No estoy para abogados Capítulo 13
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Capítulo 13

Carlos

La fotografía llegó a mi teléfono el sábado por la mañana.

No era la misma que habían enviado a Daniela, sino otra.

Esa que me envió por mensaje para decirme que la había recibido.

Más antigua. Elena y yo en nuestra despedida de soltero, riendo, abrazados, con un futuro brillante por delante.

Y un mensaje escueto: «Algunos secretos deberían contarse antes de que otros los descubran».

Guardé el móvil con fuerza, sintiendo cómo la sangre se me subía a la cabeza. Alguien estaba jugando con nosotros. Alguien que conocía mi pasado, que tenía acceso a fotografías antiguas, que quería crear una brecha entre Daniela y yo antes de que esa brecha existiera de verdad.

No sabía quién. Pero tenía sospechas.

Quedé con Alejandro, Daniel y Héctor en mi casa esa tarde. Necesitaba mentes claras, perspectivas diferentes. Alejandro, con su capacidad analítica y su forma de ver patrones donde otros solo veían caos. Héctor, con su instinto y su capacidad para leer entre líneas.

Les mostré la fotografía. Les leí el mensaje. Y esperé.

Alejandro estudió la imagen con la concentración que normalmente reservaba para sus planos de arquitectura.

—¿Quién tiene acceso a estas fotos? —preguntó finalmente.

—Elena. Sus amigos. Algunos amigos de la época.

—¿Y Daniela? ¿Quién sabría que te interesa?

—Carmen —respondí, y luego añadí—. Y quizás Miguel Salvatierra. Si ha investigado a Daniela, si sabe quién está cerca de ella…

—Eso es suponer mucho —dijo Alejandro.

—O suponer lo suficiente —intervino Héctor, que hasta ese momento había estado en silencio, observándonos con una cerveza en la mano—. Alguien está intentando que no te ligues a la chica guapa que te odia.

Lo miré fijamente.

—No me la estoy ligando —dije, y mi voz sonó más defensiva de lo que pretendía.

—Claro —respondió Héctor, con una sonrisa irónica.

—Héctor —advertí.

—Carlos —replicó, imitando mi tono.

Silencio. Los dos nos miramos. Alejandro negó con la cabeza, acostumbrado a nuestras dinámicas de hermanos de crianza.

—Me preocupa —admití finalmente, rompiendo el silencio—. No solo por mí. Por ella. Si alguien está investigando mi pasado para usarlo contra mí, es porque quiere dañarla a ella. A través de mí.

—Eso es peor —dijo Héctor, y su tono se volvió serio—. Eso significa que Salvatierra no solo quiere el divorcio. Quiere destruirla. Y usar cualquier medio para conseguirlo.

Alejandro asintió, uniendo las piezas.

—Si sabe que tú estás cerca de Daniela y percibe que eres una amenaza para sus tácticas… te convertirá en un objetivo. O intentará que ella desconfíe de ti.

—Ya lo ha conseguido —murmuré, pensando en el mensaje que Daniela había recibido—. Al menos parcialmente.

—Entonces tienes dos opciones —dijo Alejandro, pragmático como siempre.

—Alejarte de ella para protegerla de ser un objetivo colateral —comentó Daniel—. O…

—O meterme de lleno —terminé por él—. Protegerla activamente. No solo emocionalmente, sino profesionalmente. Usar lo que sé para contrarrestar lo que él está haciendo.

—Eso último suena a conflicto de intereses —observó Alejandro.

—Ya lo es —respondí—. Desde el momento en que ella me importó más que mi código ético.

Daniel soltó una carcajada.

—Dios, estás perdido —dijo—. Y me alegro. Hacía tiempo que no veía esa chispa en tus ojos.

No respondí porque tenía razón. Estaba perdido. Y no me importaba.

Esa noche, después de que los chicos se fueran, me puse a investigar. Discreta y profesionalmente, usando contactos que prefería no usar, pero que a veces resultaban necesarios.

Miguel Salvatierra. Treinta y cinco años. Abogado mercantilista con bufete propio en Barcelona. Reputación impecable en los círculos financieros. Especialista en fusiones y adquisiciones. Y, según algunas fuentes, un hombre que no dejaba que nada se interpusiera en su camino.

Pero mientras excavaba, encontré grietas en la fachada perfecta.

Movimientos económicos extraños en los últimos años.

Empresas creadas poco antes de que Daniela lo dejara.

Transferencias sospechosas desde cuentas conjuntas a paraísos fiscales.

Y algo más preocupante: documentos que habían sido manipulados, fechas cambiadas, firmas falsificadas.

No era solo un hombre despechado. Era alguien que había estado preparando el terreno durante meses, quizás años. Alguien que había anticipado que Daniela se iría y había querido asegurarse de que, cuando lo hiciera, saliera perdiendo. De todo.

Y luego encontré la conexión.

Una empresa. Creada hacía ocho meses, cuando el matrimonio de Miguel y Daniela aún existía formalmente.

Una empresa de inversión inmobiliaria. Con Daniela como copropietaria.

Con fondos que ella no sabía que existían.

Y con una deuda millonaria que, según los documentos, ahora era responsabilidad suya.

Era una trampa perfecta. Si Daniela intentaba divorciarse y reclamaba su parte de los bienes, descubriría que en realidad debía millones. Si se quedaba, Miguel seguiría controlándola mediante la amenaza de revelar esa deuda. Era el tipo de trampa que solo un abogado sin escrúpulos podía tejer.

Guardé la información. Respiré hondo. Y supe que esto era mucho más grave de lo que había imaginado.

Salvatierra no quería solo el divorcio. Quería destruir a Daniela.

Y estaba dispuesto a usar cualquier medio, incluso manipular documentos, crear deudas falsas o usar mi pasado contra mí si eso significaba ganar.

El domingo por la tarde fui a casa de Carmen. Necesitaba ver a Daniela. Necesitaba decirle lo que había descubierto, aunque eso significara que nunca me perdonara por haber investigado sin su permiso. Necesitaba protegerla, aunque ella no quisiera que la protegieran.

Pero cuando llegué, no la encontré sola. Estaba en el jardín, con Lucía y Alba, sentadas en los sillones de mimbre bajo la pérgola. Y estaban riendo.

Era un sonido que no había oído antes. No de Daniela.

Una risa clara y desinhibida que llegaba hasta mí antes de que me vieran.

Lucía decía algo, gesticulando con las manos, y Daniela se echaba hacia atrás, riendo a carcajadas, con el pelo castaño cayéndole sobre los hombros y el sol iluminando su rostro.

La escena me golpeó.

Fue físico, casi. Un impacto en el pecho que me dejó sin aliento. Porque en ese momento, viendo a Daniela feliz, realmente feliz, rodeada de amigas que la querían, lejos de la sombra de Miguel, me di cuenta de algo que no había querido admitir.

No solo quería protegerla.

Quería verla feliz. Quería ser parte de esa felicidad. Quería ser la razón por la que sonreía, aunque fuera una de las muchas.

Y eso era mucho más peligroso que cualquier atracción física. Porque significaba que ya no podía mantener la distancia profesional. Que ya no podía decir «Solo intento ayudar». Que estaba emocionalmente involucrado de una forma que no sabía cómo gestionar.

Lucía me vio primero. Saludó con la mano y Daniela giró la cabeza. Su sonrisa se desvaneció ligeramente, no por completo, pero lo suficiente como para que lo notara. La sombra del pasado volviendo, aunque solo fuera por un segundo.

—Carlos —dijo Carmen, apareciendo de la nada con una bandeja de limonada—. Justo a tiempo. Estábamos hablando de ti.

—¿De mí? —pregunté, acercándome con cautela.

—De lo insoportable que eres —dijo Daniela, pero había un toque de humor en su voz que no había estado allí antes.

—Es mi especialidad —respondí, sentándome en el borde de un sillón—. ¿Me contáis de qué hablabais o es confidencial?

—De los hombres —dijo Alba, con seriedad—. Y de por qué todos son un desastre.

—Decir que todos es una exageración —protesté.

—Tú, especialmente —añadió Daniela, y por primera vez desde que nos conocíamos, su sonrisa me alcanzó. Una sonrisa real, sin defensas.

Hablamos durante una hora. De tonterías, principalmente. Del calor, de los planes de Lucía para el baby shower , de la última travesura de Carla. Evité el tema que realmente me preocupaba y esperé el momento adecuado. Esperando que Lucía y Alba se fueran.

Cuando finalmente lo hicieron con excusas transparentes que solo Carmen creyó convincentes, me quedé solo con Daniela en el jardín. El sol se ponía, tiñendo todo de naranja y rosa, y el silencio entre nosotros era diferente. No incómodo, pero cargado de todo lo que no habíamos dicho.

—Necesito hablar contigo —dije finalmente.

—Suena serio —respondió ella, y su postura se tensó.

—Lo es —hice una pausa, eligiendo las palabras—. He investigado a Miguel. No debería haberlo hecho sin tu permiso, pero… me preocupaba. Y he encontrado cosas. Cosas que necesitas saber.

Ella me miró y vi miedo en sus ojos. Pero también vi determinación.

—Cuéntame —dijo.

Se lo conté todo. Las empresas creadas en secreto. Las transferencias. La deuda millonaria que habían fabricado a su nombre. La trampa perfecta que Miguel había preparado para ella.

Cuando terminé, estaba pálida. Pero no se derrumbó. No lloró. Solo asintió, una vez, con la mandíbula apretada.

—Lo sabía —dijo, y su voz era firme—. Bueno, no lo sabía exactamente. Pero sospechaba que haría algo así. Que no me dejaría ir sin intentar destruirme.

—Voy a ayudarte —dije, y mi voz sonó más intensa de lo que pretendía—. Tengo contactos, recursos, formas de contrarrestar esto. No voy a dejar que te haga daño, Daniela. Aunque me odies por meterme. Aunque nunca me perdones por investigar sin permiso. Voy a estar de tu lado.

Ella me miró durante un largo rato. El sol se ponía por completo ahora, y la primera estrella aparecía en el cielo oscurecido.

—¿Por qué? —preguntó finalmente—. ¿Por qué te importa tanto?

—Porque alguien tiene que estar de tu lado —respondí, simplemente—.

Y porque… porque me importas. Más de lo que debería.

Más de lo que es prudente. Y esta vez —hice una pausa, tragando saliva—.

Esta vez no pienso permitir que nadie destruya a alguien a quien quiero.

Ni siquiera si eso significa enfrentarme a un abogado sin escrúpulos.

Ni siquiera si eso significa que tú nunca me quieras a cambio.

El silencio se extendió entre nosotros, denso, cargado de posibilidades.

Daniela no dijo nada. Pero extendió la mano y, por primera vez, me tocó. Un contacto breve, sus dedos entrelazándose con los míos por un segundo antes de separarse.

Era suficiente. Por ahora, era suficiente.