Capítulo 23 #2
Él entendió. Carlos siempre entendía. Se desvistió rápidamente, revelando un cuerpo que ya había visto pero que seguía fascinándome. Sus hombros anchos, su pecho musculoso, su vientre plano que descendía hacia una erección que me hizo tragar saliva.
—Dime que quieres esto —dijo, y su voz sonó tensa, controlada, al borde del límite.
—Lo quiero —respondí, y era la verdad más pura que había dicho en días—. Te quiero a ti. Dentro de mí. Ahora.
Me dio la vuelta con una suavidad que contrastaba con la urgencia del momento. Apoyé las manos contra la pared, ofreciéndole mi espalda, mis caderas y mi sexo, todavía húmedo y pulsante del orgasmo reciente.
—Por favor —repetí, arqueando la espalda.
Él entró desde atrás, en una sola embestida profunda que me hizo gritar. El ángulo era diferente, más intenso, y sentí cada centímetro de él llenándome, estirándome, reclamándome.
—Eres mía —gruñó contra mi cuello, y la posesión en su voz debería haberme enfadado, pero solo me excitó más.
Empezó a moverse a un ritmo salvaje y descontrolado, golpeando exactamente el punto correcto en cada embestida. Mis manos se aferraron a la pared, buscando algo a lo que agarrarme mientras él me follaba con una intensidad que me robaba el aliento.
—Más fuerte —pedí, y no me reconocí. No me reconocí en esta mujer que pedía más, exigía más y se entregaba completamente al placer sin culpa ni vergüenza.
Carlos obedeció. Aumentó el ritmo, sus embestidas se volvieron más profundas, más duras, hasta que el sonido de nuestras pieles chocando llenó el salón. Sentía que otro orgasmo se acercaba, diferente al primero, más profundo, más intenso.
—Carlos, voy a… —Gemí, y esta vez él no me dejó terminar la frase.
Se giró rápidamente, sin salir de mí, y me depositó en el sofá. Ahora estaba debajo y él encima, en posición de misionero, y la profundidad cambió: se volvió más íntima, más cercana.
Nos miramos mientras se movía dentro de mí, y vi algo en sus ojos que me asustó más que cualquier otra cosa. Amor. O algo muy parecido. Una entrega total, una vulnerabilidad que reflejaba la mía.
—Te deseo —dijo, y cada palabra acompañaba una embestida—. Te deseo tanto que me vuelves loco. Te deseo a pesar de todo. Te deseo porque eres fuerte, porque eres terca, porque no me dejas protegerte como quiero.
—Carlos… —gemí, sintiendo que el orgasmo se acercaba.
—Córrete —pidió, y su voz sonó desesperada—. Por favor, Daniela, córrete conmigo.
Y lo hice. El orgasmo me atravesó al mismo tiempo en que él se corría dentro de mí, un estallido conjunto que nos dejó jadeantes, sudorosos, enredados en el sofá que ahora olía a nosotros, a sexo, a reconciliación imperfecta.
Nos quedamos así durante largos minutos, con él todavía dentro de mí, besándome con ternura y suavidad, como si quisiera compensar la intensidad de momentos antes.
Pero entonces, como una campana que sonara en mi cabeza, recordé por qué había estado enfadada. Recordé el silencio, la omisión, la sensación de que había perdido el control de mi propia historia.
Me aparté. Me levanté del sofá, buscando mi ropa con movimientos frenéticos.
—Daniela… —dijo Carlos, y su voz sonó confundida, herida.
—No —respondí, sin mirarlo—. Esto no cambia nada. Esto fue… esto fue un error.
—No fue un error —protestó, levantándose también—. Fue real. Es real. Lo que sentimos…
—No sé lo que siento —corté, y mi voz se quebró—. Y no puedo confiar en ti. No todavía. Quizás nunca.
Me vestí rápidamente, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda, sintiendo su deseo de que me quedara, de que habláramos, de que intentáramos arreglarlo.
Pero no podía. Porque si me quedaba, si aceptaba que esto entre nosotros podía funcionar, estaría entregando el control de nuevo. Y no estaba lista para eso. Quizás nunca lo estaría.
—No —dije finalmente, girándome hacia él una última vez—. No puedo.
Carlos asintió. No intentó detenerme. No me suplicó que me quedara. Solo me miró con una expresión que no supe definir. Tristeza, quizás. O aceptación. O la determinación de alguien que sabe que esto no ha terminado.
Salí de la casa de mi abuela sin mirar atrás. Caminé por las calles de Málaga sin rumbo, con el cuerpo todavía vibrando del sexo y el corazón roto por la confusión.
Sabía que cada vez resultaba más difícil mantener esa distancia. Que cada encuentro, cada discusión, cada momento de intimidad nos acercaba más a un punto de no retorno. Y eso me aterrorizaba más que cualquier otra cosa.
Cuando finalmente llegué a casa, ya era de noche. Mi padre estaba viendo la televisión y mi abuela leía en su sillón. Intenté pasar desapercibida, subir a mi habitación, perderme en el sueño.
Pero entonces mi teléfono vibró. Un mensaje de Lucía. Un enlace. Y un comentario breve.
Lucía: Mira esto. Ahora.
Abrí el enlace con los dedos temblorosos. Era una página de noticias locales. Un blog de cotilleos, uno de esos que nadie toma en serio pero que todo el mundo lee.
Y allí estaba. En letras negras sobre fondo blanco, con una fotografía borrosa de Carlos y de mí saliendo de un restaurante hacía semanas.
«El famoso abogado Carlos Díaz, relacionado sentimentalmente con la esposa de un cliente investigado. ¿Conflicto de intereses o romance prohibido?»
El mundo se detuvo. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, que el aire se volvía irrespirable, que todo lo que habíamos intentado construir, todo lo que habíamos intentado ocultar, se derrumbaba en un segundo.
Y lo peor de todo, lo que hizo que una risa histérica me escapara de la garganta, fue darme cuenta de que Miguel había ganado.
Sin siquiera intentarlo, había conseguido destruirlo todo.