No estoy para abogados Capítulo 4
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Capítulo 4

Daniel

Era… no sé cómo describirla sin sonar como un poeta cursi.

Tenía el pelo castaño oscuro, largo, con ondas que parecían haberse rebelado contra cualquier intento de domarlas.

Llevaba un vestido blanco con flores azules que hacía juego con sus ojos, unos ojos marrones, grandes y expresivos, que miraban el jardín como si fuera un campo minado.

No sonreía. Tenía una expresión seria, cautelosa, como si esperara que en cualquier momento alguien fuera a decepcionarla.

Y entonces me miró.

Fue un segundo, quizá menos. Nuestros ojos se encontraron a través del jardín, a través de los globos y las risas y el cava.

Y sentí algo físico, un golpe en el estómago que me dejó sin aliento.

No era solo que fuera guapa, que lo era, terriblemente.

Era algo en su mirada. Una mezcla de desafío y miedo, de fuerza y vulnerabilidad, como si fuera una guerrera cansada que todavía no había dejado de pelear.

—Esa es Daniela —dijo Lucía a mi lado y noté diversión en su voz.

—Ya veo —murmuré, sin poder apartar la vista.

Carmen nos guiaba hacia ella. O a ella hacia nosotros. Daniela caminaba junto a mi abuela adoptiva con una rigidez en la espalda que hablaba de años de tensión. Cuando llegaron hasta nosotros, Carmen hizo las presentaciones con la eficiencia de un general.

—Daniela, este es Carlos. El mejor amigo de Lucía, padrino de Carla. Carlos, mi nieta Daniela. Acaba de llegar de Barcelona para quedarse un tiempo.

Ella me extendió la mano. La cogí. Era cálida, ligeramente callosa y la sostuvo con una firmeza que me sorprendió.

—Encantada —dijo, y su voz era más profunda de lo que esperaba, con un deje de acento que no logré ubicar.

—Carlos —respondí, y quise añadir algo ingenioso, algo que rompiera el hielo, pero mi cerebro parecía haber dejado de funcionar.

—¿A qué te dedicas? —Me preguntó ella.

—Soy abogado —dije, y sonreí, intentando ser amable.

Ella retiró la mano. Fue un movimiento rápido, casi instintivo, como si acabara de tocar algo que quemaba. Su expresión cambió. Se cerró. Se apagó.

—Ah —dijo.

Y ese «Ah» pesó toneladas. Ese «Ah» tenía historia, trauma, resentimiento. Ese «Ah» era una puerta cerrándose de golpe.

—¿Ese «Ah» significa algo? —pregunté, confundido y, lo admito, ligeramente molesto.

—Sí —dijo ella, y su mandíbula se tensó.

—¿Y qué significa?

—Que ya sé suficiente.

—¿Suficiente? —Fruncí el ceño.

—Lo siento, pero no estoy para abogados.

Sin añadir una palabra más, sin despedirse siquiera de Carmen, Daniela se dio la vuelta y se alejó hacia la barra de limonada. Se movía con una mezcla de determinación y desgana, como si cada paso le costara un esfuerzo inmenso.

Me quedé allí, con la mano todavía en el aire, completamente desconcertado. ¿Qué acababa de pasar? ¿Le había dicho algo ofensivo? ¿Era mi camisa? ¿Mi cara? ¿El hecho de que respirara?

Lucía empezó a reírse. Era una risa aguda e incontrolada que le hizo agarrarse el vientre.

—No te lo tomes como algo personal —dijo, secándose las lágrimas.

—Pues cuesta —murmuré, todavía mirando la espalda de Daniela—. ¿He dicho algo malo?

—No —dijo Lucía, recuperando el aliento—. Créeme… aún no la conoces.

—Eso parece evidente —dije, cruzándome de brazos—. ¿Siempre es así de… encantadora?

—Dale tiempo —dijo Lucía, y su tono se suavizó—. Como te he dicho, viene de una relación difícil. Muy difícil. Y su ex es abogado.

—Ah —dije yo, y ahora entendía el «Ah» de ella.

—Exacto. Un «Ah» de esos.

Negué con la cabeza. Bueno, eso explicaba algo.

No todo, porque seguía sin entender por qué mi mera existencia profesional la había hecho huir como si fuera un vampiro, pero algo.

Trauma reciente. Un ex que era abogado, tal vez.

Problemas con la justicia, quizás, o con alguien que la había manipulado usando la ley.

Durante el resto de la fiesta, intenté no fijarme en ella. Lo intenté de verdad. Pero era imposible. Era como intentar no notar un imán cuando llevas puesto un traje de metal.

La vi hablando con Alba, que la recibió con su eficiencia habitual y probablemente ya le estaba organizando la agenda para la semana siguiente.

La vi sentarse junto a la madre de Alejandro, escuchando sus historias con una sonrisa forzada.

La vi jugar con Carla, que se había encaprichado de ella y le exigía que la levantara, cosa que Daniela hacía con una torpeza adorable.

Y la vi evitarme.

Siempre que levantaba la vista, ella giraba la cabeza.

Si me acercaba a un grupo, ella encontraba una excusa para irse.

Era un baile absurdo, una coreografía de esquiva que habría sido divertida de no ser porque cada vez que nuestras miradas se cruzaban accidentalmente, sentía esa descarga eléctrica en el estómago.

Era ridículo. Era absurdo. Era…

—Estás perdido, tío —dijo Héctor, apareciendo a mi lado con una cerveza—. La llevas observando desde hace media hora.

—No estoy observándola —mentí.

—Claro. Y yo soy arquitecto porque me gustan los colores —se rio Héctor—. Es guapa, ¿eh?

—No me he fijado —mentí de nuevo.

—Carlos, eres abogado, no actor. Se te da fatal mentir.

Bebí de mi copa de champán, frustrado. No quería sentirme atraído por una mujer que claramente me consideraba la encarnación del demonio porque compartía profesión con su ex. No quería sentir curiosidad por alguien que me había rechazado antes de conocerme. No quería…

Entonces la vi sacar el móvil.

Estaba junto al limonero más grande del jardín, medio escondida entre las sombras, como si buscara privacidad. Miró la pantalla. Leyó algo. Y su expresión cambió por completo.

No fue un cambio sutil. Fue un colapso. El color desapareció de su rostro. Sus ojos se llenaron de lágrimas que forcejeó por contener. Su mano libre se agarró al tronco del árbol como si necesitara apoyo para no caerse.

Estaba a punto de romper a llorar. Lo vi en la forma en que su pecho se agitaba, en cómo mordió su labio inferior hasta hacerlo blanco, en cómo sus dedos temblaban sobre el teléfono.

Y entonces, como si sintiera mi mirada, levantó los ojos y me encontró.

Nos miramos desde el otro lado del jardín.

Yo, con el champán olvidado en la mano; ella, con el móvil aún encendido, mostrando algo que la había destrozado.

Vi que intentaba recomponerse, que parpadeaba rápidamente para disipar las lágrimas, que enderezaba los hombros con ese orgullo que ya había notado antes.

Pero no lo logró del todo. Una sola lágrima se escapó, rodó por su mejilla y ella la secó con un gesto brusco, enfadada consigo misma.

En ese momento, mientras el sol de julio se filtraba entre las hojas del limonero y la música de fondo seguía sonando alegre, supe dos cosas con absoluta certeza.

La primera: esa mujer estaba sufriendo de verdad. No era una drama Queen ; no era alguien buscando atención. Era alguien herida que intentaba parecer fuerte.

Y la segunda: a pesar de su rechazo inicial, a pesar de que me considerara el enemigo por mi profesión, a pesar de que fuera completamente irracional e imprudente…

Iba a averiguar qué había en ese mensaje. Iba a averiguar quién la había hecho sentir así. Y, maldita sea, iba a intentar que dejara de llorar, aunque eso significara aguantar su hostilidad durante semanas.

Porque nadie merecía tener esa mirada. Nadie merecía sentirse tan sola en medio de una fiesta llena de gente que podría ayudarla.

Ni siquiera una mujer que me odiaba por ser abogado.