No estoy para abogados Capítulo 2
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Capítulo 2

Daniela

Llegué a la urbanización donde vivía mi abuela a las seis de la tarde. Esperaba encontrar una casa tranquila, a mi abuela tomando té en el porche, quizá a mi padre cortando el césped. Lo que encontré fue el caos organizado de una operación militar.

La villa blanca con buganvillas fucsias, la misma de siempre, la que olía a jazmín y a historia, estaba convertida en un hervidero de actividad.

Jardineros con podadoras eléctricas daban forma a setos que ya eran perfectos.

Cocineros con chaquetas blancas entraban y salían con bandejas de canapés.

Decoradores colgaban guirnaldas de luces entre los limoneros.

Y en medio de todo, como un general dirigiendo la batalla de Waterloo desde una mecedora de mimbre, estaba ella.

Doña Carmen. Mi abuela.

Llevaba el pelo blanco recogido en un moño impecable, un vestido de flores que seguramente tenía cuarenta años, pero que seguía de moda, y un collar de perlas que nunca se quitaba, ni para dormir. Tenía ochenta y ocho años, pero la energía que irradiaba podría haber alimentado una ciudad pequeña.

—¡Por fin! —gritó al verme, levantándose de la mecedora con una agilidad que desafiaba a la física—. Pensaba que habías decidido quedarte en Barcelona para limpiarle los zapatos a ese sinvergüenza.

Apagué el motor y salí del coche. Antes de que pudiera decir nada, antes de que pudiera explicar el viaje, los nervios, el miedo a haber tomado la decisión equivocada, mi abuela me envolvió en un abrazo.

Era un abrazo de esos que curan. De esos que provocan que las lágrimas que habías estado conteniendo durante semanas amenacen con desbordarse.

Olía a su perfume de siempre, a rosas viejas y talco, y de repente fui una niña de ocho años de nuevo, raspándome la rodilla en el patio y corriendo hacia ella para que me curara con besos y mentiras piadosas de que no dolería nada.

—Abuela… —empecé, y mi voz se quebró.

—No —dijo ella, separándose y sujetándome la cara con sus manos arrugadas pero fuertes—.

No hay tiempo para sentimentalismos, Daniela.

Lucía va a tener el bebé dentro de tres meses y este baby shower tiene que ser perfecto.

Necesito que me ayudes con los centros de flores.

Y luego con la limonada. Y luego con la lista de invitados.

Me quedé boquiabierta, parpadeé y entonces, por primera vez en semanas, quizá en meses, me eché a reír.

Era una risa breve, áspera, sorprendida, pero real. Ella me miró con esos ojos azules suyos que veían demasiado y dijo:

—Eso está mejor. Ahora ven, deja las maletas dentro.

Tu padre está en la cocina discutiendo con el pastelero sobre el relleno de la tarta.

Y tú, mi niña, vas a ponerte ese vestido veraniego que te hace juego con los ojos.

Porque en media hora empiezan a llegar los invitados y no quiero que nadie diga que las Vega reciben a la familia con vaqueros.

—Abuela, acabo de hacer nueve horas de coche…

—Y yo acabo de cumplir años y no me oyes quejarme —cortó, ya caminando hacia el jardín con paso firme—. Vamos, Daniela. La vida sigue. Y tú vas a seguirla conmigo.

La seguí. Porque no sabía qué más hacer. Porque el sonido de su voz, la normalidad de su autoritarismo, me hacían sentir que quizás, solo quizás, no había arruinado mi vida del todo.

Dejé las maletas en el recibidor, un espacio luminoso con muebles antiguos mezclados con piezas modernas, exactamente como mi abuela Carmen, y subí a la habitación de invitados que siempre había sido mía.

Estaba igual: una ventana con vistas al patio, una cama con dosel blanco, una biblioteca llena de novelas románticas que había leído de adolescente, soñando con príncipes azules. Qué ingenua había sido.

Me cambié rápidamente. Un vestido de algodón blanco con pequeñas flores azules, sandalias planas, me recogí el pelo en una coleta desordenada porque no había tiempo para más.

Me miré al espejo. Parecía cansada, eso era inevitable.

Pero también… diferente. Más liviana. Como si quitarme de encima el peso de Miguel hubiera dejado visible algo que llevaba años oculto.

Bajé las escaleras siguiendo el murmullo de voces que provenía del jardín.

El patio de cuatrocientos metros cuadrados estaba irreconocible.

Globos rosas y azules flotaban entre los limoneros.

Una pérgola de madera sostenía guirnaldas de luces que aún no estaban encendidas, pero que prometían magia cuando cayera la noche.

Había mesas con manteles blancos, centros de flores que mi abuela quería que revisara, y gente, mucha gente, algunos de ellos familia, otros, amigos, y para mí, algunos desconocidos, moviéndose entre risas y copas de cava.

Vi a mi padre cerca de la barra improvisada. Javier Vega, con el cabello entrecano y los ojos oscuros, discutiendo amablemente con un hombre con delantal blanco. Cuando me vio, su rostro se transformó. Dejó el vaso que sostenía y cruzó el césped en tres zancadas.

—Cariño —dijo, y me abrazó con esa fuerza silenciosa que era su marca registrada.

—Hola, papá —susurré contra su hombro.

—¿Estás bien? —preguntó, separándose para mirarme a los ojos.

Asentí. No era verdad, pero tampoco era mentira. Estaba viva. Estaba aquí. Eso ya era algo.

—Tu abuela te ha puesto a trabajar, ¿verdad? —Sonrió y vi alivio en su mirada, alivio de verme allí, de verme entera, de verme lejos de él.

—Antes de que pudiera decir hola —confirmé.

—Esa es tu abuela. Dice que el mejor remedio contra la pena es ocupar las manos. —Me cogió del brazo y me guio hacia el centro del jardín—. Ven, quiero presentarte a alguien. Aunque supongo que ya la conocerás de oírme hablar de ella.

Me llevó hacia un grupo de mujeres que estaban cerca de la fuente de piedra.

Había una morena con el pelo larguísimo y pecas en la nariz que reía a carcajadas mientras sostenía a una niña pequeña.

Esa debía ser Lucía, la mujer de Alejandro.

Junto a ella, una rubia alta y elegante con pendientes enormes y una sonrisa contagiosa.

Alba, supuse. Y otra mujer embarazada, radiante, que me sonrió con una mezcla de curiosidad y calidez.

Pero ninguna de ellas captó mi atención.

Fue el hombre que estaba a lo lejos, cerca del olivo centenario.

Estaba de espaldas a mí, de cuclillas, con una niña de unos dos años subida a los hombros.

La niña, que debía de ser Carla, la hija de Alejandro y Lucía, se agarraba a su pelo negro mientras él hacía gestos exagerados con las manos, haciéndola reír a carcajadas.

Llevaba una camisa de lino blanca remangada, pantalones oscuros y tenía una constitución atlética que, incluso desde la distancia, resultaba… impresionante.

Entonces se giró. Como si sintiera mi mirada, como si el universo hubiera decidido que este era el momento exacto para el siguiente capítulo de mi vida. Y nuestros ojos se encontraron.

Era moreno. Tenía la mandíbula marcada, barba corta y perfectamente cuidada, y unos ojos marrones oscuros e intensos que, desde esa distancia, parecían perforarme. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja izquierda que le daba un aire peligroso, salvaje, completamente inapropiado para un baby shower .

Y entonces sonrió. No a mí, sino a la niña que seguía aferrada a su cuello, pero la sonrisa transformó su rostro de hombre serio y probablemente aburrido a hombre que sabe exactamente cómo hacerte olvidar tu nombre.

—Ese es Carlos —dijo mi padre junto a mí, siguiendo mi mirada—. El mejor amigo de Lucía. Abogado, como ese… como tu ex. Pero buen tipo, según Alejandro.

Abogado. La palabra resonó en mi cabeza como una campana de iglesia. Abogado. Como Miguel. Como el hombre que había intentado destruirme usando exactamente las mismas leyes que juró defender.

—Vamos, te presentaré a las chicas —insistió mi padre, tirando suavemente de mi brazo.

Asentí, pero no pude apartar la vista de él. De Carlos. Del hombre que estaba a punto de poner mi mundo patas arriba sin saberlo, simplemente por existir, por sonreír, por ser abogado en el peor momento posible de mi vida.

Él levantó la vista de nuevo y, esta vez, nuestras miradas se cruzaron de verdad. No fue un accidente. Fue un choque. Una colisión silenciosa que hizo que el jardín entero pareciera detenerse por un segundo.

Y entonces, porque el universo tiene un sentido del humor retorcido, la niña que llevaba en hombros le tiró del pelo y él gritó fingiendo dolor, lo que hizo que todos los presentes se rieran y rompiera el hechizo.

Pero ya era tarde. Ya lo había visto. Ya había sentido esa chispa, esa advertencia que todas las mujeres conocemos: «cuidado, este hombre es peligroso».

Lo que no sabía entonces, de pie en el jardín de mi abuela con un vestido de flores y el corazón todavía en llamas, era que el peligro no venía de él.

Venía de mí. De lo que yo estaba dispuesta a sentir de nuevo, a pesar de todo, a pesar de Miguel, a pesar de los abogados y las heridas y el miedo.

Carlos me saludó desde lejos con un gesto de cabeza. Yo, estúpidamente, sentí que se me aceleraba el corazón.

Y pensé, con una claridad que me aterrorizó, que estaba perdida.