No estoy para abogados Capítulo 7
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Capítulo 7

Carlos

Estábamos en pleno combate verbal, cruzando pullas como espadas, cuando la puerta de la cocina se abrió con un chirrido familiar.

Carmen entró en la estancia con su bata de seda azul, sus zapatillas de terciopelo y su pelo blanco perfectamente peinado en un moño.

Nos miró a los dos: a mí, de pie junto a la cafetera, y a Daniela, con cara de haber descubierto una nueva especie de insecto desagradable, y no dijo nada.

Simplemente se sentó en su silla habitual, la que daba a la ventana del jardín, y esperó.

—Abuela —dijo Daniela, y su voz cambió, se suavizó—. Este… señor… ha entrado sin avisar.

—Carlos tiene llave —respondió Carmen, imperturbable—. Lo sabes. ¿Por qué discutís?

—No discutimos —dijimos al unísono Daniela y yo.

Nos miramos. Ella puso los ojos en blanco y yo sonreí.

—Discutís —corrigió Carmen, y ahora sí sonreía, esa sonrisa enigmática de anciana que ya empezaba a conocer demasiado bien—. Sobre el café, por lo que huelo. Y sobre quién tiene razón, supongo. Siempre es sobre eso.

—Él dice que he quemado el café —se quejó Daniela, como si tuviera cinco años.

—Y ella dice que no —añadí—. Aunque sus propios sentidos le griten lo contrario.

Carmen miró la cafetera. Miró la taza que Daniela había preparado, con un líquido oscuro que parecía petróleo, y luego miró la bolsa de croissants que yo había traído.

—Carlos tiene razón —dijo finalmente—. Eso no es café. Eso es un crimen.

—¡Abuela!

—Pero —continuó Carmen, levantando un dedo—, Daniela tiene razón en que es su casa, su cocina, y si quiere envenenarnos a todos con café quemado, es su derecho.

—No estoy envenenando a nadie —protestó Daniela.

—Yo me quedo con los croissants —dije, abriendo la bolsa y ofreciéndosela a Carmen—. Y con el café que yo prepare, si me dejas.

—No te voy a dejar —dijo Daniela.

—Deja que prepare el café —dijo Carmen, y era una orden, no una sugerencia—. Carlos hace un café decente. Tú, Daniela, siéntate. Tienes cara de no haber dormido.

Daniela abrió la boca para protestar, pero la mirada de Carmen, esa mirada que habría dirigido empresas, familias numerosas y probablemente algún que otro ejército, la detuvo.

Con un resoplido que habría sido adorable de no ser por el contexto, Daniela se sentó en el taburete más alejado de mí y cruzó los brazos con fuerza.

Preparé el café en silencio, consciente de sus ojos clavados en mi espalda, de su hostilidad palpable, de la forma en que Carmen observaba la escena con deleite apenas disimulado.

Cuando terminé, serví tres tazas, una para mí, una para Carmen y una para Daniela, que dejé deliberadamente cerca de ella, pero no demasiado.

—¿Azúcar? —pregunté.

—No —dijo ella, secamente.

—¿Leche?

—No.

—¿Veneno para abogados?

Esto sí la pilló. Parpadeó y, por un segundo, un segundo glorioso, vi que sus labios se curvaban hacia arriba. Lo reprimió inmediatamente, pero ya era tarde. La grieta en su armadura existía.

—No necesito veneno —dijo—. Mi presencia ya es suficiente para hacerte desaparecer.

—Eso suena a una amenaza —observé, sentándome frente a ella—. ¿Debería preocuparme? ¿Vas a estrangularme con la cortina del baño?

—No seas ridículo. Usaría algo más elegante. Como el cable de la cafetera.

Carmen soltó una carcajada. Era un sonido cálido, lleno de vida, que resonó en la cocina.

—Me encanta —dijo mi abuela adoptiva—. Mi nieta tiene tu mismo sentido del humor seco, Carlos. Deberíais llevaros bien.

—Nos llevamos fatal —dijimos Daniela y yo al unísono otra vez.

Y esta vez, Carmen se rio más alto.

Desayunamos en una tensión que no era del todo incómoda.

Extrañamente, el combate verbal me había despejado la cabeza.

Daniela, a pesar de su hostilidad, tenía ingenio.

Era rápida, mordaz, capaz de devolver cada pulla con intereses.

Me recordaba a alguien… a mí mismo, quizás, antes de que Elena me rompiera y me reconstruyera como alguien más cuidadoso, más controlado, más aburrido.

Cuando terminamos, me levanté y recogí las tazas. Daniela me miró con sorpresa, como si no esperara que un abogado supiera hacer algo tan mundano como fregar una taza.

—Te llevo al centro —dije de nuevo, mientras secaba las manos—. De verdad. Tengo que ir al bufete y paso por la zona de tiendas.

—No, gracias —respondió ella, y esta vez su voz fue menos cortante, más cansada—. Voy a quedarme aquí. Necesito… organizar algunas cosas.

—¿Segura?

—Segurísima.

Nos miramos. Fue un momento extraño, suspendido en el tiempo, en el que algo pasó entre nosotros que no supe definir. No era atracción, o no solo eso. Era reconocimiento. Como dos boxeadores que se respetan a pesar de querer noquearse mutuamente.

—Como quieras —dije finalmente—. Pero el ofrecimiento sigue en pie. Para cuando quieras ir a cualquier sitio.

—No voy a querer —dijo ella, bajando la vista—. Y no es nada personal. Es… profesional.

—¿Porque soy abogado?

—Porque sois todos iguales —dijo, y su voz se volvió pequeña, vulnerable—. Y yo ya he tenido suficiente con uno para toda la vida.

No supe qué responder a eso. Asentí, recogí mi chaqueta del respaldo de la silla y me despedí de Carmen con dos besos.

—Hasta mañana, abuela —dije.

—Hasta mañana, Carlos —respondió ella, y había algo en su tono… algo de satisfacción, de planes tramados—. Y gracias por el café. El tuyo, quiero decir. El de Daniela era intragable.

—¡Abuela!

Salí de la cocina sonriendo. En el pasillo, me detuve un segundo, escuchando. Esperando.

—Qué muchacho tan educado —dijo Carmen, y su voz llegaba clara desde la cocina.

—Pues a mí me parece insoportable —respondió Daniela, pero su tono no tenía la furia de antes. Parecía más… pensativa.

—Eso suele ser una mala señal —dijo Carmen.

—¿Para quién?

—Para ti.

—No entiendo a qué te refieres.

—Ya lo entenderás, mi niña. Ya lo entenderás.

Salí de la casa sintiéndome extrañamente liviano.

Había ido allí en busca de respuestas, intentando entender por qué Daniela me afectaba tanto, y me había ido con más preguntas de las que tenía antes.

Pero también con algo más. Con la imagen de ella en pijama, peleando con la cafetera.

Con el eco de su risa casi reprimida. Con el desafío en los ojos cuando me miraba.

Era irritante. Era frustrante. Era…

Mi móvil vibró en el bolsillo, interrumpiendo mi línea de pensamiento. Lo saqué y vi el nombre en la pantalla: Raúl Martínez, compañero de la facultad, ahora abogado penalista en Barcelona.

—¿Raúl? —Respondí, metiéndome en el coche—. ¿Qué tal, hombre? Hace siglos que no sé de ti.

—Carlos, tío —la voz de Raúl sonaba agitada, nerviosa—. Mira, te llamo porque necesito un favor. Bueno, primero, información; luego, quizás un favor.

—Dispara.

—¿Conoces a un tal Miguel Salvatierra? Abogado mercantilista, bufete en Barcelona, bastante conocido en los círculos…

El nombre me sonaba, claro que me sonaba. Salvatierra no era un desconocido en la abogacía, sino todo lo contrario.

—Sí —dije, y mi voz se volvió fría, profesional—. Sé quién es. ¿Por qué?

—Porque tengo una posible cliente, una mujer que intenta divorciarse de él.

Y Salvatierra está montando un circo. Acusaciones de infidelidad, malversación de fondos y conducta negligente.

Está destrozando a esta pobre chica, Carlos.

Y… bueno, quizás conozcas a la mujer. Eres amigo de Alejandro Medina, ¿verdad? El arquitecto.

—Sí, pero ¿qué tiene eso que ver?

—La chica es su prima, Daniela Vega.

Cerré los ojos, apoyé la cabeza en el reposacabezas del coche y de repente, todo encajó.

Las heridas de Daniela, su miedo, su rabia, su desconfianza hacia los abogados.

No era paranoia. No era exageración. Estaba siendo perseguida judicialmente por un profesional de la manipulación, alguien que conocía la ley lo suficiente como para usarla como arma.

—Carlos, ¿sigues ahí? —preguntó Raúl.

—Sí —dije, abriendo los ojos. Y había algo nuevo en mi voz. Determinación. Furia contenida. La necesidad de proteger—. Sí, estoy aquí. Cuéntame todo lo que sepas de Salvatierra. Y luego, hazme el favor de pasarme toda la documentación que tengas.

—¿Vas a implicarte? —preguntó Raúl, sorprendido—. No es tu especialidad, Carlos. Es derecho de familia, no mercantil.

—Me voy a implicar —dije, mirando hacia la casa de Carmen, hacia la ventana de la cocina donde imaginaba que Daniela seguía sentada, todavía enfadada conmigo—. Y no es por la especialidad. Es personal.

Colgué el teléfono y permanecí en el coche un minuto más, procesando.

Miguel Salvatierra. Conocía ese nombre. No personalmente, pero de oídas.

Un abogado ambicioso y sin escrúpulos que había construido su reputación ganando casos a cualquier precio.

Y ahora estaba utilizando esas tácticas contra Daniela.

Contra la mujer que acababa de desayunar conmigo, que me había insultado, que me había rechazado, que me había hecho sentir vivo por primera vez en años.

No sabía qué iba a hacer. No sabía cómo ayudarla sin que me odiara más por meterme en su vida. Pero sabía una cosa con absoluta certeza.

No iba a permitir que Salvatierra la destruyera.

Y si eso significaba enfrentarme a un colega, a un profesional de la destrucción sistemática, a alguien que usaba la ley como garrote…

Que así fuera.