No estoy para abogados Capítulo 12
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Capítulo 12

Daniela

Me había prometido a mí misma que no volvería a pisar la casa de Carlos.

No porque me hubiera disgustado, todo lo contrario, y eso era precisamente el problema, sino porque sabía que no estaba lista.

Que esos segundos en la cocina, esos centímetros de distancia que casi habían desaparecido, habían despertado algo que no sabía controlar.

Así que, durante dos días, mantuve la distancia.

Evité aparecer en cualquier lugar de la casa de mi abuela cuando sabía que él estaría allí.

Salí con Lucía y Alba cuando sabía que él aparecería por el jardín.

Me convertí en una experta en eludir encuentros, en crear excusas creíbles, en hacer que mi ausencia pareciera casual.

Hasta que Carlos apareció esa tarde por sorpresa, otra vez, y no iba a poder evitarle como hasta ahora. Lo vi bajar del coche desde la ventana de mi habitación, y mi estómago dio ese vuelco familiar que intentaba ignorar.

Bajé las escaleras con pasos lentos, como si pudiera retrasar lo inevitable. Cuando llegué al jardín, él estaba allí, hablando con mi abuela sobre el riego de los limoneros, como si fuera la conversación más natural del mundo.

—Ah, aquí está —dijo mi abuela al verme—. Carlos te trae algo que olvidaste en su casa.

Carlos se giró hacia mí. Llevaba vaqueros y una camisa azul clara remangada, y tenía el pelo ligeramente despeinado, como si se hubiera pasado la mano por él varias veces.

Y sonreía. No una sonrisa nerviosa o incómoda, como yo habría esperado después de casi besarnos y de haber huido como una cobarde. Una sonrisa divertida, casi traviesa.

—Hola —dijo—. ¿Siempre pierdes cosas cuando visitas casas ajenas?

—Solo cuando sus dueños son insoportables —respondí, automáticamente, antes de poder contenerme.

Su sonrisa se amplió.

—Entonces debería sentirme halagado —dijo—. Significa que fui lo suficientemente insoportable como para que olvidaras algo valioso.

Mi abuela nos observaba con una expresión que pretendía ser inocente, pero era pura satisfacción. Cuando se dio cuenta de que la miraba, se excusó diciendo que tenía que revisar unas plantas del otro lado del jardín y desapareció con una agilidad sospechosa para una mujer de ochenta y cinco años.

Nos quedamos solos. El silencio se extendió, pero no fue incómodo. Fue… cargado. De expectativa. De todo lo que no habíamos dicho en la cocina.

—Toma —dijo Carlos, extendiendo una pequeña cajita que llevaba en la mano—. Lo guardé bien. Por si acaso.

Abrí la caja. El pendiente estaba allí, sobre el terciopelo negro, brillando con una luz que no tenía nada que ver con el sol de la tarde.

—Gracias —dije, cerrando la caja—. No tenías que hacer esto. Podrías habérmelo dado en otro momento. O dejárselo a mi abuela.

—Podría —admitió, encogiéndose de hombros—. Pero entonces no habría tenido la excusa de verte de nuevo.

La frase me pilló desprevenida. Lo miré, buscando en sus ojos alguna señal de engaño o de manipulación. Pero no la encontré. Solo honestidad. Y algo más que no quería nombrar.

—Eso es… directo —dije finalmente.

—Estoy cansado de no serlo —respondió—. De dar rodeos, de jugar a ser educado, de fingir que no siento lo que siento.

—¿Y qué sientes? —pregunté, y la pregunta sonó más vulnerable de lo que pretendía.

Carlos me miró durante un largo rato. Luego negó con la cabeza.

—No voy a decírtelo. No todavía. No hasta que estés lista para oírlo. Pero puedo decirte que me gusta estar contigo. Incluso cuando discutimos. Especialmente cuando discutimos.

—Eso es patológico —dije, pero sonreía.

—Probablemente —aceptó—. ¿Quieres dar un paseo? El jardín de Carmen es precioso, pero da la sensación de que nos espían.

Miré hacia donde mi abuela había desaparecido. Efectivamente, se veía la punta de su sombrero asomando detrás de un limonero.

—Vamos —dije, y empezamos a caminar por el sendero de grava que rodeaba la casa.

Y entonces ocurrió algo extraño. Empezamos a discutir, como siempre. Sobre tonterías. Sobre si el café era mejor recién hecho o si podía recalentarse. Sobre si el verano en Málaga era insoportable o simplemente cálido. Sobre si los limones eran mejores que las naranjas para hacer limonada.

Pero esta vez había algo diferente. Nos reíamos y mucho.

Carlos tenía un sentido del humor seco e irónico que me hacía soltar carcajadas antes de poder reprimirlas.

Y yo, a mi pesar, me encontraba devolviendo sus pullas con la misma moneda, disfrutando del intercambio, de la sensación de estar viva.

Consiguió que bajara la guardia. Que olvidara, durante unos minutos, que era una mujer rota huyendo de su pasado. Que me convirtiera en alguien que simplemente disfrutaba de una tarde de verano con un hombre que sabía hacerla reír.

Hasta que sonó mi móvil.

El tono era el que tenía asignado para Miguel. Había cambiado su nombre en mi teléfono a «No Contestar», pero el número seguía grabado en mi memoria. Mi mano tembló al mirar la pantalla.

—¿No vas a cogerlo? —preguntó Carlos, notando el cambio en mi expresión.

Negué con la cabeza. Pero el móvil siguió sonando. Una vez. Dos. Tres. Y luego, para mi horror, empezó a vibrar de nuevo. Era un mensaje de voz.

—Debería escucharlo —dije, más para mí misma que para él—. Podría ser importante. Sobre el divorcio.

Carlos asintió, pero su expresión se había vuelto seria. Se apartó unos pasos, dándome privacidad, aunque seguía lo suficientemente cerca como para oír mi lado de la conversación.

Escuché el mensaje. La voz de Miguel sonaba calmada, razonable, casi cariñosa. Esa voz que conocía demasiado bien, la que usaba cuando quería algo.

— Daniela, sé que estás enfadada. Y tienes derecho a estarlo.

Pero creo que deberíamos hablar. Sin abogados, sin testigos.

Solo tú y yo. Quizá hemos sido demasiado duros el uno con el otro.

Quizá podemos encontrar una solución que no implique destruirnos mutuamente.

Llámame cuando puedas. Te echo de menos.

El mensaje terminó. Guardé el móvil con las manos ligeramente temblorosas.

—¿Todo bien? —preguntó Carlos, acercándose.

—Sí —mentí, demasiado rápido—. Era… nada. Publicidad.

Me miró. No me creyó. Lo vi en sus ojos, en la forma en que se le tensó la mandíbula.

—Era él —dijo, y no era una pregunta.

No respondí. No necesitaba hacerlo.

—¿Qué quería? —Insistió Carlos, y su voz era suave, sin rastro de acusación.

—Decir que está dispuesto a hablar —respondí, y mi voz sonó hueca—. Que quizá podemos solucionar las cosas. Sin abogados, sin…

—Es una táctica —interrumpió Carlos, y ahora sí había urgencia en su tono—. Daniela, es una táctica clásica. Hacerte sentir culpable. Hacerte creer que tú eres la problemática. Que si no hay acuerdo, es por tu culpa.

—Lo sé —dije, y mi voz sonó en un susurro—. Dios, Carlos, lo sé. Sé que es mentira. Sé que no quiere hablar y que quiere que vuelva para seguir controlándome. Lo sé.

—Pero… —dijo él, esperando.

—Pero escuchar su voz me afecta —admití, y las lágrimas que había estado conteniendo amenazaron con aparecer—. Me hace dudar. Me hace preguntarme si soy yo la exagerada, la loca, la que destruyó nuestro matrimonio. Me hace…

Carlos dio un paso hacia mí. Luego otro. Estaba cerca, muy cerca, pero no me tocaba.

—¿Te sigue dando miedo? —preguntó, y su voz apenas era un susurro.

—No —respondí, demasiado rápido, demasiado alto.

Nos miramos. Y ambos supimos que no era verdad. Que Miguel seguía teniendo poder sobre mí, no porque fuera fuerte, sino porque yo le había dado ese poder durante años. Porque desprogramar el miedo lleva más tiempo que simplemente marcharse.

—No tienes que fingir conmigo —dijo Carlos finalmente—. Puedes tener miedo. Puedes estar enfadada, triste, confundida. Puedes ser todo eso y más.

—No quiero ser eso —dije, y ahora sí una lágrima se escapó, y la sequé con rabia—. Quiero ser fuerte. Quiero ser la mujer que se marchó de Barcelona con la cabeza alta y no miró atrás.

—Esa mujer también tiene miedo —dijo él—. Y eso no la hace débil. La hace humana.

No supe qué responder. Así que me quedé allí, en el sendero de grava, con el sol de la tarde calentándome la piel y Carlos cerca, tan cerca, ofreciendo algo que no sabía si podía aceptar.

—Debería entrar —dije finalmente—. Mi abuela estará preocupada.

—Claro —asintió, retrocediendo un paso—. Y Daniela…

—¿Sí?

—Cuando estés lista para hablar de verdad, sin miedo ni defensas… estaré aquí.

Asentí una vez y me di la vuelta. Caminé hacia la casa con la espalda recta y el corazón desbocado, sintiendo su mirada clavada en mi espalda hasta que desaparecí por la puerta.

Esa noche, después de cenar con mi padre y mi abuela y fingir que estaba bien, que la llamada de Miguel no me había afectado, me encerré en mi habitación.

Y entonces llegó el mensaje.

Un número desconocido. Una fotografía adjunta. Y un texto que hizo que se me helara la sangre.

La fotografía mostraba a Carlos. Joven, quizás hacía cuatro o cinco años, en lo que parecía ser un evento formal.

Estaba sonriendo, con una ridícula corona de cartón en la cabeza, abrazando a una mujer.

Elena. Su exprometida. Vestida de blanco, radiante, con una alianza en el dedo que él no llevaba.

Y el texto: «Pregunta a tu nuevo abogado por qué no te cuenta toda la verdad.»

Miré la fotografía una y otra vez. ¿Qué verdad? ¿Qué estaba insinuando Miguel? ¿Que Carlos me mentía? ¿Que había algo oscuro en su pasado que no me había contado?

Mi mano temblaba sobre el teléfono. Quería llamar a Carlos, preguntarle, exigir explicaciones. Pero algo me detuvo. El miedo, quizás. El recuerdo de haber confiado antes y de haber sido traicionada.

O quizás era algo más peligroso. La certeza de que, si llamaba, si preguntaba, si descubría que Carlos también me había mentido…

No sabría soportarlo.