Capítulo 3
Carlos
Llegué a la casa de Carmen con un oso de peluche del tamaño de un niño pequeño atascado en el asiento trasero de mi coche, sudando bajo el sol de julio y preguntándome, no por primera vez, por qué diablos me había dejado convencer por Lucía de que el regalo tenía que ser algo que el bebé pudiera conservar toda la vida.
Un calcetín habría sido más práctico. O un vale para pañales.
Pero no, Lucía quería emociones, recuerdos, cosas que significaran algo. Y yo, como el blando que era cuando se trataba de mi ahijada o de su madre, había acabado comprando un oso que costaba más que mi primer coche y que olía a lavanda sintética.
Saqué la mole peluda del vehículo, luchando con sus extremidades desproporcionadas, y caminé hacia la entrada de la villa.
Llevaba dos años viviendo en esta urbanización de Málaga, a apenas tres calles de la casa de Carmen, y todavía no me acostumbraba a la belleza del lugar.
Los jardines mediterráneos, los olivos centenarios, el olor a jazmín que flotaba en el aire como si alguien hubiera roto un frasco invisible de perfume.
Era un entorno demasiado bueno para un hombre que había pasado los últimos años intentando convencerse de que no necesitaba nada ni a nadie.
Pero eso era antes de conocer a Lucía. Antes de que ella irrumpiera en mi vida dos años atrás en aquel bar, con su humor absurdo y su capacidad para ver a través de todas mis defensas.
Antes de que me presentara a Alejandro, antes de que me convirtiera en parte de esta familia caótica y maravillosa que nunca supe que necesitaba.
Carmen me abrió la puerta antes de que pudiera tocar el timbre.
Esa mujer de ochenta y ocho años tenía un radar para detectar las llegadas que desafiaba las leyes de la física.
Me miró de arriba abajo, mi camisa de lino blanca ya arrugada por el calor, mis pantalones oscuros y el oso gigante que sostenía como si fuera un trofeo de caza, y soltó una carcajada que sonó como campanas viejas.
—Carlos, mi niño —dijo, y me dio dos besos con ese perfume suyo, a talco y rosas—. Ese oso es más grande que tú. ¿No lo había un poquito más grande? —rio.
—Carmen, usted me dijo que comprara algo especial —me defendí, intentando pasar sin golpear el marco de la puerta con la cabeza del oso—. Y Lucía quería algo súper especial. Y aquí estamos el oso y yo.
—Dije especial, no descomunal —rio, pero me hizo pasar con un gesto cariñoso—. Vamos, deja eso en el salón. Lucía está en el jardín con el resto de la tribu. Y trae a Carla antes de que desmonte la fuente de piedra. Está convencida de que es una piscina.
Entré en la casa y, como siempre, sonreí.
La villa de Carmen era exactamente como debía ser: luminosa, llena de libros, con muebles que contaban historias y ese patio maravilloso donde había pasado docenas de tardes desde que me mudé cerca de ella.
Desde que dejé… bueno, desde que dejé muchas cosas.
El jardín era un espectáculo. Globos rosas y azules flotaban entre los limoneros; mesas con manteles blancos; gente elegante bebiendo cava y riendo demasiado alto.
Era el baby shower de Lucía y Alejandro, aunque en realidad era la excusa de Carmen para reunir a toda la familia y demostrar que, a sus ochenta y ocho años, todavía podía organizar un evento que dejara en ridículo a cualquier wedding planner profesional.
—¡Carlos! —gritó una voz a mi espalda.
No tuve tiempo de reaccionar. Una bala de dos años, con pelo castaño y ojos color miel, se estrelló contra mis piernas.
Carla, mi ahijada, la niña a la que había visto nacer, a la que había cambiado pañales cuando Lucía y Alejandro estaban muertos de sueño, a la que había paseado en brazos por este mismo jardín mientras le cantaba canciones que ella no entendía pero que la hacían dormir.
—¡Carla! —exclamé, dejando el oso sobre una silla cercana y agachándome para levantarla.
Ella trepó a mí como un mono, aferrándose a mi cuello con una fuerza sorprendente para alguien de su tamaño. Olía a champú de fresa y a crema solar, y tenía las mejillas sonrosadas por el calor.
—Oso —dijo, señalando hacia donde había dejado el peluche.
—Eso es para tu hermanito —dije, sonriendo—. O hermanita. Aún no sabemos qué es.
—Bebé —confirmó ella con seriedad, como si estuviera revelando un secreto de Estado.
—Exacto, un bebé. Y tú vas a ser la mejor hermana mayor del mundo.
—Carlos —Esta vez la voz vino de un hombre alto, de pelo negro y barba perfectamente cuidada.
Alejandro, mi mejor amigo desde que Lucía nos presentó hacía dos años, se acercó con una copa en la mano y una sonrisa en el rostro—.
Gracias por venir. Y gracias por eso… ¿Es un oso o un hombre disfrazado de oso?
—Tu mujer me dijo que fuera grande —me defendí, ajustando a Carla sobre mi cadera—. Y tu hija ya ha reclamado la propiedad sobre él.
Alejandro sonrió y fue una de esas sonrisas que transforman a un hombre serio en alguien casi humano.
Cuando lo conocí, era un bloque de hielo con traje de arquitecto.
Ahora, gracias a Lucía y a Carla, sabe reírse de sí mismo.
Era bueno verlo así. Después de todo lo que habían pasado, el fraude, las deudas, la lucha por salir adelante, se merecían esta felicidad.
—¿Dónde está Héctor? —pregunté, mirando alrededor.
—Discutiendo con mi madre sobre arquitectura sostenible —dijo Alejandro, poniendo los ojos en blanco—. Llevan veinte minutos. Creo que tu abuela adoptiva va a ganar.
Me reí. Carmen no era mi abuela, obviamente, pero desde que me mudé cerca de su casa, hacía ya dos años, me había adoptado como uno más de sus nietos.
Me invitaba a comer los domingos, me regañaba cuando trabajaba demasiado, me traía táperes con tortilla de patatas para que no comiera solo como un desgraciado, según sus palabras.
Para una mujer que había perdido a su marido hacía décadas, tenía amor suficiente para alimentar a un ejército.
Y yo lo aceptaba todo. Porque había perdido a los míos hacía años.
El recuerdo llegó, como siempre, sin avisar.
Mi padre, fallecido cuando yo tenía veinticinco años, sufrió un infarto fulminante que me dejó tambaleándome en mitad de la carrera de Derecho.
Mi madre, dos años después, cuando tenía veintisiete, por una enfermedad que la consumió lentamente mientras yo intentaba ser el abogado perfecto, el hijo perfecto y el hombre perfecto, y fracasaba en todo, menos en el último.
Aún los echaba de menos. Aún había días en los que cogía el teléfono para llamar a mi madre y contarle algo del trabajo, y recordaba, con ese dolor sordo que nunca desaparece del todo, que no estaba allí.
—¿Y Dani? —pregunté, cambiando de tema antes de que la nostalgia me alcanzara.
—Con Alba y Emma —dijo Alejandro, señalando hacia un rincón del jardín—. Feliz como una perdiz. No sé cómo lo hace, pero esa niña de dos años lo tiene completamente domesticado.
Miré hacia allí. Allí estaba Dani, mi amigo, el hombre que me había sacado a la fuerza de mi depresión hace dos años cuando mi novia me dejó.
Bueno, decir que me dejó era un eufemismo.
Elena me había dejado por un compañero de trabajo, un tipo del departamento de ventas, diez días antes de la boda.
Habíamos pagado el catering. Había un vestido de novia guardado en algún armario.
Y de repente, mi vida entera se había ido al garete.
Dani me había arrastrado a gimnasios, a cenas, a bares donde no quería estar.
Me había obligado a salir la noche en que conocí a Lucía, esa noche que cambió todo.
Y ahora, dos años después, estaba allí, casado con Alba —esa rubia alta y organizada que era el polo opuesto de mi amigo desastre—, con una hija preciosa y otra en camino, siendo feliz de una forma que me hacía sentir…
¿qué? ¿Envidia? No. Esperanza, quizás. La esperanza de que, si a él le había pasado, a mí también podría pasarme.
Aunque yo no quería que me pasara. Eso decía, al menos. Desde Elena, había construido un muro alto y espinoso alrededor de mi corazón. «No pienso enamorarme nunca», me repetía como un mantra. Y lo creía. Hasta que…
—Carlos —dijo Lucía, apareciendo de repente a mi lado.
La miré. Lucía, mi mejor amiga, la mujer que había sido mi salvación hace dos años. Estaba embarazada de seis meses, radiante, con el pelo castaño recogido y ese vestido floreado que hacía juego con sus ojos de color miel.
—¿Me has echado de menos? —pregunté, sonriendo.
—Siempre —dijo, y me dio un beso en la mejilla—. Pero necesito hablarte de algo. Bueno, de alguien.
—¿El bebé está bien? —Me preocupé mirando su barriga.
—El bebé patea como un karateca —rio—. No, es otra cosa. Es mi prima. Daniela. Acaba de llegar de Barcelona. Ha tenido una… bueno, una relación complicada. Muy complicada. Está intentando rehacer su vida aquí, en casa de la abuela.
Asentí. No le di demasiada importancia. Primas que llegaban de Barcelona con problemas sentimentales sonaban a telenovela de tarde. Tenía cosas más importantes en las que pensar, como evitar que Carla tirara del pelo del oso de peluche o que Héctor discutiera con Carmen sobre el cambio climático.
—Espero que encuentre aquí lo que necesita —dije, educado pero distraído.
Lucía me miró con esa expresión suya que significaba «No estás entendiendo nada».
—Carlos, escúchame. Esta chica ha pasado por algo duro. Muy duro. Su ex es un manipulador de primera, un abogado de esos que dan mala reputación a la profesión…
—Oye —protesté, fingiendo ofensa—. También soy abogado.
—Tú eres la excepción que confirma la regla —dijo ella, sin inmutarse—. Lo que quiero decir es que está herida. Muy herida. Y necesita… no sé. Gente buena a su alrededor. Gente que no la presione.
—¿Por qué me lo cuentas a mí? —pregunté, confundido.
Lucía sonrió. Era una sonrisa sospechosa, de esas que decían «Ya verás».
—Porque acaba de llegar. Y porque, no sé, intuición de embarazada. Creo que os vais a caer bien. O fatal. Una de dos.
Antes de que pudiera preguntar qué demonios significaba eso, Carmen apareció en el centro del jardín con una mujer desconocida a su lado. Y entonces lo entendí. O, mejor dicho, dejé de entenderlo todo.