No estoy para abogados Capítulo 17
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Capítulo 17

Daniela

Estaba empezando a sentirme demasiado cómoda en Málaga. Y eso, para ser sincera, me aterrorizaba más que cualquier otra cosa.

Durante semanas había estado construyendo cuidadosamente una fortaleza invisible a mi alrededor.

No era un muro de piedra ni de acero, sino algo más sutil y peligroso: una coraza de indiferencia, de «Esto es temporal», de «No me quedaré aquí mucho tiempo».

Me había convencido a mí misma de que esta ciudad era solo un puerto de emergencia, un lugar donde reparar las averías antes de volver a navegar.

Que estas personas, mi abuela Carmen, mi padre, mi primo Alejandro, Lucía, Alba, eran solo compañeros de travesía, no la tripulación definitiva de mi barco.

Pero los días fueron pasando, y algo extraño empezó a ocurrir.

Despertarme con el sol entrando por la ventana de mi habitación en casa de mi abuela dejó de ser una anomalía para convertirse en rutina.

El olor a jazmín del jardín, que al principio me había parecido excesivamente dulce, ahora me resultaba reconfortante.

Incluso los desayunos con mi abuela, con sus interrogatorios disfrazados de conversación casual, se habían transformado en algo que anticipaba con… ¿alegría?

Era peligroso. Lo sabía. Porque cuando alguien se siente feliz después de una etapa complicada, cuando finalmente empieza a respirar sin que el pecho le duela, aparece inevitablemente el miedo.

El miedo helado, viscoso, que se instala en el estómago y susurra: «Esto es demasiado bueno para ser verdad.

Esto se acabará. Y cuando lo haga, dolerá más que antes porque ahora sabes lo que es perderlo».

Y luego estaba Carlos.

No podía negarlo, por mucho que intentara hacerlo.

Carlos había dejado de ser ese abogado intruso que aparecía en casa de mi abuela con excusas transparentes.

Había dejado de ser el enemigo potencial, el recordatorio constante de mi exmarido, el hombre al que debía mantener a distancia por pura supervivencia emocional.

Se había convertido en… ¿qué exactamente?

En la persona con la que discutía sobre si el café debía tomarse solo o con leche a las ocho de la mañana.

En el hombre que me hacía reír con sus bromas secas sobre la cocina de mi abuela, sobre mi ineptitud culinaria, sobre su propia incapacidad para mantener una planta viva.

En la presencia que buscaba inconscientemente cuando entraba al jardín, cuya ausencia notaba como una especie de hambre física cuando no aparecía durante un par de días.

Era inaceptable. Completamente inaceptable. Yo no había venido a Málaga para enamorarme. No había huido de un matrimonio destructivo para lanzarme de cabeza a… ¿A qué? ¿A una atracción peligrosa? ¿A una dependencia emocional disfrazada de amistad?

Pero mi cuerpo no escuchaba a mi cabeza. Mi cuerpo traicionero se había acostumbrado a su voz profunda, a su risa inesperada, a la forma en que se pasaba la mano por el pelo cuando estaba pensando en algo. Mi cuerpo esperaba verlo. Y eso era lo peor de todo.

—Estás pensando en él —dijo Lucía de repente, interrumpiendo mis cavilaciones.

Estábamos sentadas en el porche tomando limonada bajo la sombra de los limoneros. Lucía tenía a Carla dormida en su regazo, un pequeño bulto de pelo castaño y sueños tranquilos.

—¿En quién? —Respondí, demasiado rápido, demasiado defensiva.

—En Carlos —dijo Lucía y sonrió con esa malicia suya—. Llevas diez minutos mirando fijamente ese limón como si fuera la respuesta al sentido de la vida, y tu expresión es la de alguien que está argumentando consigo misma sobre algo que no puede controlar.

—No estoy pensando en Carlos —mentí, y la mentira sonó hueca incluso para mí.

—Vale —dijo Lucía, encogiéndose de hombros—. Entonces no te importará que te cuente que estuvo a punto de casarse hace un par de años.

El limón que estaba pelando resbaló de mis manos y rodó por el suelo de baldosas.

—¿Casarse? —Repetí, intentando sonar indiferente.

—Sí. Con una tal Elena. Una ejecutiva de Madrid. Inteligente, guapa, sofisticada. La historia perfecta. Hasta que ella lo dejó poco antes de la boda.

—Me da igual —dije, recogiendo el limón y volviendo a mi tarea con más violencia de la necesaria—. Su vida pasada no es asunto mío.

Lucía me observó con esos ojos color miel que parecían ver demasiado.

—No te he preguntado si te importaba —dijo suavemente.

Resoplé, frustrada.

—Solo digo que no me interesa —insistí, sabiendo que estaba sobreactuando—. Carlos puede haber estado prometido, casado, divorciado tres veces o ser un monje tibetano en una vida anterior. Me da exactamente igual.

—Claro —dijo Lucía, y su sonrisa se amplió.

—De verdad —añadí, como si repetirlo lo hiciera más cierto.

—Daniela.

—¿Qué?

—Llevas cinco minutos hablando de una mujer que ni siquiera conoces.

Quise responder, pero la puerta del jardín se abrió en ese momento, y las palabras se me murieron en la garganta.

Carlos entró. Pero no estaba solo.

A su lado caminaba una mujer que parecía haber salido directamente de una revista de moda.

Alta, morena, con un vestido de seda color esmeralda que realzaba una figura perfecta.

El pelo negro caía en ondas impecables sobre sus hombros, y su rostro, pálido y elegante, con unos ojos oscuros que parecían calcular todo a su alrededor, irradiaba una sofisticación que yo no podría conseguir ni con diez horas de preparación.

La reconocí inmediatamente. No necesitaba que nadie me la presentara. Era ella. Elena. La exprometida. La mujer que había estado a punto de casarse con Carlos. La que lo había dejado. La que había visto algo en él que yo estaba empezando a ver, pero que ella había rechazado.

Y, aunque odiaba admitirlo, aunque me repugnaba reconocerlo, sentí una punzada de celos tan aguda que casi me cortó el aliento.

No era solo que fuera guapa. Era que era perfecta.

Perfecta de una manera que yo nunca sería, ni siquiera en mis mejores días.

Perfecta en esa forma en que las mujeres como ella son perfectas: sin esfuerzo aparente, sin harina en el pelo, sin manchas de chocolate en la camiseta. Perfecta como una amenaza.

Carlos la vio primero. Nuestros ojos se cruzaron y vi algo en su expresión que no supe definir. Sorpresa, quizás. O culpa. O miedo. Luego me vio a mí, sentada junto a Lucía, y su paso se detuvo brevemente, como si estuviera calculando cómo gestionar la situación.

—Daniela —dijo, acercándose—. Lucía. No sabía que estaríais aquí.

—Obviamente —murmuré, demasiado bajo para que me oyera, pero lo suficientemente alto para que Lucía, sentada a mi lado, soltara una risa ahogada.

—Te presento a Elena —dijo Carlos, y su voz sonó extraña, forzada—. Elena, esta es Daniela, la prima de Alejandro. Y Lucía, su mujer.

Elena sonrió. Fue una sonrisa perfecta, blanquísima, que no alcanzó sus ojos.

Esos ojos oscuros me evaluaron en una fracción de segundo, recorriendo mi figura con mis vaqueros viejos, una camiseta blanca básica y el pelo recogido en una coleta desordenada, con una velocidad que solo pude interpretar como desprecio.

—Así que tú eres Daniela —dijo, y su voz era melosa, educada y, sin embargo… ¿hostil? ¿O era mi paranoia proyectando demonios donde solo había cortesía?

—Sí —respondí, poniéndome de pie porque sentarme me hacía sentir en desventaja—. Y tú debes ser Elena. La que casi se casa con Carlos.

La frase salió antes de que pudiera filtrarla. Sonó más agresiva de lo que pretendía. O quizás no. Quizás pretendía exactamente eso.

Elena no perdió la sonrisa, pero algo cambió en ella. Se volvió más tensa, más vigilante.

—La misma —dijo—. He oído hablar mucho de ti, Daniela. Carlos no para de mencionarte en nuestras… conversaciones.

Miré a Carlos. Él parecía incómodo. Demasiado incómodo. Tenía la mandíbula tensa, las manos metidas en los bolsillos, y esa postura rígida que adoptaba cuando estaba nervioso. ¿Por qué estaba nervioso? ¿Qué había dicho Elena de mí? ¿Y por qué estaban teniendo conversaciones?

—Ah, ¿sí? —dije, intentando que mi voz sonara ligera, indiferente—. Qué curioso. Él apenas te ha mencionado.

Fue un golpe bajo. Lo supe en el momento en que lo dije. Y vi que impactaba: Elena parpadeó y por un segundo su sonrisa perfecta se resquebrajó.

—Bueno —dijo, recuperando la compostura—. Carlos siempre fue reservado sobre su vida privada. Aunque supongo que ahora las cosas han cambiado.

El silencio que siguió fue denso, cargado de subtextos que yo no entendía pero que intuía eran peligrosos. Lucía, siempre la salvadora, intervino:

—Carlos, ¿quieres que preparemos algo de beber? Carmen tiene limonada recién hecha.

—No, gracias —dijo Carlos, y su voz sonó aliviada por la interrupción—. Elena solo pasaba un momento. Tiene que irse.

—Qué pena —dije, y ni siquiera yo me creí el tono.

Elena me miró una última vez, y en esa mirada hubo algo que no supe definir. Advertencia, quizás. O reconocimiento. Como si me viera como una rival, lo cual era absurdo porque yo no era nada de Carlos. Él no me pertenecía. Yo no quería que me perteneciera.

¿O sí?

—Ha sido un placer conocerte, Daniela —dijo Elena, y extendió su mano.

La estreché. Su piel era fría, suave, perfectamente cuidada. La mía estaba áspera por el sol, con callos en la palma de tanto fregar en la cocina de mi abuela.

—Igualmente —mentí.

Elena se despidió de Lucía con un gesto de cabeza y luego miró a Carlos. Hubo algo en esa mirada. Historia. Secretos. Cosas compartidas que yo no conocía y que, de repente, sentí un deseo irracional de conocer.

—Nos vemos luego —dijo Elena, y su tono sugería que ese luego era más pronto que tarde.

Carlos asintió una vez y la vio alejarse por el sendero del jardín con esa elegancia que yo nunca tendría. Cuando desapareció tras la puerta, el silencio se extendió entre nosotros como una manta pesada.

Lucía se levantó, acomodando a Carla en sus brazos.

—Voy a poner a dormir a esta pequeña —dijo—. Y luego tengo que llamar a Alba. Así que… os dejo.