¡No estamos en un K-drama! 31
94%

31

부러진 대나무도 다시 자란다

(Bureojin daenamudo dasi jaranda)

«Hasta el bambú quebrado vuelve a crecer».

Seis meses después del aeropuerto, Seúl seguía reluciendo con la misma frialdad nauseabunda.

Al amanecer, los cristales de la sede del Grupo Han reflejaban un cielo gris y bajo, como pegado a los tejados.

Jae-min atravesó el vestíbulo. A su alrededor, todo funcionaba con aquella precisión implacable que ahora le revolvía el estómago.

Los ascensores se deslizaban sin ruido. Las puertas se entreabrían antes de que nadie llegara a rozarlas.

Los ayudantes alineaban ya las carpetas antes de que él hubiera girado el pomo.

Había aprendido a responder. Siempre con acierto. Siempre lo suficiente.

Cifras, implantaciones, filiales, imagen, rentabilidad… Dominaba el vocabulario.

Un contrato en el coche, un informe que corregir en el avión, un café engullido entre dos firmas.

Incluso había aprendido algo todavía peor: a resistir. Cualquier ritmo. Aunque con una condición: dejar de pensar.

Era precisamente aquella docilidad lo que lo había helado por dentro.

Desde hacía una semana, el informe sobre la división europea permanecía en su escritorio.

Londres. Un nombre que sonaba a puerta entreabierta…

o a trampa. Reorganización. Expansión. Negociaciones tensas con socios reticentes.

Un terreno minado, aunque estratégico. La clase de misión que se ofrecía como recompensa. O como prueba.

Su padre aún no había tomado una decisión.

Desde hacía días, Jae-min esperaba.

Y entonces, la víspera, había visto aquella foto.

Una instantánea tomada al vuelo que primero había publicado una compañera de trabajo y que después la propia Clara había compartido.

Llevaba una chaqueta negra, el pelo recogido en un moño descuidado y una acreditación aún enganchada a la manga.

No miraba al objetivo. No. Sonreía a alguien fuera de plano, con una libreta apretada contra el pecho, como si ya hubiera anotado en ella lo que venía después.

La foto lo había golpeado de lleno.

Porque ya no quedaba nada que adivinar. Nada que esperar. Ella vivía. Trabajaba. Se reconstruía, y aquella reconstrucción ya no lo necesitaba.

Y allí, en medio de su despacho aséptico, una pregunta lo había atravesado sin posibilidad de réplica:

¿Qué piensas hacer ahora que sabes exactamente lo que has perdido?

A las diez entró en el despacho de su padre.

El presidente Han se encontraba junto al ventanal, enfrascado en un documento que acababa de dejarle un director. No levantó la vista hasta unos segundos después.

—Querías verme.

Jae-min cerró la puerta tras él.

Como siempre, sintió aumentar la tensión.

—Sí.

Se acercó al escritorio, dejó la carpeta sobre la madera oscura y la deslizó hacia su padre.

—La división europea.

El presidente Han contempló la cubierta sin abrirla de inmediato.

—Los equipos de Londres necesitan una dirección más clara –prosiguió Jae-min–. Los socios locales quieren un interlocutor estable. Alguien con autoridad real para comprometer al grupo. Alguien capaz de tomar decisiones con rapidez.

Se hizo el silencio.

Su padre abrió por fin la carpeta.

—Has trabajado esta cuestión con Finanzas –dijo tras pasar unas páginas.

—Sí.

—Y con el departamento jurídico.

—Sí.

El presidente Han pasó otras dos hojas y levantó la mirada.

—¿Qué propones?

Jae-min sintió martillearle el pulso. Sin embargo, cuando habló, su voz se mantuvo neutra.

—Me voy a Londres durante tres años.

Su padre lo miró.

No hizo un solo movimiento.

—Tres años –prosiguió Jae-min–. Asumo allí la dirección de operaciones. Estabilizo la división. Reestructuro lo que sea necesario. Desarrollo los vínculos con los socios europeos. Después regreso a Seúl.

—Lo expones como si ya estuviera decidido –dijo su padre al fin.

—Lo expongo como una solución.

—¿Para el grupo?

Jae-min le sostuvo la mirada.

—Para el grupo.

El presidente Han cerró la carpeta apoyando la palma sobre ella.

—¿Y para ti?

En otro tiempo, Jae-min habría bajado los ojos. O habría respondido con una fórmula prudente. Aquella mañana decidió ser él mismo.

—También para mí.

Su padre lo observó largo rato.

—Londres está lejos.

—Seúl también.

La mirada del presidente Han cambió.

—Por fin hablas con claridad.

—Sí.

—¿Por qué ahora?

Jae-min pensó en Clara ante una ventana. En Clara en el metro. En Clara riendo en una foto que ya no lo necesitaba para existir. En su propia voz la noche de la ruptura, cuando se había creído noble por hacerla sufrir en nombre de una libertad que ella no le había pedido.

Pensó también en los últimos meses. En aquel rostro que se había ido borrando poco a poco de su vida cotidiana.

—Porque puedo hacer este trabajo –dijo–. Y porque me niego a seguir viviendo como una sombra útil.

Su padre no se inmutó.

—Tres años –repitió el presidente Han–. Y después vuelves.

—Sí.

—Sin discutir.

—Sin discutir.

Su padre bajó la mirada hacia la carpeta cerrada. Apoyó dos dedos encima, como si quisiera sopesarla.

—Sabes lo que representa una misión así.

—Sí.

—No será un exilio cómodo. Será una responsabilidad.

—Lo sé.

Cayó un nuevo silencio.

Después el presidente Han asintió despacio.

—Muy bien.

Jae-min no se movió.

Había aguardado demasiado tiempo ante puertas cerradas para creer de inmediato que aquella acababa de abrirse.

—Muy bien –repitió su padre–. Si quieres demostrar que eres capaz de dirigir un territorio lejos del centro, hazlo. Hazlo como es debido. Y vuelve con resultados.

El aire pareció entrar de golpe en sus pulmones.

—Gracias –dijo.

Su padre alzó los ojos una última vez.

—Sobre todo espero que dejes de convertir tu vida en un caos.

La frase podría haberlo herido.

Resbaló sobre él con una resignación casi serena.

Aquel caos tenía un nombre, una ciudad, una risa, una manera de recogerse el pelo con un gesto distraído. Ya no se avergonzaba de ello.

—Lo entiendo –respondió.

El presidente Han ya estaba abriendo otra carpeta.

La reunión había terminado.

Cuando Jae-min salió del despacho, el pasillo le pareció de pronto más luminoso.

Caminó hasta el ascensor y, en lugar de entrar en la siguiente sala de reuniones, se detuvo ante un ventanal con vistas al río.

Seúl se extendía bajo él, inmensa, vertical, resplandeciente, como si allí nunca pudiera perderse nada de verdad.

De pronto, el móvil pesó muchísimo dentro de su bolsillo.

Pensó en llamar.

En avisarla.

En escribirle.

No hizo nada de eso.

Quería verla.

No a través de una pantalla.

La decisión fue tan sencilla que se volvió casi violenta.

A las doce y veinte pidió a su asistente que aplazara dos reuniones.

A la una y diez firmó los informes urgentes.

A las dos se encontraba en un coche de camino al aeropuerto.

El resto sucedió deprisa. Un vuelo. Horas blancas sobre las nubes. Un sueño interrumpido por los avisos. Turbulencias sobre Europa. Una maleta demasiado ligera para contener seis meses de ausencia.

Durante todo el trayecto, Clara no abandonó sus pensamientos. Intentó imaginar varias veces su rostro al abrir la puerta. Su imaginación se detenía siempre en el mismo punto.

No conseguía ver más allá de la puerta de entrada.

En París, el día de Clara había comenzado como cualquier otro.

Y eso era precisamente lo que lo hacía valioso.

Despertador a las seis. Una ducha de tres minutos.

Un café engullido de pie en la cocina, todavía tibio entre sus dedos.

Un metro abarrotado, con los codos apretados contra las costillas de desconocidos.

Después, la sala de exposición del distrito once, donde había pasado la mañana retocando maquillajes, aplicando polvos a los rostros y preparando a las modelos antes de la presentación ante la prensa.

La tarde había volado. Una encargada de prensa presa del pánico registraba los cajones en busca de una plancha de pelo desaparecida desde hacía una eternidad.

Una modelo, con el ceño fruncido como si le hubieran robado la corona, exigía horquillas con la autoridad de una soberana desposeída.

Clara iba y venía con el maletín abierto de par en par, como un cofre del tesoro maltratado, y los dedos manchados ya de polvos, crema e hilos blancos arrancados en los retoques de última hora.

Trabajaba bien.

Tan bien que se había convertido en una segunda naturaleza.

Una forma de respirar.

Hacia las cinco se permitió por fin mirar el móvil. Dos notificaciones.

Un correo sobre un contrato para la semana siguiente.

Y un mensaje de Théo, enviado a las dos y media.

Si tu desfile para la alta sociedad acaba en tragedia, puedo secuestrarte para una cena deprimente y muy grasienta.

Clara permaneció un instante mirando la pantalla.

Desde aquel beso, tres semanas antes, algo se había desplazado imperceptiblemente entre ellos.

No era una ruptura.

Más bien un ligero deslizamiento, como si Théo, sin alejarse, hubiera retrocedido un paso. Lo suficiente para dejarle espacio para respirar. Lo suficiente para salvar lo que aún podía salvarse.

Seguían escribiéndose. Se veían menos. Y quizá fuera mejor así.

Ella respondió:

La tragedia está controlada. Aun así, me merezco unas patatas fritas.

La respuesta llegó casi de inmediato.

Siempre te las has merecido.

Clara sonrió a su pesar y se guardó el móvil en el bolsillo.

A las siete y cuarenta salió por fin de la sala de exposición. La ciudad estaba bañada por esa luz del final del día que todo lo suavizaba. Las terrazas rebosaban de gente. Las bicicletas serpenteaban entre los taxis. Los escaparates aún reflejaban un cielo azul sobre los tejados.

Clara regresó a pie.

Le dolían los pies. El estómago le rugía de hambre. El bolso no dejaba de resbalarle por el hombro.

En la escalera pensó en el trabajo del día siguiente, en la colada que aún no había puesto, en el mensaje que quizá enviaría más tarde a Théo para confirmar lo de las patatas fritas.

Abrió la puerta de su piso, entró, dejó las llaves sobre el mueble de la entrada y permitió que el bolso cayera junto al sofá.

El silencio la recibió como de costumbre.