No estoy para cruceros
© inepub.com
CAPÍTULO 1
El peor día para un crucero
El datáfono rechazó el pago del café dos veces seguidas. Iván volvió a meter la tarjeta con esa fe absurda que solo aparecía cuando uno tenía treinta y dos años, tres meses de alquiler pendientes y necesitaba desesperadamente que algo funcionara, aunque fuera por agotamiento.
—Tarjeta rechazada —repitió el camarero.
Dani, el camarero del bar de la esquina, levantó la vista mientras secaba unos vasos.
—A lo mejor es el banco.
—O a lo mejor soy pobre.
—También.
Iván rebuscó en los bolsillos del pantalón. Encontró un tique arrugado del «Mercalona», un caramelo de menta pegado al plástico y treinta céntimos.
—Te lo pago luego.
—Me debes cuatro «luegos».
—Hoy entra dinero, no te preocupes.
Dani soltó una risa corta, de las que no llevaban alegría dentro.
—Claro que sí, guapi.
Fuera ya apretaba el calor, aunque todavía era junio y la gente fingía que aquello no era verano del todo.
En la calle principal habían colgado unas banderolas azules con barcos y palmeras que anunciaban la campaña turística del ayuntamiento: «¡Este verano, zarpa!
». Iván llevaba dos semanas mirando aquel cartel con ganas de tirarse al mar vestido.
Cruzó la calle con el café en la mano y llegó a la agencia.
Jacinto lo esperaba apoyado en el escaparate. Mala señal. El casero nunca aparecía en persona para nada bueno. Una vez fue para felicitarles la Navidad y acabó subiéndoles el alquiler.
—Buenos días —dijo Iván.
—Debes abril, mayo y me da que junio va por el mismo camino.
—Entonces no son tan buenos.
Jacinto ni pestañeó. Llevaba demasiados años viviendo de los alquileres como para tener sentido del humor.
Iván levantó la persiana. El aire caliente del local salió de golpe, mezclado con el olor a plástico recalentado y a folletos viejos.
El aire acondicionado seguía muerto. Rafa había colocado un ventilador encima de una silla de camping, y el aparato giraba lentamente como si estuviera a punto de pedir la baja laboral.
Sobre la mesa de ping-pong descansaban varios catálogos de cruceros abiertos por páginas de piscinas infinitas y de parejas sonrientes bebiendo cócteles de colores imposibles.
A estas alturas, la ironía ya ni molestaba.
Rafa estaba en bermudas, subido al mostrador, intentando arreglar una gotera con cinta americana.
—No te caigas —dijo Iván mientras dejaba el café—. No podemos permitirnos una ambulancia.
—Tranquilo. Si me desnuco aquí, me metes dentro de un crucero y dices que es una experiencia inmersiva.
Jacinto entró detrás de ellos con una carpeta bajo el brazo.
—Seis mil cuatrocientos euros con veintisiete céntimos.
—Qué precisión.
—Es una deuda, no una receta.
Iván abrió el cajón de la caja registradora por puro reflejo. Dentro había dos bolígrafos sin tinta, una estampita de la Virgen del Carmen y un cupón de la ONCE caducado.
—Dame una semana.
—Llevas pidiéndome tiempo desde Semana Santa.
—No te preocupes.
Jacinto lo miró unos segundos y luego señaló el local con la barbilla.
—Esto antes funcionaba.
Aquello escoció más de lo que Iván esperaba.
Porque era verdad. Cuando su padre seguía vivo, la agencia olía a café recién hecho y a protector solar.
Entraban jubilados felices, parejas que discutían por excursiones a Capri y familias con niños pegajosos preguntando si el bufet incluía los helados.
Ahora aparecían personas buscando una copistería.
Jacinto suspiró.
—La semana que viene vendré con el abogado.
—Perfecto. Así conocemos gente nueva.
El casero salió sin despedirse. La puerta se cerró de golpe, y el ventilador tembló encima de la silla de camping.
Rafa bajó del mostrador.
—Tengo otra idea.
—Tus ideas nos cuestan dinero.
—¿Y si alquilamos la mesa de ping-pong para cumpleaños?
Iván lo miró.
—¿Quién celebra un cumpleaños en una agencia de viajes en ruinas?
Rafa se encogió de hombros.
—Hay gente que se casa en fincas.
El teléfono sonó. Iván descolgó.
—Cruceros Alarcón, dígame.
—¿Hacéis fotocopias?
Colgó sin responder.
Rafa abrió un bote de Nocilla que guardaba debajo del mostrador y metió una cuchara enorme.
—Eso cuenta como cliente potencial, ¿por qué cuelgas?
Iván se dejó caer en la silla de oficina. El ordenador seguía marcando cero reservas para aquella semana. Fuera, una familia de turistas pasó delante del escaparate arrastrando maletas y hablando demasiado alto. La niña pequeña señaló el cartel de un crucero por las islas griegas.
—¡Mamá, mira!
La madre ni siquiera giró la cabeza.
Entonces sonó el tintineo de la puerta.
Iván levantó la vista. La mujer que acababa de entrar parecía fuera de lugar.
Llevaba unas gafas de sol negras enormes, un vestido blanco impecable y un bolso que probablemente valía más que el coche de Iván.
Se quedó quieta junto a la entrada, observando la agencia en silencio, la mesa de ping-pong, el ventilador torcido, la cinta americana y el cartel de «CUBA SÍ» que Rafa se negaba a quitar desde 2019.
Iván se puso de pie casi de un salto.
—Buenos días. Toma asiento, por favor.
Ella siguió mirando alrededor como si estuviera calculando cuántas enfermedades podía contraer allí dentro.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó él.
La mujer se quitó las gafas. Tenía cara de haber dormido poco y desconfiado mucho.
—Necesito un crucero.
—Perfecto. ¿Algún destino en particular?
—Una isla privada.
Iván sonrió con cautela.
—Claro.
—Sin turistas.
—Mejor todavía.
—Sin niños.
—Eso encarece un poco el presupuesto, pero…
—Y sin matrimonios celebrando que todavía se soportan después de veinte años.
Rafa levantó la cabeza desde el fondo.
—Eso ya va a ser más difícil.
Ella ni lo miró.
—Quiero una semana sin escuchar conversaciones ajenas.
—Entiendo.
—Con bañera de hidromasaje.
—Perfecto.
—Quiero ir al norte.
Iván parpadeó.
—¿Al norte?
—No me gusta el sur. Es demasiado optimista.
A él se le escapó una sonrisa. Pequeña, pero real.
—Entonces el Mediterráneo te va a caer regular.
Ella lo observó unos segundos. Como si estuviera decidiendo si aquello era un chiste o una deficiencia profesional.
Iván le tendió la mano.
—Me llamo Iván.
La mujer bajó la vista hacia la mano. No la estrechó.
—Vale.
—Perfecto. Otro. Lo que me faltaba. Mañana volveré.
Y salió de la agencia.
El tintineo de la puerta volvió a sonar.
Rafa apareció con el bote de Nocilla en la mano.
—¿Esa era una clienta?
—Eso parece.
—Te ha mirado como si hubieras atropellado a su perro.
Iván siguió mirando la puerta cerrada.
—Creo que odia mi nombre.
Rafa se metió otra cucharada de Nocilla en la boca.
—Pues tendrías que haberte llamado Javier. Ellos siempre transmiten estabilidad emocional y suelen tener la hipoteca pagada.