30
사랑은 두 개지만, 마음은 하나
(Sarang-eun du gaejiman, maeum-eun hana)
«El amor puede ser doble, pero el corazón es uno solo».
Unos meses después, el verano había regresado a París.
Los árboles de los bulevares habían recuperado el verde.
Las terrazas volvían a llenarse, los escaparates habían cambiado, los días se alargaban sin que nadie reparase en ello.
La ciudad había recobrado aquella ligereza que casi hacía creer que todo podía empezar de cero: los rostros demacrados, el invierno, las penas que uno había dejado instalarse durante demasiado tiempo.
Clara sabía de sobra que las cosas no funcionaban así.
Nada se borraba de verdad.
Había dolores que al final se desplazaban un poco. No desaparecían. Pasaban a ocupar otro lugar.
La velada había terminado tarde.
En el palacete del Marais donde una marca de perfumes había organizado su lanzamiento, los ramos blancos empezaban ya a marchitarse un poco bajo el calor de los focos.
Las copas de champán vacías se alineaban en una bandeja de plata.
Las modelos, liberadas de sus sonrisas, recogían los abrigos sin apartar los ojos de sus móviles.
Los últimos invitados bajaban la escalera hablando en voz más baja, como si la velada se disculpara con suavidad por haberse prolongado demasiado.
Clara guardaba los pinceles en su estuche.
Le dolían las muñecas. También las piernas. Había pasado seis horas de pie, yendo de un rostro a otro, arreglando unos labios borrados por una copa, un párpado emborronado por una lágrima de risa, una frente demasiado brillante bajo el calor.
Trabajo. Solo trabajo.
Y aquella noche le sentaba bien estar cansada por una razón sencilla.
—Como sigas colocándolos más rectos, tus pinceles acabarán dejándote por una mujer menos rigurosa –dijo una voz a su espalda.
Clara alzó los ojos.
Théo estaba apoyado en el marco de la puerta. Había prometido pasar al final para ayudarla a llevar el maletín y acompañarla a casa.
Clara cerró el estuche.
—A mis pinceles les gusta la disciplina. Tienen principios.
—Ya me lo imaginaba. Este neceser se ha entregado de lleno al autoritarismo.
Ella negó con la cabeza, sonriente.
Théo se acercó a la mesa abarrotada y le tendió una botella pequeña de agua.
—Bebe antes de desplomarte en una acera. No me apetece nada tener que explicarles a los de urgencias que la mejor maquilladora de París se ha desmayado por culpa de un colorete en crema.
—El colorete en crema no tiene nada que ver. Lo que me está matando es la democracia del sector de los eventos.
—Muy bien. Se lo comunicaré a los servicios de emergencia.
Bebió unos sorbos sin responder de inmediato, con los ojos todavía bajos sobre el material. Cuando levantó la cabeza, Théo la observaba.
—¿Qué? –preguntó.
—Has pasado toda la velada sin fruncir el ceño.
—Eso no es verdad.
—Digamos que… lo has hecho dos veces. Lo cual, tratándose de ti, sigue siendo toda una hazaña.
Clara abrió la boca para protestar y después volvió a cerrarla.
Quizá no estuviera equivocado.
La velada había sido larga, pero ella no se había sentido ajena a sí misma. Cansada, sí. También un poco sola por momentos, en medio de las risas y las siluetas demasiado impecables. Pero presente. Allí. Sin contemplar su propia vida desde lejos.
Théo cogió el maletín antes de que a ella le diera tiempo a protestar.
—Esto lo llevo yo.
—Todavía puedo cargar con mi propio material.
—Lo sé. Solo me gusta cultivar mi imagen de héroe discreto.
—La parte discreta se te da fatal.
—Sobre todo intento ganar puntos.
La frase había salido en tono de broma. Casi demasiado deprisa para pesar de verdad. Casi con demasiada suavidad para estar vacía.
Algo pasó entre ellos.
Leve. Ambiguo. Suficiente para alterar el aire de golpe.
Clara fue la primera en apartar la mirada.
Salieron al patio adoquinado.
La noche era templada. En verano, París tenía a veces aquella dulzura. En el aire persistía un olor a piedra caliente y glicinias. Más lejos, al final de la calle, algunas terrazas seguían abiertas. De allí llegaban voces mezcladas con el ruido de los escúteres y el rumor constante del tráfico.
—¿Metro o caminata heroica? –preguntó Théo.
Clara alzó la vista hacia el cielo.
Apenas soplaba el viento.
—Caminata heroica.
—Excelente decisión.
Pasaron ante escaparates ya apagados.
—Tu modelo principal parecía querer casarse con su reflejo –dijo él al cabo de un rato.
Clara soltó una risita.
—Sobre todo quería casarse con su perfil izquierdo.
—Una historia de amor exigente.
—Todas las historias de amor lo son.
Clara mantuvo la mirada al frente. Un coche cruzó por una calle perpendicular, proyectando un breve destello sobre las fachadas.
Sintió que Théo volvía un poco la cabeza hacia ella.
Y después renunciaba a hablar.
Se detuvieron junto al canal, frente a un quiosco aún abierto donde un hombre vendía bocadillos calientes y latas de refresco.
Théo compró dos porciones de focaccia sin pedirle opinión.
Se sentaron en un banco ante el agua oscura, surcada por reflejos amarillos.
Una barcaza avanzaba despacio, casi sin ruido.
Clara mordió el pan templado con un hambre de la que ni siquiera se había percatado hasta entonces.
A su alrededor, algunas parejas reían en voz baja, unos estudiantes fumaban mientras arreglaban el mundo y alguien pasó en bicicleta con la música demasiado alta.
—¿Sabes? –dijo Théo al cabo de unos minutos–. Casi tengo celos de tu bocadillo.
—¿Casi?
—Intento conservar la dignidad.
Ella volvió hacia él un rostro divertido.
—Se te da fatal eso de ser digno.
—Falso. Sufro con muchísima elegancia.
—Es verdad. Se nota en tus camisas.
Él bajó la mirada hacia su manga arrugada.
—Me hieres en lo más parisino de mi ser.
Ella se rio.
Théo la contempló reír como quien observa algo excepcional que no quiere espantar por nada del mundo.
Clara sintió su mirada antes de encontrarse con ella.
Su risa se apagó poco a poco.
Regresó el silencio.
Esta vez, cargado.
Bajó los ojos hacia el trozo de pan que aún sostenía. Tenía las manos un poco frías pese a la suavidad del aire. Théo le tendió instintivamente la servilleta para limpiarle una mancha de salsa del pulgar. Su mano rozó la de ella.
La retiró de inmediato.
—Perdona –dijo.
—No pasa nada.
Pero sí pasaba.
Ambos lo sabían.
Reanudaron el camino hacia casa de Clara. Aún más despacio. Ante un semáforo en rojo, ella se tambaleó ligeramente al bajar de la acera, más cansada de lo que quería admitir. Théo le puso una mano en la parte baja de la espalda para sostenerla.
Ella no se apartó.
El bulevar estaba casi vacío cuando llegaron ante su edificio. Las farolas proyectaban halos pálidos sobre los adoquines. Théo dejó el maletín junto al portal sin soltar del todo el asa.
—Gracias –susurró Clara–. Por esta noche. Y por… todo lo demás.
Él asintió.
Bajo la luz incierta de la calle, su rostro parecía más cerrado que un minuto antes. Como si llevara demasiado tiempo conteniendo algo y el cansancio, la hora tardía y el silencio entre ellos volvieran de pronto aquel peso imposible de sobrellevar con elegancia.
—Clara…
Su voz había cambiado.
Ella lo percibió enseguida. Se le encogió el estómago.
Théo bajó los ojos un instante y después volvió a posar en ella aquella mirada franca que siempre la había desarmado, precisamente porque nunca fingía.
—Tengo que decirte algo antes de hacer el ridículo por completo.
Clara quiso sonreír.
No lo consiguió.
—Tú nunca haces el ridículo –dijo.
Y la frase le pareció peligrosa en cuanto abandonó sus labios.
Una mueca casi irónica asomó a la boca de Théo.
—Qué amable. Muy falso, pero amable.
Inspiró brevemente.
—Te quiero, Clara.
Ella permaneció inmóvil.
Al final de la calle, pasó un autobús con un rumor amortiguado. Alguien cerró una ventana en un piso superior.
Théo no se movió. Se limitaba a mirarla con aquella sinceridad casi dolorosa tan propia de él.
—No tenía ninguna intención de decírtelo así –prosiguió en voz más baja–. Habría preferido ser un hombre admirable, paciente y perfectamente equilibrado. De esos a quienes ponen como ejemplo y que resultan muy tranquilizadores.
Esta vez, a pesar del vértigo, Clara dejó escapar una risita.
—Serías insoportable en ese papel.
—Lo sé.
Sus ojos no se apartaban de los de ella.
—He esperado. Creí que se me pasaría. Creí que me bastaría con verte mejorar. Creí que sería capaz de quedarme exactamente en el lugar adecuado, sin pedir nada, sin estropear nada. Pero ya no puedo.
El corazón de Clara latía con demasiada fuerza. Lo sentía en la garganta, en las muñecas, incluso en la boca.
—Théo…
Él negó con la cabeza muy despacio.
—No te estoy pidiendo nada. Te juro que no pretendo pedirte algo que no puedes darme. Solo necesitaba que esto existiera entre nosotros en algún lugar que no fuera mi cabeza.
Su sinceridad despertó en ella unas ganas inmediatas de llorar.
Porque lo sabía.
Sabía cómo había estado a su lado. Los cafés que le llevaba sin comentarios.
Los regresos a altas horas. Los mensajes absurdos enviados solo para hacerla reír.
Los silencios respetados. Los días en que había hablado para que ella no tuviera que pensar.
Los días en que no había dicho nada y se había limitado a sentarse frente a ella.
Y, como sabía todo aquello, el miedo a perderlo la atravesó de golpe.
Fue ese miedo, casi más que cualquier otra cosa, lo que la impulsó hacia él.
Levantó una mano hacia su rostro.
Théo se quedó inmóvil.
Su respiración cambió.
Bajo los dedos, Clara sintió el calor de su mejilla, la ligera aspereza de su barba.
—No quiero perderte –murmuró.
Él cerró los ojos un instante.
—No me perderás.
Entonces Clara lo besó.
Al principio, el gesto fue vacilante. Casi frágil. Como si por fin abriera una puerta ante la que llevaba demasiado tiempo inmóvil.
Después sus labios encontraron los de él con más decisión.
El mundo pareció retroceder a su alrededor, devorado por el rumor sordo de la ciudad, la luz de las farolas y aquel segundo suspendido en el que todo aún podía convertirse en otra cosa.