Capítulo 24
Carlos
La pantalla del ordenador se había convertido en un espejo deformado en el que mi vida se reflejaba hecha añicos.
No era la primera vez que mi nombre aparecía en los medios.
Durante años, mi carrera como abogado me había expuesto a la opinión pública, a los artículos de prensa especializada y a las crónicas judiciales que mencionaban mi trabajo con respeto o con recelo, según el lado del estrado en el que se sentara el periodista.
Pero esto era diferente. Esto no era una mención profesional.
Era un escándalo construido con titulares amarillistas y fotografías robadas, una narrativa falsa que me convertía en el villano de una historia que no había escrito.
Lo vi todo en cuestión de minutos. El blog de cotilleos que Lucía me había enviado se había multiplicado por diez, veinte, cincuenta.
Cada portal sensacionalista había cogido la noticia y la había retorcido hasta hacerla irreconocible.
«El abogado Carlos Díaz, implicado en un conflicto de intereses con un cliente investigado».
«Romance prohibido en el bufete: defensor y esposa del investigado».
«Escándalo en la abogacía malagueña: ¿utilizó Díaz su posición para seducir a la mujer de su cliente? ».
Cada titular era un puñetazo en el estómago.
Cada subtítulo, una mentira más elaborada que la anterior.
Decían que Miguel Salvatierra era mi cliente, que lo había defendido en casos anteriores, que había aprovechado mi posición profesional para acercarme a Daniela.
Decían que nuestra relación, esa que aún no sabía cómo definir, que apenas habíamos comenzado a atisbar, era fruto de una manipulación, de una traición ética, de una oscura estrategia legal.
Joder.
Me levanté de la silla con tal violencia que esta se estrelló contra la pared de mi despacho.
El ruido no me importó. Nada me importaba excepto la sensación de ahogo que me comprimía el pecho, esa certeza de que alguien había movido las piezas del tablero con una precisión sádica para destruirme.
Y no solo a mí. Porque si había algo claro en aquel mar de mentiras, era que el objetivo real no era mi reputación profesional. Era ella. Era Daniela.
El teléfono no paraba de sonar. Mensajes de Héctor, de Alejandro y de compañeros del bufete que preguntaban si era cierto, si necesitaba ayuda o si debería prepararme para una rueda de prensa.
Ignoré todos. Abrí el cajón de mi escritorio, busqué las llaves del coche y salí de mi casa sin mirar atrás.
Conduje como un autómata, con la mandíbula apretada y las manos firmes en el volante, pero por dentro estaba hecho trizas.
No me preocupaba la opinión pública. No me importaba qué dirían en los círculos jurídicos, si los colegas me mirarían con desprecio o si perdería clientes.
Lo único que me atormentaba, lo único que me hacía pisar el acelerador con desesperación, era la imagen de Daniela leyendo aquello.
Daniela creyendo, aunque fuera por un segundo, que yo había sido parte de un plan, que nuestra conexión había sido calculada, que la había utilizado.
Llegué a la urbanización donde vivía Carmen con el corazón martilleando contra las costillas.
Dejé el coche mal aparcado, casi saltándome el seto de entrada, y corrí hacia la puerta.
No llamé al timbre. Usé la llave que Carmen me había dado hacía años, esa que me convertía en parte de la familia, aunque no lo fuera por sangre.
El silencio de la casa me recibió como una losa. No había música, no había risas, no había el murmullo habitual de Carmen moviéndose por el jardín o por la cocina. Solo un vacío denso, cargado de algo que olía a despedida.
Subí las escaleras de dos en dos. La puerta de su habitación estaba entreabierta. Empujé con cuidado, temiendo lo que iba a encontrar, y allí estaba Daniela.
Estaba de pie junto a la cama, con una maleta abierta sobre el edredón blanco, metiendo ropa con movimientos mecánicos, vacíos.
No lloraba. Eso era lo peor. Su rostro era una máscara de determinación fría, de resignación absoluta, como si ya hubiera tomado la decisión más difícil y solo le quedara ejecutarla.
—¿Qué haces? —pregunté, y mi voz sonó extraña, ronca, como si no me perteneciera.
Ella no se giró. Siguió doblando una blusa que reconocí, una de esas que había llevado el día en que discutimos en la cocina de Carmen, cuando el café se quemó y casi nos besamos por primera vez.
—Me voy unos días —respondió, y su tono fue plano, neutro, diseñado para no revelar nada.
Entré en la habitación. Cerré la puerta tras de mí, no con fuerza, pero con la intención de que entendiera que no iba a ser fácil, que no me iba a ir, que esta vez no aceptaría un no por respuesta.
—¿Por qué? —insistí, acercándome un paso, dos.
Ella dejó la blusa sobre la maleta. Sus manos temblaban apenas, lo suficiente para que lo notara, lo suficiente para que ella misma las mirara con rabia, como si traicionaran su intento de aparentar fortaleza.
—Porque todo lo que toco acaba rompiéndose —dijo, y ahora sí, su voz se quebró, aunque no llegó a convertirse en llanto—.
Porque tú tenías una vida ordenada, una carrera respetada, una reputación intacta…
y ahora mírate. Estás en todos los periódicos, Carlos.
Te están acusando de cosas que no has hecho.
Y es por mi culpa. Porque aparecí. Porque te metí en mi lío.
Sentí un golpe físico en el pecho, como si me hubieran disparado. No por las palabras, sino por la certeza con que las decía, por la convicción de que ella era el problema, de que su existencia era dañina para quienes la rodeaban.
—Daniela —llamé, suavemente, como se llama a un animal herido que podría huir si hablas demasiado alto.
Ella giró la cabeza. Sus ojos marrones, esos ojos que había aprendido a leer, a buscar, a extrañar en las noches de insomnio, se encontraron con los míos. Y vi algo que nunca había visto en ellos. No había enfado. No había desafío. No había la rabia protectora que tanto me costaba atravesar.
Solo miedo. Miedo puro, desnudo, infantil. El miedo de alguien que cree de verdad que es veneno para todo lo que ama.
—No puedo ser el problema de alguien otra vez —susurró, y una lágrima finalmente escapó, corriendo por su mejilla que ella secó con un gesto brusco, enfadada consigo misma—.
Con Miguel… destruí cinco años de mi vida.
Destruí mi autoestima, mi carrera, mis amistades.
Y ahora te estoy destruyendo a ti. Tu nombre, tu trabajo, tu paz.
No puedo, Carlos. No puedo cargar con eso.
Di un paso más. Estaba a un metro de ella, lo suficientemente cerca como para oler su perfume, ese aroma a jazmín y algo más oscuro, más ella. Lo suficientemente cerca como para ver temblar cada pestaña, cada pequeña grieta en su armadura.
—Tú no eres un problema —dije, firme, rotundo, sin espacio para la duda—. Y esto no es culpa tuya. Es una trampa, Daniela. Una trampa montada por tu ex para separarnos, para destruirme, para hacerte creer que estás sola. Pero no lo estás.
Ella negó con la cabeza una y otra vez, como si pudiera hacer desaparecer mis palabras con ese gesto.
—No lo entiendes —dijo—. Antes de conocerme, tú eras… eras intocable. Respetado. Tenías tu vida bajo control. Y ahora mírate. Te están investigando, te están señalando, te están…
—Amando —la interrumpí.
Ella se quedó quieta. El silencio se extendió entre nosotros, denso, cargado de electricidad.
Me acerqué hasta quedar frente a ella, hasta que nuestras miradas se nivelaron, hasta que podía ver mi reflejo en sus pupilas dilatadas.
Levanté una mano despacio, dándole tiempo para retroceder, pero ella no lo hizo.
Dejé que mis dedos rozaran su mejilla, que el pulgar le secara la lágrima traicionera, que mi piel tocara la suya en esa conexión que siempre había estado ahí, desde el primer día, aunque ambos intentáramos negarla.
—Desde que llegaste —dije, y mi voz bajó hasta convertirse en un susurro íntimo, solo para ella—, mi vida es más complicada.
Daniela cerró los ojos. Bajo la mirada, como si mis palabras fueran demasiado pesadas para sostenerlas.
—¿Ves? —susurró, derrotada—. Lo sabía. Soy un caos. Soy…
—Pero también es mucho mejor —terminé, antes de que pudiera completar su sentencia.
Ella levantó la vista. Sus ojos buscaron los míos, en busca de la trampa, el engaño, la mentira piadosa.
Pero no la encontró. Porque era la verdad más pura que había dicho nunca.
Desde que Daniela irrumpió en mi vida, desde que la vi por primera vez en aquel jardín con su vestido blanco y su expresión de guerra, todo había cambiado.
Sí, era más complicado. Sí, era más peligroso.
Pero también era más real, más intenso, más vivo que todo lo que había tenido antes.
—Antes de ti —continué, acercándome aún más, hasta que nuestros cuerpos casi se tocaban—, mi vida era una sucesión de días idénticos.
Trabajo, casa, trabajo, casa. Una existencia ordenada, sí, pero vacía.
Desde que estás aquí, desde que discutimos sobre café quemado y sobre abogados arrogantes, desde que me miraste como si fuera el enemigo y luego como si pudiera ser algo más…
desde entonces, respiro diferente. Duermo peor, pero sueño mejor.
Tengo miedo, sí, pero también tengo esperanza.
—Carlos… —su voz se quebró, y fue mi nombre en sus labios, y era todo lo que necesitaba escuchar.
—No te vayas —supliqué, y odié el tono desesperado de mi voz, pero no me importó—. No huyas de esto. No me dejes solo con esta mierda de prensa y estas acusaciones falsas. Quédate. Lucha conmigo. Deja que te demuestre que juntos podemos enfrentarnos a lo que sea. A Miguel, a sus mentiras, a todo.
Ella me miró y en sus ojos vi la batalla. La guerra entre el miedo, que le decía que huir era la única opción, y algo más débil, más valiente, que le susurraba que quizás, solo quizás, merecía la pena quedarse.
El silencio se extendió. Los dos sabíamos lo que significaba. Sabíamos que cruzar esa línea y admitir en voz alta lo que sentíamos nos convertía en blancos más visibles. Nos hacía vulnerables. Nos obligaba a confiar en que el otro no nos dejaría caer.
Pero ninguno de los dos se atrevía a dar el paso. A pronunciar las palabras que cambiarían todo.
—Necesito tiempo —dijo ella finalmente, y su voz sonó más firme, más ella—. No para huir. Sino para… para procesar esto. Para entender que no soy un problema. Que merezco…
—Mereces el mundo —terminé por ella—. Y yo quiero dártelo. Pero entiendo que necesites tiempo. Te lo daré. Todo el que necesites. Pero no te vayas de Málaga. No me dejes.
Estábamos tan cerca que podía sentir su aliento contra mis labios. Podía ver la pequeña cicatriz que tenía en la barbilla, el lunar cerca de la oreja, cada detalle que había memorizado en estos meses de obsesión silenciosa.
—Prométeme que no te irás —insistí, y mi mano se deslizó desde su mejilla hasta su cuello, acariciando su piel con ternura, con posesión, con miedo a perderla.
Ella asintió. Una vez. Lentamente.
—Lo prometo —dijo, y era la primera vez que me prometía algo sin reservas.
Suspiré, y fue como si llevara meses conteniendo el aire. Sonreí, una sonrisa pequeña, cansada, pero real. Ella respondió con una muestra similar, una grieta en su armadura de hielo.
—Ahora cierra esa maleta —dije, señalando hacia la cama—. Porque no vas a ninguna parte. Y si alguien tiene que enfrentarse a la policía o a la prensa o a lo que sea, lo haremos juntos.
—¿La policía? —preguntó ella, frunciendo el ceño.
No tuve tiempo de responder.
Un golpe fuerte en la puerta principal resonó por toda la casa, haciéndonos saltar. Un golpe autoritario, seco, el tipo de golpe que anuncia problemas graves.
Nos miramos. En sus ojos vi el mismo pánico que sentía en mi pecho.
—Carlos Díaz —gritó una voz masculina desde abajo—. Abra la puerta. Somos la policía.
Daniela palideció. Sus manos se aferraron a mi camisa, buscando apoyo, buscando protección.
—¿Qué…? —empezó, pero yo ya sabía.
Miguel había ido más allá de la prensa. Había presentado una denuncia. Y ahora venían a buscarme.
—Tranquila —dije, aunque mi voz no sonó tan firme como quería—. Voy a abrir. Quédate aquí. No bajes.
—No —respondió ella, firme de repente, recuperando esa fuerza suya que tanto admiraba—. Bajamos juntos. Lo prometido es deuda.
Me cogió de la mano. Sus dedos se entrelazaron con los míos con una fuerza que me sorprendió. Y juntos, con los corazones desbocados y el futuro incierto, descendimos las escaleras para enfrentarnos a lo que fuera que nos esperaba al otro lado de la puerta.