Capítulo 17 #2
Nos dejó solos. Carlos y yo. De pie en el jardín de mi abuela, con el sol de la tarde filtrándose entre los limoneros y la tensión flotando en el aire como polen invisible.
No quería preguntar. Me repetí una y otra vez que no importaba, que no era asunto mío, que mi indiferencia era real y no una máscara. Pero la pregunta salió de todos modos, traicionera, antes de que pudiera morderla.
—¿Qué quería?
Carlos me miró. Sus ojos marrones parecían cansados, más viejos de lo que recordaba.
—Hablar —dijo, simplemente.
—¿De qué?
Suspiró. Se pasó una mano por el pelo, ese gesto que ya reconocía.
—De cosas que pertenecen al pasado —dijo, evasivo.
—El pasado tiene forma de mujer sofisticada con vestido —observé, y el amargor en mi voz me sorprendió a mí misma.
—Daniela…
—No me importa —dije, demasiado rápido—. En serio. Tu vida pasada, tus prometidas, tus historias de Madrid… todo eso me da exactamente igual. Solo pregunto por educación.
Me miró durante un largo momento. Luego negó con la cabeza, pero no con enfado. Con tristeza, quizás.
—¿Sabes cuál es el problema de mentir? —dijo—. Que cuando lo haces demasiado bien, acabas creyéndote tus propias mentiras.
—No sé de qué hablas.
—Sí que lo sabes —respondió, y su voz se suavizó—. Y yo también lo sé. Porque estoy haciendo lo mismo. Diciendo que Elena es solo pasado cuando… bueno, cuando es más complicado que eso.
Quise preguntar qué quería decir con complicado. Quise exigir explicaciones sobre por qué estaba allí, qué había entre ellos, por qué me miraba de esa forma. Pero mi orgullo, ese orgullo que había cultivado durante años como única defensa, me detuvo.
—Como te he dicho —repetí, firme—. No me importa.
Carlos me observó un segundo más. Luego asintió, una vez, y su expresión se cerró. Se puso la máscara de cortesía profesional que yo odiaba.
—Entonces no debería importarte que vayamos a cenar mañana —dijo—. Ella y yo. Para terminar de aclarar algunas cosas.
El golpe fue físico. Sentí que el aire salía de mis pulmones, aunque no mostré nada en mi rostro. O eso esperaba.
—Perfecto —dije—. Que disfrutes.
Me di la vuelta y caminé hacia la casa, con la espalda recta y el corazón desbocado. No miré atrás. No podía mirar atrás.
Esa noche, el sueño no vino. Me quedé en mi habitación, mirando el techo, reproduciendo una y otra vez la escena del jardín. La sonrisa perfecta de Elena. La incomodidad de Carlos. La forma en que ella lo miraba, como si aún tuviera derechos sobre él.
Mi mente creaba escenarios catastróficos. Que volvían juntos. Que nunca habían dejado de estar en contacto. Que yo era solo una diversión, una distracción, una forma de pasar el tiempo mientras él esperaba que Elena volviera.
A medianoche, sedienta y con la cabeza dolorida por darle demasiadas vueltas, bajé a la cocina. La casa estaba en silencio. Mi abuela dormía profundamente en su habitación del primer piso, y mi padre se había ido a cenar con unos amigos y aún no había vuelto.
Caminé descalza por el pasillo, intentando no hacer ruido. Pero cuando me acerqué a la cocina, escuché voces. Bajas, pero claras en el silencio de la noche.
Me detuve. La puerta de la cocina estaba entreabierta, y la luz se filtraba en el pasillo. Reconocí la voz de Carlos. Y luego la de ella. Elena.
¿Qué hacía allí? ¿A medianoche? ¿En la cocina de mi abuela?
No debería escuchar. Lo sabía. Era una invasión de privacidad, una falta de respeto, algo que la Daniela de antes nunca habría hecho. Pero me acerqué de todos modos. Me pegué a la pared, conteniendo la respiración, y escuché.
—No puedes seguir así, Carlos —decía Elena, y su voz sonaba diferente a la de esta tarde. Más urgente, más real—. Ella está en peligro. Y tú lo sabes.
—Ya te he dicho que me ocuparé de ello —respondió Carlos, y su tono era duro, defensivo—. No necesito que vengas a recordármelo.
—¿Y cómo lo harás? —insistió Elena—. ¿Protegiéndola como si fuera una niña? ¿Ocultándole la verdad sobre lo que está pasando?
—No le oculto nada —mentía Carlos, y lo supe porque su voz cambió, se volvió evasiva.
Elena se rio. No era una risa amable.
—Claro que sí —dijo—. Y eso es lo que me preocupa. Porque tú sabes perfectamente que ella fue parte del problema. Que no es tan inocente como parece. Que hay cosas que no te ha contado.
El mundo se detuvo. El aire se congeló en mis pulmones. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies, que la casa entera se tambaleaba sobre cimientos inexistentes.
¿Qué quería decir? ¿Qué problema? ¿Qué parte?
—Eso no es cierto —dijo Carlos, pero su voz sonó menos segura.
—¿No? —preguntó Elena—. ¿Y si te dijera que he hablado con Miguel? ¿Que sé cosas sobre ella que tú ignoras? ¿Que hay documentos, pruebas…?
—Cállate —siseó Carlos—. No digas eso aquí.
—Entonces escúchame —insistió Elena, y ahora su voz era un susurro urgente—. Tú sabes perfectamente que ella fue parte del problema, Carlos. Que no todo fue culpa de Miguel. Que ella también tiene secretos. Y si no abres los ojos, si sigues cegado por lo que sientes…
—Ya basta —cortó Carlos, y su voz sonó rota—. Vete, Elena. Por favor. Vete antes de que digas algo de lo que te arrepientas.
Escuché movimiento, pasos, la puerta que se abría. Me pegué más a la pared, en las sombras, mientras Elena salía de la cocina y caminaba hacia la puerta principal. No me vio. O si me vio, no dijo nada.
Me quedé allí, en la oscuridad del pasillo, con las palabras de Elena resonando en mi cabeza como campanas de iglesia.
«Ella fue parte del problema».
¿Qué significaba? ¿Qué sabía Elena que yo ignoraba? ¿Y qué secretos se suponía que yo tenía?
Mi mano temblaba sobre el pomo de la puerta de la cocina.
Quería entrar, confrontar a Carlos, exigir explicaciones.
Pero el miedo me paralizaba. Porque si entraba, si preguntaba, si descubría que efectivamente había algo oscuro en mi pasado que no recordaba, o que había olvidado, o que Miguel había inventado…
Tendría que enfrentar la posibilidad de que Elena tuviera razón. De que yo no era solo la víctima inocente que me creía. De que, de alguna forma incomprensible, yo también había sido parte del problema.
Y eso era algo que no sabía si podría soportar.
Así que me quedé en la oscuridad, escuchando cómo Carlos se movía en la cocina, solo, suspirando, golpeando suavemente la encimera con la mano en un gesto de frustración que no podía ver pero que imaginaba perfectamente.
Y por primera vez desde que había llegado a Málaga, desde que había empezado a sentirme en casa, sentí que ese hogar se desvanecía. Que la felicidad que había empezado a construirse sobre arena movediza.
Y que, una vez más, iba a tener que huir.