No estoy para abogados Capítulo 10
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Capítulo 10

Daniela

Málaga tenía algo que Barcelona me había robado sin que me diera cuenta: la capacidad de respirar sin miedo.

No era que mis problemas hubieran desaparecido mágicamente al cruzar la frontera de la provincia.

Seguían ahí, acechando en el fondo de mi mente como sombras que no se disipan con la luz.

El divorcio pendiente, las mentiras de Miguel que se multiplicaban en redes sociales, la incertidumbre económica que me hacía mirar cada recibo con ansiedad. Todo eso seguía existiendo.

Pero por primera vez en mucho tiempo, no estaba sola con ello.

Era miércoles por la mañana cuando Lucía apareció en casa de mi abuela con una propuesta. Llevaba un vestido de flores amarillas que hacía juego con su sonrisa, y sostenía una bolsa de tela con algo que olía increíblemente bien.

—Abuela, te he traído ensalada de pasta —anunció, besando a mi abuela en la mejilla—. Y a Alba, que me ha obligado a recogerla porque su coche está en el taller.

—Yo te he traído postre —dijo Alba, entrando detrás con una caja de cartón—. Y una lista.

—Siempre hay una lista —suspiró Lucía, pero sonreía.

Las observé desde el porche, donde estaba sentada, intentando leer un libro en el que no lograba concentrarme.

Desde la conversación con Carlos dos días atrás, desde esa revelación incómoda de atracción mutua que ambos habíamos ignorado con la elegancia de dos ciegos en un laberinto, no sabía muy bien cómo posicionarme.

Él había respetado mi espacio, no había vuelto a aparecer en la casa de mi abuela, y eso debería haberme aliviado.

Pero en lugar de eso, sentía un vacío extraño, una especie de expectativa suspendida en el aire.

—¿Daniela? —Me llamó Lucía, interrumpiendo mis pensamientos—. ¿Vienes? Tenemos que hablar de cosas de mujeres. Y de por qué llevas la misma camiseta desde ayer.

Miré mi ropa. Tenía razón. Era la misma camiseta de ayer, aunque limpia. La de «Café y silencio», con un dibujo de una taza humeante. Una prenda cómoda y ancha que me hacía sentir invisible.

—No tengo nada mejor —admití.

—Eso se soluciona rápido —dijo Alba, consultando su teléfono—. Después de comer, vamos de compras. Hay tres tiendas en el centro que tienen ofertas esta semana.

—Alba, ella no necesita un plan de compras —protestó Lucía.

—Todo el mundo necesita un plan —respondió Alba, imperturbable.

Me levanté del porche, dejando el libro olvidado. Mi abuela apareció en la puerta con una sonrisa cómplice.

—Id vosotras —dijo—. Yo tengo que revisar unos papeles. Y luego viene Carlos a ayudarme con unas cosas.

Mi estómago dio un vuelco ante el nombre, pero mantuve la expresión neutral.

—Perfecto —dije—. Así no estorbo.

Mi abuela me miró con esos ojos azules que veían demasiado, pero no dijo nada. Solo asintió y nos despidió con un gesto de la mano.

Comimos en la terraza de un pequeño restaurante cerca del puerto. No era algo elegante ni turístico, era simplemente… agradable. Una mesa de madera bajo una sombrilla de rayas, el sonido de las gaviotas en la distancia, el olor a salitre y a fritura de pescado que llegaba desde la cocina.

Al principio, la conversación fue ligera.

Alba nos contó historias sobre su hija Emma, que a los dos años ya tenía más personalidad que muchos adultos.

Lucía compartió anécdotas de Carla, que había aprendido a decir «no» en cinco idiomas diferentes.

Bueno, en realidad, solo era un «no» con diferentes entonaciones, pero Lucía estaba convencida de que su hija era un prodigio lingüístico.

Yo reía. Era fácil reír con ellas. Demasiado fácil, casi. Como si mi cuerpo hubiera olvidado cómo funcionaba el mecanismo y, de repente, lo recordara.

—¿Y tú, Daniela? —preguntó Lucía de repente, cuando nos trajeron el postre—. ¿Cómo estás? De verdad, quiero decir. No la versión de «Estoy bien» que decimos para no preocupar.

La pregunta me pilló desprevenida. Me quedé con el tenedor en el aire, mirando el postre como si contuviera respuestas.

—Estoy… —empecé, y la verdad salió antes de que pudiera filtrarla—. Perdida. Creo que estoy perdida.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… esperanzador. Como si hubieran estado esperando a que yo abriera la puerta para poder entrar.

—Yo también estuve perdida —dijo Lucía, y su voz cambió, se volvió más grave—. Hace unos años. Antes de conocer a Alejandro. Antes de Carla.

Alba asintió y, por primera vez, vi algo más allá de su eficiencia habitual. Vi empatía. Vi reconocimiento.

—Lucía llegó a tener una deuda de sesenta mil euros —dijo Alba—. Tres trabajos. Su madre estaba lejos. No tenía a nadie ni nada. Bueno, me tenía a mí y a la abuela Carmen —sonrió.

—¿Sesenta mil? —Repetí, incrédula.

—Fraude de mi ex —confirmó Lucía, y una sombra cruzó su rostro, pero solo momentáneamente—. Un tipo que me robó, me mintió e intentó destruirme. Llegué a un punto en el que pensé que había perdido todo. Que mi vida se había ido al garete y que no había manera de recuperarla.

—¿Qué hiciste? —pregunté, y mi voz sonó en un susurro.

—Lo que pude —respondió ella, encogiéndose de hombros—. Trabajé limpiando casas y oficinas. Cuidando a tu abuela. Haciendo lo que fuera necesario para sobrevivir. Hubo noches en las que no sabía cómo pagar el alquiler. Días en los que comía pan y agua porque no había más.

La miré. Lucía, con su vestido de flores, su sonrisa fácil, su vida aparentemente perfecta con el arquitecto guapo y la hija adorable. No podía imaginarla limpiando baños ajenos ni contando monedas para el autobús.

—Pero mírame ahora —continuó, y su sonrisa volvió a iluminar su rostro—.

Tengo una familia. Un trabajo que me gusta.

Amigos que son mi familia elegida. Y aunque todavía tengo días malos, aunque a veces me despierto con el pánico de que todo se vaya a ir al traste…

estoy aquí. Estoy feliz. Y si yo pude salir de eso, tú también puedes.

Algo se rompió dentro de mí. No de dolor, sino de alivio. De la certeza de que no estaba sola en esto. De que otras mujeres habían pasado por el infierno y habían salido al otro lado.

—Yo también tuve momentos difíciles —dijo Alba, y su voz sonó más suave de lo habitual—.

Aunque parezca que nací con una agenda en la mano.

Mi padre enfermó cuando tenía veinte años.

Tuve que dejar la universidad. Trabajar.

Cuidar de él —hizo una pausa—. La organización fue mi forma de sobrevivir.

Si controlaba las listas y tenía todo planificado, entonces el caos no podía alcanzarme.

Las miré a ambas. Dos mujeres diferentes, con historias distintas, pero con algo en común: habían sobrevivido. Habían encontrado su camino a través del desastre.

—No sé si puedo —dije, y las lágrimas que había estado conteniendo desde hacía días amenazaron con aparecer—. Miguel es… muy bueno en lo que hace. En hacerme sentir que soy yo la culpable. En torcer la realidad hasta que te hace dudar de tu propia cordura.

—Eso es manipulación —dijo Alba, con firmeza—. Y es abuso emocional. No es real, Daniela. Es su versión de la realidad, no la tuya.

—Pero tiene documentos. Pruebas falsas, pero parecen reales. Y abogados. Y contactos…

—Y tú nos tienes a nosotras —interrumpió Lucía, cogiendo mi mano sobre la mesa—. Y a Carmen. Y a tu padre. Y sí, incluso a Carlos, aunque todavía estés en fase de negación al respecto.

Me eché a reír. Fue una risa húmeda, mezclada con lágrimas, pero real.

—No estoy en fase de negación —protesté débilmente.

—Claro que sí —dijo Alba, y por primera vez sonrió con picardía—. Pero eso también se soluciona. Tengo una lista.

—¿Tienes una agenda para mis problemas? —pregunté, entre risas y sollozos.

Alba sacó su teléfono y empezó a escribir con una seriedad que hizo que Lucía y yo nos miráramos y sonriéramos.

—Tengo una agenda para todo —respondió ella, sin levantar la vista de la pantalla—. Paso uno: buscar un abogado de confianza. Paso dos: documentar todo lo que Miguel ha hecho. Paso tres: bloquear sus redes sociales para no torturarte leyendo sus mentiras. Paso cuatro…

—¿También para mis traumas? —pregunté, medio en broma, medio en serio.

Alba levantó la vista. Sus ojos verdes me miraron con una mezcla de ternura y determinación.

—Todavía no —dijo—. Pero puedo hacer una.

Y las tres nos echamos a reír. Una risa alta, desinhibida, que atrajo las miradas de otros comensales, pero que nos importó un comino.

Por primera vez desde que había dejado Barcelona, desde que había abandonado mi vida entera, sentí que podía respirar de verdad.

Que el aire entrara en mis pulmones y no se convirtiera en pánico.

Eran mis amigas. No sabía exactamente cuándo había ocurrido, pero en algún momento entre el café y las confesiones, entre las risas y las lágrimas compartidas, se habían convertido en eso. En mi familia elegida.

Cuando volví a casa de mi abuela, el sol empezaba a ponerse sobre el jardín. Estaba cansada, pero de esa buena clase de cansancio que viene de haber reído demasiado, de haber hablado demasiado, de haber sentido demasiado.

Y entonces lo vi.

Estaba arrodillado junto a uno de los macizos de flores, con las manos cubiertas de tierra, hablando con mi abuela, que lo observaba desde su mecedora, con una expresión que no supe interpretar.

Llevaba vaqueros viejos y una camiseta gris que se le pegaba ligeramente por el calor.

El pelo negro despeinado, la barba de tres días, esa cicatriz en la ceja que le daba un aire de pirata moderno.

Mi primer instinto fue dar la vuelta. Entrar por la puerta principal, subir a mi habitación, evitar el encuentro. Pero era ridículo. Era la casa de mi abuela, pero él estaba allí constantemente y yo no podía esconderme cada vez que aparecía.