No estoy para abogados Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

Una voz profunda, cercana. Levanté la vista, desorientada, y allí estaba él. Carlos. Se había levantado de su asiento y estaba a mi lado, inclinándose con una expresión que no sabía interpretar. Preocupación, quizás. O curiosidad profesional. Eso último me enfureció más.

—¿Necesitas ayuda? —preguntó, y su voz era suave, casi un murmullo para que los demás no oyeran—. Parece que has recibido malas noticias.

Miré el móvil. Miré sus ojos marrones. Pensé en todos los abogados que habían pasado por mi vida últimamente.

En el de Miguel, que me perseguía con demandas.

En los que me habían cobrado fortunas por asesorías que no servían para nada.

En la profesión entera que parecía dedicarse a hacer que las mujeres como yo se sintieran culpables, locas, inferiores.

Y algo se rompió dentro de mí. O quizás se soldó, como una costura hecha con alambre de espino.

—No —dije, y mi voz sonó cortante, afilada, llena de cristales rotos—. No necesito ayuda. Y si hay algo que tengo claro, Carlos, es que no volveré a confiar jamás en un abogado.

El jardín se quedó en silencio. No un silencio total, pero sí ese silencio de conversaciones que se detienen, de tenedores que dejan de moverse, de ojos que se giran hacia el drama.

Carlos parpadeó. Una vez. Dos. Su mandíbula se tensó y vi que hacía un esfuerzo enorme por mantener la calma. Por no devolverme el golpe.

—No todos somos iguales —dijo, y su voz seguía siendo suave, pero ahora había un filo de acero en ella.

—Eso decía mi ex —repliqué, levantándome de la silla con un movimiento brusco que hizo tambalearse el vaso de agua—.

También decía que me quería. Que me protegería.

Que jamás me haría daño. —Recogí el móvil con los dedos que aún temblaban y me metí en el bolsillo—.

Perdón por estropear la fiesta. Abuela, papá, me voy a mi habitación.

No esperé a que nadie respondiera. Caminé hacia la casa con la espalda recta y el corazón en la garganta, sintiendo las miradas de todos clavadas en mi espalda como cuchillos calientes.

Especialmente la de Carlos. Especialmente la de mi abuela Carmen, que seguro ya estaba organizando mi boda con el abogado en su cabeza.

Subí las escaleras de dos en dos. Entré en mi habitación, mi antigua habitación de infancia, ahora convertida en refugio de adulta rota, y cerré la puerta con llave.

Me apoyé contra la madera y dejé que las lágrimas llegaran.

Llegaron en oleadas, descontroladas, mezcladas con sollozos que intenté ahogar con la almohada para que nadie del jardín pudiera oírme.

No sé cuánto tiempo estuve así. Minutos. Horas. El sol se movió por el cielo y yo me quedé en el suelo, con la espalda contra la cama, mirando al techo con los ojos hinchados y la mente en blanco.

Cuando finalmente me levanté, cuando el hambre y la sed me obligaron a salir de mi cueva, ya era de noche. La fiesta había terminado. El jardín estaba oscuro y silencioso, solo iluminado por las luces de la piscina y por algunas farolas solares.

Bajé a la cocina en busca de agua. Mi abuela estaba allí, sentada a la mesa con una taza de té y un libro. Me miró cuando entré, pero no dijo nada. No me preguntó si estaba bien. No me regañó por mi comportamiento. Solo señaló la tetera y siguió leyendo.

La adoré por eso. Por ese silencio comprensivo.

Me serví un vaso de agua y me senté frente a ella. Estaba a punto de disculparme, de explicarle que no era mi intención estropear el baby shower , cuando el móvil vibró de nuevo.

Esta vez fue una notificación de Instagram. Alguien había etiquetado mi nombre en una historia.

Mi dedo se movió por sí solo. Abrí la aplicación.

Y allí estaba. Miguel. Mi exmarido. Sonriendo en una foto de su perfil, con una copa de vino en la mano, el atardecer de Barcelona de fondo. Y el texto que lo acompañaba.

«A veces, las personas que más quieres te abandonan sin mirar atrás. Pero la vida sigue. Gracias a quienes me ayudan a sanar. #NuevoComienzo #Libertad #Superación.»

Leí los comentarios.

«Ánimo, Miguel». «Ella no se merecía a alguien como tú». «Ya encontrarás a alguien mejor, tío».

Y el peor, el que me hizo sentir que el suelo se abría bajo mis pies.

«Vi a Daniela el otro día. Parecía muy acaramelada con un tipo. Menos mal que te dejó, parece que ya tenía un sustituto.»

Mi mano se cerró sobre el móvil hasta que los nudillos se volvieron blancos. No solo estaba mintiendo sobre mí. No solo se estaba retratando como la víctima. Estaba insinuando que yo le había sido infiel, que había huido con otro hombre, que todo era culpa mía.

Miré a mi abuela, que ahora sí me observaba con atención.

—Abuela —dije, y mi voz sonó extraña, lejana, como si viniera de otra persona—. ¿Crees que los secretos siempre salen a la luz?

Ella cerró su libro con cuidado y me miró con esos ojos azules que habían visto pasar décadas de historias, de tragedias, de segundas oportunidades.

—Siempre, mi niña —dijo—. Lo único que varía es el tiempo. Y el daño que hacen mientras tanto.

Guardé el móvil en el bolsillo. Pensé en Carlos, en su oferta de ayuda, en mi rechazo violento. Pensé en Miguel, en sus mentiras, en su red de manipulación que seguía atrapándome, aunque estuviera a quinientos kilómetros de distancia.

Y por primera vez desde que llegué a Málaga, sentí algo más allá del miedo y la rabia. Sentí determinación.

Miguel quería guerra. Quería destruir mi reputación, mi paz, mi futuro. Pero yo no iba a dejar que lo consiguiera. No iba a esconderme. No iba a llorar más. Iba a luchar.

Aunque eso significara pedir ayuda. Aunque eso significara tragarme mi orgullo. Aunque eso significara, maldita sea, tratar con otro abogado.