Capítulo 16 #2
Ella, sin darse cuenta, acababa de tocar una parte de mí que casi nadie conocía. Esa parte que aún creía que la alegría no tenía que ser merecida. Que podía existir sin condiciones.
—No tengo muchas oportunidades de reír así —dije finalmente, honesto.
—Entonces deberías buscarlas —respondió ella, volviendo su atención al desastre del cuenco, aunque su voz había perdido el filo—. La vida es demasiado corta para sonreír solo cuando es apropiado.
Carmen apareció en la puerta, evaluó la escena con una ceja arqueada y declaró que tenía que revisar unas plantas en el jardín trasero, desapareciendo con una agilidad sospechosa para su edad.
Nos dejó solos con el caos, con el olor a quemado, con la tensión que flotaba en el aire pero que ya no era hostil.
—Necesito limpiar esto —dijo Daniela, mirando a su alrededor con resignación—. Mi abuela va a matarme.
—Te ayudo —ofrecí, quitándome la chaqueta y remangándome la camisa.
—No tienes por qué…
—Lo sé —interrumpí—. Pero quiero hacerlo.
Nos pusimos a limpiar. Fue un trabajo silencioso al principio, recogiendo harina, tirando la masa quemada, abriendo ventanas para que entrara aire fresco.
Poco a poco, el caos fue dando paso a algo parecido al orden.
Y con el orden, volvió la conversación. Ligera al principio.
Sobre la cocina, sobre mis desastres culinarios previos, sobre la teoría de que algunas personas simplemente no están hechas para la repostería.
—Tú eres abogado —dijo Daniela de repente, mientras fregaba un plato—. ¿Por qué intentas cocinar si sabes que eres malo en ello?
—Porque me gusta intentarlo —respondí, secando el plato que ella me pasaba—. Porque el fracaso es mejor que no intentarlo. —Hice una pausa—. Y porque me recuerda a mi madre. Ella cocinaba mal también, pero lo hacía con tanto entusiasmo que nadie se atrevía a decírselo.
Daniela me miró por el rabillo del ojo.
—¿Tu madre…?
—Murió hace años —dije, y la frase salió más suave de lo que esperaba—. Cuando tenía veintisiete años. Cáncer. Rápido.
—Lo siento —dijo ella, y era genuino.
—Yo también —respondí—. Pero me enseñó algo importante. Que las cosas imperfectas también tienen valor. Que una tarta quemada puede ser el mejor recuerdo si quien la hizo lo hizo con amor.
El silencio que siguió fue cómodo. Compartido. Lleno de cosas que no necesitaban ser dichas.
Seguimos limpiando. Nuestros movimientos se sincronizaron sin esfuerzo. Ella lavaba, yo secaba. Ella pasaba el trapo por la encimera, yo recogía la basura. Era un baile doméstico, mundano, y sin embargo me sentía más presente, más conectado que en ninguna sala de juntas o tribunal de la historia.
Y entonces ocurrió.
Nuestros movimientos nos llevaron demasiado cerca. Demasiado rápido. Nuestras manos, mojadas por el agua del fregadero, se rozaron al alcanzar el mismo trapo. Un contacto breve, eléctrico, que hizo que ambos nos detuviéramos.
Debería haber retirado la mano. Debería haber dicho algo gracioso, roto el hechizo, mantenido la distancia que sabía que debíamos mantener.
Pero no lo hice.
Ninguno de los dos se apartó. Sus dedos, fríos por el agua, se quedaron sobre los míos durante un segundo que se extendió hasta convertirse en una eternidad.
Sentí el pulso acelerado en sus muñecas, o quizás era el mío.
Sentí el calor de su piel a pesar del frío.
Sentí la atracción magnética que había entre nosotros desde el primer día, esa fuerza que había intentado ignorar, racionalizar, controlar.
El momento duró demasiado. O no lo suficiente.
—Veo que la cocina está limpia —dijo la voz de Carmen desde la puerta.
Nos separamos como si nos hubieran electrocutado. Daniela dejó caer el trapo al suelo. Yo me aclaré la garganta innecesariamente. Ambos nos miramos, primero con culpa, luego con algo más peligroso: la certeza de que esto no había terminado, que solo estaba empezando.
Carmen entró, observándonos con una expresión inocente que no engañaba a nadie.
—Una pena —añadió, recogiendo el trapo del suelo con una agilidad que desafiaba a su edad—. Estaba empezando a ponerse interesante.
Daniela casi se atragantó con su propia saliva. Sentí que el rubor subía por mi cuello, caliente e incómodo.
—Abuela, nosotros solo estábamos…
—Limpiando —terminé por ella, y mi voz sonó más aguda de lo normal—. Solo limpiábamos.
—Claro —dijo Carmen, y esa palabra cargó con siglos de significado—. Por supuesto que sí.
Intenté no reír. Fracasé estrepitosamente. La situación era demasiado absurda: nos habían pillado como adolescentes, con harina en el pelo y manos mojadas, por una anciana de ochenta y ocho años que probablemente había organizado todo el encuentro desde el principio.
Daniela me miró y vi que ella también estaba conteniendo la risa. Nuestras miradas se encontraron, y por un segundo el mundo exterior desapareció. Solo estábamos nosotros, dos personas rotas intentando encontrar algo que se pareciera a la felicidad, rodeados de harina y de posibilidades.
—Debería irme —dije finalmente, porque si me quedaba un minuto más, haría algo de lo que ambos nos arrepentiríamos. O no.
—Sí —dijo Daniela, pero no se movió.
—Mañana tengo que ir al bufete temprano —añadí, inventando excusas.
—Claro.
—Pero… quizá podamos hablar. De lo que encontré hoy. Sobre tu caso.
Su expresión cambió. El momento íntimo se desvaneció, reemplazado por la realidad de su situación. Asintió, una vez, y yo supe que el hechizo se había roto. Por ahora.
Salí de la cocina con el corazón desbocado y la mente confusa. Conduje a mi casa en un estado de trance, repitiendo una y otra vez que debía mantener la distancia, que debía ser profesional, que no podía permitirme sentir lo que estaba sintiendo.
Pero cuando llegué a casa, cuando me senté frente al ordenador para revisar los documentos de Raúl una vez más, encontré algo que hizo que todo mi mundo se detuviera.
Un correo electrónico. Remitente: Elena Martínez. Mi exprometida. La mujer que había destruido mi vida hace dos años y que no había vuelto a contactar desde entonces.
El asunto decía simplemente: «Urgente».
Abrí el mensaje con manos que de repente temblaban. Era breve. Terriblemente breve.
«Carlos, necesito verte. Es importante. Tengo información sobre Daniela. Sobre su ex. Cosas que necesitas saber antes de que sea demasiado tarde.
No es una trampa. No quiero nada de ti. Pero esto… esto es grave. Y tú eres la única persona que puede ayudarla.
Llámame. Elena.»
Leí el mensaje tres veces. Cuatro. El nombre de Daniela en boca de Elena era como un cristal roto en la garganta.
¿Cómo sabía ella quién era Daniela? ¿Cómo tenía información sobre Miguel Salvatierra?
¿Y por qué, después de dos años de silencio, decidía contactarme ahora, justo cuando estaba empezando a… ?
No terminé el pensamiento. No podía.
Miré el teléfono. Miré el correo. Sentí cómo la paranoia que había intentado mantener a raya durante semanas volvía con toda su fuerza.
Elena estaba en Madrid. O al menos, su correo provenía de allí. Salvatierra estaba en Barcelona. Y Daniela estaba aquí, en Málaga, creyendo que estaba a salvo.
Y yo estaba en medio, con un correo que podía ser una trampa, una advertencia genuina o el principio de algo que no sabía cómo controlar.
Cerré el ordenador. Apagué las luces. Y me quedé en la oscuridad de mi casa moderna y silenciosa, preguntándome si Raúl tenía razón. Si ya había cruzado la línea que separaba lo profesional de lo personal. Si me importaba demasiado como para pensar con claridad.
Porque si Elena decía la verdad, si realmente tenía información que podía ayudar a Daniela…
No tenía opción. Tendría que verla. Tendría que enfrentarme al pasado para poder proteger el futuro.
El único problema era que no sabía si, al abrir esa puerta, estaría salvando a Daniela o condenándola.