pensó en la pasta.