No estoy para abogados Capítulo 6
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Capítulo 6

Carlos

Llevaba dos años desayunando en casa de Carmen.

Dos años desde que me mudé cerca de ella, huyendo de los recuerdos, de la vida que había construido con Elena y que se había desmoronado como un castillo de naipes en una tarde de domingo.

Dos años de domingos, festividades y algún que otro martes en los que simplemente necesitaba el calor de una cocina que olía a café recién hecho y a pan tostado, la voz autoritaria pero cariñosa de una mujer que me había adoptado como nieto sin pedir permiso, y la sensación de pertenecer a algo, aunque fuera por adopción.

Ese lunes en particular no tenía ninguna razón especial para estar allí.

No era festivo, no había reunión familiar programada, no había excusa válida para aparecer a las ocho de la mañana con una bolsa de croissants recién comprados en la panadería de la esquina.

Excepto que necesitaba hablar con Carmen.

Necesitaba consejo de abuela, aunque ella no fuera mi abuela de sangre.

Necesitaba entender qué demonios me pasaba con Daniela.

La noche anterior, después de que ella se marchara de la mesa con esa frase sobre los abogados clavada como un cuchillo en mi orgullo profesional, me había quedado de pie en medio del jardín, sintiéndome un idiota completo.

Lucía me había mirado con lástima. Alejandro había negado con la cabeza.

Y Carmen… Carmen había sonreído. Esa sonrisa enigmática de anciana que sabe algo que tú ignoras.

No había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía su expresión.

Esa mezcla de rabia y miedo, de orgullo herido y de vulnerabilidad mal disimulada.

Veía sus manos temblorosas sobre el móvil, sus ojos brillantes, conteniendo lágrimas que no quería derramar.

Y sentía una mezcla de enfado y… ¿preocupación? ¿Curiosidad? ¿Algo más peligroso?

No la conocía. No sabía nada de ella, excepto que era prima de Alejandro, que venía de Barcelona huyendo de algo y que odiaba a los abogados con la intensidad de quien ha sido quemada. Pero quería saber más. Necesitaba saber más. Y eso me irritaba casi tanto como su rechazo inicial.

Abrí la puerta de la cocina de Carmen con la confianza de quien tiene llave propia; sí, Carmen me había dado llave, junto con la orden tácita de «No hacer ruido si llegas antes de las ocho», y el olor a café me golpeó como un abrazo oloroso.

Pero no era el café de Carmen. Era café quemado.

Café asesinado. Café que alguien había torturado hasta la muerte.

—¿Hola? —Dije, dejando la bolsa de croissants sobre la mesa.

Y entonces la vi.

Estaba de espaldas a mí, inclinada sobre la encimera, peleando con la cafetera italiana como si fuera un animal salvaje que necesitara ser domado.

Llevaba una camiseta enorme, tan grande que debía ser de su padre o, peor aún, de su ex, que le llegaba hasta medio muslo.

El pelo castaño oscuro lo tenía recogido en una coleta desordenada de la que escapaban mechones rebeldes por todos lados.

Y estaba descalza, con los pies apoyados en el suelo de baldosas de la cocina, los dedos pintados de un rojo descolorido que hablaba de semanas sin retocarse.

No me había oído entrar. O quizás sí, pero estaba demasiado concentrada en su guerra particular contra la cafetera como para darse por aludida.

La observé un segundo. Dos. No quería asustarla, pero tampoco quería quedarme allí como un acosador observándola en pijama. Aunque tenía que admitirlo, el look «Acabo de levantarme y estoy lista para conquistar el mundo o quemar la cocina» le sentaba bien. Demasiado bien.

—Esa cafetera tiene fama de vengativa —dije finalmente.

Daniela giró tan rápido que casi tiró el café por encima de la encimera. Sus ojos marrones, aún hinchados por el llanto de la noche anterior, lo noté, y algo dentro de mí se contrajo, se abrieron como platos al verme.

—¿Qué haces tú aquí? —Preguntó, y su voz sonó áspera, de fumadora o de despertar reciente.

—Desayunar —respondí, señalando la bolsa de croissants—. Lo hago con frecuencia. Carmen me adoptó hace años.

—A las ocho de la mañana —dijo, más como afirmación que como pregunta. Miró el reloj de la pared—. ¿Siempre eres tan madrugador?

—Soy abogado —dije, encogiéndome de hombros—. Madrugar es parte del paquete. Como la mala conciencia y las úlceras.

Ella no sonrió. De hecho, su expresión se cerró aún más, si eso era posible. Se giró de nuevo hacia la cafetera, dándome la espalda.

—Pues desayuna en otra parte. Estoy ocupada.

—Viendo cómo asesinas ese pobre café —comenté, acercándome a pesar de la clara señal de «No te acerques» que emanaba de su postura—. ¿Sabes que hay que cerrar la válvula antes de ponerla al fuego?

—Sé cómo hacer café —espetó, sin volverse—. He hecho café toda mi vida.

—Pues hoy la cafetera no te quiere —dije, y no pude evitar sonreír—. Tiene pinta de que vas a tener que pedirle perdón.

Ella giró la cabeza lo suficiente como para mirarme por encima del hombro.

Su mirada me recorrió de arriba abajo. Mi traje, mi corbata, mi pelo todavía húmedo de la ducha, y vi algo en sus ojos.

No era admiración, definitivamente. Era…

evaluación. Como si estuviera calculando cuánto me odiaba en comparación con cuánto necesitaba que alguien le arreglara el desastre cafetero.

—¿Siempre eres así de insoportable por la mañana? —preguntó.

—Solo los martes —respondí, sentándome en uno de los taburetes de la isla—. Y cuando alguien intenta intoxicar a mi abuela adoptiva con café quemado.

—Carmen no es tu abuela —dijo ella, y ahora sí se volvió completamente, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados—. Es mi abuela. Tú eres… un invitado.

—Un invitado habitual —corregí—. Con llave propia. Y hambre.

El silencio que siguió fue denso, incómodo, cargado de electricidad. Daniela me miraba como si yo fuera un problema que necesitaba resolver, y yo la miraba como… bueno, como lo que era: una mujer hermosa, irritante, misteriosa y claramente enemiga de mi profesión.

—El café está bien —dijo ella finalmente, volviéndose hacia la cafetera.

—Huele a quemado.

—Es café fuerte.

—Es café carbonizado.

—¿Tienes algún problema auditivo? —Espetó ella, girándose de nuevo—. He dicho que está bien.

—Y yo digo que Carmen va a necesitar un trasplante de lengua si bebe eso.

—No vas a ver si mi abuela bebe o no bebe, porque tú no vas a quedarte.

—¿Me estás echando?

—Estoy sugiriéndolo educadamente.

—No parece muy educado —observé, cruzando los brazos imitando su postura—. Parece más bien hostil. ¿Siempre eres así de encantadora con los desconocidos?

—Solo con los abogados —respondió ella, y su voz tenía un filo de acero—. Y no eres un desconocido. Eres el padrino de Carla, el mejor amigo de Lucía, el vecino favorito de mi abuela y, por lo que veo, un entrometido que opina sobre el café ajeno.

—También soy buen conductor —añadí, ignorando el insulto—. Si necesitas ir al centro, te llevo. Tengo que ir al bufete de todos modos.

Ella abrió la boca para responder, probablemente para rechazarme de nuevo, cuando la cafetera emitió un silbido agudo y ominoso.

Daniela se giró hacia ella, alarmada, y yo vi mi oportunidad.

Me levanté del taburete, crucé la cocina en dos zancadas y apagué el fuego justo cuando el café empezaba a salir de la válvula superior con el color y la consistencia del alquitrán.

—Lo has quemado —dije, señalando el líquido negro que goteaba—. Eso ya no es café. Es veneno.

—Eres un exagerado —dijo ella, pero su voz perdió algo de fuerza. Estaba cerca, lo suficiente para oler su champú —algo floral, jazmín quizás— y ver las pecas que tenía en la nariz, apenas visibles, que no había notado el día anterior.

—Y tú eres una cafetera asesina —respondí, y por primera vez, casi casi, casi vi que las comisuras de su boca se movían hacia arriba.

Casi.

—¿Sabes qué? —dijo ella, alejándose un paso, recuperando la distancia—. Me da igual lo que pienses. Voy a hacer otro café. Y va a ser perfecto.

—¿Apostamos?

—No apuesto con abogados. Siempre hacen trampas.

—Eso es un estereotipo ofensivo.

—Y tu existencia es ofensiva para mi paz matutina.