EPÍLOGO
Un año después…
La agencia olía a café recién hecho. No el del Aurora .
El de verdad. El que Iván había aprendido a preparar después de que Mía le regalara una cafetera nueva por su cumpleaños.
La gotera ya no existía. La habían arreglado en noviembre, después de una tormenta que amenazó con llevarse el cartel de «Cuba sí».
La mesa de ping-pong había desaparecido hacía meses.
La vendieron a un bar de la esquina que la necesitaba para sus clientes.
La silla que cojeaba seguía allí. Era la única que no había cambiado.
Porque Mía se negaba a jubilarla. Decía que le traía suerte.
El cartel de la fachada era nuevo. «Cruceros Alarcón & Ferrer». Debajo, en letras más pequeñas: «Su viaje, nuestra pasión (y ahora con wifi)». Rafa había puesto una pegatina de Nocilla en la puerta. Nadie se atrevió a quitarla.
Mía entró aquella mañana con el bolso de no sé cuántos milesde euros. Ya no le daba vergüenza llevarlo. Había aprendido que un bolso no definía a nadie. O sí, pero ella no iba a permitir que la describiera a ella. Lo dejó en el mostrador, junto a la taza de Iván y el bote de Nocilla de Rafa.
—Buenos días —dijo.
Iván levantó la vista. Tenía ojeras. Pero ojeras de mmmm… No dormía por las noches. ¡Follaban con una alegría impresionante!
—Buenos días, Ferrer.
—Buenos días, Alarcón.
Se besaron de forma lenta y apasionada. El beso de los que llevaban un año juntos y sabían que había tiempo para todo.
Rafa salió de la trastienda con una bandeja de folletos nuevos. Los había pedido él. Con fotos de cruceros de verdad. Sin piscinas infinitas retocadas. Sin parejas sonrientes falsas. Con gente normal. Con jubilados felices. Con niños pegajosos. Con la verdad.
—Jefe, han llegado.
—Déjalos ahí.
—¿No los vas a mirar?
—Luego.
Rafa los dejó en los nuevos expositores. Los que estaban junto a la puerta.
Una pareja de unos sesenta años. El con camisa hawaiana. Ella con sombrero de paja. Los dos mirando un folleto de las islas griegas.
Iván se acercó.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlos?
El hombre levantó la vista.
—Queremos un crucero. Pero no de esos de todo incluido con bebidas de garrafón y comida sospechosa.
—Eso es justo lo que no vendemos —dijo Iván.
Mía sonrió desde el mostrador. Rafa se metió una cucharada de Nocilla.
—¿Tiene algo con isla privada? —preguntó la mujer.
—Islas no. Pero tenemos una excursión a Éfeso que dura once horas. Incluye divorcio exprés si no se llevan bien.
El hombre soltó una carcajada. La mujer también.
—Nos lo quedamos —dijeron.
Iván anotó la reserva. Mía lo miró. Él la miró. Rafa siguió con la Nocilla.
—¿Cuántas llevamos este mes? —preguntó Mía.
Iván consultó el ordenador. El que ya no marcaba cero reservas. El que tenía la pantalla llena de colores. El que funcionaba sin parpadear.
—Treinta y siete —dijo.
—¿Treinta y siete?
—Treinta y ocho. Acaba de entrar una por la web.
Mía se quedó callada. Luego sonrió.
—¿Nos estamos haciendo ricos?
—No.
—¿Seguro?
Iván se acercó a ella. Le puso una mano en la cintura. Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Ahora solo somos pobres organizados —dijo.
—¿Y eso es mejor?
—Es un comienzo.
La pareja de la camisa hawaiana se fue con los folletos bajo el brazo. Otros clientes entraron. Una familia con niños pequeños. Una señora mayor con una riñonera. Un hombre solo que quería un crucero para olvidar a su ex.
Iván los atendió a todos. Con paciencia. Con humor. Con la verdad. Porque había aprendido que mentir no servía de nada. Que lo único que funcionaba era escuchar. Preguntar. Saber qué quería cada uno.
Rafa se acercó a Mía.
—Señorita.
—Dime, Rafa.
—El jefe está hecho un artista.
—Lo sé.
—No me refiero a vender. Me refiero a lo otro.
—¿A lo otro?
—A quererla. A usted.
Mía lo miró.
—Tú también, Rafa. También sabes querer.
Rafa se metió una cucharada de Nocilla.
—Eso no se le diga a nadie. Que luego se corre la voz y me quitan mi fama de cascarrabias.
Mía se rio. Iván la miró desde el mostrador. También se rio.
El teléfono sonó. Era Puri. Llamaba para decir que había comprado un bono de Nocilla en oferta. Que si quería la mitad. Rafa dijo que sí. Que se la guardara. Que él pasaba a recogerla por la tarde.
Mía se sentó en la silla que cojeaba. Miró la agencia. Las paredes blancas. Los folletos nuevos. Los clientes esperando. Iván atendiendo. Rafa en la trastienda. La vida. Por fin.
—Iván.
—Dime.
—¿Te acuerdas del primer día? ¿Cuando entré y dije que quería una isla privada?
—Me acuerdo.
—Y tú me mentiste.
—También me acuerdo.
—¿Te arrepientes?
Iván dejó lo que estaba haciendo. Se acercó a ella. Se arrodilló para quedar a su altura. Como aquella noche en la cubierta del Aurora, pero sin el mar de fondo.
—No —dijo.
—¿Por qué?
—Porque si no te hubiera mentido, no estarías aquí.
Mía le puso una mano en la mejilla.
—Y tú —dijo—, si no te hubiera creído, tampoco.
—¿Y ahora?
—Ahora, mira. He invertido en nosotros. He comprado a nuestros competidores… Seremos los mejores agentes de viajes…
Se besaron. Con calma. La pareja de la camisa hawaiana ya se había ido. La familia con niños también. La señora de la riñonera estaba distraída mirando un catálogo. Rafa se asomó a la trastienda.
—¿Ya estáis?
—Ya.
—Pues hay cola. Dos señoras que quieren ir al Caribe.
—Que pasen —dijo Iván.
Se levantó. Acomodó la chaqueta. No la de Rafa. La suya nueva. La que Mía le había regalado por Navidad.
Mía sonrió. Cogió el bolso. Se puso las gafas de sol. Las del primer día. Y se quedó mirándolo mientras atendía a las clientas. Escuchaba. Preguntaba. Reía.
Porque Iván ya no sería nunca más un vendedor de humo.
Iván era un hombre que había aprendido a decir la verdad. Y que, por alguna razón, la gente la compraba.
Oyó las voces de los clientes. La de Iván. La de Rafa. El tintineo de la puerta.
Sonrió.
Porque aquella era su vida. Y no había isla privada en el mundo que pudiera mejorarla.
FIN