Capítulo 10 #2
Además, había algo en la imagen que me detuvo.
No era el abogado con traje impecable que yo había imaginado durante años, el estereotipo frío y arrogante que Miguel representaba.
Era alguien diferente. Alguien que ayudaba a una anciana con el jardín sin que nadie se lo pidiera.
Alguien que se ensuciaba las manos sin quejarse.
Levantó la vista en ese momento, como si sintiera mi presencia. Nuestros ojos se encontraron a través del jardín, y sentí ese familiar tirón en el estómago que intentaba ignorar.
—Hola —dijo, levantándose y limpiándose las manos en los vaqueros.
—Hola —respondí, acercándome con pasos lentos.
El silencio se extendió entre nosotros, cargado de todo lo que no habíamos dicho dos días atrás, de la tensión que habíamos dejado suspendida en el aire como polen invisible.
—¿Seguimos enfadados? —preguntó finalmente, y su voz tenía un deje de humor que me desarmó.
Quise responder que sí. Que estaba enfadada, que quería mantener la distancia, que su mera presencia me irritaba. Pero la tarde con Lucía y Alba me había ablandado de alguna manera. Me había recordado que existía la posibilidad de confiar, de dejar que la gente buena entrara.
Así que, en lugar de la respuesta cortante que tenía preparada, acabé sonriendo ligeramente. Una sonrisa pequeña, casi involuntaria, que se escapó antes de que pudiera detenerla.
—Todavía estoy valorándolo —dije.
Carlos me miró y sonrió. Y maldita sea, esa sonrisa me molestó profundamente porque era demasiado bonita. Porque transformaba su rostro de serio a adorable en una fracción de segundo. Porque hacía que mi corazón se acelerara de un modo que no quería admitir.
—Eso es progreso —dijo—. Ayer habrías dicho que sí sin dudar.
—Ayer tenía hambre y estaba de mal humor —mentí.
—Y hoy…
—Hoy he comido con Lucía y Alba —admití—. Y me han dado esperanza. En forma de tiramisú y listas organizadas.
Carlos se rio. Era una risa genuina y cálida que le iluminaba los ojos.
—Alba y sus listas —dijo, negando con la cabeza—. Esa mujer organiza el caos con una eficiencia que da miedo.
—¿Tú también tienes listas para todo? —pregunté, y la pregunta salió más curiosa de lo que pretendía.
—Yo soy el caos —respondió, encogiéndose de hombros—. O al menos lo era. Antes de…
Se detuvo. La sonrisa se desvaneció ligeramente y vi algo en sus ojos. Dolor. Pérdida.
—¿Antes de qué? —pregunté, y mi voz sonó más suave.
Carlos me miró, evaluando. Luego suspiró.
—Antes de que me dejaran —dijo, y la frase fue simple, directa y devastadora—. Antes de que mi vida se fuera al traste y tuviera que reconstruirla. Pero eso es otra historia. Para otro día.
Nos miramos en el silencio del jardín. El sol se ponía detrás de él, creando un halo dorado alrededor de su silueta.
Y por primera vez, vi a Carlos no como el abogado que me recordaba a Miguel, sino como una persona.
Alguien que también había sufrido. Que también había perdido.
Que también estaba intentando reconstruirse.
—Tienes tierra en la nariz —dije de repente, y la observación fue tan absurda, tan mundana, que ambos nos reímos.
—Probablemente tengo tierra en todas partes —respondió, intentando limpiarse la cara con el antebrazo, haciendo que empeorara—. Soy un desastre cocinando y como jardinero. Mis habilidades domésticas son prácticamente inexistentes.
—¿Y cómo sobrevives? —pregunté, genuinamente curiosa.
—Carmen me alimenta —respondió, señalando a mi abuela, que fingía no escucharnos mientras revisaba un catálogo de plantas—. Y tengo un congelador lleno de comida precocinada. No es glamuroso, pero funciona.
Me acerqué un paso más. No sabía por qué, solo que quería estar más cerca. Quería ver mejor esos ojos oscuros que parecían guardar tantos secretos.
—No eres lo que esperaba —dije, y la frase salió antes de que pudiera censurarla.
—¿No? —Arqueó una ceja—. ¿Qué esperabas?
—Un abogado frío. Arrogante. Alguien que piensa que la ley es un juego y que siempre gana.
Carlos me miró durante un largo rato. Luego negó con la cabeza.
—Eso era antes —dijo, y su voz se volvió baja, íntima—.
O quizás nunca lo fui realmente. Pero perdí a mis padres hace años, y luego perdí a alguien a quien quería, y eso…
eso te cambia. Te hace ver que lo importante no son los casos ganados ni los juicios.
Son las personas. Las que se quedan. Las que importan.
Su honestidad me desarmó. No estaba fingiendo. No estaba intentando impresionarme ni manipularme. Estaba siendo real, vulnerable, y eso era más peligroso que cualquier sonrisa o cualquier gesto galante.
—Yo también perdí a alguien —dije, y mi voz tembló—. A mi madre. Hace diez años. Y luego… luego perdí a alguien en quien creía, pero de una forma diferente. No murió, solo… solo resultó ser otra persona.
—Lo sé —dijo Carlos y no preguntó más. No presionó. Solo… estuvo ahí.
Mi abuela tosió discretamente desde su mecedora, recordándonos su presencia. Nos miró a ambos con una expresión que no supe definir. Satisfacción, quizás. O esperanza.
—Carlos —dijo mi abuela—. ¿Has terminado con las petunias?
—Casi —respondió, sin apartar la vista de mí.
—Bien —dijo mi abuela, y ahora sí sonreía—. Porque Daniela parece que necesita una taza de té. Y yo necesito una siesta. Así que uno de vosotros dos la preparará.
Se levantó de la mecedora con una agilidad que desafiaba su edad y entró en la casa, dejándonos solos en el jardín crepuscular.
—¿Té? —preguntó Carlos.
—¿Sabes hacerlo? —Respondí, y había un desafío en mi voz, pero suave, casi juguetón.
—Sé hervir agua —respondió—. Después de eso, mi conocimiento se agota.
—Entonces te ayudaré —dije, y la frase me sorprendió a mí misma—. Aunque sea para evitar que quemes la tetera.
Carlos sonrió, y esta vez fue una sonrisa diferente. Más íntima. Más peligrosa.
—Trato —dijo.
Y mientras caminábamos juntos hacia la casa, mientras el sol se ponía completamente y las primeras estrellas empezaban a aparecer sobre Málaga, pensé que quizás, solo quizás, había juzgado mal a este hombre.
Que quizás no todos los abogados eran iguales.
Que quizás, después de todo, existía la posibilidad de confiar de nuevo.
Aunque todavía me diera miedo.
Aunque todavía no supiera si era capaz de arriesgarme.
Aunque todavía sintiera que el pasado podía alcanzarme en cualquier momento.