No estoy para abogados Capítulo 11
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Capítulo 11

Carlos

Carmen tenía una misión. Lo supe desde el momento en que apareció en mi bufete el viernes por la mañana sin avisar, con su bolso de piel antiquísimo y su collar de perlas, exigiendo verme como si fuera la reina de Inglaterra y yo uno de sus súbditos rebeldes.

—Carlos, mi niño —dijo, sentándose en la silla de enfrente de mi escritorio sin esperar invitación—. Necesito un favor.

—Cualquier cosa, abuela —respondí, cerrando el portátil con cautela. Con Carmen, la cautela siempre era recomendable.

—He dejado unos documentos en tu casa. De la propiedad. Cosas importantes que necesito para revisar unos papeles del jardín.

—¿En mi casa? —Repetí, confundido—. ¿Cuándo has estado en mi casa?

—El otro día. Cuando fui a llevarte la tortilla. ¿No te acuerdas? Dejé una carpeta en la mesa de la cocina.

La observé con sospecha. Carmen tenía una memoria de elefante y una organización que envidiaría cualquier ejército. No olvidaba nada. Nunca.

—Puedo traértelos yo —ofrecí—. Esta tarde paso por casa y…

—No —cortó ella, demasiado rápido—. Estoy ocupada esta tarde. Pero Daniela puede ir. Ella tiene tiempo. Y así conoce tu casa. Por si… necesita algo.

La miré fijamente. Ahí estaba. La trampa. El plan maestro de la anciana más peligrosa de Málaga.

—Abuela —dije, bajando la voz—. ¿Estás intentando emparejarnos?

—Yo no intento nada —respondió, con una inocencia que habría engañado a cualquiera menos a mí—. Solo digo que Daniela necesita salir, distraerse, y tu casa está cerca. Es lógico.

—Es demasiado pronto —protesté—. Ella está… herida. Y yo no quiero…

—¿Qué? —Interrumpió Carmen, y sus ojos azules me perforaron—. ¿Admitir que te gusta? Porque te gusta, Carlos. Lo veo en cómo la miras. Y ella te mira igual, aunque todavía no lo sepa. Solo necesitáis… un empujón.

—Un empujón —repetí, incrédulo.

—Un empujón —confirmó ella, levantándose—. Así que esta tarde, a las seis, Daniela irá a tu casa. Y tú estarás allí. Y serás amable. Y no hablarás de trabajo. Y dejarás que las cosas fluyan.

—O sea, que me estás ordenando que la seduzca.

—Te estoy ordenando que seas tú mismo —corrigió y me dio un beso en la mejilla antes de marcharse—. Eso es suficiente.

Me quedé en mi despacho, mirando la puerta por la que había desaparecido, preguntándome cuándo exactamente había perdido el control de mi vida.

A las seis en punto, sonó el timbre de mi casa.

Estaba nervioso. Lo admito. Había pasado la tarde limpiando compulsivamente, algo que no hacía desde que era estudiante, cambiando el jarrón de sitio tres veces y preguntándome si debería haber cocinado algo.

Al final opté por pedir sushi. Si la conversación se pusiera incómoda, al menos tendríamos wasabi para distraernos.

Abrí la puerta y allí estaba ella. Daniela. Con vaqueros, sandalias y una camiseta blanca sencilla. El pelo suelto, ligeramente húmedo, como si se hubiera duchado hacía poco. Sin maquillaje, o casi. Natural. Imposiblemente atractiva.

—Hola —dijo, y parecía tan incómoda como yo me sentía—. Mi abuela dice que dejó unos papeles aquí.

—Sí —respondí, haciéndome a un lado para dejarla pasar—. Entra. Están en la cocina, creo.

Entró y se quedó parada en el vestíbulo, mirando alrededor con una expresión que no supe interpretar.

—¿Qué? —pregunté, inseguro—. ¿Pasa algo?

Ella negó con la cabeza, pero sus ojos seguían recorriendo el espacio. La doble altura del salón, los ventanales enormes que daban al jardín, la biblioteca que ocupaba toda una pared, la escalera de madera clara que subía a la planta superior.

—Esperaba… —empezó y se detuvo.

—¿Qué esperabas? —pregunté, genuinamente curioso.

Ella me miró y, por un segundo, vi algo vulnerable en sus ojos.

—No sé. Una cueva de soltero. Sofá de cuero negro. Botellas de whisky vacías. Pósteres de coche en las paredes. —Sonrió, y fue una sonrisa tímida, casi avergonzada—. Esto es… diferente.

La observé mientras ella seguía mirando.

Mi casa. Mi refugio. El lugar donde había reconstruido mi vida después de Elena.

Moderna, sí. Luminosa, con esos ventanales que había diseñado específicamente para captar la luz de Málaga.

Cálida, con maderas claras y piedra natural.

El jardín mediterráneo visible al fondo, con la piscina que brillaba bajo el sol de la tarde.

Los libros, miles de libros, organizados por temas en estanterías que llegaban hasta el techo.

Las fotografías enmarcadas, pocas, pero significativas.

Mi familia, ya desaparecida. Mis amigos.

Mi ahijada Carla sonriendo con dientes de leche.

Y la cocina. Enorme, con una isla central, donde intentaba cocinar con un entusiasmo que no compensaba mi falta de talento.

—Vale —dijo Daniela finalmente, y su voz tenía un deje de sorpresa—. Te concedo una cosa.

—¿Cuál?

—No tienes mal gusto.

—Gracias —respondí, y no pude evitar sonreír—. Creo que es el primer cumplido que me haces.

—No te emociones —dijo ella, pero también sonreía—. Todavía eres abogado.

—Eso no se cura —bromeé—. Es crónico.

Cruzamos el salón hacia la cocina. La observé mientras miraba los detalles: la cafetera de diseño que no sabía usar bien, el libro de recetas abierto en la página de «Tortilla de patatas para torpes», la colección de especias ordenadas alfabéticamente que contrastaba con el caos de los utensilios.

—Cocinas —observó ella, señalando el libro.

—Lo intento —corregí—. Con resultados… variables. La semana pasada quemé tres sartenes intentando hacer un risotto.

—¿Tres?

—Es una historia larga. Involucra fuego, un extintor y la humillación de tener que pedir pizza a las once de la noche.

Daniela se rio. Era una risa genuina, cálida, que llenó la cocina de una forma que el sol de la tarde no lograba.

—Muéstrame los documentos —dijo, recuperando la compostura—. Quiero volver antes de que mi abuela nos organice una boda sorpresa en el jardín.

—Demasiado tarde —murmuré, abriendo el cajón donde había dejado la carpeta—. Ya ha contratado al músico.

La miré mientras revisaba los papeles. Estaba concentrada, frunciendo ligeramente el ceño y, por un momento, parecía ajena a mi presencia.

Me permití observarla. La curva de su cuello, la forma en que se mordía el labio inferior cuando pensaba, el mechón de pelo que se le caía sobre la frente y ella se apartaba con un gesto ausente.

—Todo está aquí —dijo, levantando la vista—. Gracias.

—De nada —respondí, y nuestras miradas se encontraron.

El silencio se extendió. No incómodo, pero cargado. Cargado de todo lo que habíamos dejado sin decir en el jardín de Carmen, de la atracción que ambos sentíamos y que ninguno sabía cómo nombrar.

—¿Quieres un café? —pregunté, rompiendo el hechizo—. O agua. O… tengo sushi. Demasiado sushi, en realidad. Para dos.

Ella dudó. Vi la lucha en sus ojos. El deseo de quedarse, de conocerme mejor, de dejar que pasara lo que tuviera que pasar. Y el miedo. El miedo a que fuera demasiado pronto, a que yo fuera demasiado parecido a su ex, a que el dolor no hubiera sanado lo suficiente.

—Un vaso de agua —dijo finalmente—. Y luego debo irme.

—Un vaso de agua —repetí, y fui a buscarlo.

Cuando volví, ella había dejado la carpeta sobre la isla y caminaba por la cocina, mirando las fotografías enmarcadas que había en la estantería baja. Se detuvo en una. La vi tensarse desde donde estaba.

—¿Quién es? —preguntó, y su voz había cambiado.

Me acerqué. Sabía qué fotografía era antes de verla.

La tenía allí desde hacía años, aunque a veces la giraba boca abajo cuando el recuerdo dolía demasiado.

Era yo, hace cuatro años, en el día de mi despedida de soltero.

Estaba sonriendo, con una ridícula corona de cartón en la cabeza, abrazando a Elena.

Ella llevaba un vestido blanco y sonreía a la cámara con una felicidad que entonces creía real.

—Elena —dije, y mi voz sonó plana, neutral—. Mi exprometida.

Daniela se giró para mirarme. Sus ojos buscaban algo en mi rostro, alguna pista sobre cómo sentirme.

—Estabas a punto de casarte —dijo. No era una pregunta.

—A punto —confirmé, dejando el vaso de agua sobre la mesa—. Ya habíamos pagado el catering. Teníamos el vestido, mi traje. Las invitaciones enviadas.

—¿Qué pasó?

La pregunta era directa, casi brusca. Pero no sentí que fuera morbosa. Sentí que necesitaba saber. Que necesitaba entender si yo también era alguien que había sido destrozado, como ella.

—Me dejó —dije, simplemente—. Por un compañero de trabajo. Un tipo del departamento de ventas. Lo conoció en una cena de empresa. —Hice una pausa, tragando saliva—. Ahora están casados. Tienen un hijo. Viven en el piso que yo había comprado para nosotros.

Daniela no dijo nada. Pero algo cambió en su expresión. El escudo se bajó un poco. La desconfianza se suavizó.

—Entonces lo entiendes —dijo, y su voz era casi un susurro.

—¿El qué?

—La sensación. De que la vida que imaginabas se desvanece. De que alguien a quien creías conocer resulta ser un extraño. De que… —su voz sonó diferente, casi rota por el dolor que debía sentir—. De que todo lo que construiste era de cartón.

Asentí. Porque sí lo entendía. Entendía perfectamente esa sensación de caída libre, de que el suelo desaparece bajo tus pies y no hay nada a lo que agarrarte.

—Lo entiendo —dije—. Aunque en mi caso, el dolor vino acompañado de humillación. Todo el mundo sabía lo de la boda. Tuve que llamar a ciento cincuenta personas para cancelar. Tuve que devolver regalos. Tuve que escuchar cómo la gente susurraba «Pobre Carlos» cuando creía que no lo oía.

—¿Y cómo…? —ella hizo un gesto vago—. ¿Cómo saliste de eso?

—No salí —admití—. Aprendí a convivir con ello. A reconstruirme poco a poco. A encontrar cosas que me hicieran sentir vivo de nuevo —la miré—. Aunque todavía hay días malos. Días en los que miro esa foto y me pregunto qué habría pasado si…

No terminé la frase, pero no hacía falta.

Daniela se acercó un paso, luego otro. Estaba a menos de un metro de mí, y podía oler su perfume, algo floral y suave, y ver las pequeñas pecas en su nariz que el sol de Málaga había hecho más visibles.

—Yo también tengo días así —dijo—. En los que pienso en Miguel y me pregunto si fui ciega o estúpida, o si realmente soy tan horrible como él dice para que me tratara así.

—No eres horrible —dije, y mi voz sonó más intensa de lo que pretendía—. Él es el horrible. Y algún día, cuando esto termine, lo verás claramente.

Nos miramos. Y en ese momento, en esa cocina llena de libros de cocina sin usar y de especias ordenadas, algo cambió. La distancia entre nosotros dejó de ser física y se volvió insoportable. Quería tocarla. Quería borrar ese dolor de sus ojos. Quería…

Me acerqué. Lentamente, dándole tiempo para retroceder, para decir que no. Pero ella no retrocedió. Sus ojos se abrieron ligeramente, sus labios se separaron, y vi que contenían la respiración.

Estábamos a centímetros. Podía sentir el calor de su piel. Podía ver cada pestaña, cada pequeña imperfección que la hacía más real y hermosa.

Y entonces ella se apartó.

—No —dijo, y la palabra fue un susurro, casi un gemido.

Me detuve inmediatamente. Retrocedí un paso. Dos. Poniendo distancia entre nosotros, tanto física como emocional.

—Lo siento —dije, y mi voz sonó ronca—. No debería haber…

—No es eso —interrumpió ella, y vi que sus manos temblaban—. Es que… no estoy lista. Y tú… tú eres… —se pasó una mano por el pelo, frustrada—. No quiero usar esto para olvidar a Miguel. No quiero que sea un lío y ya, ni una venganza, ni…

—No lo es —dije, firme—. Y no tienes que explicarte. Respeto tu espacio, Daniela. Siempre.

Ella me miró y vi lágrimas brillando en sus ojos, aunque no cayeron.

—Debería irme —dijo.

—Claro —asentí—. Los documentos…

—Sí. Los documentos.

Recogió la carpeta con movimientos bruscos, evitando mi mirada. Caminó hacia la puerta y yo la seguí, manteniendo la distancia que ella necesitaba.

En la puerta, se detuvo. Se giró hacia mí por última vez.

—Gracias —dijo—. Por entender. Por no presionar.

—Cuando quieras —respondí—. Estaré aquí.

Asintió, una vez, y salió. La observé alejarse por el sendero hasta su coche, subir, arrancar. No me miró. Pero tampoco aceleró. Se fue despacio, como si ella también estuviera pensando en lo que casi había pasado.

Cuando su coche desapareció por la curva, cerré la puerta y apoyé la frente contra la madera fría. Respiré hondo. Una vez. Dos. Intentando calmarme, intentando procesar lo que había sentido en esos segundos en los que estuvimos a punto de…

Me di la vuelta para recoger los vasos de la cocina. Y entonces lo vi.

En el suelo, junto a la isla central, brillando bajo la luz del atardecer. Un pendiente. Pequeño, dorado, con una perla. El pendiente que Daniela llevaba puesto cuando entró.

La recogí. La sostuve en la palma de mi mano, sintiendo su peso, imaginándola colgada de su oreja, cerca de su cuello, de ese lugar donde el perfume se mezclaba con el calor de su piel.

Y sonreí.

Porque ahora tenía una excusa. Una razón legítima, inocente, irrefutable para volver a verla. Para devolverle lo que había olvidado. Para mirarla a los ojos y preguntarle, sin presión, si estaba lista.

O si necesitaba más tiempo.

O si, simplemente, quería tomar un café y discutir sobre libros, cine o cualquier cosa que no fuera nuestros ex, nuestros traumas, nuestra atracción peligrosa.

Guardé el pendiente en el cajón de mi mesilla de noche, donde lo vería cada noche antes de dormir. Y esa noche, por primera vez en años, me dormí sonriendo.

Porque algo había cambiado. Algo importante. Habíamos cruzado una línea, ella y yo, y aunque nos habíamos detenido a tiempo, la línea ya no estaba ahí. El terreno había cambiado.

Y yo estaba dispuesto a esperar todo el tiempo que hiciera falta para ver qué construíamos sobre él.