No estoy para abogados Capítulo 18
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Capítulo 18

Carlos

Sabía que la situación con Elena había sido un desastre.

No porque siguiera sintiendo algo por ella, eso había terminado hacía mucho, enterrado bajo capas de decepción y rabia contenida, sino porque había elegido el peor momento posible para aparecer.

Justo cuando Daniela y yo estábamos en ese punto delicado, ese espacio indefinido donde la confianza empezaba a construirse sobre cimientos inestables.

Justo cuando ella finalmente me miraba sin ver a su exmarido reflejado en mis ojos.

Elena tenía información. Eso era cierto.

Raúl me había confirmado que ella había estado investigando a Miguel Salvatierra por su cuenta, moviendo contactos en Madrid, husmeando donde no la llamaban.

Y esa información podía ser valiosa. Podía ser la pieza que faltaba para desmontar la trampa financiera que Salvatierra había tejido alrededor de Daniela.

Pero Elena también tenía un don especial para manipular conversaciones.

Para introducir dudas con sonrisas perfectas.

Para sembrar incertidumbre disfrazada de preocupación.

Y después de años de conocerla, de haber estado a punto de casarme con ella, sabía exactamente hasta dónde podía llegar su habilidad para hacer daño sin ensuciarse las manos.

Cuando Daniela me enfrentó al día siguiente, en el jardín de Carmen, bajo la luz implacable del sol de la mañana, vi el daño inmediatamente. No era el enfado de alguien que cree que ha sido engañado. Era algo más profundo, más primitivo. Era el terror de quien ha vuelto a perder el control.

—¿Qué hacía ella aquí anoche? —preguntó, sin preámbulos.

Estaba de pie junto al limonero más grande, con los brazos cruzados sobre el pecho, la espalda recta en esa postura defensiva que ya reconocía.

Llevaba el mismo vestido blanco con flores azules del primer día, el que hacía juego con sus ojos, pero ahora parecía más un uniforme de guerra que una prenda veraniega.

—Vino a hablar —respondí, manteniendo la distancia—. Sobre información que tiene de tu ex.

—¿A medianoche? —Su voz subió de tono—. ¿En la cocina de mi abuela? ¿A escondidas?

—No era a escondidas —intenté explicar—. Carmen sabía que estaba allí. Y no fue planeado. Elena apareció sin avisar, dijo que era urgente…

—Todo es urgente —interrumpió, y ahora vi que sus manos temblaban—. Todo es siempre urgente cuando se quiere ocultar algo. Cuando se quiere controlar la situación.

Se acercó un paso. Sus ojos marrones, normalmente tan expresivos, ahora parecían dos pozos oscuros de desesperación.

—¿Ves? —dijo, y su voz se quebró apenas—. Esto es exactamente lo que odio.

—¿Qué? —pregunté, confundido.

—Que todo el mundo tenga información sobre mí menos yo —respondió, y cada palabra parecía arrancada de su garganta—.

Que mi exmarido construya empresas a mi nombre sin que yo lo sepa.

Que tu ex prometida sepa cosas de mi situación que yo ignoro.

Que todo el mundo maneje datos, pruebas, secretos…

y yo aquí, en medio, como una tonta, sin saber qué demonios está pasando en mi propia vida.

Entonces lo entendí. No estaba enfadada conmigo, o al menos no principalmente.

Estaba reviviendo su matrimonio. Esos años de vivir con Miguel, donde él controlaba la información como si fuera oxígeno, donde ella solo sabía lo que él decidía contarle, donde la realidad se torcía hasta convertirse en algo que ella ya no reconocía.

—Daniela —dije, y mi voz se suavizó—. Mi ex prometida no tiene nada que ver conmigo ahora. Eso terminó hace años. Lo que sea que sientas, lo que sea que estés recordando… no es eso.

Ella cruzó los brazos con más fuerza, como si se abrazara a sí misma para no desmoronarse.

—No parece —murmuró.

—¿Qué no parece?

—Que no tenga nada que ver contigo —dijo, y ahora el enfado volvía, dirigido hacia mí—. La miras de una forma. Ella te mira de otra. Hay… historia. Secretos. Cosas que tú sabes y yo no. Y odio eso, Carlos. Odio estar en desventaja. Odio no saber en qué terreno estoy pisando.

Me acerqué. Lentamente, dándole tiempo de retroceder. Pero ella no lo hizo. Se quedó quieta, mirándome con esa mezcla de desafío y vulnerabilidad que me volvía loco.

—¿Estás celosa? —pregunté, y la pregunta salió más suave de lo que pretendía.

Ella se quedó completamente quieta. Como si el tiempo se hubiera detenido. Sus ojos se abrieron ligeramente, y vi cómo luchaba contra la respuesta, cómo buscaba en su interior la negativa automática.

—No —dijo finalmente, pero tardó demasiado. Un segundo de más. Dos.

—Has tardado demasiado en responder —observé, y no pude evitar que una sonrisa tirara de la comisura de mis labios.

—No estoy celosa —insistió, y su voz sonó más aguda, más defensiva—. Solo estoy… informada. Cautelosa. Prudentemente escéptica.

—Vale —dije, y dejé que la sonrisa creciera.

—No pongas esa sonrisa —espetó ella, señalándome con un dedo acusador—. Esa de «Sé algo que tú no sabes».

—¿Qué sonrisa? —pregunté, inocente, aunque sabía exactamente de qué hablaba.

—Esa —dijo, y su mano se movió en un gesto vago hacia mi rostro—. Esa sonrisa de suficiencia. De «Mira cómo la he pillado». No me gusta.

—¿No? —Me acerqué otro paso. Ahora estábamos a menos de un metro. Podía oler su perfume, algo floral y cítrico que me hacía perder el hilo de mis pensamientos.

—No —confirmó, pero su voz perdió fuerza.

—¿Y qué sonrisa prefieres? —pregunté, bajando la voz.

Ella me miró. Realmente me miró, y vi cómo la rabia se disipaba, cómo el miedo retrocedía, cómo algo más peligroso tomaba su lugar. Algo que ambos intentábamos ignorar desde hacía semanas.

—Ninguna —dijo débilmente—. Prefiero que no sonrías.

—Mentira —susurré.

—También eres abogado —respondió, y había un deje de humor en su voz, aunque ella intentaba mantener el enfado—. Detectar mentiras es tu especialidad.

—No —corregí—. Mi especialidad es construir argumentos sólidos. Y mi argumento es que estás celosa. Y que te molesta estarlo. Y que te molesta más que yo lo sepa.

Ella abrió la boca para protestar, para lanzar alguna réplica afilada que la protegiera. Pero entonces ocurrió algo inesperado. Se rio.

Fue una risa breve, sorprendida, que escapó de su garganta antes de que pudiera contenerla. Una risa que transformó su rostro de guerrera a mujer, de defensora a… ¿A qué? ¿A alguien que también sentía esto que crecía entre nosotros?

—Eres insoportable —dijo, pero sonreía.

—Lo sé —respondí—. Es parte de mi encanto.

—No tienes encanto —mentía ella, y ahora también sonreía—. Tienes… persistencia. Eso es diferente.

—Persistencia —repetí, como si saboreara la palabra—. Me gusta. Suena a virtud disfrazada de defecto.

—Todo en ti es un defecto disfrazado —dijo ella, y su sonrisa se amplió—. Eres un desastre cocinando. Un entrometido profesional. Un abogado que no respeta los espacios personales…

—¿Y a pesar de todo eso? —pregunté, acortando más la distancia.

Ella dejó de sonreír. No por enfado, sino porque la intensidad del momento la había alcanzado. Estábamos tan cerca que podía ver cada pequeña mancha de color en sus iris, cada pequeña línea de expresión en las comisuras de sus ojos.

—A pesar de todo eso —dijo, y su voz apenas era un susurro—. No sé por qué sigues aquí.

—Sí, lo sabes —respondí, y mi voz también se había vuelto ronca, íntima.

Nos miramos en el silencio del jardín. El sol brillaba sobre nosotros, pero, de alguna manera, estábamos en nuestra propia burbuja, separados del mundo.

La tensión había cambiado. Ya no era solo un enfrentamiento, sino una atracción peligrosa.

Era algo más profundo. Era reconocimiento.

Era la certeza de que ambos estábamos cayendo y de que ninguno de los dos sabía cómo detenerse.

—Carlos —dijo ella, y mi nombre en sus labios sonó como una pregunta y una respuesta al mismo tiempo.

—Daniela —respondí, y extendí la mano para tocarle la mejilla.

Ella no se apartó. Sus ojos se cerraron brevemente y vi cómo respiraba hondo, cómo se entregaba a ese contacto durante un segundo que pareció eterno.

Pero entonces sonó el teléfono de Carmen dentro de la casa, una campana antigua e insistente que nos devolvió a la realidad.

Ella retrocedió un paso. Luego otro. Se pasó una mano por el pelo, despeinándose aún más, y cuando me miró de nuevo, la máscara había vuelto. Parcialmente. Porque en sus ojos todavía quedaba algo de lo que habíamos compartido.

—Debería entrar —dijo—. Mi abuela necesita ayuda con… algo.

—Claro —respondí, dejando caer la mano—. Daniela…

—No —interrumpió, levantando una mano—. No digas nada más. No ahora. Necesito… necesito procesar esto.

Asentí. Respeté su espacio, como siempre debía hacer. Pero cuando se dio la vuelta para caminar hacia la casa, dije:

—No estoy jugando contigo. Y Elena no significa nada. Nunca más.

Ella se detuvo. No se giró, pero asintió una vez. Y luego siguió caminando, desapareciendo por la puerta de la cocina.

Me quedé solo en el jardín, con el sol calentándome la piel y el corazón acelerado. Había sido un momento. Un pequeño momento de honestidad, de vulnerabilidad compartida. Y había cambiado todo.

Pasé el resto del día intentando concentrarme en el trabajo.

Revisé documentos, respondí correos, intenté preparar una estrategia legal para contrarrestar las tácticas de Salvatierra.

Pero mi mente volvía una y otra vez a Daniela.

A su risa. A la forma en que se había quedado quieta cuando le pregunté si estaba celosa.

A la electricidad que había cruzado el espacio entre nosotros cuando casi…

¿qué? ¿Cuándo casi la besé? ¿Cuándo casi confesé que me importaba más de lo que cualquier lógica permitía?

A las ocho de la tarde, cuando el sol empezaba a ponerse, estaba en mi casa, sentado en el sofá del salón, mirando el teléfono como si fuera una serpiente a punto de morder.

Tenía un mensaje sin leer. Lo había recibido hacía horas, pero no había querido abrirlo.

No quería volver a ese mundo de manipulaciones y medias verdades.

Pero ahora, después de lo que había pasado con Daniela, después de esa conversación en la que ella había expresado su miedo a no saber, a que otros controlaran la información…

Tenía que abrirlo.

Desbloqueé el teléfono. Abrí la aplicación de mensajería. Y allí estaba. No era solo texto. Era una fotografía. Y lo que mostraba me dejó helado.

La imagen era de baja calidad, tomada desde la distancia, probablemente con un teleobjetivo. Pero era inequívoca. Mostraba a Miguel Salvatierra, el exmarido de Daniela, sentado en la terraza de un restaurante de Barcelona. Estaba sonriendo, relajado, con una copa de vino en la mano.

Y frente a él, inclinada hacia delante en una postura de intimidad, estaba Elena.

Mi Elena. Mi exprometida. La mujer que había estado en mi cocina la noche anterior, diciéndome que tenía información sobre Salvatierra. La mujer que había insinuado que Daniela era parte del problema.

Pero eso no era lo peor. No era lo que hacía que mi sangre se helara y que el teléfono casi se me cayera de las manos.

La mujer a la que una vez quise, en la que una vez confié y con la que planeé pasar el resto de mi vida, estaba con el hombre que intentaba destruir a Daniela.

Y yo estaba solo en mi casa moderna y silenciosa, mirando la prueba de una traición que no entendía, sintiendo cómo el suelo se abría bajo mis pies por segunda vez en mi vida.

El teléfono vibró en mi mano. Otro mensaje del mismo número desconocido.

Desconocido: Ella sabe más de lo que crees.

Elena y Salvatierra estaban juntos en ese momento.

Miré hacia la ventana, hacia las luces de Málaga que empezaban a encenderse en la distancia. Pensé en Daniela, probablemente en casa de Carmen, ignorante de todo esto. Pensé en lo que sentía por ella, en lo que casi había confesado esa mañana en el jardín.

Y supe que estaba en una encrucijada. Si llamaba a Elena y escuchaba su versión de la verdad, estaría entrando de nuevo en su juego. Pero si no lo hacía, si ignoraba esto, podía estar dejando que Daniela caminara hacia una trampa que yo no veía.

¿En qué estaba metida mi ex? ¿Por qué se veía con el hombre que quería destruir a la mujer que yo…?

No terminé el pensamiento. No podía. Porque admitirlo, incluso para mí mismo, era peligroso.

Pero era cierto. Era verdad. Y la verdad me golpeó con la fuerza de un tren en movimiento.

Me importaba. Me importaba más de lo que quería admitir. Más que mi orgullo herido por Elena. Más que mi propia seguridad emocional.

Y eso significaba que no podía quedarme de brazos cruzados. Que tenía que actuar. Que tenía que descubrir qué estaba pasando, quién estaba jugando a qué, y cómo proteger a Daniela de lo que se avecinaba.

Suspiré y me quedé en la oscuridad de mi salón, preguntándome si estaba cayendo en una trampa que aún no veía.

Fuera, las estrellas empezaban a aparecer sobre Málaga. Y en algún lugar de la ciudad, Daniela probablemente miraba el mismo cielo, ignorante de la tormenta que se avecinaba.

Le había prometido que no la dejaría sola. Que estaría a su lado.

Y ahora, más que nunca, tenía que cumplir esa promesa. Aunque eso significara enfrentarme a mis propios demonios. Aunque significara descubrir que la persona en quien más confié una vez me había traicionado.

Aunque significara perderlo todo de nuevo.