CAPÍTULO 2
Las chiribitas de Iván
Iván se pasó el resto de la tarde dando por saco.
Ni siquiera fingió trabajar. Se sentó detrás del mostrador, apoyó los pies en la mesa de ping-pong y se dedicó a mirar cómo la gotera del aire acondicionado iba dejando un reguero de agua sobre los folletos de las islas griegas.
Grecia parecía una mancha de humedad. Le pareció poético.
Todo en su vida parecía una mancha de humedad.
Rafa, que no tenía otra cosa que hacer, se había puesto a ordenar la trastienda. Ordenar la trastienda en Cruceros Alarcón era como ponerle un parche a una hemorragia. Servía para sentirse útil, pero no cambiaba nada.
—¿Crees que volverá? —preguntó Rafa desde el fondo.
—¿Quién?
—La tía del bolso caro.
Iván se encogió de hombros.
—Ojalá. Pero no creo. Nos ha visto la cara de pobres y ha salido corriendo.
—Ha salido andando. Con mucho estilo, eso sí.
Iván cerró los ojos. En su cabeza ya daba por perdido el mes. Le quedaban tres semanas para pagar el alquiler o presentarse voluntario en la tienda de colchones. Al menos podría probar las camas antes de que lo echaran a patadas.
Aquella noche durmió mal. Soñó con hidromasajes sin agua y con un camarero que le servía cubatas de plástico mientras repetía « esto no es pa ti, esto no es pa ti».
A la mañana siguiente llegó a la agencia antes de que saliera el sol. No porque tuviera prisa, sino porque no podía soportar su propio piso. El piso olía a desesperación y a suelo sin fregar. La agencia, al menos, olía a Nocilla y a humedad. Prefirió la humedad.
Estaba abriendo la persiana cuando la vio.
Mía ya estaba allí. Apoyada en el escaparate, con un café en la mano y unas gafas de sol diferentes a las del día anterior. Llevaba un traje de chaqueta blanco que le sentaba como un guante. Parecía una ejecutiva que se había perdido y había ido a parar a los arrabales de la ciudad.
—Buenos días —dijo Iván, con la persiana a medio subir—. Llegas temprano.
—No hemos quedado a ninguna hora —dijo ella—. He venido porque quiero el crucero.
Iván terminó de subir la persiana. Lo hizo despacio, para ganar tiempo y para que ella no viera que le temblaban las manos. Joder, le temblaban las manos. ¿Por qué le temblaban tanto?
—El crucero. Claro. ¿Alguna novedad en los requisitos?
—Los mismos. Isla privada. Cocinero solo para mí. Hidromasaje al norte.
—Sí, sí. Todo eso lo tenemos.
—¿Lo tienes de verdad o lo dices porque te estás cagando vivo porque no vendes una mierda?
Iván se giró. Ella no sonreía. Lo decía en serio.
—Lo digo porque lo tenemos —mintió con una paz interior que le sorprendió a él mismo—. ¿Para cuándo lo quieres?
—Para esta semana.
—Esta semana es complicado.
—¿Complicado o imposible?
—Complicado. Lo imposible ya lo vendí ayer a una pareja de jubilados suecos.
Mía se quitó las gafas. Tenía unas ojeras que parecían dos berenjenas. Había dormido mal. O no había dormido. Iván conocía esas ojeras. Las veía cada mañana en el espejo de su baño.
—Mira —dijo ella—. Sé que tu agencia es un desastre. Lo vi nada más entrar. La mesa de ping-pong, la gotera, el cartel de Cuba, el señor de la Nocilla. Lo sé.
—Me alegra que seas tan observadora.
—Pero necesito el crucero igual. Y te lo voy a pagar bien.
Iván se apoyó en el marco de la puerta. No porque necesitara apoyarse, sino porque si no lo hacía, temía que no le iban a sostener las rodillas.
—Vale —dijo—. Pues paga bien y te lo consigo.
Mía entró en la agencia sin esperar invitación. Se sentó en la única silla que no cojeaba. Dejó el bolso en el suelo. El bolso era enorme, de piel color crema, con unas cremalleras que parecían dientes de tiburón. Iván no sabía de marcas, pero aquel bicho debía costar un huevo.
—Necesito una semana fuera —dijo ella, más para sí misma que para él—. Una puta semana sin que nadie me joda la existencia.
—Eso lo pedimos todos.
—No te hagas el gracioso que no te pega.
Iván sonrió. Era una sonrisa torcida, de las que le salían cuando alguien le decía que no era gracioso. Porque él era gracioso. Lo suyo era la ironía. La ironía pura y dura y cómo no, la ruina.
—¿Cuándo quieres salir? —preguntó.
—El lunes.
—¿Este lunes?
—Eso he dicho…
—Tu nombre es…
—Mía.
—Mía, eso es dentro de seis días.
—Ya lo sé. Por eso he venido hoy y no la semana que viene.
Iván se quedó callado un momento. Hizo cuentas. Seis días para encontrar una isla privada, un cocinero exclusivo y un hidromasaje que mirara al norte. Imposible. Pero la desesperación tengaalgo bueno: hacía que lo imposible pareciera solo un poco difícil.
—Voy a necesitar una señal —dijo Iván.
—¿Cuánto?
—Cinco mil.
Mía no pestañeó. Abrió el bolso, sacó una chequera y empezó a escribir. Iván sintió que se le secaba la boca. Nadie pagaba cinco mil euros así, sin preguntar, sin regatear, sin poner una puta pega.
—Toma —dijo ella, arrancando el cheque y dejándolo en el mostrador.
Iván cogió el cheque. Lo miró. Cinco mil euros. Firmado por Mía Ferrer. Con una caligrafía menuda, apretada, como si no quisiera ocupar espacio en el mundo.
—¿En qué trabajas? —preguntó Iván, sin poder evitarlo.
Mía lo miró con esos ojos que parecían que estaban emitiendo un juicio sumarísimo.
—¿Te importa?
—No. Solo era curiosidad.
—Pues no tengo curiosidad por ti. Así que a lo nuestro.
Iván guardó el cheque en el bolsillo de la camisa. Justo al lado del corazón. No porque le importara a Mía, sino porque era el único sitio donde estaba seguro de no perderlo.
—Vale —dijo—. Lo tengo.
—¿El qué?
—El crucero.
—¿Ya?
—Ya. —Mintió otra vez, con una naturalidad que ya le asustaba—. Solo necesito que me confirmes unos datos y te mando la reserva.
Mía asintió. Se puso de pie. Cogió el bolso del suelo. Y, entonces, pasó.
El bolso estaba mal cerrado. Una de las cremalleras se había quedado abierta. Cuando Mía lo levantó, se le cayó el teléfono móvil. Cayó al suelo, dio un bote y se quedó panza arriba con la pantalla encendida.
Iván se agachó a recogerlo al mismo tiempo que ella. Sus manos chocaron. Y en ese breve instante, Iván vio la pantalla.
Un mensaje de WhatsApp. De un tal «Iván (ex)».
«Mía, no seas capulla. He visto el mensaje del banco. Cuarenta millones de euros. ¿CUARENTA MILLONES? Y no me coges el puto teléfono. Somos familia, joder. Contesta».
Iván sintió que el suelo se abría. No literalmente, pero casi.
Cuarenta millones. Cuarenta. Millones. Con pico, pero qué más daba el pico.
Era una cantidad tan obscena que ni siquiera podía imaginarla.
Lo único que podía imaginar era su agencia.
La persiana rota. El alquiler. Los proveedores.
La mirada de su padre desde algún sitio.
Y, de repente, delante de él, sentada en la puta silla que cojeaba, estaba la solución a todo.
Pero no podía decirlo. No podía soltar un «hostia, ¿eres millonaria?
» porque ella no había querido contarlo.
El mensaje era privado. Ella había cerrado el bolso a propósito.
Así que Iván tragó saliva, devolvió el móvil con una mano que le temblaba un poco y puso la mejor de sus caras de póquer.
La cara que ponía cuando el casero subía el alquiler.
La cara que ponía cuando Rafa anunciaba otra gotera.
—Toma —dijo, con una voz que sonó neutra, aunque por dentro le rugían las tripas—. Cuidado con las cremalleras.
Mía cogió el teléfono, lo metió en el bolso y lo cerró con doble vuelta. No dijo nada. Lo miró. Él la miró. Hubo un silencio de esos que pesan más que una deuda de tres meses.
—¿Has visto algo? —preguntó ella.
—¿El qué? —dijo Iván, inocente como un cordero recién nacido.
—No sé. La pantalla.
—Estaba mirando al suelo. Me ha salido una mancha nueva. Mira.
Señaló una mancha de humedad en el linóleo. Era verdad que estaba allí. Llevaba meses. Pero nunca la había señalado. Mía bajó la vista, vio la mancha, y por un momento pareció desconcentrarse.
—Vale —dijo—. Pues a lo nuestro.
—A lo nuestro —repitió Iván.
Pero en su cabeza ya no estaba a lo nuestro.
En su cabeza estaba montando castillos en el aire.
Castillos con hidromasajes al norte. Castillos con islas privadas.
Castillos con una comisión que le permitiera pagar el alquiler, jubilar a Rafa con honores y hasta darse el lujo de comprar un coche que no tuviera un golpe en la puerta del acompañante.
—Mira —dijo Mía, volviendo a sentarse—. Te voy a ser sincera. Necesito salir de aquí. De este pueblo, de mi casa, de mi ex, de todo. Necesito una semana sin que nadie me pida nada.
—Lo entiendo.
—Y necesito que sea esta semana. Porque si espero más, me da algo.
Iván asintió. Ya no era el mismo que había abierto la persiana media hora antes. Ahora era un hombre con información privilegiada. Y la información, bien usada, valía casi tanto como los cuarenta millones.
—¿Cuánto presupuesto tienes? —preguntó, con una tranquilidad fingida que le salió del alma.
—Para el crucero, lo que haga falta.
—Eso no es un presupuesto.
—Pues ponle veinte mil.
Iván contuvo la respiración. Veinte mil euros. Si lograba una comisión del quince por ciento, eran tres mil. Con tres mil pagaba el alquiler de dos meses y le sobraba para arreglar la gotera. Pero si lograba el veinte por ciento…
—Veinte mil está bien —dijo, como si hablara del precio del pan—. Por ese dinero te voy a dar algo muy exclusivo.
—Ya me lo imaginaba.
—Isla privada, cocinero solo para ti, hidromasaje al norte.
—Eso pedí.
—Claro que te lo voy a dar. Pero tienes que fiarte de mí.
Mía lo miró. Iván aguantó la mirada como pudo.
Pensó en la pantalla del móvil. Pensó en los cuarenta millones.
Pensó en el mensaje del ex. Y pensó que si ella había ganado todo ese dinero, lo último que quería era que la trataran como a una millonaria.
Quería que la trataran como a una más. Y él podía hacerlo.
Él era experto en tratar a la gente como a una más.
Porque en su agencia no había distinciones. Todos eran pobres.
—Vale —dijo ella—. Me fío. Pero si me mientes…
—No sé por qué tendría que hacerlo. No te conozco de nada.
Mentía. Ya estaba mintiendo. No había isla privada. No había cocinero exclusivo. El hidromasaje al norte era una gilipollez que se había inventado allí mismo. Pero la mentira sonaba bien. Y la necesidad de ella era tan grande como la suya.
—¿Cuándo puedo ver el barco? —preguntó Mía—. Necesito un acompañante. A ti. No puedo viajar sola.
—Sin problema. Seré tu guía. Nos vemos el lunes. En el puerto. Te recojo a las cinco para embarcar.
—¿A las cinco de la tarde?
—Los cruceros de lujo salen a la caída del sol. Es para evitar las masas. Saldrá del puerto a las ocho.
Mía frunció el ceño. Pareció dudar. Pero al final asintió.
—Vale. El lunes a las cinco. No me dejes tirada.
—Nunca dejaría tirado a un cliente.
Mentía otra vez. Dejar tirado a un cliente era su especialidad. Pero aquel cliente no era como los demás. Aquel cliente valía cuarenta millones.
—¿Cuándo podré ver el barco? —preguntó Mía.
—En cuanto tenga toda la documentación cerrada.
—Bien. Porque no pienso gastarme veinte mil euros sin saber dónde me estoy metiendo.
—Eso me parece razonable.
Mía apoyó los antebrazos sobre el mostrador.
—Y quiero un teléfono de contacto.
—Ya tienes el de la agencia.
—No quiero una agencia. Quiero una persona. Si tengo un problema durante el viaje, quiero saber a quién llamar.
Aquello sí podía hacerlo. O, al menos, podía fingir que podía hacerlo.
—Tendrás mi número.
—¿Y contestarás?
—Intentaré estar vivo.
—Con eso me conformo.
Mía asintió.
—¿Cuándo sale?
—El lunes por la tarde.
—¿Y cuándo tengo que estar allí?
—A las cinco. Así podremos hacer el embarque con calma.
—Vale.
Pareció pensárselo un instante antes de añadir:
—No me dejes tirada, Alarcón.
—No te dejaré tirada.
Cuando terminaron con la documentación, Iván imprimió varios formularios y fue señalando dónde tenía que firmar. Mía los revisó con una atención casi enfermiza. Leyó cada cláusula, cada cifra y cada línea escrita en letra pequeña.
En el momento en que acabó, guardó los papeles en el bolso y comprobó dos veces que la cremallera estuviera cerrada.
—Nos vemos el lunes.
—Nos vemos.
—¿Cómo voy a reconocerte en el puerto?
—Fácil. Llevaré un paraguas de flores rojas y blancas en la puerta dieciséis.
Mía lo observó unos segundos.
—Si veo a otro haciendo lo mismo, llamaré a la policía.
—Me parece justo.
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa pasó por su cara.
Duró tan poco que Iván ni siquiera estuvo seguro de haberla visto.
Después salió de la agencia. El tintineo de la puerta resonó unos segundos.
Iván siguió mirando el cartel de «Cuba sí» durante un rato. Luego se giró hacia la trastienda.
—¡Rafa! ¡Sal de ahí!
Rafa apareció con el bote de Nocilla en la mano. Tenía restos de crema de cacao en la comisura de los labios.
—¿Qué pasa?
—Que esa tía es millonaria.
—¿Cómo que millonaria?
—Que ha ganado la primitiva o algo parecido. Cuarenta millones. Lo he visto en el móvil cuando se le ha caído.
—¿Y ella sabe que lo has visto?
—No hablaré si no es en presencia de mi abogado. —Sonrió con malicia.
—¿Y piensas decírselo?
—¿Tú qué crees?
Rafa se metió otra cucharada de Nocilla en la boca.
—Creo que llevas cinco segundos pensando cómo sacar partido de esto.
Iván no respondió.
—Eso pensaba.
Rafa volvió a señalar la puerta.
—¿Y qué le has vendido exactamente?
—Un crucero de veinte mil euros.
—¿Qué crucero?
Iván fue hasta la estantería, sacó un folleto antiguo y se lo tendió.
Rafa leyó la portada.
—¿El Aurora del Mediterráneo?
—Ese mismo.
—¿El que tuvo una gastroenteritis colectiva y se cagó medio pasaje?
—El mismo.
—¿Y le has dicho que es de lujo?
—Le he dicho que es exclusivo.
Rafa cerró los ojos.
—Jefe, eso no es exclusivo. Eso es una emboscada flotante.
—Ya lo sé.
—¿Y qué vas a hacer cuando descubra que no hay isla privada, que no hay cocinero exclusivo y que el hidromasaje está orientado donde le sale de los cojones?
Iván recuperó el folleto y lo guardó en el cajón.
—Para entonces estaremos en alta mar.
—¿Estaremos?
—Sí.
Rafa tardó un segundo en entenderlo.
—No.
—Sí.
—¿Vas a subir a ese barco?
—Por supuesto.
—¿Y yo?
—Tú también.
—¿Por qué?
—Porque si esto explota necesito un testigo.
Rafa dejó el bote de Nocilla sobre la mesa de ping-pong.
—Jefe, un día van a escribir un documental sobre ti.
Iván volvió a sentarse detrás del mostrador.
Por primera vez en meses no estaba mirando la gotera ni calculando facturas. Miraba el cheque de cinco mil euros que seguía encima de la mesa.
Era una mala idea. Lo sabía.
El problema era que las buenas ideas llevaban meses sin presentarse.
—Rafa.
—¿Qué?
—Esta semana cerramos.
—Eres un cabrón, Alarcón.
—Probablemente.
—Mucho.
Iván volvió a mirar el cheque.
—Sí —dijo—. Pero, con un poco de suerte, dejaré de ser un cabrón pobre.