No estoy para abogados Capítulo 14
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Capítulo 14

Daniela

Lo peor de todo es que ni siquiera podía culpar a nadie más.

No había un culpable externo sobre el que descargar mi rabia, ningún Miguel manipulador al que señalar con el dedo, ni ninguna circunstancia externa que me permitiera sentirme víctima de algo.

Solo estaba yo, frente al espejo del baño de mi abuela, mirando mi reflejo con una mezcla de desconcierto e ira tan profunda que me costaba respirar.

Porque después de días de discusiones, de pullas, de miradas que se cruzaban demasiado tiempo en el jardín y de silencios cargados en la cocina, me había dado cuenta de algo que me molestaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Me había equivocado con él.

Y no me refiero a un error pequeño, sino a una ligera desviación en mi juicio.

Me refiero a haber construido un muro entero de prejuicios sobre cimientos que resultaban ser de arena movediza.

Haber mirado a Carlos y haber visto a Miguel.

Haber escuchado su voz y haber escuchado la de mi ex.

Haber sentido su cercanía y reaccionar como si fuera una amenaza.

Aceptar que Carlos no era como Miguel, que quizás no todos los abogados eran iguales, que quizás había hombres que no necesitaban controlar ni destruir para sentirse vivos, significaba afrontar una verdad incómoda: que llevaba años juzgando a todos los hombres por los errores de uno solo.

Que mi desconfianza no era protección, sino prisión.

Y que yo misma había elegido las cadenas.

Me lavé la cara con agua fría, intentando borrar la evidencia de una noche de insomnio. No funcionó. Los ojos hinchados seguían ahí, las ojeras también, y esa expresión de guerra que había aprendido a poner durante cinco años de matrimonio no se disipaba con un poco de jabón.

—Daniela, el café se enfría —gritó mi abuela desde la cocina.

—Voy —respondí, secándome con una toalla que olía a lavanda y a recuerdos.

Bajé las escaleras con pasos pesados, arrastrando los pies como si cada peldaño fuera una rendición.

Mi abuela estaba en la cocina, impecable como siempre, con su bata de seda azul y su pelo blanco recogido en ese moño que desafiaba a la gravedad y al paso del tiempo.

Sobre la mesa había café recién hecho, por suerte ella sabía hacerlo mejor que yo, tostadas con tomate y aceite, y una bandeja de pastas que había comprado al panadero esa misma mañana.

—Parece que has peleado con el demonio —observó mi abuela, sin levantar la vista del periódico.

—He peleado conmigo misma —murmuré, sentándome frente a ella—. El demonio habría sido más fácil.

Mi abuela sonrió, esa sonrisa enigmática que guardaba siglos de sabiduría y un poco de malicia.

—Los demonios externos siempre son más sencillos. Son los internos los que te hacen rabiar.

Estaba a punto de responder, aunque no sabía muy bien qué decir, cuando el timbre sonó y ella ni siquiera se inmutó.

—Abre tú, cariño —dijo—. Seguro son Lucía y Alba. Dijeron que pasarían.

—¿Dijeron? —Repetí, confusa—. ¿Cuándo?

—Anoche. Cuando tú estabas en tu habitación, haciendo ver que leías, pero en realidad mirando el techo.

Me levanté con un resoplido. Mi abuela tenía una forma de ver todo que resultaba irritante e impresionante a partes iguales. Caminé hacia la puerta, todavía con la bata puesta sobre el pijama, el pelo revuelto sin haberlo peinado, y abrí.

Allí estaban Lucía con un vestido amarillo que parecía hecho de luz propia, sosteniendo una bolsa de tela con algo que olía a café recién hecho de esa cafetería moderna del centro, y Alba a su lado, impecable como siempre, con unos vaqueros sin una sola arruga y una camiseta blanca que parecía recién planchada, aunque eran las nueve de la mañana.

—¡Sorpresa! —Gritó Lucía, entrando sin esperar invitación—. Hemos venido a secuestrarte.

—No quiero ser secuestrada —protesté, aunque me aparté para dejarlas pasar.

—Todos dicen eso al principio —dijo Alba, besándome en la mejilla con una eficiencia que ni siquiera a esa hora abandonaba—. Luego lo agradecen.

Mi abuela apareció en el recibidor, ya vestida con un vestido de flores que debía tener cuarenta años, pero que seguía estando de moda.

—Perfecto —dijo, como si hubiera estado esperándolas—. Llevárosla. Necesita aire fresco, ropa nueva y que deje de darle vueltas a la cabeza.

—Abuela —protesté, sintiendo que el rubor subía por mi cuello—. No necesito…

—Necesitas —cortó mi abuela, con esa autoridad que no admitía réplica—. Y ellas saben exactamente qué.

Lucía me cogió del brazo con una fuerza sorprendente para alguien de su complexión.

—Vamos —dijo, arrastrándome hacia mi habitación—. Vistamos a la princesa.

—Soy demasiado vieja para ser princesa —murmuré, aunque la dejaba guiarme.

—Nunca se es demasiado vieja —intervino Alba desde abajo, ya organizando lo que parecía ser un plan de batalla en su teléfono—. Solo demasiado cómoda. Y tú, Daniela, llevas tres días usando la misma camiseta enorme.

Me miré. Tenía razón. Era la camiseta gris de «Café y silencio», holgada, cómoda, anónima. La había elegido porque me hacía sentir invisible. Porque no necesitaba pensar en ella. Porque era una armadura de algodón contra el mundo.

—Es cómoda —defendí débilmente.

—Eso también lo decía mi abuela —dijo Lucía, abriendo mi armario y mirando su contenido con una mezcla de horror y determinación—. Cuando llevaba la bata todo el día y solo se cambiaba para ir al médico.

—No es lo mismo…

—Es exactamente lo mismo —interrumpió Alba, subiendo las escaleras con pasos decididos—. Estás escondiéndote, Daniela. Y nosotras no vamos a permitirlo.

Me quedé parada, mirando a estas dos mujeres que apenas conocía, pero que parecían haber decidido que mi bienestar era su misión personal.

Había algo en su determinación que me resultaba familiar.

No la eficiencia de Alba, que era obvia.

Ni el humor de Lucía, que era contagioso.

Era algo más profundo. El reconocimiento de haber estado donde yo estaba.

De haberse escondido tras ropas anónimas, tras excusas, tras la fachada de «Estoy bien», mientras por dentro todo se desmoronaba.

—Vale —dije finalmente, y mi voz sonó más pequeña de lo que pretendía—. Pero no me pongáis nada con flores. O con volantes. O con nada que diga «Soy una mujer alegre y sin problemas».

Lucía se echó a reír.

—Trato —dijo—. Ahora ducha. Rápida. Tenemos una cita en treinta minutos.

—¿Una cita? —pregunté, alarmada.

—En la peluquería —especificó Alba, consultando su teléfono—. Luego tiendas. Luego almuerzo. Luego…

—¿Hay un plan escrito? —interrumpí.

—Siempre hay un plan —confirmó Lucía, empujándome hacia el baño—. Ahora muévete, o llegamos tarde.

La ducha fue breve, casi militar. Cuando salí, envuelta en una toalla, Lucía ya había seleccionado unos vaqueros que no recordaba tener, probablemente de cuando tenía veinte años, y una cintura que no había vuelto a ver desde entonces, y una camiseta blanca sencilla, pero de buen corte.

Alba estaba revisando mi escaso maquillaje, frunciendo el ceño ante la calidad de los productos.

—Esto se queda —dijo, señalando los vaqueros—. Aunque te aprieten un poco. Te hacen falta vaqueros que no sean de tu época universitaria.

—Son cómodos…

—Ya hemos establecido que «cómodo» no es sinónimo de «adecuado» —cortó Alba.

Me vestí sintiéndome como una muñeca en manos de niñas demasiado entusiastas.

Pero cuando me miré al espejo, algo cambió.

Los vaqueros me apretaban, sí, pero también me moldeaban de una forma que hacía tiempo que no veía.

La camiseta blanca era simple, pero limpia.

Fresca. Me recogí el pelo en una coleta alta, dejando que algunos mechones escaparan, y por primera vez en semanas vi a alguien que no parecía una versión descuidada de mí misma.

—Bien —dijo Lucía, evaluándome con una sonrisa—. Ahora sí pareces alguien que podría conquistar el mundo. O al menos el centro de Málaga.

—No quiero conquistar nada —murmuré.

—Eso ya lo veremos —dijo Alba, cogiendo su bolso—. Vamos, el taxi nos espera.

El día transcurrió en una especie de torbellino controlado.

La peluquería fue primero, donde una mujer con más energía que el sol de julio me cortó las puntas, me aplicó un tratamiento que olía a coco y me dejó el pelo con un brillo que no recordaba tener.

Lucía charlaba animadamente con la peluquera mientras Alba revisaba su lista de tiendas, tachando y añadiendo según algún criterio que solo ella entendía.

Luego vinieron las tiendas. No las grandes superficies impersonales a las que estaba acostumbrada, sino pequeñas boutiques en calles empedradas del centro, donde las dependientas conocían a Lucía y Alba, que parecían ser clientas habituales, y traían prendas sin que las pidiéramos.

—Prueba esto —decía Lucía, lanzándome un vestido azul que brillaba como el mar.

—No es mi color —protestaba.

—Prueba —insistía Alba, empujándome hacia el probador.

Y así fue. Vestido tras vestido, camiseta tras camiseta, zapato tras zapato.

Al principio protesté. Luego me rendí. Y finalmente, algo extraño empezó a ocurrir.

Me reí. De verdad. De las cosas absurdas que decía Lucía mientras me modelaba delante del espejo.

De las caras que ponía Alba cuando algo no le gustaba.

De mi propio reflejo, que empezaba a parecerse menos a una fugitiva y más a una mujer que simplemente estaba viviendo.

En una tienda pequeña cerca de la Catedral, Lucía me obligó a probarme un vestido rojo. Rojo intenso, de esos que no dejan lugar a dudas sobre quién manda en la habitación.

—Esto es ridículo —dije desde el probador.

—Sal —ordenó Lucía.

—No.

—Daniela, sal o entro yo a buscarte.

Abrí la cortina con un resoplido. Me miré al espejo. Y me quedé sin palabras.

El vestido me sentaba. No solo me sentaba, sino que me transformaba. Marcaba una cintura que había olvidado que tenía, realzaba curvas que había intentado esconder durante años bajo ropas holgadas, y el color hacía que mi piel pareciera bronceada, viva.

—Dios mío —susurró Alba, que raramente perdía la compostura.

—Lo sabía —dijo Lucía, con una sonrisa triunfal—. Ese vestido estaba esperándote.

—Es demasiado —protesté, tocando la tela—. Demasiado llamativo. Demasiado…

—Demasiado perfecto —terminó Alba—. Lo compramos.

—No puedo permitirme…

—Es mi regalo —dijo Lucía, firme—. Considéralo una inversión en tu futuro.

—Lucía…

—No discutas. Ya he pagado.

Me miré al espejo una vez más. La mujer que me devolvía la mirada no era la Daniela de Barcelona, agobiada, invisible, encogida.

Era alguien diferente. Alguien que recordaba a la chica que había sido antes de Miguel.

Antes de medir cada palabra. Antes de pedir perdón por existir.

Antes de sentir que molestaba simplemente por respirar.

—Gracias —dije, y mi voz se quebró ligeramente.

—De nada —dijo Lucía, abrazándome—. Ahora vamos a comer. Estoy famélica. Bueno, estamos, que este de aquí tiene hambre a todas horas.

Y sonreí como hacía tiempo que no lo hacía, porque con ellas me sentía bien, me sentía parte de algo, me sentía dentro de su círculo íntimo. Y eso… eso me gustaba.