¡No estamos en un K-drama! 26
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마음은 하늘이지만, 의무는 땅이다

(Maeum-eun haneulijiman, uimuneun ttang-ida)

«El corazón es el cielo, pero el deber es la tierra».

La sede del Grupo Han resplandecía ya al amanecer.

A las siete y treinta y cinco, el coche negro se detuvo ante la entrada principal y Jae-min reparó enseguida en las líneas depuradas del edificio, las puertas acristaladas, los empleados ya en sus puestos con sus trajes oscuros, los reflejos de acero y cielo pálido deslizándose por la fachada.

Seúl emergía lentamente de la noche. La acera aún relucía por la lluvia caída antes del alba. Un ayudante le abrió la puerta.

Jae-min bajó.

Dos hombres inclinaron levemente la cabeza. Una mujer del departamento de comunicación se acercó con una tableta apretada contra el pecho. Otro ayudante se hizo cargo de su abrigo. Un tercero le tendió una acreditación ya guardada en una funda de cuero.

Todo el mundo sabía exactamente dónde colocar las manos, dónde posar la mirada, con qué ángulo inclinar la cabeza.

Todo el mundo lo sabía también.

Nadie hablaría de ello.

Esa era la norma. El escándalo estaba en todas partes: en los periódicos, en las cifras, en los contratos suspendidos, en las llamadas de la agencia, en la repentina cautela de los accionistas. Estaba incluso en la cortesía con la que lo saludaban aquella mañana.

—Buenos días, director Han.

La frase casi le hizo tropezar en un escalón.

Volvió la cabeza hacia la joven que acababa de hablar. Debía de tener veintiséis años, quizá veintisiete, y llevaba un moño tan perfecto que parecía trazado con regla. Su sonrisa se mantenía impecablemente profesional.

Director Han.

Experimentó un destello absurdo, casi cómico a su pesar.

Durante años, la gente había coreado su nombre ante alfombras rojas, estudios y platós de televisión.

En cuestión de días, había abandonado las filas de los hombres a quienes se fotografiaba para incorporarse a las de aquellos a quienes se saludaba en ascensores de cristal.

—Buenos días –respondió.

La joven hizo una leve reverencia, inmersa ya de nuevo en la organización de su mañana.

Nada más cruzar el vestíbulo, le pusieron en las manos una carpeta azul marino, la agenda del día y un café que no había pedido. La información le llegaba de todas partes.

Reunión estratégica a las ocho. Revisión jurídica a las ocho y cuarenta. Sesión informativa sobre las filiales japonesas a las nueve y veinte. Almuerzo con dos directores ejecutivos. Visita al departamento internacional. Reunión con el gabinete del presidente.

El presidente.

Su padre, por supuesto.

Jae-min siguió a la asistente a través del vestíbulo. A su alrededor, los empleados iban y venían, absortos ya en sus tareas.

—Su despacho provisional se encuentra en la planta treinta y dos –explicó la asistente–.

El definitivo estará listo dentro de quince días.

El presidente desea que hoy asista a todas las presentaciones relativas a la estructura europea y a las filiales de Asia Oriental.

Su chófer permanece a su entera disposición.

Su línea directa está activada. Encontrará el teléfono de empresa en la carpeta negra.

Su secretaria personal se incorpora el miércoles.

Jae-min entró con ella en el ascensor, la carpeta bajo el brazo, el café en una mano y la agenda en la otra.

—Muy bien.

—El presidente también exige absoluta discreción en lo relativo a su agenda privada.

Lo había dicho con una voz dulce, casi agradable.

Jae-min volvió un poco la cabeza hacia ella.

—¿Mi agenda privada?

—Sí, señor.

Las puertas se abrieron en la planta treinta y dos.

Desde su despacho se dominaba todo Seúl.

Las vistas habrían impresionado a cualquiera.

Las torres se superponían unas a otras. A lo lejos, el río parecía una hoja de acero extendida entre los edificios.

Un amplio escritorio de madera oscura ocupaba el centro de la estancia, acompañado de una librería, dos butacas grises y un sofá demasiado elegante para resultar cómodo de verdad.

Sobre el escritorio lo aguardaban ya tres pilas de documentos, separadas por divisores de colores.

Todo estaba preparado para él.

Todo estaba en su sitio.

Solo él tenía aún la impresión de haber llegado tarde a su propia vida.

Apenas le dio tiempo a dejar el café cuando ya llamaban a la puerta.

Así comenzó la jornada.

Sin un respiro.

A las ocho asistía a una reunión sobre la situación general del grupo.

A las ocho y cuarenta y tres, un abogado le exponía la repercusión de ciertas turbulencias mediáticas en los contratos publicitarios que seguían vinculados a su nombre.

A las nueve y veintisiete, un director de operaciones le explicaba con detalle la organización de las filiales japonesas.

A las diez y doce, lo condujeron a otra sala para una sesión informativa sobre la comunicación institucional de los seis meses siguientes.

Las palabras se sucedían. Gobierno corporativo. Reasignación. Posicionamiento. Estabilización. Reestructuración. Riesgo reputacional.

En varias ocasiones, un pensamiento completamente fuera de lugar se coló entre dos gráficos llenos de cifras.

Clara habría puesto los ojos en blanco al oír la palabra «posicionamiento».

Clara se habría burlado del tamaño del ramo del vestíbulo.

El pensamiento volvía como una pequeña grieta en su atención.

Hacia las once, mientras un alto cargo le explicaba la estrategia de la división europea, su móvil personal vibró en el bolsillo interior de la chaqueta.

Su corazón reaccionó antes que el resto de su cuerpo.

Aprovechando un cambio de diapositiva, bajó la mirada.

Clara.

Un solo mensaje.

¿Has dormido algo?

Durante un segundo, dejó de oír cuanto se decía a su alrededor. Imaginó a Clara en París, con una taza entre las manos, quizá de pie en su cocina, quizá lista ya para salir.

—¿Señor Han?

El director se había vuelto hacia él.

Jae-min levantó la cabeza de inmediato.

—¿Sí?

—También podemos aplazar el estudio comparativo hasta mañana, si lo desea.

—Continúe –respondió.

Su voz había permanecido serena. Su pulgar, en cambio, seguía apoyado contra la pantalla bloqueada dentro del bolsillo.

El mensaje de Clara lo acompañó durante toda la reunión siguiente.

A las doce y cuarenta, lo instalaron en un salón privado con dos directores ejecutivos y un vicepresidente de división.

En teoría, Jae-min tenía hambre. En la práctica, se limitó a empujar la comida por el plato mientras los hombres hablaban de previsiones anuales, implantación regional y potencial europeo.

Potencial europeo.

La expresión quedó prendida en su interior un instante antes de que el resto la sepultara.

Cuando por fin terminó el almuerzo, el móvil volvió a vibrar.

Esta vez, Clara había añadido:

Contesta cuando puedas. Pienso en ti.

Sonrió a su pesar. Una sonrisa casi dolorosa, que borró de inmediato al ver reaparecer a la asistente de su padre en el umbral.

—El presidente lo espera.

El despacho de su padre se encontraba dos plantas más arriba. Se accedía a él por un ascensor privado.

Cuando Jae-min entró, su padre leía un informe de pie frente al ventanal. No alzó la vista hasta unos segundos después, como si aquella ligera demora también formara parte del orden de las cosas.

—Siéntate.

Jae-min ocupó una de las butacas situadas frente al escritorio.

Su padre cerró la carpeta que sostenía y se sentó despacio frente a él. Su traje gris perla parecía no haber conocido jamás una sola arruga. Su rostro, como siempre, conservaba una sobriedad casi severa.

—Tu mañana ha ido bien.

Ni siquiera era una pregunta.

—Sí.

—Me han dicho que has sido preciso.

Jae-min le sostuvo la mirada.

—Intento ser útil.

Su padre asintió muy levemente.

—Por fin vuelves al lugar que te corresponde.

La frase, pronunciada con tono apacible, le atravesó como una cuchillada.

Había oído frases más duras. Sin embargo, aquella tuvo un efecto más profundo que muchas otras.

Lo contenía todo. París. El cine. El rodaje.

Clara. Las noches demasiado cortas. Los besos robados.

El escándalo. Todo aquello, en boca de su padre, pertenecía a una única categoría: la desviación. El desorden. Un paréntesis cerrado.

—Ya veo.

—El resto llegará con el tiempo –prosiguió su padre–. El ruido en torno a tu nombre se apagará. El trabajo siempre vuelve a poner las cosas en su sitio.

El trabajo siempre vuelve a poner las cosas en su sitio.

Jae-min bajó la mirada hacia sus manos durante un segundo.

—Bien.

Su padre entrelazó los dedos sobre el escritorio.

—Espero disciplina por tu parte.

—La tendrás.

La conversación se prolongó otros diez minutos. Horarios. Viajes. Tokio la semana siguiente. Una cena con inversores.

Cuando Jae-min abandonó por fin el despacho, el mensaje de Clara seguía vibrando en algún rincón de su memoria.

Intentó contestarle a las catorce dieciséis, en un pasillo acristalado entre dos salas.

Día complicado. Te llamo esta noche.

Releyó la frase.

La borró.

Escribió otra.

He pensado en ti toda la mañana.

La contempló durante más tiempo.

También la borró.

Al final, se limitó a enviar:

Termino tarde. ¿Has comido?

La respuesta llegó casi de inmediato.

Sí. ¿Y tú?

Jae-min alzó los ojos hacia el cristal. Se veía el cielo de Seúl, blanquísimo, surcado por un avión diminuto que ascendía hacia el norte.

Quiso llamarla en aquel mismo instante.

Su pulgar se deslizaba ya hacia el icono de la cámara.

—¿Señor Han?

El director jurídico se encontraba a dos metros de él, carpeta en mano.

—La sala está preparada.

Jae-min bloqueó la pantalla.

—Voy.

La tarde se convirtió en una sucesión de presentaciones, firmas y desplazamientos de una planta a otra, y después de un edificio a otro. Hacia las siete y media se encontró por fin solo durante unos minutos en el asiento trasero de un coche que atravesaba Gangnam bajo las luces del anochecer.

Seúl empezaba a iluminarse. Los letreros luminosos se recortaban en la oscuridad. Los cristales de las torres reflejaban el tráfico como ríos eléctricos. En el silencio climatizado del habitáculo, Jae-min sacó por fin el móvil.

En París eran las doce y media.

Inició una videollamada.

El tono sonó una vez.

Y una segunda.

Su corazón se aceleró de golpe.

La tercera nunca llegó.

Una voz surgió desde la parte delantera.

—Señor Han, el presidente desea verlo directamente en la sala de juntas en cuanto lleguemos.

Jae-min cerró los ojos durante un segundo y cortó la llamada.

La pantalla volvió a quedarse negra.

El chófer siguió conduciendo como si no hubiera ocurrido nada.

Envió deprisa:

Lo siento. Me reclaman.

La respuesta de Clara llegó enseguida.

De acuerdo. Hasta luego.

Hasta luego.

Dos palabras cargadas de una paciencia que le encogió el corazón.

Consiguió volver a llamarla mucho más tarde, pasadas las once de la noche en Seúl.

En París, el final de la tarde se deslizaba ya hacia el anochecer.

Esta vez, ella contestó al primer tono.

Su rostro apareció bajo una luz tenue. Estaba sentada en el sofá, con una taza entre las manos. Se había recogido el pelo deprisa y de cualquier manera. Sus ojos aún parecían cansados, pero algo en su expresión se relajó de inmediato al verlo.

—Por fin –dijo con una sonrisa frágil.

Jae-min sintió que todo su cuerpo se distendía de golpe.

—Por fin.

Estaba en su despacho, con la chaqueta de nuevo sobre los hombros, la corbata aflojada y la noche de Seúl a su espalda. Durante un segundo, se limitaron a mirarse, como si la pantalla bastara para contener todo lo demás.

Sonrieron al mismo tiempo, y aquel sencillo gesto bastó para crear durante unos segundos la ilusión de un puente entre ellos. Como antes. O casi. Como si la distancia pudiera ceder ante algo lo bastante tierno, lo bastante verdadero, lo bastante preciso.

Hablaron de sus respectivos días como lo haría cualquier pareja.

Jae-min quiso decirle que volvería. Que encontrarían un ritmo. Que conseguiría hacerle un hueco en alguna parte, pese a todo.

Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta.

Fue Clara quien prosiguió:

—Nos llamaremos. Ya encontraremos la manera.

Él asintió.

—Sí.

La frágil ilusión pasó entre ellos en aquel instante. Una promesa que aún seguía en pie. Un hilo tenso. Algo en lo que ambos decidieron creer, aunque sus miradas revelaran ya que no se engañaban.

Llamaron a su puerta.

Jae-min cerró los ojos un instante.

—Adelante.

La asistente de su padre asomó la cabeza.

—El presidente quiere el informe de Tokio antes de medianoche.

La expresión de Clara apenas se alteró en la pantalla. Pero él vio la decepción. Y eso bastó para destrozarle el corazón.

—Dos minutos –respondió en coreano.

La puerta volvió a cerrarse.

Clara bajó la mirada hacia su taza.

—Ve.

—Clara…

Ella lo miró de inmediato, con aquella sonrisa que ya había compuesto para permitirle marcharse sin sentirse culpable.

—No pasa nada.

—Te escribo en cuanto termine –dijo él.

—De acuerdo.

Quiso añadir algo. Se limitó a mirarla.

—Que pases buena tarde.

—Buenas noches.

La llamada se cortó.

El silencio regresó de golpe al despacho.

Jae-min permaneció inmóvil durante unos segundos, con el móvil aún en la mano. Después se levantó, se pasó una mano por la nuca y se acercó al ventanal. Seúl resplandecía a sus pies.

En París todavía era de día.

Consultó la hora en el móvil. Después abrió su conversación.

Escribió:

Ojalá estuviera en tu cocina.

Contempló la frase.

La borró.

Escribió:

Volveré pronto.

También la borró.

Al cabo de un largo rato, bloqueó la pantalla sin enviar nada.

Jae-min permaneció allí, solo bajo la fría luz del despacho, con la certeza cada vez más nítida de que todo su futuro acababa de enfundarse en un traje confeccionado para él desde la infancia y de que, desde el primer día, aquel traje lo asfixiaba.