Capítulo 9
Carlos
Sabía que había cometido un error en el momento en que vi cómo se le tensaban los hombros.
No fue exactamente nada de lo que dijera.
Fue algo en mi tono, supongo. O en la forma en que me había acercado demasiado rápido, ofreciendo soluciones antes de que ella estuviera lista para escucharlas.
Era un error que había visto cometer a otros abogados cien veces: confundir la necesidad de ayudar con el derecho a hacerlo.
Daniela estaba de pie en el jardín, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si fueran un escudo, la espalda recta y la barbilla ligeramente levantada.
Esa postura decía mil cosas sin necesidad de palabras: estoy lista para pelear, no me acerques, no confío en ti, no intentes controlarme.
Y debajo de todo eso, apenas visible pero presente: tengo miedo.
La observé desde el porche, manteniendo la distancia que ella claramente necesitaba. El sol de la tarde caía sobre su pelo castaño, haciendo que algunos mechones parecieran dorados. Llevaba vaqueros y una camiseta blanca sencilla, nada especial, y sin embargo no podía apartar la vista de ella.
Esa fuerza suya me resultaba… fascinante.
La palabra me irritó incluso mientras la pensaba.
No quería encontrarla fascinante. Quería ayudarla como profesional, como alguien que conocía las tácticas de su exmarido, como un simple acto de justicia.
Pero había algo en ella, en la forma en que se negaba a derrumbarse a pesar de tener todas las razones para hacerlo, que me atraía como un imán.
—Todavía estás aquí —dijo ella, sin girarse. Su voz era plana, neutra, diseñada para no revelar nada.
—Todavía estoy aquí —confirmé, sin moverme del porche.
—Pensé que te habías ido.
—Me estaba yendo. Pero quería… —hice una pausa, buscando las palabras correctas—. Quería explicarme mejor. Antes has interpretado mal lo que he dicho.
Ella giró la cabeza. Sus ojos marrones me encontraron y vi que estaban en guardia, listos para detectar cualquier ataque.
—¿Interpretado mal? —Repitió, y ahora sí se giró completamente, dejando caer los brazos a los costados con los puños ligeramente cerrados—. ¿Qué parte exactamente he interpretado mal, Carlos? ¿La parte en que conoces a mi ex? ¿O la parte en que has decidido que necesito un salvador?
Caminé hacia ella lentamente, dando pasos pequeños, como si me acercara a un animal asustado. Porque eso era lo que era Daniela en ese momento: una mujer herida que había aprendido a mostrar los dientes antes de mostrar el corazón.
—Conozco a Miguel Salvatierra —dije, deteniéndome a dos metros de distancia—. No personalmente, no somos amigos. Pero nuestros caminos se han cruzado en círculos profesionales. Congresos y algún caso que indirectamente tocó a mi bufete.
—¿Y? —Su voz era un desafío.
—Y siempre me ha parecido un hombre demasiado encantado consigo mismo —continué, eligiendo cada palabra con cuidado—. Alguien que utiliza su inteligencia para conseguir ventaja en lugar de para resolver problemas. Un hombre que confunde el éxito con la superioridad moral.
Daniela me miró fijamente. Durante un segundo, vi algo en sus ojos. Reconocimiento, quizás. O alivio de que alguien más viera lo que ella había visto. Pero luego se cerró de nuevo, como una flor que se retrae ante el frío.
—¿También vas a decirme que no supe verlo? —preguntó, y su voz subió de tono, aguda, llena de rabia contenida—. ¿Que debería haberme dado cuenta antes? ¿Que soy una estúpida por haberme enamorado de alguien así?
La pregunta me sorprendió. No por el contenido, sino por la emoción que había debajo. No era solo enfado. Era vergüenza. Era culpa. Era el peso de años preguntándose cómo había podido equivocarse tanto.
—No —dije, firme—. Nunca diría eso.
—¿Por qué no? —Su voz tembló apenas, lo suficiente para que notara que estaba conteniendo las lágrimas—. Todo el mundo lo piensa. Que debí haber visto las señales. Que debí marcharme antes. Que…
—Porque Salvatierra es bueno en lo que hace —interrumpí, y mi voz se endureció—. Y no me refiero a la ley. Me refiero a la manipulación. A hacer que la gente dude de sí misma. A construir jaulas invisibles que parecen hogares. No eres la primera en caer en su trampa, Daniela. Y no serás la última.
Ella parpadeó. Una vez. Dos. Su mandíbula dejó de estar tan tensa, aunque sus manos seguían cerradas en puños.
—¿Cómo…? —empezó, pero se detuvo.
—¿Cómo sé eso? —Terminé por ella—. Porque he visto casos similares.
Porque he estudiado psicología del abuso como parte de mi formación.
Y porque —hice una pausa y algo dentro de mí me empujó a la honestidad—.
Porque pasé dos años con alguien que me hacía sentir que estaba loco cada vez que cuestionaba su comportamiento.
No al nivel de Salvatierra, pero suficiente para entender cómo funciona.
Nos miramos en el silencio del jardín. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, y por un momento el mundo exterior dejó de existir. Éramos solo ella y yo, y la comprensión silenciosa de que ambos llevábamos cicatrices que otros no podían ver.
—No puedo llevarte el caso —dije finalmente, rompiendo el hechizo—. Sería un conflicto de intereses. Conozco Salvatierra, aunque sea de oídas, y eso podría perjudicarte.
—No te he pedido que lleves mi caso —respondió ella, pero su voz había perdido el filo.
—Lo sé. Pero puedo recomendarte a alguien. A Raúl, el que me llamó. Es bueno. Es honesto. Y no se deja intimidar.
Daniela negó con la cabeza. Un movimiento lento, decidido.
—No necesito que ningún hombre venga a salvarme —dijo, y sus palabras fueron duras, definitivas.
La frase me golpeó. No porque fuera injusta, que lo era, sino porque revelaba cuánto daño había sufrido. Cuántas veces había confiado y había sido traicionada. Cuántas veces la ayuda había venido con cadenas adjuntas.
—Perfecto —respondí, y mi voz fue tranquila, sin rastro de enfado—. Porque no estaba intentando salvarte.
Ella frunció el ceño. Era adorable, en cierto modo, esa forma de arrugar la frente cuando algo no encajaba con su versión de la realidad.
—¿Entonces qué? —preguntó, y había genuina confusión en su voz.
—Intentaba evitar que alguien te haga daño —dije, simplemente—. Hay una diferencia. Salvarte implicaría que no puedes hacerlo tú sola. Evitar que te hagan daño es simplemente… estar ahí. Por si lo necesitas.
La frase flotó entre nosotros, suspendida en el aire de la tarde. Vi cómo sus ojos se abrían ligeramente, cómo sus labios se separaban sin emitir sonido, cómo algo en su expresión cambiaba. La tensión no desapareció por completo, pero se transformó. Se convirtió en algo más peligroso.
Atracción.
La vi en la forma en que sus ojos recorrieron mi rostro, buscando algo que no sabía definir.
La sentí en el aumento de temperatura que parecía emanar del espacio entre nosotros.
La reconocí porque era espejo de lo que yo sentía: el deseo irracional de acortar la distancia, de tocarla, de saber si su piel era tan suave como parecía.
Daniela también lo notó. Lo vi en el rubor que subió por su cuello, en la forma en que sus ojos huyeron de los míos hacia un punto seguro sobre mi hombro.
—Debería irme —dijo, y su voz sonó ronca, diferente.
—Probablemente —respondí, sin moverme.
—Y tú deberías… hacer lo que hagas los miércoles por la tarde.
—Normalmente trabajo hasta tarde —admití—. Pero hoy creo que necesito una cerveza.
Ella asintió, un gesto brusco, y dio un paso atrás. Luego otro. Como si cada centímetro de distancia que recuperaba la hiciera sentir más segura.
—Gracias —dijo, finalmente, y la palabra pareció costarle—. Por la explicación. Y por… no intentar salvarme.
—De nada —respondí—. Y Daniela…
—¿Sí?
—Si cambias de opinión sobre la ayuda, sabes dónde encontrarme.
Asintió una vez más y luego se dio la vuelta y caminó hacia la casa con pasos rápidos, casi huidizos. No me miró atrás. Pero yo la observé hasta que desapareció por la puerta, preguntándome qué demonios me estaba pasando.
Esa noche, Héctor apareció en mi casa sin avisar. Llevaba seis cervezas en la mano y una sonrisa de conocedor.
—He traído provisiones —anunció, entrando como si fuera su casa—. Y chisme. Cuéntame todo sobre la prima de Alejandro.
—No hay nada que contar —mentí, cogiendo una de las cervezas.
—Mentiroso —se rio Héctor, instalándose en mi sofá como una planta trepadora—.
Carmen me ha llamado. Dice que has estado todo el día en su casa ayudando con unos papeles.
Y que has salido del jardín con cara de haber visto un fantasma.
O de haber visto algo que te gusta mucho y te asusta todavía más.
Me senté en el sillón opuesto y abrí la cerveza. El chasquido del aluminio resonó en el silencio de mi salón.
—Es complicado —dije, finalmente.
—Siempre lo es —Héctor se inclinó hacia delante, sus ojos azules brillando con interés—. Cuéntame.
Y se lo conté. No todo, claro. Ni los detalles de su caso ni la confidencialidad profesional.
Pero sí lo suficiente: que su ex era un manipulador peligroso, que ella estaba en serios problemas legales, que yo había intentado ayudar y había sido rechazado, que había algo entre nosotros que no sabía definir.
Cuando terminé, Héctor me observó en silencio durante unos segundos. Luego sonrió. Esa sonrisa amplia, de conocedor, que siempre me hacía sentir que me analizaban como un espécimen bajo un microscopio.
—Te gusta —dijo simplemente.
—No —respondí, demasiado rápido.
—Carlos, llevas diez minutos hablando de ella. Has usado la palabra «fascinante» tres veces. Y has defendido su derecho a odiarte como si fuera un honor.
—Me preocupa —corregí—. Es diferente. Está en una situación vulnerable y ese tipo, Salvatierra, es…
—Claro —interrumpió Héctor, poniendo los ojos en blanco—. Y yo soy monje tibetano.
—Eres un imbécil —murmuré, pero sin fuerza.
—Y tú estás enamorándote —replicó, y su tono se suavizó—. Lo cual sería estupendo si no fuera porque ella te odia y tiene un exmarido psicópata persiguiéndola.
No respondí. Porque no podía negarlo. Algo había cambiado esa tarde en el jardín. Algo que no quería nombrar porque nombrarlo lo haría real.
Héctor tenía razón. Me gustaba. Me gustaba su fuerza, su sarcasmo, su vulnerabilidad a regañadientes. Me gustaba cómo me desafiaba en lugar de adularme. Me gustaba que no se dejara intimidar, ni por mí ni por su situación.
Y eso era peligroso. Porque ella no estaba lista. Porque yo no estaba listo. Porque entre nosotros había un muro de desconfianza que podía tardar años en derribarse.
—No estoy enamorado —dije finalmente, pero las palabras sonaron huecas incluso para mí.
—Todavía —corrigió Héctor, levantando su cerveza en un brindis irónico—. Pero dale tiempo. A ti te gustan los proyectos imposibles.
Bebimos en silencio durante un rato. Pensé en Elena, en mi ex, en cómo había tardado años en recuperarme de su traición. Pensé en el tiempo que había pasado convenciéndome de que no necesitaba a nadie, de que estaba mejor solo, de que el amor era un riesgo que no valía la pena correr.
Y pensé en Daniela. En su mirada desafiante. En su risa casi reprimida cuando discutíamos sobre el café. En la forma en que se había quedado sin palabras cuando le dije que solo quería evitar que le hicieran daño.
Hacía mucho tiempo, años, quizás desde antes de Elena, que ninguna mujer conseguía sacarme de mi rutina. Que ninguna me hacía querer saltarme las reglas profesionales. Que ninguna me hacía sentir… vivo.
—¿Vas a ayudarla? —preguntó Héctor, interrumpiendo mis pensamientos.
—Voy a intentarlo —respondí—. Aunque me odie por ello.
—Eso es amor, amigo —se rio Héctor—. O masoquismo. Con vosotros dos, la línea es difusa.
Le lancé un cojín. Él lo esquivó, riendo, y por un momento el peso de la situación se aligeró.
Pero cuando Héctor se fue, cuando me quedé solo en mi casa moderna y silenciosa, mirando las luces de Málaga desde mi ventana, la realidad volvió con toda su fuerza.
Daniela estaba en problemas serios. Y yo, a pesar de mi mejor juicio, a pesar de su rechazo, a pesar de todas las razones por las que debería mantenerme al margen…
Iba a meterme de cabeza.
Porque no podía soportar la idea de que Salvatierra la destruyera. Porque cada vez que cerraba los ojos veía su expresión desafiante y quería protegerla. Porque, maldita sea, me importaba.
Y eso era lo más peligroso de todo.