No estoy para abogados Capítulo 23
60%

Capítulo 23

Daniela

Evité a Carlos durante dos días. Dos días enteros en los que me convertí en experta en eludir encuentros, en crear excusas creíbles, en desaparecer de habitaciones justo antes de que él apareciera.

Dos días en los que mi corazón se aceleraba cada vez que sonaba el timbre, cada vez que escuchaba una voz masculina en el jardín, cada vez que el viento movía las cortinas y temía que fuera él.

Y todo el mundo lo notó.

Lucía me miraba con esa mezcla de preocupación y complicidad que tenía cuando sabía algo, pero respetaba el silencio.

Alba intentó organizarme la vida con más eficiencia de la habitual, como si una lista de tareas bien estructurada pudiera arreglar lo que mi corazón había roto.

Pero fue mi abuela, sobre todo ella, quien más me inquietó.

Mi abuela no decía nada. Eso era lo peor.

Se limitaba a observarme con esos ojos azules que parecían ver directamente a través de mis mentiras, de mis «Estoy bien» automáticos, de mi «Solo necesito espacio» repetido como un mantra.

Me observaba mientras desayunaba, mientras paseaba por el jardín, mientras fingía leer un libro que tenía abierto en la misma página desde hacía horas.

Mi abuela observaba más de lo que decía. Y eso me aterrorizaba.

Finalmente, la tarde del segundo día, Carlos apareció. No llamó antes. No envió mensaje. Simplemente cruzó la puerta del jardín con una carpeta gruesa bajo el brazo y una expresión que no supe interpretar. Determinación, quizás. O resignación.

Estaba en el porche, sentada en mi sillón de mimbre habitual, intentando concentrarme en un catálogo de diseño de interiores que Alba me había traído para que empezara a pensar en mi futuro. Levanté la vista cuando su sombra cubrió la página que no estaba leyendo.

—Hola —dijo, y su voz fue simple, directa, sin la carga emocional que esperaba.

—Hola —respondí, y mi tono sonó más frío de lo que pretendía, una armadura que no sabía si quería mantener.

No intentó convencerme de nada. No intentó justificarse con discursos preparados sobre sus buenas intenciones, el amor que sentía y la necesidad de protegerme.

Eso fue lo que me desarmó. Lo que esperaba, lo que mi rabia necesitaba para seguir ardiendo, era una excusa.

Una explicación que pudiera rechazar, un argumento que pudiera refutar, una muestra de que no había entendido nada.

En cambio, extendió la carpeta hacia mí.

—Esto es lo que sé —dijo, simplemente—. Todo. Sin filtros. Sin protección. Solo la verdad, por fea que sea.

La miré. La carpeta parecía inocua, de cartón gris, con las esquinas ligeramente dobladas por el uso. Pero sabía que contenía algo pesado. Algo que podía cambiarlo todo.

—¿Por qué ahora? —pregunté, y mi voz sonó más vulnerable de lo que quería admitir.

Carlos me sostuvo la mirada. Sus ojos marrones, esos ojos que había aprendido a leer, a buscar, a extrañar durante estos dos días de ausencia forzada, me devolvieron una honestidad que me hizo sentir incómoda.

—Porque tenías razón —respondió, y la frase cayó entre nosotros como una piedra en agua tranquila—. No era mi decisión protegerte ocultándote cosas. No era mi derecho decidir qué podías o no podías soportar. Te traté como si fueras frágil, y tú no lo eres. Nunca lo has sido.

No supe qué decir. Porque esperaba una excusa, una defensa, una explicación que me permitiera seguir enfadada. No una disculpa tan completa, tan sincera, tan desarmante.

—Entra —dije finalmente, y mi voz sonó extraña, lejana—. Vamos a revisar esto.

Entramos juntos a la casa. Mi abuela nos observó desde la cocina, pero por primera vez en días no hizo ningún comentario, ninguna insinuación ni ninguna pregunta incómoda.

Simplemente asintió una vez, como si aprobara algo que solo ella entendía, y desapareció en su habitación con la excusa de echar la siesta.

Nos sentamos en el salón, en el sofá donde habíamos estado juntos, donde habíamos discutido, donde casi… Nos mantuvimos en extremos opuestos del mueble, conscientes del espacio entre nosotros, del aire cargado que nos separaba.

Carlos abrió la carpeta. Empezó a explicarme cada documento, cada informe, cada investigación que había realizado.

El caso de fraude de hace tres años. Las conexiones de Miguel con empresas fantasma.

Las transferencias sospechosas. Los nombres de personas que yo no conocía pero que, según Carlos, habían operado en las sombras mientras yo creía que mi marido solo era un abogado ambicioso.

Pero fue al final, al llegar a los informes más recientes, cuando descubrimos algo que me heló la sangre.

Miguel no solo había manipulado el dinero.

Había creado una red sistemática de mentiras para destruir mi reputación antes incluso de que yo pensara en divorciarme.

Había contactado con antiguas amistades y compañeros de la universidad, sembrando dudas sobre mi estabilidad emocional, mi fidelidad y mi capacidad para mantener un empleo o una relación sana.

Había preparado el terreno durante meses, quizás años, para que cuando yo me fuera, nadie me creyera.

Para que yo quedara como la loca, la infiel, la irresponsable.

La rabia apareció entonces. Una rabia cálida y vibrante que me hizo temblar las manos y sentir que la vista se me nublaba. Pero esta vez no estaba sola con ella. Carlos estaba a mi lado, señalando párrafos, explicando conexiones, mostrándome que entendía mi furia porque la compartía.

—Esto es… —empecé, pero la voz se me quebró.

—Monstruoso —terminó él—. Sí. Lo es.

Cuando terminamos de revisar los documentos y la magnitud de la traición de Miguel quedó completamente expuesta bajo la luz del salón, la tensión acumulada explotó. No de la forma en que esperaba. No con lágrimas ni con gritos. Con algo más peligroso.

—Te odio —dije, mirándolo directamente a los ojos.

Carlos arqueó una ceja. Ese gesto suyo que odiaba y que, al mismo tiempo, me excitaba.

—No parece —respondió, y había un deje de humor en su voz que me enfureció.

—No hagas eso —espeté, levantándome del sofá—. No hagas eso de sonreír cuando discutimos.

—Es difícil no hacerlo contigo —dijo, levantándose también—. Porque cuando dices que me odias, tu voz tiembla. Y porque tus ojos dicen exactamente lo contrario.

Estábamos demasiado cerca. El espacio entre nosotros se había reducido a nada, a centímetros, a la distancia que separa el odio del deseo.

Podía oler su colonia, ese aroma amaderado que me hacía perder el juicio.

Podía ver cada pestaña, cada pequeña imperfección de su piel, cada latido de la vena de su cuello.

—Te odio —repetí, pero esta vez la frase salió como un susurro, sin convicción, como una súplica.

—Yo también te odio —respondió él, y su voz era ronca, peligrosa—. Te odio porque no puedo dejar de pensar en ti. Porque duermo mal desde que te fuiste de mi casa. Porque cada vez que cierro los ojos veo tu cara.

Nos miramos. Y entonces ocurrió. Un segundo, un momento suspendido en el tiempo, en el que algo cambió irrevocablemente.

Me besó. O quizás fui yo quien lo besó. No importaba. Lo que importaba era que nuestras bocas se encontraron con una urgencia que borró cualquier duda, cualquier enfado, cualquier razón para mantener la distancia.

Fue un beso profundo, salvaje, desesperado. Sus manos se enredaron en mi pelo, tirando de él con una fuerza que dolió y excitó al mismo tiempo. Mis manos encontraron su camisa y la desabrocharon con una torpeza que no importó, porque solo quería sentir su piel contra la mía.

—Dios, te deseo —gemí contra su boca, y la frase escapó sin permiso, sin filtro, sin la armadura que había mantenido durante días.

—Y yo a ti —respondió, y su voz sonó quebrada, descontrolada—. Te deseo tanto que duele.

Me empujó suavemente contra la pared del salón, y yo me dejé guiar, arqueando la espalda para ofrecerle mejor acceso a mi cuello, a mi clavícula, a los botones de mi blusa que él deshizo con una eficiencia que contrastaba con la torpeza de momentos antes.

Cuando mi blusa cayó al suelo, cuando su boca encontró mi pezón erecto, gemí con una intensidad que me sorprendió. No era solo placer. Era liberación. Era la certeza de que, a pesar de todo, de las mentiras, de los silencios, de los errores, esto entre nosotros era real.

—Carlos —suspiré cuando su boca descendió, besando mi vientre, mi ombligo, la línea de mis bragas.

Me miró desde abajo, arrodillado frente a mí, y la imagen fue tan erótica que sentí que me fallaban las piernas.

—Déjame —dijo, y no era una pregunta. Era una promesa.

Asentí, temblando, mientras él deslizaba mis bragas por mis piernas, dejándome expuesta ante él. Cuando su boca encontró mi sexo, cuando su lengua empezó a explorar, a lamer, a succionar con una precisión que me volvía loca, tuve que agarrarme a sus hombros para no caer.

—Dios, Carlos… —gemí, moviendo las caderas contra su boca, buscando más presión, más contacto, más de él.

Él respondió aumentando el ritmo, introduciendo un dedo dentro de mí mientras su lengua jugaba con mi clítoris. La combinación fue explosiva. Sentí que el orgasmo se acercaba a una velocidad que me alarmó: una ola de placer que no podía controlar ni retrasar.

—Voy a… —Intenté advertir, pero ya era demasiado tarde.

El orgasmo me atravesó con una fuerza que me hizo gritar, un sonido que no reconocí como mío, un estallido de sensaciones que me dejó sin aliento, sin pensamientos, sin nada excepto la lengua de Carlos sobre mí, prolongando mi placer hasta que tuve que empujarlo suavemente porque no podía soportarlo más.

Pero él no se detuvo. Se levantó, besándome el vientre, los pechos, el cuello, y yo sabía que esto apenas había empezado. Que quería más. Que necesitaba sentirlo dentro de mí, completándome, poseyéndome.

—Por favor —suspiré, y no supe si estaba pidiendo que parara o que continuara.