No estoy para abogados Capítulo 8
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Capítulo 8

Daniela

Málaga empezaba a sentirse menos como un refugio temporal y más como un hogar posible.

No sé exactamente cuándo ocurrió el cambio.

Quizás fue durante aquella mañana de martes, tres días después del desastroso desayuno con Carlos, cuando Lucía y Alba aparecieron en casa de mi abuela con un plan detallado, por supuesto que Alba tenía un plan detallado, con horarios y mapas, para «Iniciar a Daniela en los misterios de la ciudad».

—Primero café —había dicho Alba, agitando una lista impresa—. Luego paseo por el centro histórico. Después, almuerzo en el puerto, pero nada de turismo barato: vamos a un sitio decente. Y por la tarde, helados en la playa.

—¿Y si llueve? —pregunté, medio en broma.

—En Málaga no llueve en julio —respondió Lucía, poniéndose unas gafas de sol enormes—. Es ley natural. Como que el sol sale por el este o que la abuela Carmen siempre tiene razón.

Salimos de la casa con el sol golpeando nuestras espaldas y el olor a jazmín flotando en el aire.

Caminamos por calles empedradas que descendían hacia la catedral, entre edificios de fachadas color crema y balcones con geranios.

Lucía iba delante, contándome anécdotas de cada rincón, mientras Alba iba a mi lado, corrigiendo el rumbo cada vez que Lucía se desviaba.

—¿Siempre es así de dispersa? —pregunté, señalando a Lucía con la barbilla.

—Siempre —suspiró Alba, pero sonreía—. Pero es por eso por lo que la quiero. Nunca sabes en qué lío te va a meter, pero siempre acaba bien.

Nos sentamos en una terraza de la Plaza del Obispo, bajo una sombrilla de rayas que apenas protegía del calor implacable. Pedimos un café con hielo y algo de comer. Y entonces, mientras el sol de la mañana iluminaba la piedra caliza de la catedral, empezaron a hacer preguntas.

No eran preguntas invasivas. No era el interrogatorio al que Miguel me había sometido durante años. Eran… ofertas. Puertas abiertas.

—Cuando quieras contarnos algo —dijo Lucía, removiendo su café con una cucharilla—. Aquí estamos. Sin juicios, sin consejos no pedidos. Solo aquí.

—Yo doy consejos —intervino Alba—. Es mi defecto. Pero puedes ignorarlos. De hecho, deberías ignorar la mayoría.

Me reí. Fue una risa genuina, que salió de un lugar que llevaba tiempo sin usar. Y algo dentro de mí se aflojó. No era amistad todavía, pero era posibilidad. Era la promesa de que no tendría que estar sola.

Paseamos por el puerto después, entre yates brillantes y pescadores que arreglaban sus redes.

Lucía me contó sobre su empresa de organización de hogares, las mujeres que trabajaban con ella y cómo había reconstruido su vida después de la quiebra.

Alba habló de Dani, de su hija Emma, de lo caótico que era su matrimonio y de lo feliz que ese caos la hacía.

Y yo, sin proponérmelo, empecé a contarles cosas.

No todo. No los detalles oscuros. Pero sí que había estado casada, que había sido difícil, que necesitaba tiempo.

—El tiempo lo tenemos —dijo Lucía, y me cogió del brazo—. Y también tenemos helados. Vamos, que se derriten.

Esa tarde, sentada en la arena de la playa con un cucurucho de vainilla que goteaba sobre mis dedos, sentí algo que no había sentido en años. Paz. O algo parecido. La sensación de que quizás, solo quizás, podría ser yo misma de nuevo.

Cuando regresé a casa de mi abuela y entré por la puerta del jardín, todavía con arena en los pies y el sabor del helado en los labios, con la mente llena de planes para el futuro, quizás buscar un trabajo, estudiar algo nuevo, o simplemente respirar durante unas semanas.

El sobre estaba sobre la mesa del recibidor. Blanco, anónimo, con el membrete de un bufete de Barcelona que conocía demasiado bien. No necesitaba abrirlo para saber que traía problemas. Mi mano tembló cuando lo cogí. Mi pulso se aceleró cuando vi la fecha: recibido hoy, por correo certificado.

—¿Daniela? —La voz de mi abuela vino desde el salón—. ¿Has vuelto ya?

—Sí —respondí, y mi voz sonó extraña, distante—. Abuela, ¿ha llegado esto hoy?

Entró en el recibidor, secándose las manos con un trapo de cocina. Vio el sobre en mis manos y su expresión cambió. Se volvió seria, protectora, antigua.

—Esta mañana —dijo—. Lo firmé yo. ¿Es malo?

No respondí. Abrí el sobre con dedos que parecían pertenecer a otra persona. Dentro había un escrito judicial denso, lleno de términos técnicos que conocía demasiado bien por mi matrimonio con Miguel. Pero había algo nuevo. Algo peor.

Medidas cautelares. Solicitud de embargo preventivo de bienes. Y anexos. Documentos bancarios que, supuestamente, demostraban que yo había ocultado fondos durante el matrimonio. Transferencias a cuentas extranjeras. Movimientos sospechosos. Firmas que parecían mías, pero que no lo eran.

Mi visión se nubló. Sentí que me fallaban las piernas y me apoyé contra la pared para no caer.

—Cariño —mi abuela estaba a mi lado, con la mano en mi brazo—. ¿Qué pasa? ¿Qué dice?

—Son falsos —dije, y mi voz sonó hueca, lejana—. Todo es falso. Pero están bien hechos. Muy bien hechos.

Leí el informe una y otra vez, buscando errores, buscando algo que demostrara que era una burda falsificación. Pero era profesional. Demasiado profesional. Alguien con acceso a información bancaria real, a mi firma, a documentos personales. Había fabricado esto con paciencia y maldad.

Miguel. Tenía que ser Miguel. O alguien a sus órdenes.

—Necesito un abogado —dije, y la ironía de la situación no se me escapó. Necesitaba un abogado para defenderme de las mentiras de mi exmarido abogado—. Necesito…

—Ya hay uno aquí —contestó mi abuela, y noté algo extraño en su voz.

Levanté la vista. Y entonces lo vi.

Estaba en el jardín, junto al olivo centenario. Llevaba traje, aunque la corbata estaba aflojada y las mangas remangadas. Cuando me vio, su expresión cambió. Se volvió seria, profesional, pero también… preocupada. Demasiado preocupada.

—¿Qué hace él aquí? —pregunté, y el pánico se mezcló con la rabia.

—He venido a ayudar —respondió Carlos, acercándose—. Daniela, tenemos que hablar.

Lo miré con toda la frialdad que pude reunir. Estaba temblando por dentro, destrozada por dentro, pero por fuera me armé de todas las defensas que tenía.

—No tengo nada que hablar contigo —dije, y mi voz sonó cortante, afilada.

—Esta vez sí —insistió, y había algo nuevo en su tono. No era el hombre de las bromas matutinas, del café y de los croissants. Era alguien más grave, más peligroso—. Por favor. Es importante.

—¿Por qué iba a escucharte? —Protesté, dando un paso atrás—. ¿Porque eres abogado? ¿Porque te crees con derecho a meterte en mi vida?

Carlos respiró hondo. Sus ojos marrones, esos ojos que habían parecido divertidos y ahora parecían pesados, me sostuvieron la mirada sin flaquear.

—Porque el hombre del que huyes —dijo, y su voz era baja, serena, terriblemente seria—. No piensa dejarte escapar.

El mundo se detuvo. El sonido del jardín, los pájaros, el viento en los limoneros, la fuente de piedra, se desvaneció. Solo quedaron su voz y el terror que sus palabras despertaron en mí.

—¿Qué sabes tú? —Susurré, y mi propia voz me sonó extraña, asustada.

—Sé quién es Miguel Salvatierra —dijo Carlos, y cada palabra cayó como una losa—.

Sé cómo opera. Sé que tiene contactos en bancos, en registros, en instituciones.

Sé que no le importa la ley; solo le importa ganar.

Y sé —hizo una pausa y vi que se le tensaba la mandíbula—.

Sé que ha hecho esto antes. Destruir a alguien que intentó dejarle. Usar la justicia como arma.

Un escalofrío recorrió mi espalda. No era el aire fresco de la tarde. Era el reconocimiento. La certeza de que el pasado no se había quedado en Barcelona. Que había viajado conmigo, como una sombra, como un olor a humo que no se disipa.

—¿Cómo…? —empecé, pero no sabía cómo terminar la pregunta.

—Tengo un amigo en Barcelona —dijo Carlos—.

Raúl Martínez. Es penalista, pero conoce a todo el mundo.

Me llamó ayer. Me habló de tu caso, de cómo Salvatierra está montando un circo judicial para destrozarte.

Y yo… —se pasó una mano por el pelo, frustrado—.

Yo ya sabía quién era. De oídas. De círculos profesionales.

Su reputación, Daniela…, es peor de lo que imaginas.

No es solo un abogado sin escrúpulos. Es alguien que disfruta destruyendo a quienes considera que le han traicionado.

Y tú, al marcharte… le has traicionado en su mente enferma.

Miré el documento que aún sostenía en las manos. Las hojas temblaban. O quizás eran mis manos. No sabía ya dónde terminaba yo y dónde empezaba el pánico.

—Los documentos son falsos —dije, y mi voz sonó desesperada, incluso para mí—. Lo juro, Carlos. No he ocultado dinero. No he hecho transferencias. Todo es mentira.

—Lo sé —dijo él, y su voz fue suave, casi tierna—.

Por eso estoy aquí. Porque sé que son falsos y que él sabe que lo son, pero también sé que son lo suficientemente buenos como para hacerte daño.

Para retrasar el divorcio. Para hacerte gastar dinero que no tienes en abogados.

Para agotarte hasta que vuelvas con él o te destruyas sola.

Cerré los ojos. Las lágrimas que había estado conteniendo desde que abrí el sobre finalmente se escaparon, calientes y traicioneras, rodando por mis mejillas.

—No puedo —susurré—. No puedo volver a pasar por esto. No puedo volver a un juzgado, a sentirme culpable de cosas que no he hecho, a escucharle decir que estoy loca, que soy una mentirosa, que…

—No vas a pasar por esto sola —dijo Carlos, y su voz estaba más cerca ahora.

Abrí los ojos. Estaba a un metro de mí, con las manos metidas en los bolsillos, como si quisiera tocarme, pero supiera que no debía.

Sus ojos eran intensos, sinceros, llenos de algo que no sabía definir.

No era lástima. Eso lo habría soportado menos.

Era… determinación. Furia contenida. La misma furia que yo sentía, pero canalizada de otra manera.

—¿Por qué? —pregunté, y mi voz se quebró—. ¿Por qué quieres ayudarme? No me conoces. Te he tratado fatal. Te he insultado. Te he dicho que odio a los abogados y que tú eres igual que…

—Porque no soy igual —interrumpió, y ahora sí había enfado en su voz, pero no dirigido a mí—.

Porque pasé dos años viendo cómo una persona a la que quería me destruía poco a poco usando exactamente estas tácticas.

Porque sé lo que es sentir que la justicia está en tu contra.

Y porque… —hizo una pausa y su expresión se suavizó—.

Porque ayer, cuando discutíamos sobre el café, vi algo en ti.

Alguien que todavía pelea. Y no voy a dejar que Salvatierra apague eso.

Nos miramos en el silencio del jardín. Mi abuela se había retirado discretamente, dejándonos solos con nuestro drama, con nuestros demonios.

Yo quería confiar en él. Dios, cómo quería confiar.

Pero el miedo era más fuerte. El miedo a que fuera otra trampa, otra forma de hacerme daño, otro hombre que quería controlar mi vida en nombre de la protección.

—No sé si puedo —dije finalmente, honesta.

—No tienes que confiar en mí —respondió Carlos—. Solo tienes que dejarme ayudarte. Como profesional. Como alguien que conoce a gente que puede contrarrestar esto. Nada más.

—¿Y si te equivocas? —pregunté—. ¿Y si no puedes ayudarme?

Entonces sonrió. Fue una sonrisa triste, cansada, pero real.

—Entonces al menos habremos intentado —dijo—. Y Salvatierra habrá enfrentado a alguien que no se deja intimidar. Que es algo, ¿no?

Miré el documento otra vez. Las letras negras sobre blanco que pretendían convertirme en una delincuente, en una estafadora, en todo lo que Miguel siempre dijo que era.

Y pensé en mi padre, que estaría llegando de trabajar pronto.

En mi abuela, que desde la ventana nos observaba con esperanza.

En Lucía y Alba, que me habían ofrecido amistad sin condiciones.

Y pensé en Carlos, que estaba allí, ofreciendo algo que no sabía si podía aceptar.

—No quiero que esto sea una excusa —dije, y mi voz se endureció—. No quiero que me ayudes porque sientes lástima. O porque quieres demostrar que eres diferente de mi ex. O porque…

—No es por eso —interrumpió, y su voz fue firme—. Es porque es lo correcto. Y porque, aunque no lo creas, me importa lo que te pase. No sé por qué. No tiene sentido. Pero me importa.

El silencio se extendió entre nosotros, cargado de algo que no sabíamos nombrar.

Yo quería alejarme, protegerme, volver a mi cueva de espinas donde nadie pudiera hacerme daño.

Pero también quería… quería creer que existían hombres que no querían destruirme.

Que existía ayuda sin condiciones ocultas.

—Hablemos —dije finalmente, y la frase me costó más de lo que parecía—. Pero aquí. En el jardín. Donde Carmen pueda oírnos si intentas secuestrarme o algo.

Se rio. Fue una risa breve, sorprendida, que rompió la tensión como un cristal bajo el agua.

—Trato hecho—dijo—. Y no te preocupes, Carmen ya me ha amenazado con el rodillo de amasar si te hago daño. Tu abuela es aterradora.

—Lo sé —dije, y por primera vez en horas, casi sonreí—. Es cosa de familia.

Nos sentamos en los sillones de mimbre del porche, separados por una mesa de cristal donde Carlos extendió los documentos que yo había recibido.

Empezó a leerlos con atención profesional, haciendo anotaciones en un cuaderno que sacó de su maletín, murmurando entre dientes sobre jurisprudencia y técnicas procesales.

Yo lo observaba, confusa, cansada, pero por primera vez desde que llegué a Málaga, no completamente sola.

Y mientras el sol se ponía sobre los limoneros y el olor a jazmín flotaba en el aire de la tarde, pensé que quizás, solo quizás, la trampa de Miguel no iba a funcionar esta vez.

Porque tenía a alguien en mi esquina. Alguien que conocía el juego. Alguien que parecía dispuesto a jugar sucio para defenderme.

Aunque todavía no supiera si podía confiar en él.

Aunque todavía odiara que fuera abogado.

Aunque todavía sintiera que esto era demasiado pronto, demasiado rápido, demasiado peligroso.