¡No estamos en un K-drama! 25 #3
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Releyó el mensaje varias veces. El corazón había empezado a latirle más deprisa sin pedirle permiso.

Dejó el teléfono en la mesita, se levantó, fue al cuarto de baño, se recogió el pelo y se echó agua fresca en el rostro.

En el espejo, sus facciones parecían aún más cansadas que el día anterior.

Sus ojos todavía conservaban la huella de las lágrimas.

Cuando volvió al salón, enderezó un cojín, llevó una taza vacía a la cocina y dobló de forma maquinal la manta abandonada sobre el reposabrazos. Su piso adquiría el aspecto de un decorado que intentaba adecentar para alguien que solo aparecería a través de una pantalla.

A las 21:58 sonó la videollamada.

Clara respondió de inmediato.

La imagen de Jae-min apareció en la pantalla, al principio un poco temblorosa y después más nítida.

Estaba en la parte trasera de un coche. Seúl desfilaba tras él, al otro lado de la ventanilla.

Llevaba una camisa blanca abierta en el cuello.

Sus facciones parecían aún más tensas. La fatiga marcaba su mirada, sus pómulos, la línea de su boca.

Durante un segundo, ninguno de los dos habló.

A Clara se le cerró la garganta. Bastaba con verlo para que todo regresara de golpe. Roissy. La rueda de prensa. Las frases pronunciadas ante las cámaras. Los mensajes demasiado breves. El vacío que él había dejado a su espalda.

Jae-min fue el primero en romper el silencio.

—¿Has comido?

Su voz sonaba un poco más grave que en París, desgastada por la falta de sueño.

Clara soltó una exhalación que casi parecía una risa.

—¿Esa es tu primera frase?

Un leve destello cruzó los ojos de Jae-min.

—Sí.

Clara negó con la cabeza.

—Un poco.

—Ya es algo.

—¿Y tú?

Él dirigió brevemente la mirada hacia la ventanilla, como si buscara la respuesta en la ciudad que se deslizaba a su espalda.

—Café. Uno detrás de otro.

Clara lo contempló largo rato. En el silencio del salón casi podía oír el motor.

—¿Has dormido? –preguntó.

—Una hora.

—Es ridículo.

—Tú tampoco tienes buen aspecto.

—Gracias.

Jae-min la miró.

—He visto toda la rueda de prensa –dijo ella al fin.

El rostro de Jae-min se cerró ligeramente.

—Lo sé.

El coche giró en alguna parte. Una franja de luz cruzó su mejilla y después desapareció.

—Me has hecho mucho daño.

Esta vez lo dijo sin rodeos.

Jae-min no apartó los ojos de los suyos.

—Lo sé.

—Cuando dijiste que no tenía importancia…

Regresó el silencio, más pesado.

—Clara –murmuró.

Su voz bajó todavía más.

—No había ninguna forma de decirlo que no te hiciera daño.

Clara sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Odiaba llorar delante de una pantalla. Odiaba aún más que la distancia convirtiera su sufrimiento en una imagen pixelada.

—Sentí que me borrabas –susurró.

Algo tembló en los ojos de Jae-min. Una culpa que ya ni siquiera intentaba ocultar.

—Quería sacarte de esta historia cuanto antes –dijo–. Si hubiera dado otro nombre a lo que hubo entre nosotros, te habrían destruido todavía más.

—¿Y tú?

Jae-min guardó silencio un segundo.

—Yo ya estoy dentro.

—¿Dónde estás? –preguntó Clara para contener las lágrimas.

—Entre mi piso y la sede. Tengo una reunión dentro de veinte minutos.

—¿Otra?

—Sí.

—¿Y después?

—Una comida de trabajo. Luego una reunión con los abogados. Y esta tarde, Busan con mi padre.

Aquella vida no tenía nada que ver con la que habían vivido en París, por las calles húmedas, a la salida del plató, entre las manos de Jae-min sobre su nuca y las sábanas deshechas de su cama.

—Entonces ¿cuándo volveremos a hablar? –preguntó.

Jae-min vaciló.

—Esta noche será muy tarde para ti. Quizá mañana por la mañana. O mañana por la noche, si termino lo bastante pronto.

Clara sonrió, pero su sonrisa no tenía nada de alegre.

—Parece que tengamos que pedir cita para existir juntos durante cinco minutos.

Jae-min bajó la mirada y después volvió a levantarla hacia ella.

—Lo sé.

Otra vez aquellas dos palabras.

Lo sé.

Un golpecito discreto contra la ventanilla del coche llamó su atención. Alguien se había acercado desde fuera. Jae-min volvió un poco la cabeza, respondió algo en coreano y regresó enseguida a la pantalla.

—Tengo que irme.

El estómago de Clara se contrajo.

—¿Ya?

La palabra se le escapó. Bajó los ojos de inmediato, casi avergonzada de haberla pronunciado.

—Clara…

Él iba a añadir algo. Volvieron a golpear el cristal, esta vez con más firmeza.

Jae-min cerró los ojos un segundo.

—Te escribiré en cuanto pueda.

Ella asintió, incapaz de responder de otro modo.

Él la miró una vez más.

—Aguanta un poco más.

Después, la pantalla se apagó.

Su propio reflejo sustituyó el rostro de Jae-min.

Clara permaneció inmóvil en mitad del salón, todavía con el teléfono alzado. Se sentó despacio en el sofá, apoyó el aparato contra el pecho y cerró los ojos.

Había necesitado verlo.

Y eso volvía su ausencia todavía más real.

A las 22:37 recibió dos mensajes. El primero era de Eun-hee, que le enviaba un sencillo corazón morado. El segundo, de Jae-min.

Empieza la reunión. Pienso en ti.

Permaneció así unos minutos, con los hombros encogidos dentro del cárdigan, contemplando las luces de los coches que se deslizaban por el techo a través de las cortinas mal cerradas.

El sonido del timbre la sobresaltó.

Su primer impulso fue mirar la hora. El segundo, el teléfono. Nadie llamaba a su puerta tan tarde. Durante un segundo absurdo, su corazón imaginó toda clase de posibilidades.

Se levantó, cruzó el recibidor y descolgó el telefonillo.

—¿Sí?

—Abre.

La voz de Théo.

Clara frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí?

—He traído fideos. Y algo de chocolate. Abre.

Sin pensarlo más, pulsó el botón.

Unos segundos después, Théo llamó a la puerta. Entró con una bolsa de papel en una mano y dos bebidas en la otra. Se quitó la chaqueta mientras miraba a su alrededor y lo dejó todo sobre la mesita baja.

—He dudado mucho entre el arroz y los fideos –anunció–. Al final he elegido los fideos porque los dramas sentimentales combinan mejor con ellos.

Clara lo miró fijamente, agotada.

—Eres realmente ridículo.

—Lo sé. Es una habilidad.

Por fin levantó la mirada hacia ella. Su expresión cambió al descubrir su rostro. Vio los ojos enrojecidos, el cansancio, el temblor que Clara aún contenía en los hombros.

—Has llorado –constató.

—Gracias por tan brillante observación.

—Tengo otras cualidades, si quieres.