Capítulo 16
Carlos
Estaba acostumbrado a los conflictos legales.
A la adrenalina de la negociación, al ajedrez mental de la defensa estratégica, a la satisfacción casi matemática de encontrar soluciones donde otros solo veían callejones sin salida.
Durante más de una década, mi vida había sido eso: una sucesión de casos, de contratos, de juicios ganados o perdidos según una lógica implacable que yo dominaba a la perfección.
La ley era mi terreno. Las palabras, mis armas. La razón, mi escudo.
Pero Daniela era diferente.
Con ella, la lógica no servía. No bastaba.
Cada vez que intentaba aplicar mi experiencia profesional, cada vez que buscaba la solución óptima, la respuesta más eficiente, ella levantaba una muralla invisible que yo no sabía cómo escalar.
No era un muro de argumentos legales, de técnicas procesales o de jurisprudencia.
Era algo más primitivo, más profundo. Era su miedo hablando, sus cicatrices defendiéndose, su orgullo herido negándose a ser salvado.
Y lo peor, o lo mejor, según desde qué ángulo lo mirara, era que cuanto más se enfadaba, cuanto más se cerraba en banda, más me provocaba a mí algo que no sabía que aún tenía: el deseo irracional de hacerla sonreír.
No de ganar. No de tener razón. Solo de ver esa grieta en su armadura, esa pequeña rendija donde escapaba una risa involuntaria, un destello de la mujer que ella era cuando no estaba ocupada en sobrevivir.
Eso me preocupaba. Profundamente.
Porque no recordaba la última vez que alguien me había importado tanto.
No de esta manera. No de una forma que me hiciera cuestionar mis propios límites, que me hiciera dudar de si estaba cruzando líneas que no debería cruzar, que me despertara a las tres de la mañana con el corazón acelerado pensando en si ella estaba bien, si había dormido, si los demonios de su pasado la habían visitado en sueños.
Ese día en particular, necesitaba alejar mi mente de ella. O al menos intentarlo.
Quedé con Raúl en un café discreto del centro de Madrid, lejos de mi bufete habitual, lejos de ojos curiosos que pudieran reconocerme.
Raúl había sido mi compañero en la facultad, ahora penalista con contactos en lugares donde la ley escrita no llegaba, y era la única persona en quien confiaba para investigar a Miguel Salvatierra sin levantar sospechas.
—Tienes pinta de no haber dormido —dijo Raúl cuando me vio llegar.
—He dormido lo suficiente —mentí, sentándome frente a él.
—Mentiroso. —Raúl sonrió, pero sus ojos eran serios—. Es por ella, ¿verdad? Por la chica esta. Daniela.
No respondí. No necesitaba hacerlo. Raúl me conocía demasiado bien.
Extendió una carpeta sobre la mesa, entre los cafés que aún no habíamos tocado.
—He estado hurgando donde no debería —dijo, bajando la voz—. Y he encontrado cosas interesantes. Sucias, pero interesantes.
Abrí la carpeta. Documentos bancarios, extractos de cuentas, registros de empresas. Mi entrenamiento profesional me permitió descifrar los números rápidamente, conectando los puntos que Raúl había marcado con post-its amarillos.
—Empresas fantasma —dije, más para mí mismo que para él.
—Exacto —confirmó Raúl—. Salvatierra creó tres sociedades de inversión inmobiliaria hace un año y medio.
Justo cuando su matrimonio con Daniela empezaba a tambalearse, según lo que me has contado.
Las tres están registradas a nombre de prestanombres, pero los fondos provienen de cuentas conjuntas que él manejaba con Daniela.
Fondos que ella desconocía, por supuesto.
Hojee los papeles, sintiendo cómo la sangre se me subía a la cabeza. No era solo la manipulación emocional. Era fraude puro y duro. Construcción sistemática de una trampa financiera para destruir a Daniela cuando ella finalmente se atreviera a dejarlo.
—¿Cuánto? —pregunté, y mi voz sonó fría, profesional.
—Cerca de trescientos mil euros —respondió Raúl—.
Desviados poco a poco, en cantidades que no llamarían la atención en una auditoría superficial.
Pero suman. Y ahora esas empresas tienen deudas millonarias con proveedores que no existen, deudas que técnicamente también están a nombre de Daniela como copropietaria.
Dejé los papeles sobre la mesa. Respiré hondo. Una vez. Dos.
—No tenemos pruebas suficientes —dije—. Esto es sospechoso, sí. Indica un patrón. Pero no es concluyente. Necesitamos acceder a los registros originales, a las firmas reales, a…
—Ya sé lo que necesitamos —interrumpió Raúl—.
Y sé que es difícil. Salvatierra es cuidadoso.
Pero esto es el principio, Carlos. La punta del iceberg.
Si sigue así, cuando Daniela intente divorciarse oficialmente, se encontrará no solo sin dinero, sino endeudada hasta el cuello.
Y él habrá lavado todo a través de estas empresas.
Guardé la carpeta en mi maletín, sintiendo el peso de la información como una losa.
No solo por lo que significaba para el caso.
Sino por lo que significaba para ella. Para nosotros.
Porque cada vez que descubría algo nuevo sobre las tácticas de Salvatierra, cada vez que veía la profundidad de su maldad, sentía una urgencia casi física de protegerla.
De rodearla con tanto escudo que ni siquiera una sombra pudiera alcanzarla.
Pero también sabía que esa urgencia era peligrosa. Que confundía mi deseo de ayudar con mi necesidad de controlar. Que el límite entre la protección y la posesión era demasiado fino, y que yo estaba demasiado cerca de cruzarlo sin darme cuenta.
—Gracias —dije a Raúl, levantándome—. Mantenme informado de cualquier cosa nueva.
—Cuidado, amigo —dijo Raúl, y su voz tenía una advertencia que no necesitaba explicar—. Esta chica… está en una situación vulnerable. Y tú… tú pareces demasiado involucrado.
—Solo intento hacer lo correcto —respondí, pero las palabras sonaron huecas incluso para mí.
—Eso es lo que me preocupa —dijo Raúl—. Que ya no sabes dónde termina lo correcto y dónde empieza lo que tú quieres.
Conduje de vuelta a Málaga con la cabeza llena de números y la conciencia pesada. Raúl tenía razón. Estaba demasiado involucrado. Pero no sabía cómo detenerme. No quería saber cómo detenerme.
Cuando llegué a la casa de Carmen, ya era tarde.
El sol se ponía sobre el jardín, tiñendo todo de un naranja cálido que contrastaba con la tormenta de mi interior.
Dejé el coche y caminé hacia la puerta lateral, la que daba a la cocina, buscando el olor familiar del café de Carmen o la voz autoritaria de la anciana ordenando que alguien regara los limoneros.
Lo que encontré fue algo completamente diferente.
La escena era tan absurda, tan cómicamente desastrosa, que me quedé parado en el umbral, incapaz de procesar lo que veían mis ojos.
Daniela estaba en medio de la cocina, rodeada de un caos que parecía el resultado de una explosión controlada.
Había harina por todas partes: sobre la encimera, en el suelo, en sus mejillas y especialmente en su pelo, donde formaba una especie de halo blanco que la hacía parecer un ángel caído en desgracia.
Llevaba una camiseta vieja, probablemente de su padre, por el tamaño, con una mancha de chocolate oscuro justo en el centro, como si alguien le hubiera disparado un proyectil de cacao.
Y su expresión… Dios, su expresión era de derrota absoluta, de resignación ante el fracaso, de alguien que había declarado la guerra a la repostería y había perdido estrepitosamente.
En sus manos sostenía un cuenco donde algo negro y viscoso parecía estar sufriendo una mutación química.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, incapaz de contener la pregunta.
Daniela giró la cabeza, sobresaltada. Cuando me vio, su expresión cambió de derrota a desafío en una fracción de segundo.
—Una tarta —dijo, como si eso explicara el desastre circundante.
Miré el cuenco. Miré la harina esparcida por la encimera como si hubiera nevado en julio. Miré el horno, de donde salía un olor a quemado que competía con algo dulce pero indefinible.
—Parece un experimento químico fallido —dije, y la observé con una mezcla de horror y fascinación.
Daniela entrecerró los ojos.
—Gracias por tu apoyo —espetó, secamente.
Y entonces ocurrió algo inesperado. Algo que no había planeado, que no podía controlar. La imagen de ella, cubierta de harina, con esa mancha de chocolate en el pecho y esa expresión de indignación herida, me resultó… hilarante. Ridícula. Adorable de una forma que no tenía sentido.
Me reí.
Fue una risa que brotó desde algún lugar profundo, olvidado, enterrado bajo años de contención profesional y heridas no sanadas. Una risa genuina, alta, que resonó en la cocina y me hizo doblarme ligeramente, agarrándome al marco de la puerta.
Daniela me miró, primero con sorpresa, luego con incredulidad, y finalmente con algo que no supe definir.
Sus ojos marrones se abrieron, su boca se entreabrió y durante un segundo vi algo más allá de su armadura.
Vi a la niña que debió haber sido. Vi a la mujer que podría ser si dejara de tener miedo.
—Deberías hacerlo más —dijo, y su voz sonó diferente. Más suave. Menos afilada.
Me detuve, la risa disipada, pero la sonrisa permaneció en mis labios.
—¿El qué? —pregunté, todavía jadeando ligeramente.
—Reírte —respondió ella y señaló hacia mí con una cuchara cubierta de algo que podría haber sido masa o cemento—. Deberías reírte más. No esa sonrisa educada que pones cuando crees que debes ser agradable. Esto. —Gesticuló con la cuchara—. Esto es real.
Me quedé serio. No porque quisiera, sino porque sus palabras me habían pillado desprevenido.
Porque tenía razón. Porque nadie me había dicho eso desde hacía mucho tiempo.
Desde antes de Elena, probablemente. Desde antes de que aprendiera que mostrar emociones era peligroso, que la vulnerabilidad era una debilidad que otros aprovecharían, que el control era la única forma de no sufrir.