Capítulo 19
Daniela
Intentaba convencerme a mí misma de que Carlos no significaba nada.
Era un ejercicio mental que practicaba cada mañana frente al espejo, mientras me cepillaba los dientes o me recogía el pelo en una coleta desordenada.
Es solo un abogado, me repetía. Es solo el vecino entrometido de mi abuela.
Es solo alguien que aparece demasiado a menudo por casualidad.
Pero cada día resultaba más difícil mantener esa farsa.
Cada día la mentira se hacía más pesada, más difícil de sostener, más evidente para cualquiera que me mirara con atención.
Porque Carlos no hacía lo que los demás hombres hacían para impresionarme.
No presumía de su trabajo, de su dinero ni de su inteligencia.
No intentaba tener siempre la razón en las discusiones, no se quedaba con la última palabra ni convertía cada conversación en un campo de batalla en el que debía demostrar su superioridad.
Simplemente aparecía. Y esa era su arma más peligrosa.
Aparecía cuando mi abuela necesitaba ayuda para cambiar una bombilla que estaba demasiado alta para sus ochenta y ocho años.
Aparecía cuando Lucía estaba cansada de tanto cuidar a Carla y necesitaba que alguien la hiciera reír con un chiste absurdo.
Aparecía cuando Alba necesitaba consejo sobre algún tema legal menor, algún contrato que no entendía o alguna duda sobre la compra de su casa.
Y, lo peor de todo, aparecía cuando yo tenía un mal día.
Eso era lo que no podía soportar. Que supiera reconocer mis malos días sin que yo se los dijera.
Que apareciera con una bolsa de croissants cuando sabía que no había desayunado.
Que me dejara un libro en el porche porque había mencionado casualmente que me gustaba leer antes de dormir.
Que se sentara en silencio a mi lado cuando estaba demasiado agotada para hablar, sin exigir explicaciones, sin intentar arreglar nada, simplemente estando ahí.
Era mucho más peligroso que cualquier arrogancia.
Yo sabía cómo enfrentarme a un hombre arrogante.
Había pasado cinco años casada con uno, había aprendido todos sus trucos, todas sus formas de manipulación, todas sus maneras de hacerme sentir pequeña para que él pudiera sentirse grande.
Pero no sabía qué hacer con un hombre bueno.
No tenía manual de instrucciones para alguien que no quería nada de mí excepto…
¿qué? ¿Mi compañía? ¿Mi sonrisa? ¿Mi bienestar?
Esa noche en particular, durante la cena en casa de Alejandro, todo se volvió más claro y, al mismo tiempo, más confuso.
Habían pasado dos días desde la conversación en el jardín, desde ese momento en el que casi…
casi algo pasó entre nosotros. Dos días de evitarnos con elegancia, de miradas que se cruzaban y se separaban demasiado rápido, de tensiones no resueltas flotando en el aire como polen invisible.
Pero esa noche, en la casa espectacular de Alejandro, con sus ventanales enormes y su jardín iluminado, no había forma de evitarlo.
Estábamos todos juntos. Era una reunión improvisada, una excusa para celebrar que Lucía había terminado un proyecto importante en su empresa, que Alejandro había conseguido un nuevo encargo arquitectónico, que la vida seguía adelante a pesar de todo.
La escena era caótica y perfecta. Carla corría por el jardín persiguiendo a un gato que había saltado la valla, con sus risas agudas rompiendo el aire de la noche.
Alba y Dani discutían sobre si Emma debería empezar la guardería ese año o esperar al siguiente, una discusión que parecía existencial pero que en realidad era pura rutina marital.
Héctor molestaba a Alejandro con comentarios sobre su último diseño, diciendo que parecía un cubo de hormigón con pretensiones artísticas, mientras Alejandro lo ignoraba con la paciencia de quien está acostumbrado a las provocaciones.
Mi abuela mandaba desde un sillón de exterior que había convertido en su trono particular, señalando quién debía sentarse dónde y criticando la elección del vino.
Y yo estaba allí, en medio de todo, observando.
Sintiendo que formaba parte de algo que no había solicitado pero que, de alguna manera, me había elegido.
Una familia. No la familia de sangre, aunque Alejandro era mi primo y Carmen mi abuela.
Era algo más grande. Una familia elegida, tejida con risas compartidas, con silencios cómodos, con la promesa tácita de que estarían ahí cuando los días se pusieran difíciles.
Carlos se sentó a mi lado sin pedir permiso. No fue un gesto teatral ni hubo una presentación dramática. Simplemente ocupó la silla vacía que había junto a mí, como si fuera lo más natural del mundo, como si ese asiento hubiera estado esperándolo toda la noche.
—Huele bien —dijo, señalando la barbacoa, donde Alejandro supervisaba unos filetes con la seriedad de quien está diseñando un rascacielos.
—Alejandro cocina con la misma precisión con la que diseña casas —respondí—. Todo calculado al milímetro.
—¿Y tú? —preguntó, girándose hacia mí—. ¿Cocinas con precisión o con caos?
—Tú ya sabes la respuesta a eso —dije, recordando el desastre en la cocina de mi abuela—. Soy puro caos. Y humo. Y ocasionalmente fuego.
Se rio. Era una risa baja y cálida que hacía que algo se aflojara en mi pecho.
Hablamos de cosas sin importancia durante la cena.
Del tiempo, que había sido demasiado caluroso ese julio.
De la última película que había visto Lucía y que nos había obligado a ver a todos: una comedia romántica en la que había llorado más de lo que reía.
De los planes de Alba para reorganizar el jardín de mi abuela, que incluían un sistema de riego automático y probablemente un diagrama de flujo.
Y entonces, cuando le tocó el turno al postre, una tarta de queso que había hecho Lucía y que estaba deliciosa a pesar de que ella decía que se había quemado un poco, por un lado, Carlos me hizo una pregunta que me pilló desprevenida.
—¿Qué querías hacer antes de conocer a tu ex? —preguntó, y su voz fue suave, sin trampa, genuinamente curiosa.
Me quedé quieta, con el tenedor suspendido a medio camino de la boca.
Hacía años que nadie me preguntaba eso. Años en los que mi identidad se había reducido a ser la mujer de Miguel, a la abogada que dejó el trabajo para cuidar de su marido, a la que se marchó.
Nadie preguntaba por la Daniela de antes.
Por la que había sido, por los sueños que había tenido, por las ilusiones que había cultivado antes de que alguien viniera a arrancarlas una por una.
—Diseño de interiores —dije finalmente, y la respuesta salió de algún lugar olvidado, como un objeto perdido que aparece bajo el sofá después de meses—.
Quería montar mi propio negocio. Transformar espacios.
Tomar habitaciones vacías, feas, sin vida…
y convertirlas en hogares. En lugares donde la gente se sintiera realmente ella misma.
Carlos me miró. Realmente me miró con una atención que hizo que quisiera apartar la vista, pero también que deseara que nunca dejara de mirarme así.
—¿Por qué no lo hiciste? —preguntó.
—Porque… —hice una pausa, buscando las palabras—.
Porque Miguel pensaba que era un hobby, no una carrera.
Porque decía que no había dinero en eso.
Porque poco a poco fui dejándolo, primero un día, luego una semana, luego un mes…
hasta que un día miré atrás y no recordaba cuándo había sido la última vez que había dibujado un plano o elegido una paleta de colores para alguien que no fuera él.
—Deberías hacerlo —dijo Carlos, y no fue una sugerencia vacía. Fue una afirmación, casi una orden suave—. Deberías intentarlo. Ahora que estás aquí, que tienes espacio, que nadie te está diciendo lo que puedes o no puedes hacer.
—Es fácil decirlo —respondí, aunque su entusiasmo me hizo sonreír—. Empezar de cero a los veintiocho años…
—Es empezar —interrumpió él—. Eso es lo importante. No la edad. Ni el momento perfecto. Empezar.
Lo miré y por primera vez vi algo en sus ojos que no había notado antes. No era solo atracción. No era solo preocupación. Era… ¿esperanza? ¿La misma esperanza que yo estaba empezando a sentir, a pesar de mí misma?
—¿Siempre eres así? —pregunté, y mi voz sonó más suave de lo que pretendía.
—¿Así cómo? —respondió, inclinándose un poco hacia mí, bajando la voz para que nuestra conversación se convirtiera en algo íntimo, separado del bullicio de la fiesta.
—Como si creyeras que todo tiene solución —dije—. Como si no existieran los problemas imposibles, solo los que aún no han encontrado su respuesta.
Carlos tardó en responder. Su mirada se perdió en algún punto del jardín, en las luces que iluminaban los limoneros, en Carla que perseguía ahora una luciérnaga con los brazos extendidos.
—No todo —dijo finalmente, y su voz cambió, se volvió más grave, más sincera—. No creo que todo tenga solución.
—¿Qué no? —pregunté, intrigada.
Él volvió a mirarme. Y en sus ojos vi años de dolor, de pérdida, de intentos fallidos.
—La gente que ya no quiere luchar —dijo—. La que se rinde consigo misma. Eso no tiene solución. Porque si tú no quieres… si decides que no merece la pena… nadie puede hacerlo por ti.
La frase se quedó entre nosotros, flotando en el aire de la noche, más densa que el humo de la barbacoa, más pesada que el silencio que la rodeó.
Porque ambos sabíamos que no estábamos hablando de abstractos.
Estábamos hablando de nosotros mismos. De esos días en los que él se había encerrado en su casa después de que Elena lo dejara, convencido de que no merecía la pena salir.
De esas semanas en las que yo había contemplado la posibilidad de volver con Miguel porque al menos era conocido, era seguro, era mejor que la incertidumbre de empezar de nuevo.
—Yo quiero —dije, y la frase salió como una confesión, como un pacto—. Quiero luchar. A veces no sé cómo, pero quiero.