¡No estamos en un K-drama! 27
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사랑은 멀리 있을수록 더 그립다

(Sarang-eun meolli isseulsurok deo geuripda)

«Cuanto más lejos está el amor, mayor es la añoranza».

Dos meses después, el escándalo había perdido fuerza.

Las redes habían encontrado otra cosa que devorar.

Otra historia, otros rostros, otra llamarada de comentarios que retorcer en todos los sentidos hasta provocar náuseas.

Esta vez eran dos estrellas del K-pop las que acaparaban la actualidad, sorprendidas en una relación secreta que sus agencias intentaban sofocar a golpe de comunicados tibios y sonrisas tensas.

Las mismas cuentas que, pocas semanas antes, se ensañaban con el nombre de Jae-min con una perseverancia casi enfermiza habían vuelto la mirada hacia otro lado con una rapidez obscena.

El mundo había seguido adelante.

Clara aún avanzaba bajo la sombra de lo ocurrido.

El despertador sonó a las seis y cuarenta y tres. Tendió la mano hacia la mesilla antes incluso de abrir del todo los ojos. El móvil se iluminó en su palma. Una notificación de prensa. Un mensaje de Eun-hee recibido a las tres de la madrugada, hora de París. Un anuncio. Nada suyo.

El último mensaje de Jae-min era de la víspera, a la una y dieciocho.

Aterrizamos dentro de una hora. Te escribo después.

No había escrito después.

Clara permaneció unos segundos tumbada boca arriba, con el móvil sobre el pecho y los ojos clavados en el techo.

Hizo el cálculo sin siquiera pensarlo. En Seúl, la jornada debía de estar ya bastante avanzada.

En Tokio, si aún se encontraba allí, la hora volvía a ser distinta.

Desde hacía varias semanas, las ciudades de Jae-min cambiaban más deprisa que sus frases.

Osaka, Busan, Seúl, Singapur, la sala de espera de un aeropuerto, un hotel, un coche, un despacho acristalado.

Vivía a retazos. Algunos mensajes. Una videollamada robada entre dos citas.

Una foto del cielo tomada desde la ventanilla de un avión, acompañada apenas por tres palabras.

Clara dejó el móvil sobre la cama, se levantó y cruzó el piso descalza.

Aquel día tenía un contrato para una campaña de productos de cuidado facial en un estudio del distrito diecisiete.

Una campaña pequeña. Dos modelos, una jornada completa, primeros planos de piel fresca y brillos controlados, con esas exigencias absurdas que las marcas adoraban: natural, pero perfecto; ligero, pero impecable; luminoso, pero invisible.

Se vistió, apenas se maquilló, se recogió el pelo y preparó un café que se bebió de pie, apoyada en la encimera. Su mirada regresaba una y otra vez al móvil, junto al fregadero.

A las siete y veintidós vibró por fin.

El corazón se le encogió de inmediato.

Un mensaje de Jae-min.

Noche en blanco. Reunión nada más llegar. Te echo de menos.

Clara cerró los ojos un instante.

Esas tres palabras seguían ejerciendo el mismo poder sobre ella. La aliviaban y la herían en un mismo movimiento.

Tecleó:

Yo también.

Después se quedó mirando la pantalla, con el pulgar suspendido, como si esperara ya que aparecieran los puntos de una respuesta. No llegó nada.

En el metro, el vagón estaba abarrotado de gente, de bolsas encajadas entre las piernas, de rostros cerrados sobre pantallas.

Clara permaneció de pie junto a la puerta, con una mano aferrada a la barra y la otra sobre el móvil guardado en el bolsillo.

En cada parada, su reflejo reaparecía un instante en la ventanilla.

De pronto, sus facciones le parecieron más duras que antes.

El estudio se encontraba en una calle discreta. Una ayudante la recibió en el vestíbulo con una sonrisa rápida y después bajó la vista hacia su hoja.

—¿Clara Marchal?

—Sí.

El nombre permaneció un segundo de más en sus labios. Su mirada volvió a subir, se demoró y se apartó enseguida.

—Claro. Es al fondo, a la izquierda.

Aquel claro bastó para ponerle los pelos de punta.

En el estudio, una estilista ordenaba perchas. El fotógrafo, un hombre de unos cuarenta años y rostro delgado con el que ya había coincidido en otra sesión, la saludó con un gesto sencillo.

—Hola, Clara.

—Hola.

La naturalidad de su tono casi le sentó bien.

El trabajo empezó con el ritmo familiar de los gestos precisos.

Limpiar la piel. Hidratarla. Corregir. Aplicar polvos.

Borrar una rojez, realzar un pómulo, volver invisible el cansancio.

Clara siempre encontraba cierta calma en aquella concentración.

Cuando un rostro se abandonaba a sus manos, a veces recuperaba diez minutos de silencio interior. Incluso media hora, en ocasiones.

Entonces entraba alguien, alguien la miraba, y todo regresaba.

Hacia las nueve y cuarenta llegó una modelo.

—Nos hemos visto antes, ¿no? –preguntó.

Clara levantó la mirada.

—Puede ser.

—Sí… Quizá en un rodaje asiático.

El tono rebosaba de insinuación irónica.

—Es posible –respondió Clara, que no pensaba seguirle el juego.

Un poco más tarde, mientras retocaba la sien de una modelo antes de un primer plano, una de las ayudantes de producción pasó por detrás y redujo ostensiblemente el paso al mirarla. Su expresión contenía aquella mezcla que Clara ya reconocía de inmediato: curiosidad, cautela, compasión.

Eso era lo más agotador.

Los insultos abiertos, los comentarios venenosos, los ataques directos habría sabido soportarlos o combatirlos.

Pero la lástima discreta, la contención demasiado visible, aquella forma que tenían algunos rostros de recomponerse a su alrededor como si aún llevara adherido a la piel el polvo de una historia pública…

Todo ello la hería con una violencia más sorda.

Durante la pausa del mediodía, se aisló junto a una ventana del pasillo con un bocadillo del que pronto se olvidó dentro de su envoltorio. El cielo gris pesaba sobre los tejados. Su móvil permanecía en silencio.

Abrió, pese a sí misma, una aplicación de noticias.

El nuevo escándalo coreano estallaba por todas partes.

Fotos robadas, análisis, hipótesis, nombres de agencias, reacciones de admiradores.

Clara lo observó durante unos segundos y después bloqueó la pantalla con una sensación de repugnancia casi física.

—¿No comes nada?

El fotógrafo acababa de aparecer por la esquina del pasillo, con un vaso de cartón en la mano.

—Estaba a punto de empezar –respondió.

Vaciló, echó un vistazo rápido a su alrededor y se volvió hacia ella con una cautela que casi consiguió hacerla sonreír.

—Si alguien te da por saco, me lo dices.

Clara alzó los ojos.

—Nadie me da por saco.

Él asintió despacio.

—De acuerdo. Lo diré de otro modo: si alguien parece interesarse demasiado por ti, me lo dices.

Esta vez, una sonrisa auténtica asomó a los labios de Clara.

—¿Eso se puede decir?

—Hoy, sí.

Se marchó sin insistir más. Aquella clase de delicadeza la conmovía más de lo que quería reconocer.

La tarde se alargó bajo la luz artificial. El trabajo avanzaba bien. A las cuatro y diez, mientras limpiaba un pincel entre dos tomas, el móvil vibró en el bolsillo trasero de sus vaqueros.

El corazón le dio un salto.

Entonces vio el nombre.

Théo.

El alivio y la decepción chocaron de golpe en su pecho.

—¿Diga? –contestó, apartándose unos pasos.

—¿Sobrevives?

—Estupendamente.

—Así que ya estás mintiendo.

Clara se dejó resbalar contra una pared, en un rincón del plató por donde no pasaba nadie.

—Estoy trabajando.

—Eso ya lo había deducido. ¿Comes?

Soltó una risita cansada.

—Se ha convertido en una obsesión general a mi alrededor.

—Se ha convertido en una necesidad general a tu alrededor.

—Acabo hacia las seis –dijo ella.

—Tengo que hacer un recado por la zona.

—Théo.

—¿Qué?

—¿Siempre te inventas recados imaginarios para vigilarme?

—Solo los días que terminan en «s».

Ella negó con la cabeza, con una sonrisa diminuta asomando a los labios.

—Te llamo cuando salga.

—Estaré allí.

Colgó antes de que ella pudiera protestar.

Clara permaneció inmóvil un segundo más, con el móvil en la mano y el corazón de pronto un poco menos pesado.

No era el amor lo que aligeraba su día.

Era la fiabilidad.

La sencillez de una presencia que no dependía de ningún huso horario.

A las seis y doce, la sesión terminó por fin.

La gente recogió deprisa. Los percheros desaparecieron.

Las cajas volvieron a cerrarse. Una ayudante se acercó a dar las gracias a Clara con una sonrisa calibrada con excesivo cuidado, a medio camino entre la cordialidad sincera y la curiosidad reprimida.

En el ascensor, dos personas situadas tras ella hablaron en voz demasiado baja para que pudiera entenderlas y callaron al cruzarse con su reflejo en el espejo.

Sintió que la nuca se le tensaba una vez más.

Cuando salió a la calle, Théo la esperaba ante una panadería cerrada, con las manos en los bolsillos. Al verla, se enderezó y su expresión cambió sin necesidad de decir nada. Leyó de inmediato en su cara el estado exacto de su día.

—Tienes una cara espantosa –dijo.

Clara soltó el aire, a medio camino entre la risa y el agotamiento.

—Tú también.

—Lo mío es encanto natural.

Le tendió un vaso de cartón todavía caliente.

—Té de jazmín.

Ella lo cogió. El calor se extendió enseguida por sus dedos helados.

—Gracias.

Echaron a andar uno junto al otro. Los coches dibujaban líneas húmedas sobre el bulevar.

—¿Un día horrible? –preguntó Théo.

—Un día normal.

—Entonces, horrible.

Esta vez no lo contradijo.

Recorrieron unos metros más en silencio. Clara miraba la acera, los zapatos de los transeúntes, los escaparates en los que a veces reaparecía su propio rostro entre dos siluetas anónimas.

—¿Alguien ha dicho algo? –preguntó él al fin.

—Nadie.

—Odio que respondas eso.

Ella apretó los dedos alrededor del vaso.

—Nadie dice nada. Todo el mundo lo sabe. Todo el mundo finge no saber nada. Todo el mundo me mira y después pone cara de comprensión. Tengo la sensación de pasearme con un letrero luminoso sobre la cabeza.

Théo guardó silencio.

—Casi prefiero el desprecio –prosiguió ella–. Al menos tiene una forma clara.

—Que les des lástima te saca de quicio.

Clara le dirigió una mirada sorprendida.

—Sí.