Capítulo 5
Daniela
El sol de Málaga caía sobre el jardín de mi abuela como una manta cálida, y yo intentaba recordar cómo se respiraba sin sentir que el pecho se me iba a agrietar en mil pedazos.
Había logrado escapar de Carlos, de sus ojos oscuros, de su mano extendida, de esa profesión que me provocaba urticaria moral, refugiándome en la sombra de un limonero, fingiendo interés en la conversación de unos parientes lejanos que discutían sobre el precio de la luz.
Pero no podía escapar de mí misma. Ni del mensaje que había recibido hacía veinte minutos.
El móvil seguía ardiendo en el bolsillo de mi vestido como una brasa.
No había necesitado abrirlo para saber quién era.
Solo Miguel enviaba mensajes con esa precisión quirúrgica, con esa capacidad para hacerme sentir culpable y avergonzada incluso a través de una pantalla de cristal líquido.
«Espero que hayas llegado bien», decía. «Nos vemos en el juzgado».
Como si fuera una cita para tomar un café.
Como si no hubiera intentado destrozarme la vida durante cinco años.
—¿Te apetece otro poco de limonada?
La voz me sobresaltó. Giré demasiado rápido, con el corazón martilleando, y encontré a Lucía a mi lado. Sostenía dos vasos con hielo y rodajas de limón y me miraba con una mezcla de preocupación y algo más difícil de definir. Comprensión, quizás. O reconocimiento.
—Perdona —dije, intentando sonreír—. Estoy un poco… en la luna.
—La luna es un buen sitio —dijo ella, entregándome uno de los vasos—. Yo he pasado temporadas enteras allí. Es aburrido, pero seguro.
Bebí un sorbo. Estaba deliciosa, dulce sin empalagar, con ese punto ácido que hacía que la lengua se te despertara. Era exactamente lo que necesitaba, aunque no supiera que lo necesitaba.
—Está buenísima —dije, sincera.
—Receta de Carmen —dijo Lucía, sonriendo—. Aunque ella dice que la hago mejor yo. Lo cual es su forma de decir que ya puede morirse tranquila porque ha transmitido el legado.
Me reí. Fue una risa breve, sorprendida, que salió de algún lugar olvidado en mi interior. Lucía tenía ese don. En el poco rato que llevaba conociéndola, había logrado hacerme sentir… no cómoda, exactamente. No estaba lista para sentirme cómoda. Pero menos incómoda. Menos como una intrusa.
—Lucía —dije de repente, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía—. Gracias. Por… esto. Por no hacer preguntas.
Ella me miró. Realmente me miró, con esos ojos color miel que parecían ver demasiado. Y entonces asintió, una vez, con una seriedad que contradecía su habitual expresión risueña.
—He estado donde tú estás —dijo simplemente—. Bueno, no exactamente donde tú estás. Cada historia es diferente. Pero cerca. Lo suficiente como para saber que las preguntas no ayudan. Que lo que necesitas es… esto. —Señaló el jardín, la fiesta, el sol—. Gente que esté ahí. Sin condiciones.
Sentí un nudo en la garganta. Durante años, mi vida había sido un interrogatorio constante.
¿Dónde has estado? ¿Con quién has hablado?
¿Por qué llevas esa falda? ¿Por qué sonríes al camarero?
Miguel había convertido mi existencia en un tribunal en el que yo siempre era la acusada, nunca la defensa.
Y ahora esta mujer, esta desconocida que era familia por matrimonio, me ofrecía silencio y compañía.
—No sé cómo hacer esto —admití, señalando a mi alrededor—. La gente. Las fiestas. La… normalidad.
—Finge —dijo Lucía, encogiéndose de hombros—. Es mi técnica favorita. Finge que sabes lo que haces hasta que lo acabes creyendo. Funciona sorprendentemente bien.
—¿Y si no funciona?
—Entonces vienes a mi casa, te comes mi nevera y lloramos juntas mientras vemos películas antiguas en las que el tipo siempre consigue a la chica. Spoiler: en la vida real no es así, pero es terapéutico.
Me eché a reír de verdad esta vez. Era imposible no hacerlo.
Lucía irradiaba una energía contagiosa, una mezcla de fortaleza y vulnerabilidad que me hacía querer conocerla mejor.
Qué diferente era de las amigas que había perdido.
De Laura, que me había llamado exagerada cuando le conté que Miguel me controlaba el móvil.
De María, que había elegido creerle cuando él dijo que yo estaba celosa y posesiva.
De todas esas mujeres que se habían ido alejando porque Miguel les hacía sentir incómodas, porque yo dejaba de llamarlas para evitar conflictos, porque, al final, elegí su paz por encima de mi aislamiento.
—Venga —dijo Lucía, tirando suavemente de mi brazo—. Ven a sentarte con nosotras. Alba está obsesionada con organizarte la vida y yo necesito que la distraigas antes de que me haga un horario para el parto.
Me dejé guiar hacia un grupo de sillas de mimbre bajo la pérgola.
Allí estaba Alba, la rubia alta y elegante que había visto antes, hablando con un hombre que debía de ser Dani, su marido, mientras sostenía a una niña pequeña en brazos.
Y junto a ellos, mi padre, que me miró con alivio al verme acercarme.
—¿Estás bien, cariño? —preguntó Javier, y su voz tenía esa preocupación silenciosa que me acompañaba desde que tenía uso de razón.
—Bien, papá —dije, sentándome a su lado—. Conociendo a la familia.
Alba me sonrió. Era una sonrisa perfecta, blanquísima, con unos dientes que parecían de anuncio de pasta dentífrica.
—Daniela, Lucía me ha contado que vienes de Barcelona. Necesitas una agenda. Te la regalo yo; tengo una colección. Es fundamental contar con una estructura al empezar de cero.
—Alba cree que todo en la vida se soluciona con una buena planificación —intervino Dani, guiñándome un ojo—. Yo soy más de improvisación. Por eso funcionamos. Ella organiza; yo desorganizo. Es un equilibrio.
—Es un caos —corrigió Alba, pero sonreía.
Empecé a relajarme. A pesar de todo, a pesar del mensaje en el bolsillo y del divorcio pendiente y del futuro incierto, empecé a sentir que quizás, solo quizás, podría encajar aquí.
Que estas personas, con sus defectos y sus historias, podrían ser mi red de seguridad mientras aprendía a volar de nuevo.
Mientras tanto, desde su mecedora estratégicamente colocada bajo el porche, mi abuela nos observaba. Yo lo sabía porque sentía su mirada, aguda como un rayo láser, moviéndose entre Lucía, Alba, mi padre… y Carlos. Especialmente Carlos.
Mi abuela tenía una expresión divertida, casi traviesa, como si estuviera viendo una película que solo ella entendía.
Cada vez que mis ojos se encontraban accidentalmente con los de Carlos, que seguía al otro lado del jardín, hablando con Alejandro y sosteniendo a Carla sobre sus hombros como si fuera lo más natural del mundo, mi abuela sonreía.
Una sonrisa pequeña, secreta, de abuela que sabe algo que los demás ignoran.
Y me enfurecía. Porque yo no quería ser parte de ninguna historia romántica. No quería que mi abuela me emparejara con nadie, y especialmente no con un abogado moreno de mandíbula cuadrada y una cicatriz en la ceja. No quería sentir ese escalofrío cuando nuestras miradas se cruzaban. No quería…
—¡Es la hora de comer! —Anunció mi abuela, levantándose con una energía que desafiaba a la lógica—. Todo el mundo a la mesa. Los hombres a un lado, las mujeres embarazadas en el centro y Daniela junto a mí.
Me levanté, agradecida por la distracción. La mesa estaba impresionante: ensaladas, tortillas, jamón ibérico, quesos, pan recién hecho. Mi estómago rugió y me di cuenta de que no comía nada desde el desayuno en Barcelona, hacía doce horas. El estrés me robaba el apetito desde hacía meses.
Me senté donde me indicaba mi abuela, entre ella y Lucía, enfrente de donde Carlos ocupaba un asiento junto a Alejandro.
Intenté no mirarlo. Intenté concentrarme en el plato que Alba me servía generosamente, en la conversación sobre el sexo del bebé, que aún no se conocía, y en el agradable calor del sol de la tarde.
Pero el móvil vibró otra vez.
Esta vez no fue un mensaje. Fue un correo electrónico. La notificación apareció en la pantalla con ese sonido ominoso que tienen los emails importantes: «Bufete Salvatierra - Asunto: Procedimiento de divorcio».
Mi mano tembló. El tenedor que sostenía chocó contra el plato con un ruido que sonó como un disparo en la conversación amortiguada.
—¿Todo bien, cariño? —preguntó mi padre, al otro lado de la mesa.
—Sí —mentí, secándome las manos en la servilleta—. Perdona. Me he entretenido con el móvil.
Mi abuela me miró. No dijo nada, pero su mano arrugada se posó sobre la mía durante un segundo. Un gesto breve, fortalecedor.
Abrí el correo. Mi pulso latía en las sienes.
«Estimada señora Vega:
Por medio del presente, le comunicamos que el procedimiento de divorcio contencioso iniciado por nuestro cliente, don Miguel Salvatierra, sufre un retraso en su tramitación debido a la presentación de nuevas pruebas documentales que demuestran conductas de mala fe por su parte durante la vigencia del matrimonio.
Nuestro cliente solicita la incorporación de testimonios de terceros que corroborarán su comportamiento negligente e infiel durante los últimos dos años de convivencia, así como documentación bancaria que acredita movimientos sospechosos de capitales previos a la separación.
Sin otro particular, quedamos a su entera disposición.
Atentamente, Enrique Martínez-Val. Abogado.»
Leí el mensaje tres veces. Cuatro. Las letras se volvieron borrosas, no por las lágrimas, que luchaba por contener, sino por la rabia que me cegaba.
Mala fe. Conducta negligente. Infiel. Movimientos sospechosos de capitales.
Miguel estaba construyendo un castillo de mentiras, ladrillo a ladrillo, y yo estaba atrapada dentro, sin poder demostrar que era él quien había vaciado nuestras cuentas, él quien me había aislado, él quien había convertido mi vida en un infierno.
Las manos me temblaban con violencia ahora. El móvil casi se me cayó sobre la ensalada. Sentía que todo el jardín giraba, que el sol se había vuelto demasiado brillante, que no podía respirar.
—Daniela…